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CUENTO INÉDITO
EL CAZADOR
Por Guillermo
Fernández Álvarez
| Lo
encontramos camino al campamento. Fue mi esposa la primera que
lo vio arrojado sobre la arena. Nos bajamos del automóvil
y le dimos agua de nuestra cantimplora. Lucía grave, pero,
para sorpresa de ambos, empezó a reponerse con el líquido.
Tenía los ojos pequeños, la boca breve, las mejillas
más estrechas que lo normal y en forma de plato. El pelo
era apenas un musgo leve, que no translúcido, como algunos
que padecen calvicie. Medía a lo sumo un metro setenta
y cinco. Poseía un rasgo imperdible de hermafrodita. Vestía
un traje muy ceñido y con símbolos extraños
en el pecho y la entrepierna. Advertimos que llevaba una especie
de botas risibles, que nadie en su sano juicio calzaría
en esa zona.
El humanoide —porque así nos pareció desde
el principio— agradeció en voz baja nuestras atenciones.
Y nos dijo que se llamaba Héctor. Después lo llevamos
en ancas hasta nuestro automóvil y lo sentamos en el asiento
de atrás. Mi mujer y yo lo vimos tomar fuerzas. Había
recobrado, en tan poco tiempo, el brillo de la vida.
—¿Dónde estoy? —nos preguntó
mirándonos.
—En el desierto australiano.
—¡Australia! —se admiró—. Yo iba
hacia América del Sur. A la Amazonia.
La referencia nos conturbó en demasía. Todo el contexto
era chocante, inusual.
—¿Se siente bien? —le preguntó mi mujer
obviamente intrigada.
—Estoy mejor que hace unas horas, cuando choqué contra
la tierra.
—¡Es imposible! —grité—. Tiene
que ser una alucinación. Usted...
—Creo que no hay forma de ocultarlo —interrumpió—.
Imagino que sospecharán que no soy de este planeta.
Ambos asentimos medio extrañados. Los ojillos de Héctor,
que me recordaron no sé por qué razón los
de un conejo, se movieron como si lograran reírse ellos
mismos.
—Vengo de un planeta de cazadores —repuso Héctor
tranquilamente—. Y a cazar he venido a la Tierra. |
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—Tiene
toda la facha de no ser de aquí —le dije mirando a Nancy—.
¿Cierto?
—Somos unos privilegiados, ¿eh? —sonrió ella.
—¿Un planeta de cazadores dijo? —le lancé
aturdido.
—Sí, así como lo oye.
—Yo mismo soy un cazador en mi tiempo libre —le presumí—.
Hoy voy de campamento, pero tendría que verme con mis amigos
del Club de Caza Controlada.
—Déjalo hablar a él —me reprendió Nancy—.
Tal vez necesita que lo ubiquemos. Es un visitante del espacio. Me agrada
conocerlo —se dirigió a él—. Imagino que viene
en son de paz.
—Se lo juro —dijo.
—Es mejor oírlo. Uno nunca sabe —le agradecí.
—Comprendo —sonrió Héctor moviendo sus ojos
de conejo, nerviosos y anaranjados.
—Para empezar, debe saber que la caza en nuestros días
es una actividad sujeta a regulaciones —explicó mi esposa
más informativa—. Ahora la opinión pública
se ha vuelto intolerante con los cazadores. A menos que lo haga furtivamente
podría tener problemas.
—Es cierto —le repliqué—. La opinión
pública se ha vuelto muy apática con quienes matan seres
inocentes, aunque sean bichos ponzoñosos.
—Ya veo —dijo Héctor, recibiendo la información,
pero no sintiéndose aludido.
¿Le puedo preguntar por su nave? —inquirió de pronto
Nancy con inquietud infantil.
—Claro, señora. La he recubierto de arena. Es solo chatarra.
Es un milagro que yo esté vivo.
—¿Y cómo se transportará ahora? —insistió.
—No se preocupe. Tengo mi propio mecanismo —maulló
secreto.
—¿Adónde quiere que lo llevemos? —le pregunté.
—Pueden llevarme donde ustedes quieran —nos dijo—.
Viajar por carretera me hará bien mientras me repongo del golpazo.
***
Arranqué mi camioneta y continuamos el viaje. Hacía calor.
El paisaje brillante de lomas pedregosas nos acompañó
hasta que entramos en la llanura cubierta de pasto seco. Nancy y yo
nos veíamos de vez en cuando con una emoción colegial.
Era obvio que estábamos ante un alienígena, pero las condiciones
imprevistas del acontecimiento nos paralizaba para digerir su presencia
e insertarla adecuadamente en nuestro nivel mental. Mi mujer, rompiendo
el hielo como siempre, le explicó a Héctor las complejidades
del paisaje australiano. Éste le hizo preguntas inteligentes
sobre el tipo de suelo, minerales importantes de la región, clase
de clima, fauna. Cuando ella no podía responder yo intervenía.
Me ha encantado servir siempre de guía turístico a los
extranjeros. A los pocos kilómetros, vimos a un par de canguros
saltando en el tedio absoluto de la aridez. Mascaban marchitos filamentos
de hierba que de seguro eran muy nutritivos. Nos miraron con sus glóbulos
desorbitados, temiendo que fuéramos cazadores. Olieron el aire.
Volvieron a saltar melindrosos. Captaron por algún medio misterioso
que no los íbamos a matar. Continuaron buscando hierba o lo que
restaba de un poco de vegetación.
Héctor se interesó por los animales.
—Son muy graciosos —dijo mirándolos con sorpresa.
—Ah, ya conoce a los canguros —le refirió Nancy para
finiquitar su visaje turístico—. Por aquí abundan.
—Más adelante existe permiso para cazarlos —le exclamé—.
¿Le dije que pertenezco al Club de Caza Controlada? Pues bien,
tiene sus gratificaciones. El ser humano es un cazador nato. La emoción
que produce este hecho en nuestra sangre es primordial. Tal vez nuestro
planeta también sea como el suyo, señor Héctor.
—¿Le parece? —dijo el humanoide.
—Solo que no andaríamos por el universo diciendo que somos
un planeta de cazadores como usted dice del suyo, así con esa
sinceridad.
—¿Sinceridad?
—Mi esposo quiere decir —me apoyó Nancy—, que
en nuestro caso sería muy desabrido presentarnos como cazadores
ante otro ser del universo. Preferiríamos decir que venimos de
un planeta de cristianos o deportistas. ¡Qué sé
yo! No se me ocurre nada inteligente.
—Diríamos que somos de un planeta de seres racionales —dije—.
Así de sencillo. Con las primeras palabras se notaría
el uso de un cerebro desarrollado que no tienen, por ejemplo, los canguros.
Al decir canguros, el humanoide volvió a mirar la sabana: Ya
habían desaparecido.
—Ya desaparecieron —dijo con nostalgia.
—¿Le gustaría cazar alguno? —le ofrecí,
sabiendo que guardaba un revólver debajo de mi asiento, solo
por seguridad.
—Jamás hubiera imaginado cazar a criaturas tan hermosas.
¿Qué sentido tendría? —dijo asombrado.
—Pero bueno —le reproché—. No se me va a poner
usted tan delicado... ¡por Dios! Extraño que siendo cazador
intergaláctico se apiade de los canguros —le repliqué
agudo.
—No soy un cazador convencional, señor —dijo con
cierto aire de superioridad.
—Ah, bueno, ¿entonces a qué irá usted a la
Amazonia? —le preguntó mi esposa inquietándose de
pronto, mientras se quitaba el pelo de la cara. Había empezado
a soplar la brisa de la tarde. No se veía una sola umbela de
vapor sobre la autopista. Claridad gloriosa.
—Su pregunta es muy apropiada —replicó—. Pero
me extraña que no me hayan preguntado sobre otros aspectos más
importantes.
—¿Cómo cuáles? —le pregunté.
—Ya saben —nos explicó—. Tal vez estarían
interesados en la tecnología de mi cultura, en nuestra concepción
de la muerte, la vida, nuestra visión de Dios, sobre la estructura
social de nuestro mundo.
—¡Es cierto! —refirió mi esposa consternada—.
¡Tiene usted completamente la razón! ¡No hemos hecho
esas preguntas!
—¡Qué olvido, Nancy! —le dije—. Hemos
empezado mal el interrogatorio, ¿verdad, señor Héctor?
Héctor nos miró con sorpresa. De pronto lo hallé
completamente incómodo.
—La influencia del cine y la televisión en nuestros días
es tremenda, señor Héctor —trató de remediar
mi mujer—. Tal vez nos pareció una falta de originalidad,
un lugar común, formularle esas preguntas, ¿me entiende?
—Bueno, yo esperaba, después de todo... —dijo decepcionado
Héctor—. ¡No importa!
Nancy se miró el reloj. Reconocí por ese dejo que se sentía
avergonzada.
—¿Y a qué va usted a la Amazonia? —logró
reiterarle al fin.
—Se nos ha informado que existe una tribu impresionante allí
que nos gustaría conocer. Cazan con el mismo patrón que
nosotros.
—¿Cómo es eso? —le pregunté.
—Es algo complejo —explicó Héctor.
—Me imagino —dijo Nancy.
—Claro —reí.
—Es un viejo sistema de caza que solo desarrollan culturas muy
avanzadas.
—Nosotros tenemos otra idea de lo que es avance —reclamó
Nancy.
—Me imagino —concedió Héctor—. Esa tribu
en especial —continuó— es la única que hemos
estudiado hasta ahora en todo este planeta. Los más viejos de
la tribu son los más sabios.
—Eso ocurre también en nuestra sociedad —advertí—.
¿No es cierto, Nancy?
Nancy sonrió vacilante. Hacía apenas unos dos meses había
internado a su padre en un hospicio de ancianos, y jamás creyó
que el viejo tuviera ideas ingeniosas de ningún tipo, salvo la
de haber fundado la empresa de fibra óptica.
—En parte —dijo ella con cierta congoja.
Todos nos silenciamos unos segundos. En la distancia vimos que parte
de la tierra se movía. Era un grupo de canguros. Tal vez decenas
de ellos.
—¡Allí están, los canguros! —exclamó
Héctor emocionado, como un niño—. ¿Cómo
pueden saltar de esa manera?
—Después de haberlos visto por doquier —le dije conocedor—,
usted ya no querrá ver a ninguno más en toda su vida.
—Mi marido tiene toda la razón —dijo Nancy riendo—.
Eso lo dice usted porque es nuevo en estas regiones. Es lo mismo que
nos ocurriría a nosotros si fuéramos a su planeta y viéramos
lo que allí existe. Andaríamos con la boca abierta todo
el día contemplando bellezas, flores raras, naves velocísimas,
¡qué sé yo!, usted lo podría decir con más
precisión.
—Tal vez —dijo Héctor.
—La costumbre es capaz de darle muerte a cualquier sentimiento
noble y fundamental —añadí.
Lo miré por el retrovisor. Sus ojos pequeños, de conejito
inteligente, me sondearon con una frialdad que me asustó un poco.
Cuando miré a Nancy, también me estaba observando. Pensé
de inmediato que teníamos quince años de estar juntos
y que para nosotros habían muerto muchas emociones. El deseo
entre los dos había sido amaestrado, completamente ordenado en
clósets y repisas. La mutua gratitud se había convertido
en una especie de vínculo comercial, donde se habían tipificado
los valores de todas nuestras actividades.
—¿La costumbre? ¿Y dónde queda la resistencia
ante semejante caza? —interrogó el humanoide.
—¿Resistencia? —pregunté—. ¡Qué
va! La costumbre ataca lentamente. No te das cuenta. No utiliza escopetas
ni trampas. Va asfixiando a su presa con una crueldad implacable. ¿Ha
oído usted hablar de las anacondas?
—Disculpe, pero soy muy nuevo en estos sitios.
—Pero conoce usted a las culebras. Son largas y reptan por el
suelo —le expliqué haciendo serpear uno de mis brazos.
—Ya sé de qué se trata —musitó.
—Pues una anaconda es una gran culebra de por lo menos quince
metros que mata a su presa envolviéndola totalmente hasta que
le rompe todos sus huesos.
—¡Ya! —se sorprendió Héctor.
—Así es la costumbre, ¿de acuerdo?
Me sentí apasionado hablando del tema. No me importó que
Nancy me siguiera observando con esos ojos que me comunicaban un resentimiento,
una ira. Empezaron a desfilar los canguros al borde del camino. Algunos
huyeron al oír el ruido del motor. Eran unos cincuenta ejemplares.
El sol les daba sobre la pelambre color zanahoria. Rumiaban con exceso
de nerviosismo. Sus ojos saltones investigaban nuestra camioneta.
—Me pregunto qué puede usted cazar —dijo más
intrigada Nancy.
Héctor, mirando que los canguros se alejaban, la observó
precavido.
—Ciertos seres como...
—¡Ya entiendo! —interrumpió Nancy—. ¿Ballenas?
¿Tiburones? ¿Tigres? ¡Tendrá problemas con
los ecologistas!
—No es nada de eso —suspiró Héctor visiblemente
malhumorado.
***
El calor ascendió. El horizonte se volvía azuloso. No
se distinguía ninguna ave en el cielo. Ni siquiera los buitres
que se observan siempre arremolinándose sobre los campos. Ni
yo ni mi mujer quisimos seguir nuestra entrevista. Intuimos que sería
mejor llevar a nuestro huésped hasta donde quería bajarse
y olvidarnos de él. Su incógnita nos empezó a fastidiar,
como fastidia la presencia de un lunático bien equilibrado mentalmente.
Nancy ya no estaba tan atenta como al principio. Olía algo raro.
—Quisiera oír más sobre el tema de la costumbre,
señor —me dijo Héctor golpeando leve la parte trasera
de mi asiento.
—Es algo que todo el mundo sabe en el universo —le dije,
como si conociera todo el universo—. La costumbre, ¿por
qué no le explicas? —le pregunté a Nancy.
—Prefiero otro tema —dijo ella.
—No vas a ser grosera con un visitante del espacio, querida —le
expuse sintiendo agitados latidos en mi pecho.
—Mejor háblenos usted del arte de cazar en su planeta —le
dijo ella.
—¿Qué? —le reproché.
La mujer supo que había metido la pata. Habíamos reconocido,
por una mirada cómplice, que en lo tocante al asunto de la cacería
era mejor ya no preguntarle nada al humanoide.
—Cazar para nosotros es un disfrute espiritual sin nombre —confesó
Héctor con agrado—. Pero los seres que cazamos deben ser
muy inteligentes.
Al decir la palabra «inteligentes» sentí un hueco
en el estómago y un mareo lento, lentísimo. Percibí
que mi mujer se hacía un ovillo en el otro asiento. Transformó
un grito en un astuto hipo, como suelen hacer las mujeres cuando algo
las asusta y deben fingir hasta el final.
—¡Perdón! —dijo ella después de todo.
Tan civilizada.
—De nada —dijo torpemente Héctor. Aún no conocía
los giros lingüísticos locales—. Les decía
que dichos seres deben estar a nuestra altura, ¿saben? Sería
un descrédito llevar presas a nuestro mundo que apenas evolucionan
o involucionan. ¿Cómo les explico?
Nancy y yo nos observamos. Mis manos comenzaron a sudar. ¿No
éramos Nancy y yo dos seres inteligentes? ¡Tal vez los
primeros que había visto Héctor en su viaje a la Tierra!
¿Y si todo el drama que nos representó era una trampa?
¿No era un cazador? ¿No es un hecho que los cazadores
son implacables? ¿No se obra cualquier iniquidad en las guerras,
también, para reducir al enemigo? Vi de pronto que mi mujer,
quien había captado mis inferencias obvias sobre el asunto, me
hizo un guiño. «Calma», pareció decirme. Sin
embargo, recordé mi revólver bajo el asiento. Estaba dispuesto
a usarlo.
—Deben tener grandes zoológicos —moduló nerviosa
Nancy.
—No hay zoológicos —dijo el humanoide—. Tal
vez no estamos hablando el mismo lenguaje, ¡es obvio!
—Entonces explíquese mejor —le ordené acelerando
la camioneta. El nerviosismo me estaba elevando la adrenalina.
—Debes tener cuidado —me reprendió Nancy más
cauta como siempre.
—¡Voy con cuidado! —le indiqué apoderándome
del arma con celeridad. Sin que el humanoide lo sospechara.
—Usted tiene razón —me dijo humilde Héctor—.
La confusión estriba en el significado que ustedes tienen de
la palabra cazador. Pero, hasta el momento, no he podido buscar en su
idioma otra palabra. En nuestro mundo, el cazador se ha entrenado para
convencer a su oponente. Se utilizan argumentos para ello. Si logra
su confianza, lo ha cazado. Lo llevará a nuestro mundo y le comprobará
que había algo impensable para él. Sitios que apenas puede
soñar. Antes debe comprobar, por supuesto, que está fresco
y receptivo, que en su alma puede crecer aún ese deseo de plenitud
que es tan difícil.
—¡Entonces no hay presas muertas! —le exclamé
asombrado.
—¿Quién ha hablado de muertes? —dijo Héctor.
—Pero los cazadores matan o enjaulan —pronunció admirada
mi mujer.
—En su planeta sí, no en el nuestro.
—¿Y en qué nivel estaría yo como presa posible
para usted, señor Héctor? —le pregunté irónico,
pero entendiendo por fin que se había abierto un boquete en mi
destino: una especie de cuarta dimensión donde suceden los milagros.
—¿Qué has dicho? —concedió mi mujer—.
¡No le haga caso! —rio irónica—, no creo que
él tenga algún nivel apreciable para usted.
—¡No le haga caso, Héctor! ¡Pruebe usted conmigo,
vamos! ¡Ofreceré toda la confianza de un niño! ¡Cáceme
usted pues! —le propuse colérico.
—Yo soy la que le ofreceré confianza, Héctor —dijo
Nancy interponiéndose entre el humanoide y yo—. Recuerde
lo que ha dicho mi esposo sobre la costumbre. Está amaestrado.
Su corazón y su espíritu están duros como la piedra
más obstinada de esta inmensidad.
La mujer mostró con el brazo extendido la extensa llanura australiana.
Todo estaba calmo y perfecto.
—Por eso mismo —adujo Héctor negando con la cabeza—,
por eso mismo, no puedo cazarlos a ustedes dos. Lo siento. Hasta el
momento no he comprobado más que esa presunción que me
hice desde el principio. Y si no se dieron cuenta, he realizado algunas
escaramuzas mentales para detectar los tipos de movimientos de que son
capaces.
—¿Y? —preguntó angustiada mi mujer.
—Eso solo. No hay forma de cazarlos aunque lo deseara. No son
útiles para mí. Deberé buscar a otros especímenes.
Ni siquiera me tomaré la molestia de mostrarles el cuestionario.
—Qué absurdo cazador es usted —le dijo Nancy tomando
aire caliente por la ventana—. ¡Todo esto me parece tan
ridículo!
Hubo una discusión. Corrieron algunos insultos y protestas entre
Nancy y yo. Al fin le dijimos al humanoide que nos resultaba nefasto
para nuestro viaje de campamento y que había suscitado una atmósfera
terrible entre nosotros. El humanoide se excusó con esa humildad
repulsiva de los superdotados, de los felices ociosos que pueden divertirse
con deportes incomprensibles, única forma de pasar una vida plena
cuando ya se han alcanzado altos niveles de evolución. Y nos
dijo que sentía pena por lo ocurrido.
—Debió haber sido más claro —le dijo mi mujer
al verlo bajar de la camioneta—. Cualquiera de los dos hubiera
cumplido con los requisitos. ¿Verdad, Stephen?
—No hubieran comprendido mi propuesta —esgrimió desde
la orilla de la autopista.
—Nos engañó y de paso nos dijo que éramos
unos tontos —le dije—. Eso no es ético.
—No estaban preparados —replicó—. Ustedes no
pueden ser convencidos de nada. Ya los cazó la costumbre.
Al oírlo humillarnos mediante un juego de palabras, saqué
el revólver y apunté. El humanoide me miró con
esos ojos de conejo meditabundo. Dos pupilas trémulas. El resto
de su cuerpo no se movió. Percibí el jadeo de Nancy sobre
mi cabeza. No me detuvo. Simplemente guardó silencio durante
el resto del viaje.
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