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POLÍTICA

¿Quiénes son los políticos?
El ejemplo del MOPT como cueva de corrupción

Por Geovanny Debrus J.

Recientes reportajes de Telenoticias sacan a la palestra política una verdad que todos presumían, que muchos dirán que es una realidad a gritos, pero que no conocía la opinión pública: el MOPT venía siendo desde hace muchos años un hervidero de corrupción descarada.

Estos reportajes reiteran dos realidades, aunque algunos medios de comunicación sólo pretenden difundir una. En primer lugar, que en el Estado habitan una camarilla de funcionarios corruptos que usufructuan con el poder que les da la función pública y, en segundo lugar, que los empresarios costarricenses se han valido de amiguismos, de su poder económico e incluso, de su participación de la política, para beneficiarse. ¿Quiénes son los culpables de esta corrupción?

Durante mucho tiempo, la etiqueta de corrupción se ha dirigido incólume hacia los políticos, pero ¿quiénes son los políticos? ¿Son los estadistas, lo funcionarios públicos, los sindicalistas, los empresarios? En realidad, en Costa Rica, político es cualquiera, desde el pega-banderas que la "pulsea" por un puesto, hasta el de la más alta jerarquía. Desde el rico que se hace empresario político por el interés de traer "prosperidad" a su negocio, hasta el funcionario público que acepta "dádivas" a cambio de favores por ejercicio de sus funciones.

No obstante, en los últimos tiempo se persigue, en algunos medios masivos -gracias al truco de las cámaras escondidas-, a los funcionarios públicos que ejercen esta denigrante práctica. Esta es la contraparte de cuando, en un despliegue de sensacionalismo sin precedentes en el país, se sometió a la vergüenza pública y al juicio legal a varios expresidentes de la República. Varias imágenes difundidas libremente por Internet transmitieron con precisión esta realidad (ver ilustración). En el caso del MOPT la vergüenza es para los empleados públicos que, sin duda, actúan mal al lucrar con su trabajo en el Estado, pero que apenas son una parte, digamos singular, de una contraparte más grande.

Lo que no queda claro es porqué estos medios de consumo extendido, en aplicación de su gran poder de formadores de opinión pública, no ha perseguido y sometido a la opinión pública, también a esos empresarios y empresarios políticos que hacen manejo del poder para beneficios de ellos y sus grupos de influencia y de interés. Porque en el caso del MOPT someten al escrutinio de lo vulgar y el pudor público, a quienes piden "mordidas" en el Estado, pero no queda claro qué responsabilidad tienen los dueños de líneas de buses en el asunto; cuando ellos mismo aceptan -frente a cámaras, qué descaro- haber pagado esas "contribuciones" a los funcionarios. Entonces, ¿de quién es la culpa, sólo del que muerde la mano?

Por otra parte, los grupos desesperados por la aprobación del TLC, entre ellos varios medios de comunicación que ya todos reconocen con facilidad, han empujado fuertemente contra los sindicatos y sindicalistas, acusándolos de corruptos defensores de privilegios laborales. Por supuesto, como los empleados del Estado son los más recalcitrantes opositores al TLC, la estrategia de desligitimarlos funciona de maravilla e "informar" todos los días en primera plana sobre los "abusos" de estos trabajadores, es una acción proverbial en esta línea. En consecuencia, como vamos deduciendo, los medios tienen una gran importancia en este enfoque de la realidad nacional. Sin entrar a si los sindicatos tienen privilegio, como los presuntos de RECOPE, JAPDEVA, etc., se muestra claramente incorrecto sólo achacarles a ellos toda la responsabilidad. ¿Y la de los "políticos" que aprobaron esas convenciones colectivas que garantiza esos derechos, dónde queda? ¿No eran también empresarios esos políticos que las aprobaron?

En definiva, como se puede inferir, la culpabilidad de la corrupción no tiene cara en qué persignarse, ni es responsabilidad de sólo un grupo. La corrupción se debe a la incursión en la política de muchas personas y grupos de interés sin vocación de servicio, que buscan muy claramente servirse a sí mismos. Servir en el Estado no es para cualquiera.

La corrupción desplegada en los últimos años y de la que su referente inmediato son los partidos tradicionales -PLUSC, les llaman ahora-, es una evidencia de que en Costa Rica todos son políticos, pero no todos son estadistas, o lo que podríamos definir como funcionarios de carrera, que acepten su función y su salario honestamente, en un ejercicio profesional. El creciente abstencionismo, que se manifiesta de manera pasmosa en las recientes elecciones de alcaldes, demuestran que los costarricenses no están en disposición de legitimar un sistema lleno de esa gente que se quiere servir. Y esa gente, no son sólo los funcionarios públicos, ni los sindicalistas, como dejan entrever los grupos de interés aliados a los empresarios costarricenses, sino también de esos empresarios que asumen la política para servirse de los negocios que puede generar el Estado y el manejo de influencias, en fin, de lo que llevó a los señores Calderón y Rodríguez a causas judiciales.

Es preciso poner las tildes sobre el acento que les corresponde. No se trata de unos grupos y otros no, se trata de políticas que no son estadistas. De estadistas desplazados y cansados de ver cómo ascienden los corruptos, mientras ellos se quedan en puestos intermedios, en el mejor de los casos, o bajos naturalmente. Se trata de una nueva simiente en el Estado, un grupo de jóvenes que asuma más responsabilidad, para cambiar el status quo que liquida a Costa Rica cada día.

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