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POLÍTICA
Murió Pinochet y su muerte aviva
el debate sobre la impunidad y la justicia. Carlos Ordóñez
aporta este comentario reflexivo, suave y analítico sobre Pinochet
y despedida del mundo físico. Lo invitamos a leerlo.
ESE GENERAL
Carlos Ordóñez
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En las calles
de Chile, en los periódicos, en los foros virtuales,
en las cadenas que circulan por Internet, en muchos rincones
de América Latina, se celebra o se lamenta –según
sea la deuda o la vergüenza– la muerte del dictador
Augusto Pinochet.
Resulta
recusable la descarada ostentación de
impudicia que dejan ver quienes lloran, porque en
cierto modo la muerte, para los corruptos y genocidas,
es una victoria. En otro contexto, Ernesto Sabato
menciona en "La resistencia"
que hay un descanso, una
corona de flores para quienes llegan al final de la
olímpica carrera de la vida. Fue el caso del dictador
chileno, cuya Caravana de la Muerte, aquella que
comenzó con dieciocho personas secuestradas, se suma
a
la lista de impunidades que quedarán hasta la
consumación de los siglos.
Curiosa
figurilla es un dictador, ese que García
Márquez señala como el único personaje
mitológico
producido en nuestro continente. Pinochet, al igual
que Luis Somoza Debayle, murió por problemas del
corazón. Al igual que Stroessner, Carías y Batista
murió rodeado de paz, ya sea familiar, eclesiástica
o
militar, en medio de ese olor a santidad que
proporcionan las cuentas en el Riggs Bank y la eterna
amistad de Margaret Tatcher, la Dama de Hierro. Por
supuesto no estoy haciendo descubrimientos, tan sólo
hago memoria, pues será lo único por lo que habrá
que
luchar en este caso perdido. Así pues, no resulta
ningún desatino la propuesta de Bertha Oliva, al
insistir en la continuidad del proceso judicial contra
Pinochet por la violación de los derechos humanos, por
los crímenes de una dictadura todavía impune,
de la
cual queda mucho por descubrir a través de “altos
hombres y familiares del general”. |
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No
me alegra la muerte de Pinochet. Respeto la alegría
de quienes celebran, sin embargo me apena la ciega
justicia chilena e internacional, tan parecida a la
nuestra, incapaz de encontrar argumentos para juzgar
en vida a sus asesinos y corruptos, esos cuyas cabezas
de Hydra deberán de enterrarse en el camino sagrado de
Lerna. Digo que respeto la alegría de quienes celebran
porque dentro de los miles de chilenos que salieron a
las calles hace unos días, una gran mayoría rendía
homenaje a los familiares de las víctimas del genocida
y abría las grandes alamedas para reunirse frente al
monumento de Salvador Allende. Pero una vez más la
marcha de los hombres libres fue cercada por el odio
de los mastines carabineros, como aquel 11 de
septiembre de 1973, cuando la definitiva noche se
expandía por Latinoamérica.
“Ha
muerto el Presidente Pinochet. Chile ha perdido
hoy a uno de sus hijos más notables El fallecimiento
(…) representa una pérdida irreparable para la causa
de la libertad y se constituye (…) en un símbolo
victorioso de la lucha de los hombres libres que
derrotaron a quienes quisieron convertir a Chile en un
país de esclavos”, dice una declaración publicada
en
la página web de la Fundación Agusto Pinochet Ugarte.
Increíble
cómo palabras tan fervorosas caen en el
vacío. El lenguaje obvio de la hipocresía y la
ignominia contrasta con el lenguaje límpido y poético
de una caricatura de Allan McDonald que dice: “No hay
peor tortura que morir del corazón cuando no se
tiene”. Definitivamente la muerte no basta, no hace
justicia con ese general, tan sólo cierra un capítulo
de este libro negro de nuestra historia.
Carlos
Ordóñez
13
de diciembre de 2006
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