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Los rezagos y excusas patriarcales

Geovanny Debrús J.

Cuando Joaquín García Monge escribió la historia de Secundila Guillén y el moto José Blas, (El Moto, 1900) expuso para aquella época, hace un poco más de cien años, hasta dónde llegaban las raíces del patriarcalismo costarricense. El sojuzgamiento de la mujer (la sumisa Cundila, prototipo de dolor resignado) a los mandatos del hombre, del padre, del hermano, del gamonal masculino, del director de la acción en un época cualquiera.

En El Moto el amor se supedita a los juegos del poder económico y el mantenimiento del statuo quo en el que se basa ese poder. El poder social, político y económico siempre estuvo en manos de los hombres, de los machos de la estirpe. Con razón afirma Yadira Calvo que "la manera más eficaz para dominar a otros, es impidiéndoles la oportunidad de cultivar el espíritu. Esta medida se aplicó a las mujeres desde época inmemoriales (Calvo, p. 167)"

"Sabemos que en el pasado, como se da en la novela El Moto, de Joaquín García Monge, la mujer estaba absolutamente supeditada al poder del hombre. Ahora bien, eso lo sabemos para aquella época, pero ¿qué tanto ha cambiado esta idea de sojuzgar el amor en la mujer, a los mandatos patriarcales? ¿Sigue la mujer sometiendo su futuro, su capacidad de decidir sobre su propia vida, en función de los intereses patriarcales?

Seamos francos, trasnparentes. Ahora es diferente. Mientras en el pasado la imposición por la fuerza era el eje de la situación, así como la socialización era mayor, en la actualidad la cualidad de mandato ha dejado de ser extendida y aceptada socialmente. Sobre este particular Calvo afirma que "en el momento actual va siendo significativo el número de mujeres que reciben en nuestro país educación superior. Creo que a ellas les corresponde, más que a nadie, retirar los hombros de las andas en que se transportan ídolos de baratija y fundar en cambio revistas y programas para la mujer(...) (Calvo, p. 198)

En nuestros días asistimos a lo que podríamos denominar un chantaje emocional, en el que los padres de familiar intenta, casi desesperadamente, perpetuar el poder conferido en sus rezagos, por el patriarcado retrógrado. Frases como "mientras viva en mi casa, debe hacer lo que yo digo y punto", dejan ver cómo estos nerviosos padres en extinción, tratan de preservar algo de ese poder de mandato, ante la imposibilidad de generar otro tipo de relación con sus hij@s. No obstante, se enfrentan a que las mujeres, cada vez más, como bien apunta Yadira Calvo, son económica y psicológicamente más independientes.

Incluso, ingenuos hermanos y hermanas (víctimas y cómplices) perpetuan estos valores patriarcales y machistas, al rechazar, despreciar o aislar a la hermana (o hija) que decide vivir su propia vida, tomar sus propias decisiones, disfrutar su propia sexualidad y que entiende, a duras penas, que nadie debe vivir su vida, más que ella misma. "La más perra de la casa", "Qué bruta usted, cómo hace eso", de parte de los herman@s, o "es una mal agradecida, después de que me esforcé tanto por sacarla adelante, nos deja tirados, es una mala hija", de parte del padre de familia, son frases que dejan entrever, a punta de excusas, los rezagos de ese patriarcalismo que se ahoga.

En consecuencia, este pernicioso sistema de poder del siglo pasado, encontrará fertilidad donde la ingenuidad, el letargo intelectual y la dependencia económica existan, y se empezará a extinguir cuando las mujeres, más que instruidas en una profesión cualquiera, se eduquen y comprendan que son dueñas absolutas de su vida, de su cuerpo, de su destino y de su futuro.

El rechazo familiar es todo un sistema de chantaje emocional. Es la forma que encuentra el padre anacrónico para lograr mantener, ese poder ante la imposibilidad con la que se encuentra de aplicar la fuerza, el mandato, la autoridad irreflexiva o incluso el convencimiento y persuación, de los viejos tiempos. Y es que en la familia se halla el mejor estado para ese chantaje, como afirma Calvo, la familia es la institución colonial más estática, desde donde se heredan de generación en generación estos (des)valores. En cada familia se tejen las redes de convencimiento, para hacer que estos preceptos en contra de la autonomía femenina, se sigan reproduciendo con el paso de los años.

La ignorancia de los cómplices (los familiares) y las víctimas (la mujer sin posibilidad de emanciparse), es terreno fértil para aplicar y extender ese chantaje emocional familiar. Cuando los hermanos reproducen esas "creencias" o "valores", que les inculcaron desde niños, producto de su carencia de educación o mal formación (cuando solo estudian carreras sin formación humanística), a veces sin darse cuenta, están haciéndole mucho daño a alguien que se supone que aman. Es el rezago, las últimas excusas, de esa vieja historia en la que el Moto (José Blas) y Cundila Guillén (la hija del adinerado terrateniente) deben abandonar el amor (incluso el amor propio) por el poder del patriarcado. Así los herman@s, los tí@s y familiares incautos, reprimen a las mujeres de la familia que buscan vivir bajo sus propias decisiones y preceptos, provocándoles un daño psicológico (a veces irreparable), cuando lo natural o ideal sería que apoyen su capacidad y virtud por buscar su felicidad consigo misma.

Desde San Vito de Coto Brus, pasando por Heredia, Turrialba, zonas semi rurales de la Meseta Central y hasta Aguas Zarcas de San Carlos, este panorama se repite. La mujer se autosojuzga y se reprime (cómplice) ante el miedo del "qué dirán" familiar, ante la incetidumbre del futuro con la soledad que puede generar el rechazo familiar. El dilema se torna en la posibilidad de emanciparse o continuar dentro del círculo patriarcal que la familia reproduce. Aunque ciertamente cada día hay más emancipadas.

Visite el índice para leer más artículosEn muchos casos, los hijos e hijas han visto y vivido casos de agresión, del padre a la madre, del padre a sus hijos y de hermanos a hermanas. Y aún cuando esas agresiones sean parte del pasado, siempre quedan rastros indelebles. Cuando una hija tiembla, siente temor, a la hora de decirle a su padre que esa noche no llegará a su casa, porque se quedará donde una amiga (y un arsenal de mentiras más que han tenido que desarrollar) deja visible ese histórico miedo de la mujer por ser agredida. Se palpa con seguridad ese patrón de conductas donde la mujer no puede decidir qué hace y qué vive, aunque ya sea "mayor de edad", independiente y profesional. Muchas mujeres veinteañeras, en este momento, se podrían identificar , sin duda, con esta afirmación.

En estas manifestaciones se pueden visualizar las cenizas -aún ardiendo- de un patriarcalismo que, poco a poco, va perdiendo terreno ante la educación y una nueva visión de mundo de las mujeres, la cual les permita comprender que la vida es un regalo que deben vivir y poseer sin miedo. En la actualidad aún subsiste, pero se ahoga en su propia ignominia.

Si Joaquín García Monge re-escribiera EL Moto encontraría una versión muy interesante en la actualidad. Quizás José Blas no huiría hacia un futuro incierto sino que lucharía por su amor y Cundila nunca hubiera aceptado la imposición de su padre y su familiar, sino que se encontraría confundida si se entrega al amor con el pobre de José Blas, o se deja manipular por el sistema de control y chantaje familiar, residuo de un patriarcado obsoleto, que se resiste a morir en paz.

Citas:
Calvo, Yadira. La mujer víctima y cómplice. San José, Costa Rica. ECR: 1995.

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