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Los premios

Alfonso Chase Brenes

El escritor nacional Alfonso Chase abre una herida sobre los Premios Nacionales, justo unos días antes de que el próximo lunes estos sean anunciados. Culturacr.com en su labor de apertura ideológica les ofrece este texto publicado en la Prensa Libre y en Tribuna Democrática. Lo invitamos a enviar sus comentarios a info@culturacr.com y participar de la polémica y el análisis nacional. De paso, le informamos que Culturacr.com trabaja para ofrecerle un foro donde podrá participar de discusiones ligadas a la sociedad, política y cultura costarricense. ¡Espérelo y no deje de visitarnos!

Ahora sí, la lectura incisiva de don Alfonso:

No. No se trata de comentar la antigua y extraña novela de Julio Cortázar, que en tan poco interés tuvo la crítica en su momento. Se trata de los Premios Nacionales, otorgados ahora en los airecillos del verano, en ceremonias cada vez más grises, y el desvanecimiento de los jurados luego de leer la última línea.

Uno de los aciertos más notables de nuestras autoridades culturales fue el crearlos, para estimular así a los autores en su obra hacia el futuro, o a los más veteranos en su relación pasado-presente.

Los premios son, en cualquier sitio, objetos de controversia y por lo tanto casi efímeros, luego de que los que los reciben, si a la prensa le interesa darles sus cinco minutos de fama y poner sus nombres en letra de molde. Un estudio reciente busca establecer un listado de los galardonados, desde que se iniciaron, para tener, también, una especie de lista paralela de los jurados, que seguro reflejan los gustos de la época, las relaciones literarias, sociales o políticas, entre las obras premiadas y la importancia real de ellas en el desarrollo artístico del país, de una manera más clara en estos quinquenios grises, rosas o dorados, según sea el ojo con que se les mire.

Nada del otro mundo. Solo una parte de la historia cultural del país, reflejada en el quehacer de la comunidad creativa y la permanencia, y fijación, en el canon de los autores y obras, que permitirían tener un ejemplo, sesgado por supuesto, de los cambios a percibirse en la historia real de nuestra cultura. La Ley de Premios Nacionales es muy simple y busca premiar a las obras, de entre un conjunto, notable en este tiempo, de acuerdo a los gustos de los jurados y las instituciones o personas que representan, cuando hay influencias, reales, de intereses que muchas veces no tienen nada que ver con la literatura, las artes o la expresión de las ideas, y de las ideologías, en los autores.

Para mi generación, llamada también promoción del 60, fueron importantes los premios porque nos permitieron darle forma a un nombre literario, a una expresión creativa o a un interés en manifestar la tradición o establecer signos de ruptura, que quedaba al descubierto al ser la obra escogida y premiada.

También a la circulación de la misma. A la venta y al interés de las editoriales hace treinta años editaban hasta 2 mil ejemplares de un libro, que podía irse vendiendo, en tres años, si existía un plan de ventas en la editorial o se ponía la obra de consulta en el sistema escolar o en secundaria, o en los Estudios Generales de las universidades.

El valor monetario de los premios, que pasó de cinco mil colones ¡hasta casi un millón!, desató una especie de codicia que dejó de lado los méritos de las obras, para darle un significado casi nulo al valor de la obra premiada, pero que para muchos autores la asignación monetaria les permitió disponer de sumas importantes para lo que fuera como producto de lo que nunca obtendrían en derechos de autor, o el interés del público lector que es el último que define estas cosas, con la ayuda de los medios de comunicación escrita, dos o tres minutos en la televisión, más el pasearse por sitios de fácil vista, para recibir felicitaciones, siempre importantes para darle sentido a lo creativo. ¿O no?

Ahora la edición es pequeña y casi ninguna editorial promueve a sus autores entre el público lector, salvo aquellas que pueden establecer un equilibrio entre los gastos editoriales y lo consignado a difusión y promoción cultural, que son las menos. Se editan entre 100, 250 ó 750 libros para abarcar un público que compra libros con frecuencia, que se tiene ahora entre mil personas de entre cuatro millones de habitantes, a menos que sea un libro de texto cuyo nicho de lectura puede ser significativo: 5 mil a 10 mil estudiantes lectores.

Los libreros muchas veces regalan, o venden como saldos, los libros que nadie compra, en esa decepcionante relación entre autor y público, aunque pareciera que ahora Radio Bemba es la mejor manera de saber las bondades de un libro y el talento de un escritor. Y ni siquiera regalados los acepta el público, por lo que terminan reciclados, tanto libros nacionales como de autores foráneos, cuya posible pérdida se recarga en los precios de venta al público (PVP).

Los premios nacionales fueron, son y serán importantes para aquellos autores que esperan reconocimiento y aplauso. En mi caso pasé dos décadas grises (1975-1995) sin recibir ni un puchito del caldero de los premios nacionales y en nada afectó mi labor literaria o mi deseo de escribir, aunque muchas veces un jurado, imprudente y amigo, me llamó para comunicarme que me habían premiado, cosa que desmintió el acta final, porque a última hora se habían sacado de la manga un nuevo candidato, dizque para desempatar.

Esto sucede en todos los países del mundo. En todos los premios nacionales, o extranjeros, en manos de la comunidad cultural que dirime conflictos de prestigio, que no se relacionan, para nada, con la obra sujeto a análisis y juicio.

Todo esto tiene que ver con los jurados, su grado de pertenencia a las editoriales, sus compromisos personales, su rechazo a diversos nombres artísticos o al simple factor de envidia. O venganza, puede ser. Pero de sus intereses escribiré luego, con base al estudio que señalamos al principio, para así entender cómo se define el canon de la literatura, la pintura o la música en nuestro país, en su realidad simbólica.

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