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La desnudez en Occidente

Primera parte

Dr. Mauro Fernández (sexólogo).*

Muy temprano en nuestra era, adoptamos las ideas paganas que satanizaban al cuerpo, esa cárcel del alma, el responsable de nuestra imperfección humana. Se enaltecía a aquellos que a través de la fuerza de la voluntad lograban alejarse de las necesidades y deseos corporales y se concentraban solamente en lo espiritual.

El sexo fue una de las primeras víctimas de esta visión del mundo, exiliándosele de la cultura occidental y condenándolo al destierro. Sus parientes, la alegría, la gratificación, el deleite, la unión y la realización propia del ejercicio de la sexualidad, fueron duramente censurados. El coito permaneció en su versión más reducida, justificado con el único fin de la procreación, y considerado como un mal menor pero necesario por las autoridades políticas y religiosas de la época.

La censura hacia el cuerpo recrudeció con la segunda revolución sexual. Cuando las mujeres se incorporaron a la fuerza laboral, las grandes fábricas temieron que cualquier vestigio de desnudez o la sola sugerencia de un cuerpo femenino por debajo de la ropa, provocaran ideas sexuales y atentaran contra la productividad. Se solucionó con el diseño del uniforme, planeado y destinado expresamente para eliminar cualquier rasgo de sexualidad del individuo.

Se impuso control en los centros laborales, pero aun existían los riesgos propios de la formación de las ciudades: tanta cercanía entre las personas podría desencadenar eventos sexuales. Se hacen necesarias medidas más rígidas y el vestido evoluciona de una simple protección contra las indulgencias del tiempo a un grueso manto que cubre y oculta los atributos sexuales. Se nos obliga a estar vestidos siempre, en toda actividad, incluso en la intimidad de nuestros propios hogares. El vestido se convierte en una prenda indispensable para el convivio social y civilizado.

 

La necesidad de ocultar la desnudez nos sumergió de lleno en la cultura antivida donde el sexo es prohibido, las madres amamantaban a escondidas, los niños venían de Paris traídos por una cigüeña, el cuerpo es desagradable y bestial, la menstruación, una maldición femenina como lo decían las santas escrituras, el hombre era malo por naturaleza y solo a golpes podía entender, la educación se realizaba a punta de palizas, se justifican las guerras. Todo era malo, todo era pecado.

En los años sesenta, cuando el Doctor Pincus descubre la píldora anticonceptiva, se produce la segunda revolución sexual y un resquebrajamiento del esquema imperante. A punta de rock, flores y pelo largo, se cuestionó la sociedad de mercado, el modelo capitalista, el racismo, los derechos civiles, las libertades individuales, la utopía, el socialismo, el rol de la mujer en nuestra sociedad, el colonialismo, las guerras, la homosexualidad, y ante todo, se cuestionó la sexualidad.

Además, se puso en entredicho el status quo y los pilares mismos que sostienen nuestra sociedad. Se da una crítica de manera fuerte y racional todas las condiciones que hasta la fecha, habían dictado la forma de vida de la sociedad occidental.

Los hippies le demostraron al mundo que la lactancia materna es lo mejor para los niños, aun cuando los médicos vociferaban lo contrario; que la naturaleza es nuestro aliado; que el sexo es bello; que la vida no es para sufrir, que el mundo debe vivir sin guerras; que el cuerpo es deseable y que la desnudez es uno de los grandes placeres del ser humano; que los niños a “culo pelado” son lindos y más aun cuando están pegados de las “tetas” de sus madres; que jugar con tierra es beneficioso y que el contacto con la naturaleza es bueno para el ser humano desde la más tierna infancia.

Motivados con esta enseñanza, grandes sectores sociales optan por una forma diferente de vida, donde la desnudez, -que es censurada todavía hoy en nuestras calles- es totalmente válida en el seno del hogar: padres e hijos compartan desnudos sus faenas, se bañan juntos y tiene un contacto más cercano, más íntimo, más humano, más real, más familiar, más digno.

Este cambio revolucionario en nuestra sociedad se acompaña de avances de la ciencia y de la tecnología. Aunque la sexualidad sigue siendo prohibida para muchos, una parte logra liberarse de la herencia ancestral de más de dos siglos de represión sexual.

Porcentajes importantes de nuestra sociedad, comienzan a vivir la sexualidad de una manera diferente, más natural y con menos malicia. Surge así el espacio para la desnudez, con parejas que disfrutan de sus cuerpos, de su desnudez, de toda la sensualidad que la piel posee, aboliéndose la obligatoria luz apagada para hacer el amor.

Con los años, los emblemas se fueron derrumbando. Los hippies sucumbieron a la droga, el rock se vendió a las transnacionales, el naturalismo cayó en manos de las grandes empresas, los desposeídos dejaron de ser importantes. La sociedad de consumo inundó todos los rincones, quedando una enorme ambivalencia en la población, que a sorbos vive aquella libertad de los sesentas mientras nada en las aguas del materialismo de finales y principios de siglo.

Este eclipse de la cultura pro-vida no logró suprimir del todo las enseñanzas del sesenta. La desnudez al igual que el sexo, al igual que el amor, continúan ocupando un espacio social, esperando los nuevos vientos de cambio que parece se levantan y soplarán desde allá, desde el sur.

Consultas con el Dr. Mauro al correo drmauro@icosex.com

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