Muy
temprano en nuestra era, adoptamos las ideas paganas que satanizaban
al cuerpo, esa cárcel del alma, el responsable de nuestra
imperfección humana. Se enaltecía a aquellos que
a través de la fuerza de la voluntad lograban alejarse
de las necesidades y deseos corporales y se concentraban solamente
en lo espiritual.
El sexo
fue una de las primeras víctimas de esta visión
del mundo, exiliándosele de la cultura occidental y condenándolo
al destierro. Sus parientes, la alegría, la gratificación,
el deleite, la unión y la realización propia del
ejercicio de la sexualidad, fueron duramente censurados. El
coito permaneció en su versión más reducida,
justificado con el único fin de la procreación,
y considerado como un mal menor pero necesario por las autoridades
políticas y religiosas de la época.
La censura
hacia el cuerpo recrudeció con la segunda revolución
sexual. Cuando las mujeres se incorporaron a la fuerza laboral,
las grandes fábricas temieron que cualquier vestigio
de desnudez o la sola sugerencia de un cuerpo femenino por debajo
de la ropa, provocaran ideas sexuales y atentaran contra la
productividad. Se solucionó con el diseño del
uniforme, planeado y destinado expresamente para eliminar cualquier
rasgo de sexualidad del individuo.
Se impuso
control en los centros laborales, pero aun existían los
riesgos propios de la formación de las ciudades: tanta
cercanía entre las personas podría desencadenar
eventos sexuales. Se hacen necesarias medidas más rígidas
y el vestido evoluciona de una simple protección contra
las indulgencias del tiempo a un grueso manto que cubre y oculta
los atributos sexuales. Se nos obliga a estar vestidos siempre,
en toda actividad, incluso en la intimidad de nuestros propios
hogares. El vestido se convierte en una prenda indispensable
para el convivio social y civilizado. |
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La necesidad de
ocultar la desnudez nos sumergió de lleno en la cultura antivida
donde el sexo es prohibido, las madres amamantaban a escondidas, los
niños venían de Paris traídos por una cigüeña,
el cuerpo es desagradable y bestial, la menstruación, una maldición
femenina como lo decían las santas escrituras, el hombre era
malo por naturaleza y solo a golpes podía entender, la educación
se realizaba a punta de palizas, se justifican las guerras. Todo era
malo, todo era pecado.
En los años
sesenta, cuando el Doctor Pincus descubre la píldora anticonceptiva,
se produce la segunda revolución sexual y un resquebrajamiento
del esquema imperante. A punta de rock, flores y pelo largo, se cuestionó
la sociedad de mercado, el modelo capitalista, el racismo, los derechos
civiles, las libertades individuales, la utopía, el socialismo,
el rol de la mujer en nuestra sociedad, el colonialismo, las guerras,
la homosexualidad, y ante todo, se cuestionó la sexualidad.
Además,
se puso en entredicho el status quo y los pilares mismos que sostienen
nuestra sociedad. Se da una crítica de manera fuerte y racional
todas las condiciones que hasta la fecha, habían dictado la
forma de vida de la sociedad occidental.
Los hippies le
demostraron al mundo que la lactancia materna es lo mejor para los
niños, aun cuando los médicos vociferaban lo contrario;
que la naturaleza es nuestro aliado; que el sexo es bello; que la
vida no es para sufrir, que el mundo debe vivir sin guerras; que el
cuerpo es deseable y que la desnudez es uno de los grandes placeres
del ser humano; que los niños a “culo pelado” son
lindos y más aun cuando están pegados de las “tetas”
de sus madres; que jugar con tierra es beneficioso y que el contacto
con la naturaleza es bueno para el ser humano desde la más
tierna infancia.
Motivados con
esta enseñanza, grandes sectores sociales optan por una forma
diferente de vida, donde la desnudez, -que es censurada todavía
hoy en nuestras calles- es totalmente válida en el seno del
hogar: padres e hijos compartan desnudos sus faenas, se bañan
juntos y tiene un contacto más cercano, más íntimo,
más humano, más real, más familiar, más
digno.
Este cambio revolucionario
en nuestra sociedad se acompaña de avances de la ciencia y
de la tecnología. Aunque la sexualidad sigue siendo prohibida
para muchos, una parte logra liberarse de la herencia ancestral de
más de dos siglos de represión sexual.
Porcentajes importantes
de nuestra sociedad, comienzan a vivir la sexualidad de una manera
diferente, más natural y con menos malicia. Surge así
el espacio para la desnudez, con parejas que disfrutan de sus cuerpos,
de su desnudez, de toda la sensualidad que la piel posee, aboliéndose
la obligatoria luz apagada para hacer el amor.
Con los años,
los emblemas se fueron derrumbando. Los hippies sucumbieron a la droga,
el rock se vendió a las transnacionales, el naturalismo cayó
en manos de las grandes empresas, los desposeídos dejaron de
ser importantes. La sociedad de consumo inundó todos los rincones,
quedando una enorme ambivalencia en la población, que a sorbos
vive aquella libertad de los sesentas mientras nada en las aguas del
materialismo de finales y principios de siglo.
Este eclipse de
la cultura pro-vida no logró suprimir del todo las enseñanzas
del sesenta. La desnudez al igual que el sexo, al igual que el amor,
continúan ocupando un espacio social, esperando los nuevos
vientos de cambio que parece se levantan y soplarán desde allá,
desde el sur.
Consultas con
el Dr. Mauro al correo drmauro@icosex.com