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El potencial ético
de los nuevos movimientos sociales
Paúl Enrique
Benavides Vílchez
Para
la prensa neoliberal, tanto en sus longevos como en sus nuevos
cuadros, la sociedad civil costarricense debe ser correcta,
sensata, especialmente prudente con lo que estiman la visión
oficial de país. Desde luego que esta “sociedad
civil” bien portada y fantasmal recibe sus halagos editoriales.
Esa sí sabe comportarse democráticamente.
Esta prensa auspicia la visión neoconservadora de la
sociedad civil, complaciente con el poder y necesaria en su
pasividad para que todo calce y no haya desajustes. Acorde con
la visión de la democracia competitiva, que planteara
hace ya bastante tiempo el economista Joseph A. Schumpeter en
su obra Capitalismo, Socialismo y Democracia. Complemento político
del neoliberalismo, esta perspectiva hace nula la voluntad general,
al señalar que la “voluntad del pueblo es el producto
y no la fuerza impulsora del proceso político”.
Minimiza la capacidad de juicio de la persona al afirmar que
“dar al individuo una independencia y calidad racional
es completamente irreal”. Reduce la democracia a la oportunidad
que tiene el pueblo de aceptar o rechazar los que aspiran a
gobernarlo y nada más.
El método democrático, afirma Schumpeter, es “aquel
sistema institucional para llegar a las decisiones políticas,
en el que los individuos adquieren el poder de decidir por medio
de una lucha de competencia, por el voto del pueblo”.
El individuo no razona, la voluntad general es una ficción,
la política es una competencia por ganar votos, y la
democracia el gobierno del político.
Desde
luego que le provoca a esta prensa una mirada de sospecha el
que los ciudadanos decidieran marchar por las calles para expresar
su desacuerdo con el TLC. Es decir, que la sociedad civil se
portara incorrectamente. Bochinche callejero que no estuvieron
dispuestos a tolerar, alquimia de los que fueron jóvenes
en los setentas, y veleidades románticas para los que
son jóvenes en el siglo XXI que les sonó a subversión,
optando por la vía fácil de darle más importancia
a la ley de tránsito, que a la libertad que tienen las
personas de manifestarse, como lo hacen los ciudadanos democráticos
de las sociedades democráticas de Francia, España
y los Estados Unidos. Así editorializaron en apoyo al
gobierno, transformando el Estado Social de Derecho de pronto,
en policía de tránsito. |
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Pero lo que no puede evitar su círculo de censores y articulistas,
es el renacimiento a escala internacional de lo que se ha dado en
llamar la sociedad civil global, que surgió a la vida cívica
en los primeros años del siglo XXI, no como reacción
sino como acción ética contra la globalización
neoliberal, los organismos internacionales, sus promotores y los efectos
perversos de la aplicación del modelo en el mundo, según
señala nada menos y nada más que Joseph Stiglitz.
De esta forma surge el Foro Social Mundial (FSM), que opera a través
de redes de participación a nivel internacional sin un centro
de poder al cual rendirle cuentas, creado en la ciudad de Porto Alegre,
Brasil, en el 2001 con la finalidad de oponerse al Foro Económico
Mundial de Davos, espacio que desde 1971 promueve y defiende las políticas
neoliberales en el mundo, financiado por más de 1000 empresas
transnacionales.
El Foro Social Mundial (FSM) ha realizado seis Foros Sociales del
2001 al 2006, realizados en Brasil, en Pakistán, la India,
África, Venezuela y Chile. Los ejes temáticos abordados
incluyen la afirmación y defensa de los bienes comunes de la
tierra como alternativa a la mercantilización y al control
de las transnacionales; la movilización y software libre; la
economía popular solidaria; el pensamiento autónomo,
reapropiación y socialización del conocimiento, de los
saberes y las tecnologías; comunicación, prácticas
contra hegemónicas, derechos y alternativas, entre otros temas.
Asimismo la existencia de ATTAC, Movimiento Internacional de Ciudadanos
formado por personas de todas partes, creado para promover un impuesto
a los capitales especulativos, la Tasa Tobin, iniciativa planteada
por el economista estadounidense y Premio Nóbel James Tobin,
que propone la aplicación de un impuesto a las transacciones
especulativas de los mercados de divisas. Propuesta rodeada del más
elocuente silencio de parte de los conglomerados de información
norteamericanos.
Estos nuevos movimientos sociales postulan la planetarización
del sistema, la consciencia organizada que señala al capitalismo
global, el límite físico del planeta tierra, que no
podrá ser ahora ni en el futuro la sociedad venidera, la utopía
del libre espacio para continuar agotando y expoliando sus recursos
y sus energías. Son la esperaza de que la vida continúe
con nosotros.
Reivindican la información como recurso, derecho político
fundamental que fue arrebatado por la globalización económica
y por los conglomerados informativos, y que los movimientos afirman
para difundir la información científica, ambiental,
biotecnológica, farmacéutica y financiera alternativa,
disponible para todos en la Red.
Los movimientos sociales, decía José Luis Aranguren,
renuncian al lastre del aparato y de la burocracia de partidos, responden
al reclamo de verdad por el que existen, a ese “grito de amor
a la vida” que les da sentido. Representan una crítica
fuerte a las estructuras de poder tradicionales como los partidos
políticos, a su sentido de oportunidad y cálculo, a
sus liderazgos personalistas y cacicales, prudentes para señalar
con su dedo con cuales sectores se pacta y con cuales no, para no
arriesgar el posible triunfo electoral que persiguen, como Sísifo
en su gesta de llevar a la cima de la colina la piedra que lo aplasta.
Tienen el potencial para suscitar las ideas y las energías
más simples y más nobles de las personas, la fe y sus
esperanzas en el porvenir. Eso que malgastaron los partidos políticos
por tanto años, creadores de su propio demiurgo: los abstencionistas.
Enero 09, 2007
Tomado
de Tribuna
Democrática
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