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se honra en presentar dos textos de importancia. Primero le ofrecemos
el cuento La Tejedora de palabras, de
Rima de Vallbona y posteriormente un reseña
literaria del Dr. Vincent Spina. Usted escoge
en qué orden prefiere leerla.
Agradecemos
sus comentarios
La tejedora
de palabras
Rima de
Vallbona
A
Joan, quien desde hace siglos se aventuró por los mares
de la vida creyendo que iba en pos de su propia identidad, cuando
realmente buscaba, como Telémaco, al Ulises padre héroe
que todo hombre anhela en sus mocedades.
Y
hallaron en un valle, sito en un descampado, los palacios de Circe,
elevados sobre piedras pulidas. Y en sus alrededores vagaban lobos
monteses y leones, pues Circe habíalos domesticado administrándoles
pérfidas mixturas.
Homero
El
violento fulgor veraniego de los ocasos de Houston estalló
en mil resplandores rojizos en su hermosa cabellera, la cual lo
dejó deslumbrado por unos momentos; era como si hubiese
entrado en una zona mágica en la que ni el tiempo, ni los
sentidos, ni la realidad tuvieran cabida alguna. Ella se dirigía
hacia el edificio de lenguas clásicas y modernas cuando
Rodrigo tuvo la fugaz visión suya de espaldas, aureolada
por el brillo de una nunca antes vista frondosa mata de pelo.
Iba cantando — o eso le pareció a él —
con una voz tan melodiosa, que por unos instantes se suspendieron
sus sentidos y quedó petrificado.
— ¿Qué te pasa que te has quedado ahí
alelado como si hubieras visto un fantasma o un ánima de
ultratumba? — le preguntó Eva, mientras la de los
hermosos cabellos subía con aire de majestad los tres escalones
de piedra del edificio.
— ¿Quién es? — le preguntó Rodrigo
señalándola con un gesto de la cabeza.
— ¿Quién va a ser? ¡Si todo el mundo
la conoce! Es la profesora Thompson, la de clásicas. Todo
quisque en la U sabe de sus excentricidades. Ella es precisamente
la profe por la que me preguntabas ayer, cuando te matriculaste
en su curso.
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Al
abrir la puerta para entrar en el edificio, girándose repentinamente,
ella fijó en Rodrigo una mirada de cenizas con ascuas. Fue cuando
el resplandor de sus cabellos se apagó. Entonces él no
pudo dar crédito a sus ojos, pues superpuesta a la imagen de
criatura divina, se le manifestó de pronto como un ser grotesco:
la juventud que antes había irradiado brillos mágicos
en la luz de sol de los cabellos, en un santiamén se trocó
en un marchito pelaje color rata muerta, grasienta, sucia. Lo que más
le impresionó es que pese a la distancia que lo separaba de ella,
le llegó a él un intenso y repugnante olor a soledad,
a total abandono, como de rincón que nunca se ha barrido ni fregado.
Sintió náuseas, lástima, miedo...
— Da pena verla — siguió comentando Eva — Viene
a la U en esa facha de trapera, como las “bag-ladies” que
con la situación escuchimizada de hoy y la derrota de sus vidas,
llevan cuatro chuicas en una bolsa plástica, hacen cola en Catholic
Charities y se pasan hurgando en los basureros. Sucia, despeinada, sin
maquillaje alguno, el ruedo de la falda medio descosido, ¿no
la viste?, así viene siempre a clase.
Rodrigo agregó:
— Camina con desgana, como si ya no pudiera dar un paso más
en la vida y se quisiera perder en el laberinto de la muerte...
— Mejor dicho, en las regiones del Hades, donde habita el clarividente
ciego Tiresias, explicaría la profesora Thompson, cargada como
tiene la batería de añeja literatura y mitos griegos.
— ¿No estás tomándome el pelo, Eva? Este
espantapájaros con figura de mendiga no puede ser una profe...
y menos de clásicas.
— ¿Pintoresca tu profesorcita, eh? Verás las sorpresas
que te guardan sus clases, Rodrigo—. Muerta de risa, Eva se alejó
hacia el edificio de filosofía mientras le recomendaba andarse
con cautela con la profesora Thompson porque... ¡a saber por qué!,
pues las últimas palabras las borró en el aire el traqueteo
del camión que pasaba en ese momento recogiendo la basura.
Como si la profesora Thompson adivinara que hablaban de ella, en un
instante fugaz la divisó Rodrigo mirándolo con fijeza
detrás de los cristales tornasolados de la puerta. El no sabía
si los reflejos del vidrio, al influjo del sol poniente, habían
vuelto a jugarle una mala pasada; lo cierto es que cayó de nuevo
presa del embrujo de la primera visión de ella: se le volvió
a manifestar en todo el esplendor de su abundante y hermosa cabellera
orlada de fulgores mágicos que le daban una aureola de diosa,
como salida de un extraño mundo de fantasías.
A
partir de entonces, siguió apareciéndosele a Rodrigo en
su doble aspecto de joven embrujadora / vieja hurga basureros. El fenómeno
ocurría aún durante las clases. Al principio, temiendo
que los efectos de esa doble obsesión quimérica afectaran
sus estudios, Rodrigo se vio tentado a dejar el curso sobre Homero.
Sin embargo, una misteriosa fuerza venida de quién sabe dónde,
incontrolable, lo hacía permanecer en él. Para justificarse,
se repetía, sin convicción alguna, que tenía razones
muy sustanciosas: ante todo, curiosidad. Sí, curiosidad, porque
en el diario contacto con sus compañeros esperaba que alguno
de ellos le revelase a él que también padecía de
tan extravagantes espejismos; pero por lo visto, nadie a su alrededor
mencionaba nada tan absurdo como el mal que lo estaba aquejando a él.
Sus compañeros se complacían en poner en relieve sólo
la descharchada figura de mujer que ha llegado a los límites,
al se acabó todo y ya nada importa más. No obstante, todos
reconocían que como pocos profesores, la Dra. Thompson daba unas
clases fascinantes durante las cuales volvían a cobrar vida Ulises,
Patroclo, Nausica, Penélope, Telémaco, Aquiles.
En efecto, mientras ella exponía la materia, era imposible escapar
al hechizo de aquel remoto mundo, el cual se instalaba en el espíritu
de Rodrigo como algo presente, actual, que nunca hubiese muerto, ni
moriría jamás. En varias ocasiones Rodrigo experimentó
muy en vivo que en vez de palabras, la profesora le iba tejiendo a él
— sólo a él — la "divina tela" (tela
tejido textura texto); ligera, graciosa y espléndida labor de
dioses que había venido urdiendo la "venerable Circe"
en su palacio, también hecho por Homero de puras palabras. En
clase, enredado en la hermosa trama que ella iba tejiendo con palabras,
palabras y más palabras, Rodrigo se sentía feliz, más
cómodo que moviéndose en su realidad de fugaces amoríos,
de conversaciones fútiles, de películas violentas y eróticas,
del dolor de haber sorprendido las infidelidades de su imperial padre,
de la sumisión dolorosa de su madrecita tierna, benévola,
resignada; también de las noticias alarmantemente feroces que
lo atacaban por doquier desde el periódico, la radio, la tele,
los mismos textos universitarios. La clase sobre Homero era para él
un paraíso perfecto donde sorbía embebido el frescor de
aquel río de palabras que arrastraba consigo todos sus pesares,
angustias, preocupaciones, y lo dejaban limpio y prepotente como un
héroe homérico.
Así fue como la profesora Thompson captó el efecto mágico
que producía sobre Rodrigo la urdimbre de sus palabras. Sin perder
ocasión, lo colmó de palabras para hacerle saber que ella
lo comprendía; le escribió al pie de los ensayos que ella
le corregía, en las traducciones que él le entregaba como
tarea cada semana y a veces en papelitos clandestinos. Las primeras
notas pusieron énfasis en sus cualidades:
Rodrigo, por lo que dices y escribes en clase, observo que eres muy
inteligente; más que la mayoría de las personas. Lo raro
es que también tu sensibilidad e intuición te permiten
percibir datos sofisticados y multidimensionales que los demás
no alcanzan ni a adivinar. Lo ignoras, pero en tu caso ocurre el fenómeno
rarísimo de conjugar íntegramente el poder creativo e
innovador de lo intuido y el analítico de la razón resuelveproblemas.
¡Y yo, que siempre me he creído más inteligente
y capaz que los otros (perdona mi arrogancia)! Ante ti experimento la
impresión de que has venido a mi vida como uno de esos héroes
míticos que estudiamos y que aparecen para romper con todas las
reglas de lo normal y corriente e instalarse vencedores en el centro
del mundo. Lo que te digo es una verdad que debes imponerte y de la
que debes sentirte orgulloso, como yo lo estoy, porque juntos, los dos
formamos una pareja separada del resto de la raza humana. Y por favor,
no hagas esfuerzos — los cuales serán vanos — por
escapar a ese destino, como estás intentándolo desde que
te conocí.
Rodrigo no salía de su asombro ante tal análisis, el cual
denotaba un gran interés en su persona. Además, le pareció
que la profesora entendía aquel "destino" plantado
en medio del papel, en el rígido e inapelable significado griego
y que ella, quién sabe por qué hechicera capacidad, le
advertía el contenido de su oráculo. Para complicar más
las cosas, en carta adjunta al ensayo sobre el descenso de Ulises al
Hades, ella le escribió:
Por lo mismo que eres tal como te analicé en otra ocasión,
es muy difícil que encuentres una respuesto simple a tu obsesiva
pregunta de quién eres. No olvides que cualquier respuesta satisfactoria
será siempre muy compleja. Recuerda lo que el existencialismo
afirma, que cada uno es lo que escoge ser. Ulises escogió ser
héroe. Tú te debates entre la aventura ilimitada de Ulises
y las reducidas demandas inmediatas del joven Rodrigo, atrapado en los
avatares superfluos de la vida burguesa de su familia, la cual no le
calza en nada. Yo, en tu lugar, estaría furiosa por la injusticia
cometida por la familia que se roba hasta la libertad de sus miembros
con frívolas imposiciones y demandas; por pequeña que
sea la libertad de cualquier ser humano, todos tenemos el deber ineludible
de defenderla si no queremos quedar alienados.
Sin ton ni son, siguió pasándole notitas. En una de ellas
hacía énfasis en la desesperada necesidad (así,
subrayado) que él tenía de establecer una sana y completa
relación íntima con alguien. Lo curioso es que Rodrigo
nunca aludió a eso ni a nada de lo que ella decía, aunque
se vio forzado a reconocer que había un gran fondo de verdad
en lo que ella conjeturaba. Sin duda alguna la mujer tenía algo
de hechicera o se las sabía todas en el campo de la sicología.
Entre otras cosas, ella le dijo que le daba lástima verlo tan
impotente para proteger de las imposiciones de su familia lo que era
para él inapreciable, como la íntima e íntegra
relación con alguien. Agregó que le destrozaba el corazón,
porque de alguna manera el cumplimiento de su destino (¡y dale
con el destino!) rompería las amarras con los principios pequeñoburgueses
de su familia. Acompañando la notita, en sobre aparte, y para
mayor sorpresa de Rodrigo, venía la llave de su casa y un mapa:
"Este es el mapa que te llevará, muchacho querido, a través
del laberinto de autopistas de Houston hasta mi morada salvadora de
la muerte existencial que te imponen ellos, los que diciéndote
que te quieren, te están destruyendo", puso al pie del mapa.
A partir de entonces la profesora Thompson no perdió oportunidad
para escribirle papelitos de toda clase, en los que analizaba con agudeza
la idiosincrasia de Rodrigo: la intensidad de sus problemas y emociones,
su sensibilidad exacerbada, no comprendida por muchos que hasta lo llamaban
neurótico, sicópata, en fin, todos esos membretes que
se le ponen a la conducta que no se comprende por qué está
fuera de los alcances de las inteligencias comunes. En otra carta le
decía:
No temo de manera alguna la intensidad de tus emociones y arrechuchos
y por lo mismo prometo no abandonarte jamás. Has de saber, Rodrigo
del alma, que conmigo puedes desplegar la amenazadora gama de tus pensamientos,
iras y emociones. Yo te comprendo y comprendo tu frustración.
Conmigo podrás ventilar todo lo que has vivido reprimiendo por
temor a malentendidos.
Te sobran razones para creer que lo que ves, percibes, piensas, sientes,
es equivocado. Sin embargo, nada de eso es equivocado, sólo diferente
a lo que los demás ven, perciben, piensan y sienten. Debes tener
más fe en ti mismo, Rodrigo, muchachote tan de mi alma. Has de
saber que mi tarea a tu lado es la de trasmitirte, infusionarte, saturarte
de fe en tu talento y en la extensión de tu potencial. La otra
tarea mía consiste sobre todo en librarte de tu familia y de
las absorbentes obligaciones sociales que ellos te imponen; te prometo
cortar del todo las amarras que te tienen maniatado y no te permiten
entregarte a mí. La última de mis tareas reclama que tú
y yo gocemos de momentos privados y que vengas a verme cuando las presiones
del mundo exterior te hagan daño, para que ventiles tus frustraciones
y pesares conmigo. Tú no lo quieres reconocer, pero desde el
día que te vi a través del cristal de la puerta del edificio
de lenguas, capté en tu mirada un anhelo intenso de morir, de
acabar con tu preciosa vida para siempre. Desde entonces, mi amor por
ti ha ido creciendo y creciendo. Y porque te amo, Rodrigo, mi Rodrigo,
porque has llegado a ser todo para mí, lucharé a brazo
partido y hasta daré mi vida entera por salvarte de ti mismo.
Al leer aquello, Rodrigo siente que un raro vacío se ubica en
su ser y que la vergüenza, el rechazo, la rabia, el desprecio hacia
la vieja hurga basureros se apoderan de él. Sin embargo, el penetrante
olor a soledad que despide ella le recuerda (¡extraña asociación
sin fundamento!), la soledad de su frágil madrecita siempre empequeñecida
por el fulgor juvenil de las amantes de su padre. Entonces se le viene
al suelo el ánimo que lleva para dejar la clase de Homero, para
enfrentarse a la profesora Thompson y gritarle las cuatro verdades de
que se mire en un espejo y compruebe que con su imagen cincuentona,
surcada ya de arrugas, sin belleza alguna, es ridículo pretender
seducir a un mozalbete de su edad. Una vez ante ella, Rodrigo baja la
vista y el aprendido código social de gentiliza hipocresía
disimulo, se le impone de nuevo y sí, señora, ¿en
qué puedo servirla?, déme la cartera que está muy
cargada de libros, para llevársela, le abro la puerta, no tenga
cuidado, sabe que estoy a sus órdenes, usted sólo tiene
que mandarme. Así fue como después de una de las clases,
y so pretexto de que con los atracos y violaciones que abundan por los
alrededores de Montrose, Rodrigo la acompañó hasta su
coche.
— ¿Dónde estás estacionado, Rodrigo? —
le preguntó la profesora Thompson cuando ya estaba instalada,
con el pie en el acelerador.
— A unas cuantas cuadras de aquí, pues hoy me costó
encontrar espacio cerca. Debe tener lugar algún concierto o conferencia
para que haya tanta gente por aquí.
— Te llevo. Entra.
Fue con miedo, mucho miedo, que Rodrigo entró al destartalado
Chevrolet de los años de upa. Las piernas le flaqueaban porque
en ese preciso momento recordó otra de las cartas en la que ella
le decía que para defenderlo de la muerte (¡del Hades!),
la cual pululaba en todo su ser, él debería abandonarlo
todo, absolutamente todo y retirarse a vivir con ella en su mansión
(sí, había escrito "mansión" y a él
le pareció raro que con esa facha tan desgarbada tuviera una
mansión) de Sugarland, donde sólo sus gatos le quitarían
a ella poco tiempo para dedicárselo sin medida a él. Ahí,
en su mansión, ella le daría cuanto él necesitara
y pidiera:
Para darte la paz que necesitas, Rodrigo, sólo para eso te llevaré
a mi paraíso al que nadie más que mi legión de
gatos entra ni entrará. Podrás darles mi teléfono
a tus parientes y amigos para no cortar del todo amarras con el mundo
de afuera. Allá, conmigo, verás cuánta paz y dicha
alcanzaremos juntos, porque sabes que te amo con un amor rotundo y total,
como nadie te ha querido antes, ni siquiera tu madre.
A Rodrigo no le cabía duda de que ella era una hábil manipuladora
de palabras, palabras que iba tejiendo a manera de una tupida red en
la que él se iba sintiendo irremisiblemente atrapado, como ahora
dentro del coche. En cuanto entró, le vino de golpe un violento
tufo a orines y excrementos de gato que lo llenó de incontenibles
náuseas. En seguida comprobó que mientras impartía
clases por cuatro horas, la profesora Thompson había dejado encerrados
a dos de sus numerosos gatos que se quedaron mirándolo con odio
y rabia (al menos así le pareció a él cuando atrapaba
en la oscuridad el oro luminoso de sus pupilas felinas... ¿Y
si hubiese sido más bien lástima lo que le trasmitió
el oro encendido de sus ojos? ¡Había un fondo tan humano
en su mirada!).
En ese instante, en la penumbra del desmantelado y ridículo Chevrolet
ella volvió a aparecer ante Rodrigo en todo el juvenil resplandor
pelirrojo del primer día. Entonces Rodrigo experimentó
con más fuerza que antes que ya nada podía hacer para
defenderse de ella, que de veras estaba atrapado en la red tejida por
ella con palabras, palabras, palabras y palabras, escritas, susurradas,
habladas, leídas, recitadas, palabras, y no, yo quiero irme a
casa, déjeme usted, "señora, se me hace tarde, mis
padres me esperan a cenar", "no seas tontuelo, mi muchachote
querido, que ellos sólo te imponen obligaciones y yo en cambio
te daré el olvido y abolición completos de todo: dolor,
deberes, demandas, represiones, ¿ves cómo los vapores
de este pulverizador exterminan el penetrante olor gatuno del coche?,
así se disipará tu pasado en este mismo momento, vendrás
conmigo a mi mansión cerrada para los demás y a partir
de ahora, sólo tú y yo, yo y tú juntos en mi paraíso...
nada más que tú y yo y el mundo de afuera eliminado para
siempre..."
* * *
— ¿Se enteró usted, que desde el jueves pasado,
después de la clase suya, Rodrigo Carrillo no ha regresado a
su casa, ni ha telefoneado a su familia? — le preguntó
a la profesora Thompson Claudia, una de las alumnas del curso.
— ¿Ah? ¡No lo sabía!
— Como acaba de pasar lo de Mark Kilroy y la macabra carnicería...
digo, el sacrificio satánico en Matamoros, la familia Carrillo
y la policía lo están buscando temerosos de que haya sido
otra víctima de los narcotraficantes.
— Se teme lo peor, dicen los periódicos, y lo malo es que
no han dado con la menor pista — con voz llena de ansiedad, comentó
Héctor, el amigo íntimo de Rodrigo —. Sólo
saben por nosotros que estuvo el jueves en esta clase y que después
ni siquiera entró en su convertible que encontraron estacionado
en el mismo sitio donde lo había dejado al mediodía, cuando
regresamos juntos de tomar un piscolabis. Como antier se descubrió
por estos barrios otra banda de traficantes de drogas que también
practicaban cultos satánicos, se imaginará usted cómo
está de angustiada la familia.
— ¿No la interrogó a usted la poli como a nosotros?
— Oh, sí, sí, pero qué podía decirles
yo? Rodrigo debe estar con alguno de sus parientes de Miami, de quienes
se pasa hablando. Tengo la corazonada de que esté donde esté,
no corre peligro... ningún peligro. Sigamos con Homero. Comentábamos
el pasaje en el que Ulises y sus camaradas llegaron a la isla Eea.
Héctor fijó la vista en el libro donde se relata cómo
los que se alejaron de la nave oyeron a Circe que cantaba con una hermosa
voz, mientras tejía en su palacio "una divina tela, tal
como son las labores ligeras, graciosas y espléndidas de los
dioses..." Al posar de nuevo la mirada en la profesora Thompson,
no podía dar crédito a sus ojos: en lugar de la mujerota
alta, fornida, jamona, desaliñada, en la penumbra de la vejez,
de rasgos duros y amargos, apareció ante él ¡increíble!,
¿estaría soñándola?, como una bella y atractiva
joven de abundante cabellera rojiza — aureola rubicunda que le
daba un aire de diosa prepotente. Además, en vez del vozarrón
al que él se había habituado, con voz melodiosa que a
sus oídos parecía un cántico divino, ella seguía
relatando cómo los compañeros de Ulises fueron convertidos
en puercos por Circe, "pues ahora ellos tenían cabezas,
gruñidos y cerdas de puerco; eran puercos en todo, menos en la
inteligencia, que mantenían igual que antes. Entonces ahí
fueron miserablemente encerrados en la pocilga".
En seguida
esta importante reseña literaria del cuento que acaba de leer.
Al Dr. Vincent Spina un agradecimiento por este aporte de gran relevancia.
Rima
de Vallbona. Tejedoras de sueños versus realidad. Madrid: Ediciones
Torremozas, 2003.
No sé si, por ser mujer, una autora escribe de una manera esencialmente
diferente de su contraparte masculina. Según una noticia emitida
por nada menos que PBS (el sistema de radiodifusión público
de los Estados Unidos) sí existe una diferencia y ésta
reside en el predominio del uso de ciertas preposiciones; es decir,
las mujeres prefieren unas preposiciones y los hombres, otras. Desde
luego, esta preferencia fue calculada por un programa de computadora
y, me imagino que será tarea de otros programas mostrar qué
es lo que tiene que ver, a largo plazo, esta preferencia “preposicional”
con la vida de los hombres y las mujeres.
No obstante esta observación, también es verdad que siempre
ha habido textos designados para la mujer, y otros para el hombre. Cuando
Andreus Huyssen intentó mostrrar el cambio entre el discurso
modernista y el posmodernista, se fijó en estas designaciones
y, comentando sobre Madame Bovary de Augusto Flaubert, notó que
durante el período modernista había una división
entre “el arte mayor” y “la cultura popular”.
Según Huyssen, Flaubert muestra que la tragedia de Emma Bovary
se debe justamente a su predilicción por los textos sentimentales
y melodramáticos que caracterizan y provienen de “la cultura
popular”, y constituyen un discurso destinado a la mujer y designado
“testo femenino”. Huyssen sigue notando que para el posmodernismo
este tipo de previlegiar un discurso sobre el otro desaparece a tal
punto que el discurso antes considerado “arte mayor’”
puede mezclarse libremente con el discurso popular en un solo texto.
Y respecto a Tejedoras de sueños versus realidad de la escritora
costarricense Rima de Vallbona los textos se mezclan, o mejor decir,
se entretejen. Predomina en estos cuentos de esta nueva colección
el discurso femenino filtrado por una gama de voces (textos) femeninas
desde las más académicas hasta las más telenovelescas
(aunque el mismo uso del giro gramático de “desde ... hasta”
“presupone un previlegiar” que no existe en los cuentos).
Si menciono un discurso femenino no quiero decir que he contado el uso
de preposiciones. Sí podemos identificar en estos cuentos una
voz femenina, o un discurso femenino, el cual no se basa en la biología
– en los genes – sino para Vallbona en la doble enajenación
que experiementa la mujer frente a la sociedad, o simplemente frente
al prójimo. En la introducción de Tejedoras el crítico
Jorge Chen Sham alude a un tipo de enajenación analizada por
Miguel de Unamuno, a quien cita:
El filósofo-novelista“suele filosofar, o para resignarse
a la vida, o para buscarle alguna finalidad, o para divertirse y olvidar
penas” y ello ocurre en estos relatos de Rima de Vallbona, en
donde, al replantear la propia condición humana con esta vivencia
del ser, los personajes femeninos toman conciencia de sus fracasos...
(9).
Chen se
refiere a los fracasos matrimoniales, amorosos, etc., facasos también
del hombre. Pero existe otro tipo de enajenación, el que Julia
Kriseva delinea en ensayos como “La mujer china” y “Stabat
mater”. Sería demasiado intentar una idea completa del
pensamiento de esta autora, pues ella esboza una serie de factores desde
los biológicos, hasta los sociales, que separan a la mujer del
hombre y hacen de ella “el otro”, lo diferente. El cuerpo
de la mujer es diferente; ella puede quedar embarazada y dar a luz.
Y el amor entre madre e hijo se destaca como otro tipo de amor. Dentro
de la sociedad, por lo menos la judeocristiana, la mujer existe fuera
de la Ley establecida entre Dios y el hombre; está subrodinada
a él, “sin conección con la ley de la comunidad
y su unidad política y religiosa” (Kristiva: 140).
Es desde esta profundidad de enajenación que surgen las diferentes
protagonistas y sus voces (sus textos) de estos relatos, cada una con
sus propias peculiaridades y cualidades, las cuales las distinguen como
seres, a menudo agónicos, y siempre vivientes, mientras que se
unen para entablar lo que yo considero un discurso femenino único
y magistral.
“El misterio de la página en blanco” a duras penas
se clasifica como cuento corto; será un poema, pero hay un yo
que nos habla y no como el de la poesía, sino que parece ser
un personaje con toda una historia, al cual lo hemos sorprendido en
un momento crítico de la vida, el momento de enfrentarse con
la nada, su propia nada, donde, paradójicamente existe la totalidad
de su vida. Y la nada es la página que tiene que ser sondeada
para sacar orden cuando no sentido de la vivencia. Así, es un
mini-texto, entre poema y relato, acaso un texto femenino por eso mismo,
pues en términos de Kristeva, si la mujer no existe en cuanto
a la ley entre Dios y el hombre, ¿dónde existirá?
Y un texto que elude una designación genérica y, a pesar
de esto, nos despierta la inquietud más ubicua de nuestra vivencia
(¿qué hacer frente a la nada de nuestra existencia?) urge
la misma pregunta: ¿dónde existirá? Y ¿de
qué forma socava, cuando no deconstruye nuestro concepto del
género, es decir, de la Ley?
Dos cuentos que acaso se deben considerar juntos son “Caña
hueca” y “El juicio de Dios” por estar contados en
tercera persona; además, por la apoximación del tono de
la voz que relata, una voz profundamente arraigada en el pueblo costarricense,
y hasta con huellas costumbristas; al mismo tiempo, capaz de captar
los momentos más íntimos y vulnerables de las protagonistas,
sobre todo en el caso de Caridad, el personaje principal de “Caña
hueca”. durante muchos años, Caridad es la maestra del
colegio; vive sola y casi invisiblemente en el pueblo. No tiene amigos
pero muestra una compasión única con los que sufren las
burlas de los habitantes del pueblo, burlas de las que ella misma es
víctima. Nunca ha tenido enamorado aunque ha sentido afecto por
un muchacho de su juventud, y por dos personajes femeninos. Uno de ellos
es una mujer recién venida al pueblo, y el otro, es una amiga
de su adolescencia. Cito aquí un trozo de la narración
donde paulatina y sutilmente la voz narrativa omnisciente se entreteje
con el amor y la pasión lesbianos nacientes de la joven Caridad:
...y ahí estaban esas manos caritativas arrancándoles
a sus carnes vírgenes toda una gama de vibraciones desconocidas,
únicas... y luego el beso en el hombro... que le llegó
al sexo hecho llama turbadora... ella se arrebujó en el ímpetu
de su emoción y pasivamente se dejó llevar por el cauce
desconocido que le abrían aquella caricia, aquellos labios de
fuego... (52).
A lo largo
del relato, Caridad trata de convencerse de que el amor, sea homosexual
o heterosexual, no puede ser pecado. Desgraciadamente no puede superar
la “Ley” (en el sentido kristeviano de esta palabra): ni
la Ley de su religión católica que no se satisface hasta
que no substituya todo el sentido amoroso de la protagonista con su
dogma frío y deshumanizante, ni la Ley de los vecinos mantenida
por la burla, el chisme y la risa. Y privada de la caridad (el amor)
Caridad se vuelve una caña hueca.
Con una voz similar a la de “Caña hueca” se revela
la protagonista, Hermelinda Labroma. Pero si su apellido es una broma,
ella no es ningún hazmereír, ni tampoco una víctima
de su amor y su propia conciencia como en el caso de Caridad. Vuelta
a su pueblo natal de Nograles y hecha millonaria a la muerte de su esposo,
un “gringo” millonario, su deseo es nada menos que edificar
un burdel en el centro del pueblo donde quedará como burla concreta
de la iglesia y del juicio de los feligreses del pueblo; o sea, un desafío
audaz de la Ley que carcome a Caridad. Así, cuando el edificio
se quema en una tormenta de relámpagos se cumple “el juicio
de Dios”, como lo consideran el sacerdote y otros poblanos; entonces
surge otra voz femenina, no la victimizada de Caridad sino la paladina
de una mujer que no se rinde frente a las “buenas costumbres”
ni a la opinión del público:
—¡Los nogralenses, y con ellos Dios también, a partir
de ahora van a saber quién es Hermelinda Labroma, la que nunca
se da por vencida! Con el dinero que me pague el seguro, construiré,
no sólo otro burdel, sino también un casino y una taberna,
con lo que serviré el pecado a manos llenas a todo cuanto en
los hombres del pueblo atice su apetito de mundo, demonio, y carne (42).
Dos cuentos
más que, por varias razones, se pueden considerar juntos son
“Los frutos de la verdad”, y “¡De los ángeles
mensajeros, líbrame, Señor!” En primer lugar, los
dos relatos son brevísimos, comparten cierto matiz de humor e
ironía, y se reducen a una voz, que a pesar de no surgir jamás
de la anominidad, manifiesta su frustración profunda ante el
estado de inferioridad que ineluctiblemente ocupa la mujer. En “Los
frutos de la verdad” una mujer anónima entra a una abacería
para pedir “una migaja de comprensión, una pizquita de
ternura y una mirrusca de paz” (19). Acaba, desde luego, en un
manicomio rodeada de otras “locas” que piden lo mismo. En
“¡De los ángeles mensajeros, líbrame, señor!”
una setentona se espanta ante un ángel caído del cielo
porque teme que ella, como tantas mujeres bíblicas, ha sido escogida
para concebir.
Del humor causado por el uso de los giros sintácticos populares
el lector se percata de que se trata de mujeres del pueblo “estereotípicas”.
Pero es un humor irónco puesto que, desfrazada tras su lenguaje
y manerismos, yace su tragedia de mujeres destroncadas por la falta
de todo desde el afecto hasta su reconocimiento como seres humanos.
El que una anciana piense que un ángel venga a anunciarle una
concepción milagrosas (ni pensar que haya tenido contacto con
un ángel) manifiesta la profunidad de su frustración como
mujer “estéril”. El pedir en una tienda lo que un
ser humano ha de tener por derecho, de nuevo muestra esta misma profunda
frustración. Aquí se podría referir al uso del
realismo mágico por Vallbona, pero lo que más salta a
la vista es un estado halucinatorio de sueños destejidos y arrollados
por la realidad, el cual acerca la obra al movimiento surrealista, al
mismo tiempo que muestra que la protagonista es tanto una víctima
de su propia (sub)conciencia como de la sociedad que la rodea.
Por su tema de amor frustrado también se pueden considerar juntos
“Una modesta eternidad” y “Tierra de secano”.
“Una modesta eternidad” se destaca por su tejido de una
voz “masculina” y otra “femenina” (en terminos
huyssenianos). La protagonista es obviamente una lectora ávida
de Borges hasta poder recitar unas líneas de un cuento corto
suyo donde habla de “una modesta eternidad”: y, de allí
se arranca la voz “masculina”. Pero en seguida otra voz
“femenina” irrumpe; es la de un narrador omnisciente cuyo
tono, no obstante, paralela los sentidos o la sensiblidad de la protagonista
preocupada por la desaparición de un antiguo enamorado nuevamente
encontrado después de la muerte de su esposo. Recuperándose
de una operación para extirparle el cáncer, la mujer se
duerme y sueña con el enamorado y, del mundo de Borges y de su
estilo, escueto, Vallbona nos transporta a otro mundo por medio de una
voz romántica en la que el surrealismo cerebral borgeano se convierte
en el relato de un amor no realizado, pero sí fuertemente imaginado,
en un sueño: una modesta eternidad. Pero si esta “eternidad”,
digamos tejida, tiene algo que ver con la realidad...no se sabe.
“Tierra de secano” capta otro amor frustrado pero no por
medio de un contraste abierto entre voces masculinas y femeninas; o
sea, entre el discurso masculino y el femenino. Contado en primera persona
en la forma de una carta más bien se parece a un preludio a una
telenovela repleta de melodramatismo y otros toques sentimentales que
caracterizan ese género: “Te ruego que rompás estas
páginas tan pronto las hayás leído” (83).
Pero si nos quedamos en la superficie de este discurso telenovelesco
(denominado asimismo femenino), hemos de perder el ser palpitante y
agónico que se halla al fondo: una mujer frustrada en su amor
sexual hasta el punto de negarlo por completo y agradecerle al amante
“platónico” “por haber llenado mi vida de un
no sé qué de inefable y único” (88). ¿Hemos
de creer esta declaración al pie de la letra o sondear la profundidad
de esta frustración femenina frente a una realidad deshumanizante?
¿Y en qué momento, se preguntará el lector, se
convierte el discurso femenino en el discurso feminista de protesta?
En “El legado de Venerable María de Jesús de Agreda”,
la protagonista es una mujer, pero lejos de estar hundida en los discursos
de las telenovelas y novelas románticas de la misma índole,
este personaje es profesora, y como tal, domina el discurso universitario,
discurso relegado a la voz “masculina”. Además está
involucrada en la actividad de todo profesor que quiere conseguir la
santa “promoción”; es decir, se encuentra en una
biblioteca de México preparando una conferencia. A nuestro ver,
pocas actividades representan mejor el mundo “masculino”
que este saqueo intelectual de los documentos más sagrados de
nuestra cultura, no para mejorar el alma humana, ni siquiera para gozar
de la lectura, sino para subir de categoria social y profesional y,
acaso para incrementar el sueldo. No obstante todo esto, la protagonista
encuentra, por casualidad, la obra de una monja mística, la venerable
María de Jesús, que vivió en el siglo XVII.
A la protagonista la devora poco a poco el interés en la monja
mística, cuyas palabras y acciones, le llegan a lo profundo de
su ser; pese a que ella misma ni siquiera la había conocido,
se desplaza en el tiempo y el espacio y se convierte en testigo de la
monja. Hasta aquí se parecerá a un cuento de desdoblemientos
acaso al estilo de Julio Cortázar. Pero quien piense así
se equivoca, pues mientras el escritor argentino a menudo experimenta
o juega con la posiblidad del doppelganger y con la relatividad del
tiempo, el cuento de Vallbona parece tener otras finalidades más
relacionadas a la psique de la protagonista y la de la monja María
de Jesús. Al discurso de ésta le falta toda la lógica
que se espera de un profesor asistente que lucha por su “promoción”;
es un discurso de dudas sobre la persona misma, sobre el camino correcto
hacia la salvación y, al mismo tiempo, es un discurso de pasiones.
Es, en comparación con la ponencia que la protagonista piensa
escribir, lo opuesto, lo otro, lo femenino. Es un discurso halucinado
que la asalta desde su propio ser negado por el discurso masculino a
que se ha apegado. Finalmente el relato de la monja, a pesar de lo halucinante
que parezca, atrae a la profesora precisamente porque es un desdoblamiento
de su propio yo enloquecido a causa de la persona en la que ella se
ha convertido: un ser que se ha negado a sí misma para competir
en un mundo deshumanizante.
“El nagual de mi amiga Irene” y “Mi alteránimus”
se pueden considerar juntos, ya que tratan de seres – el nagual
y el ateránimus – que pueden considerarse reales o imaginarios,
y que efectúan cambios radicales en la vida de las protagonistas
de estos cuentos. El neologismo “alteránimos” puede
relacionarse con el término junguiano “animus”, el
“ánimo” masculino que, según el psicólogo,
completa el ser femenino (del mismo modo que un ánima completa
el ser masculino). Asimismo reconozco que al cónyuge se le refiere
como la otra mitad – ¿será el “alteránimos
la otra mitad? Sea como sea, aquí se trata de una mujer culta,
imaginativa, que realiza un papel activo dentro de su círculo
de conocidos, la cual, sin embargo, está conectada a un ser –
su alter, “otro”; ánimus, “ánimo”
– que por fuera es toda una belleza y de quien ella se siente
altamente orgullosa – ¿demasiado orgullosa? –, pero
que por dentro él la atormenta y la tortura. De una manera penumbrosa,
Vallbona nos hace cuestionar lo que es lo femenino, y especular que
dentro de lo femenino existe lo masculino, el ánimo que, según
la Real Academia,”es el principio de la actividad humana”,
el cual motiva y energiza a la protagonista al mismo tiempo que la martiriza.
Así ella acaba diciendo:
Deshacerme de Dulceamor [el nombre que le da] y dejar de ser original,
única excepcional entre amigos, conocidos y desconocidos, equivale
a una forma de
suicidio: prefiero vivir martirizada y bajo el dominio de este diabólico
monstruo,
a perder el privilegio ante los demás, de poseer algo único
(93).
En “El
nagual de mi amiga Irene”, una amiga de la narradora también
posee algo único: el nagual, el cual, llegamos a saber, es su
propio hijo, pero un hijo extraño, huraño e introvertido;
amante de los trenes y las rosas; gordo y medio tosco (en contraste
con el alteránimus brillante y fino); en fin, un hijo que llega
a simbolizar para la madre todo lo bello y evanescente de la vida. De
modo que el hijo, aunque existe aparte de la madre y de la narradora,
a medida que simboliza las cualidades más bellas y finas para
la madre, primero, y, luego, para la narradora, llega a ser internalizado
por las dos. Se convierte en otro “ánimus” pero uno
que no las llena de orgullo sino que les muestra todo lo verdaderamente
apreciable de la vida.
Contrastemos las últimas líneas de este cuento con las
de su contraparte de arriba:
–Daniel-Minou, nagual de mi amiga Irene – blanco, tan blanco
que irradia blancura
cegadora bajo los fulgores de la mañana, me mira persistentemente
con la indiferencia de los que están más allá de
la vida y de la muerte... y yo, a la altura de
un tercer piso, lo miro desde la desolación de mi efímera
fragilidad de carne y hueso
y es tanta mi ansia de penetrar en su región paradisíaca,
tanta, tanta que... (68)
Si hay
algo que criticar en esta colección de cuentos es su brevedad,
pues en estas páginas Vallbona llega a la cumbre de lo que es
el cuento corto, en cuanto a la compresión de un máximo
de sentido y de significado dentro de un mínimo de palabras y,
por lo tanto, habría sido un placer seguir leyendo. De modo que
se puede hablar de la “jouissance de la lectura” ya que
aquí el discurso “femenino” que se matiza por rasgos
del feminismo, destaca a la mujer víctima de sus circumstancias,
y se entreteje con hilos del discurso “masculino”, para
asumir al final todo en una tapicería de la vigencia humana repleta
de bellezas evanescentes y tragedias ineludibles.
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