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¿Necesario un nuevo paradigma?

Helio Fallas

La Revista de la CEPAL n.º 99, correspondiente a diciembre 2006, contiene un artículo muy sugestivo de Enrique Iglesias, ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, sobre “el papel del Estado y los paradigmas económicos”.
En ese artículo Iglesias plantea que dos paradigmas de desarrollo han prevalecido en América Latina desde la segunda mitad del siglo XX: el paradigma Cepalino y el Consenso de Washington, éste último vigente hoy día. En ambos casos, el autor le atribuye una importancia fundamental al Estado y sus funciones y al grado de desarrollo de la institucionalidad de cada país.
En relación con el Consenso de Washington expresa que “la extrema debilitación del Estado experimentada desde la vigencia del Consenso de Washington impidió la adecuada regulación de las actividades privatizadas e hizo perder la visión de largo plazo y la preocupación por la concentración de ingresos”.
¿En que consistió ese Consenso? En palabras de Iglesias, “el retorno de la ortodoxia significó la adopción de las reglas de juego del mercado, la vigencia del sistema de precios como principal mecanismo de asignación de recursos, la aplicación de fuertes programas de estabilización, la apertura al comercio internacional, el ingresos de recursos financieros y de la inversión privada extranjera, una política generalizada de privatización. Las reformas económicas fueron alentadas en buena medida por los organismo financieros de Washington …”.
Luego de más de 25 años de aplicación de los postulados y recomendaciones del Consenso de Washington, hoy en día hay 9 presidentes de los países latinoamericanos y del Caribe que ganaron elecciones solicitando el voto de los ciudadanos para sus programas de “izquierda” y en franco enfrentamiento con candidatos de centro, centro derecha y de derecha, identificados plenamente con los postulados del Consenso de Washington. ¿Quien podría haber imaginado que en el año 2007 habría 9 presidentes electos mediante elecciones populares con visiones distintas a la ortodoxia liberal? Esta situación representa un enorme desafío social y político para estos gobernantes “izquierdistas” de la América Latina, puesto que se está hablando de países de grandes proporciones en materia de población y economía; para aquellos que les gusta medir el desarrollo de los países en términos de ingresos representan un 61,2% del total del PIB regional. Si se incluye México cuyo presidente ganó por un porcentaje muy reducido, los países con presidentes de “izquierda” representarían el 90% del total.

Existen en realidad varias razones para que los ciudadanos de esos países hayan rechazado a candidatos que no sean de “izquierda”, pero una de las razones fundamentales y plenamente atribuibles al “nuevo modelo” impulsado por los postulados del Consenso de Washington está su gran despreocupación por la desigualdad del ingreso, aspecto que desde la Doctrina Social de la Iglesia significa una omisión ética injustificable. Es realmente sorprendente cómo los principios de esa Doctrina alrededor de la “dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad, la participación, la propiedad privada, y el destino universal de los bienes” son prácticamente ignorados en el enfoque económico de ese “consenso”, como si la persona humana se redujera solo al homo economicus.
Por otra parte, Iglesias plantea, asimismo, cuáles serían los objetivos del nuevo concepto de Estado, de la siguiente forma: primero, un Estado capaz de hacer viable la eficiencia del mercado. No se trata de sustituir monopolios públicos por privados. Segundo, un Estado que impulse la capacidad del sector productivo y sugiere “intervenciones inteligentes por parte del Estado”. Tercero, un Estado que sea responsable por reducir las desigualdades sociales. Cuarto, una nueva relación del Estado con las empresas, por ejemplo en materia de inversiones públicas. Quinto, impulso a la creación de mecanismos de participación de la sociedad civil en las funciones del Estado. Sexto, un Estado con capacidad de orientación y formulación de políticas de inserción internacional, particularmente lo referido al proceso de integración regional, en consulta y colaboración con el sector privado. Sétimo, un Estado con un papel y responsabilidad central en la educación, la ciencia y la tecnología. Octavo, un Estado con capacidad de análisis de las tendencias fundamentales de la economía, la sociedad y la política en el ámbito internacional, en el contexto de un desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Esta tarea de un Estado moderno debe conducir a un proceso permanente de reflexión de los sectores público y privados. Noveno, un componente institucional de fortalecimiento de las oficinas de planificación nacional, con capacidad de proyectar tendencias a largo plazo sobre las cuales basar la estrategia de desarrollo. Décimo, un Estado con capacidad de promover consensos nacionales entre los distintos sectores de la sociedad. Para ello sugiere, entre otros, fortalecer los Consejos Económicos y Sociales en los países.
En mi criterio, si bien Iglesias plantea un conjunto de funciones que un Estado “moderno” debería de considerar y ejecutar según las características de cada país, no resalta tres temas que considero esenciales en el caso de Costa Rica: un proceso de descentralización de las funciones del Gobierno Central a favor de las regiones periféricas, lo que pasa por un fortalecimiento de las municipalidades y de su capacidad de gestión del desarrollo integral local; una mayor capacidad del Estado en el análisis de los resultados de los tratados comerciales y en su Administración y gestión; ahora ni siquiera se cumple con la ley actual sobre la evaluación de esos tratados; y, finalmente, una mayor capacidad del Estado por administrar sus recursos naturales.
En resumen, de lo que se trata es diseñar y poner en marcha una concepción de Estado que realmente asegure el bienestar de la mayoría de todos los costarricenses, respetando plenamente la dignidad de la persona humana, y el desarrollo sostenible de nuestro país, en el contexto de las tendencias actuales de la globalización.

Una forma apropiada de analizar una sociedad como la costarricense, se puede cimentar en el concepto de “modelo histórico estructural”. Esta forma de análisis permite captar la realidad de un país no solo por sus indicadores socioeconómicos recientes, sino también por su desarrollo histórico y la forma como esos y otros indicadores se han venido articulando a través de los años en un país. Además, este enfoque busca encadenar aspectos económicos con los sociales, políticos y ambientales.

Otro artículo del autor:

Estilos de desarrollo

La aplicación concreta a la realidad de un país de este concepto ha permitido que se hable de “estilos de desarrollo” de los países y no tanto de “modelos de desarrollo” que hace referencia, sobre todo, a variables de tipo económico.

En ese contexto, se habla que lo que caracteriza al actual estilo de desarrollo de los países latinoamericanos, que se encontraría funcionando desde mediados de la década de 1980, es el “modelo histórico estructural multiexportador”. Este se caracterizaría, entre otros, por multiplicidad de bienes y servicios orientados a las exportaciones, un Estado cuyas políticas se fundamentan en el llamado “consenso” de Washington, un debilitamiento y empobrecimiento de las capas medias de la sociedad, una creciente desigualdad en el ingreso, etc.

El TLC y las Agendas

En ese contexto, en Costa Rica se habla de tres agendas en relación con el TLC con los Estados Unidos de Norteamérica, los países centroamericanos y la República Dominicana. Este es el caso del Dictamen Afirmativo de Mayoría suscrito por el Partido Liberación Nacional (social demócrata) y el Partido Movimiento Libertario (liberal e ideología en “construcción” según su página Web), en relación al TLC referido.

Según ese Dictamen, la “Agenda de Implementación de un TLC no es otra cosa que un proceso interno que debe realizar el país para dar cumplimiento a los compromisos asumidos en dicho instrumento”. La Agenda Complementaria “está constituida por aquellos proyectos que se orientan a beneficiar de forma particular a diferentes sectores del país, para mejorar sus condiciones competitivas y de inserción en el mercado mundial”. Finalmente, define que la “Agenda de Desarrollo constituye el conjunto de políticas de corto, mediano y largo plazo que se desarrollan en los campos económico, social, ambiental y político y las cuales están orientadas a promover del desarrollo integral del país”. Resaltan los siguientes “elementos” de esa agenda: política social, política productiva, políticas de sostenibilidad ambiental y modernización institucional.

Breves comentarios a las agendas mencionadas en el Dictamen del PLN y el PML

1. Llama la atención el acuerdo político entre dos partidos que se dice difieren ideológicamente, respecto a agendas; incluyendo una sobre desarrollo. Entonces, siguiendo un esquema de lógica, supone que comparten visiones y estrategias sobre el desarrollo integral del país. ¿Ya se unificaron esos partidos en la práctica aunque permanezcan “oficialmente” separados? A ello habría que agregar al PUSC puesto que su pretendida “Agenda de Desarrollo” no es más que un subterfugio de lo que ha sido su política económica neoliberal. En ese contexto, el TLC parece ser el elemento aglutinador de partidos políticos que comparten una visión de desarrollo de largo plazo y una plataforma política amplia, aunque en detalles puedan diferir.

2. Si la “Agenda de Desarrollo” es un conjunto de políticas de corto, mediano y largo plazo, las otras agendas deberían estar en consonancia con aquella. No obstante, el proceso que se dio en el país fue completamente al revés. Primero, se elaboró la Agenda de Implementación derivada del TLC, luego la complementaria para “arreglar” los desajustes que podría traer el TLC y finalmente se proclamó la Agenda de Desarrollo para enmarcar nuestro progreso. Por ello, aunque no se diga, no se quiere formular una “Agenda de Desarrollo” concertada, como debería realizarse, porque de inmediato surgirían incoherencias insalvables. De hecho al plantearse primero el TLC, significó que lo económico está de primero y “todo lo demás” estaría permitido siempre que no fuera inconsistente con lo económico y sus intereses.

3. La propuesta de “Agenda de Desarrollo” que se presenta en el Dictamen Afirmativo Mayoritario del PLN y el PML, carece de un compromiso concreto. No menciona, por ejemplo, en el texto del Dictamen, cómo se realizaría y concretaría esa Agenda, ni hay un compromiso expreso con la elaboración de leyes, políticas e instrumentos de políticas. Afirmar, entre otros aspectos, que parte de esa Agenda es “fortalecer los servicios públicos”, resulta totalmente insuficiente y poco creíble en las actuales circunstancias.

Expresado lo anterior, más bien parece que el TLC y la Agenda de Implementación representan la culminación de un conjunto de reformas económicas que se iniciaron a mediados de la década de 1980 y que ahora por medio de un tratado comercial se desea consolidar y profundizar aún más.
Los aspectos antes analizados ayudarían a explicar el por qué el diálogo social alrededor del TLC ha sido tan limitado. No digo que no ha habido manifestaciones de opiniones, sino diálogo y negociación de posiciones, algo que parece tan necesario pero cada vez más difícil de alcanzar.

Tomado de Tribuna Democrática

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