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POLÉMICA

Tijereteando
La pluma diletante (III PARTE y final...)

Por Habib Succar

La Asamblea de… ¿Autores de la ECR?

Lentamente, la Asamblea de Autores de la Editorial Costa Rica, se fue convirtiendo poco a poco en un recuerdo en la historia y terminó siendo conformada por una pléyade de autores (aplastante mayoría masculina) que no eran ni son autores de la Editorial Costa Rica (ECR), es decir, nunca han publicado una obra con ese sello ECR, no conocen ni las oficinas de la editorial y no han tenido ni tienen relación alguna con la empresa… Pero estos autores, reunidos ahora en número menor de 20, conforman casi el 100% de la descolorida Asamblea de Autores de la ECR que creó la Ley 2366 que dio origen a la ECR.

En el 2003, como fundamento a una propuesta de reforma a la Ley 2366 que pretendía que la Asamblea de Autores, fuera de verdad de autores de la ECR, se presentaron ante la Asamblea Legislativa sendas opiniones lapidarias firmadas nada menos que por 4 diferentes autores que han sido distinguidos con el Premio MAGÓN, dos de ellos ex presidentes de la Asociación de Autores. En síntesis, advertían lo mismo que ya se sabía: que la actual composición de la Asamblea de Autores distaba mucho de ser una reunión de autores de la ECR.

No sólo es ilógico sino inconveniente y hasta peligroso, que un grupúsculo de autores, la mayoría desconocidos y sin una obra respetable que los respalde como tales, de pronto se convierten en la máxima autoridad jerárquica de la Editorial Costa Rica, que es empresa pública estatal.

Pero, repetimos: para ser miembro de la Asamblea de Autores ya sabemos que no es requisito ser autor químicamente “puro” es decir, que haya publicado al menos UN libroy ni se diga un libro con el sello ECR. Un tanto igual sucede con los pintores y los músicos: la Ley 2366 les da el ingreso a la Asamblea de Autores, siempre y cuando la sala o galería donde expusieron (¡no sea la sala de su casa!) o ejecutaron su obra musical propia, haya sido previamente calificada por el Consejo Directivo como sala respetable y seria, conocida y reconocida. Ciertamente los músicos brillan por su ausencia en la AdeA. Pero, ¿adivinen qué? La actual Asamblea de Autores integra varios pintores que no han cumplido el requisito de la Ley 2366, pero la Junta Directiva (entre amigos del mismo grupo) les autorizó el ingreso y asisten y votan y deciden sobre los destinos de la ECR sin legitimación ni legalidad para ello.

¡Ah! ¡Qué épocas aquellas cuando las Asambleas de Autores reunían 50, 60 y hasta 80 asociados(as)!, todas personas conocidas y reconocidas por su nombre y su obra en nuestro mundillo cultural y literario. Hoy llegan 12, 15 y hasta 18 personas a dichas Asambleas, de las cuales el 90% si acaso se conocen entre sí por provenir del mismo grupo de amigos…

Otro sí. En diciembre 2003, sin cumplir con los requisitos de publicación de la convocatoria, agenda, etc. como lo ordena la Ley 2366, se reunieron un grupito de autores(as) en algún sitio del campus de la Universidad de Costa Rica y sin decir agua va, sin notificarles previamente ni brindarles el derecho de defensa y descarga que la Constitución Política garantiza a toda persona en nuestro país, de improviso (¿o ya lo tenían cocinado?), un berrinchoso [Del lat. verres, verraco. 1. m. coloq. Coraje, enojo grande, y más comúnmente el de los niños] propuso que se expulsara de la Asociación a personas tan distinguidas por su obra como: Ricardo J. Méndez, José Ma. Zonta, Yadira Calvo y el menos de ellos, este redactor de pluma diletante que os reseña la triste muerte de la Asociación de Autores, quien era el blanco favorito del odio encarnizado de esa camarilla, por ostentar a la sazón el cargo de gerente de la Editorial Costa Rica.

Así, de la manera más cobarde, traicionera, vengativa e ilegal, los integrantes de tan triste asamblea de diciembre 2003, acordaron expulsarnos del seno de la Asociación de Autores. Luego el Registro de Asociaciones del Registro Nacional declaró que dicha asamblea era nula y nulas esas expulsiones, pero lo cierto es que ninguno de los vanamente expulsados, tenemos el menor interés de seguir perteneciendo a semejante falange de la AdeA.

A tal punto ha llegado el manipuleo y la bajeza en las recientes asambleas de autores que, en la de octubre 2006, se tardaron varias horas discutiendo quiénes conformaban el quórum de la reunión, porque no estaba claro –estaba muy oscuro-, ¡quiénes eran autores y quiénes no lo eran…! Y que conste en actas que ya en la Asamblea del 2004 se había dejado constancia en actas, dizque “para evitar alguna nulidad” (sic), que el entonces presidente saliente de la Asociación, no podía participar en la Asamblea de Autores de la ECR porque… ¡ no era autor ! Y claro que así consta en el Libro de Actas.

En fin, porque todo tiene un fin: pobre Editorial Costa Rica. La gran idea de los legisladores allá por 1959 se ha convertido hoy en una grotesca caricatura de lo que se supone, debía ser una ágora de jóvenes, maduros y ancianos autores que dan prestigio a la literatura costarricense. El gran sello editorial de Jorge Debravo, Fabián Dobles, Julieta Pinto, Luis Ferrero, Alberto Cañas, Ana Istarú, Joaquín Gutiérrez, Alfonso Chase, Leonor Garnier, Jorge Charpentier, Julieta Dobles, Laureano Albán, Carmen Naranjo, Daniel Gallegos, y un larguísimo etcétera, que jugó un papel de primer orden cultural durante la segunda mitad del siglo pasado, está frente a la encrucijada … “el barco necesita capitán” (PLN dixit).

* * *

Me contaba un día en guasa el famoso escritor colombiano David Sánchez Juliao, que los bogotanos en general son tan cultos que al abordar un taxi, el chofer le pregunta al viajante: “¿Quo vadis?”… Hoy, en medio de la chabacanería reinante en nuestro medio y como corolario de esta triste historia del asalto a la empresa pública editorial, podemos decir con el taxista bogotano de la historia: ¿Quo vadis ECR?

Y si no leyó la segunda y primera partes, se la ofrecemos a continuación:

Tijereteando
La pluma diletante (II PARTE)

Habib Succar Guzman

… Pues les contaba que el tal mentao “autor” que ahora presidía la Asociación de Autores de Obras Literarias, Artísticas y Científicas de Costa Rica, era un respetable profesional en un oficio de esos que llaman los abogados decimonónicamente “profesión liberal”, pero que no tenía ni por asomo (para redundar: no era ni pariente lejano ni tenía) relación con la literatura o al menos, con alguna obra de cualquier género publicada en forma de libro (fuera en soporte de papel, digital, etc.). No, pacientes lectoras(es): el flamante (¿?) Presidente del gremio de los autores no fue (del 2002 al 2004) lo que clásicamente llamamos un autor, quizás un impostor… ¡ Y era nada menos que el Presidente de la AdeA !

“Después de Somoza… el diluvio” decía la derecha nicaragüense, reacia y adversaria al movimiento sandinista de liberación que tumbó al dictador. Y después de semejante desaguisado, ¿qué podía esperarse de esa Asociación que otrora fuera un ágora de lo más reputado de nuestras(os) autoras(es)? … ¡Pues el diluvio y con rayería!... Penúltimo clavo del ataúd y preludio para empezar a escribir el epitafio de la antigua afamada Asociación de Autores de Costa Rica (AdeA).

¡Ah! Pero ahí estaba el Art. 8 de los Estatutos de la Asociación, que permitía que cualquier persona que publicara al menos un articulito en un periódico o revista, tuviera pasaporte de ingreso a la llevada y traída AdeA.

Venga el inserto de un dato demoledor, para redondear lo dicho, con el santo y nada sospechoso dictamen de la Procuraduría General de la República, cuando allá por 1983 (si el disco duro no me falla) respondió una consulta del entonces presidente de la AdeA, Dr. Fernando Durán Ayanegui, a la sazón también Rector de la Universidad de Costa Rica (¡es que antes los presidentes le daban lustre a la Asociación de Autores!) y dijo la Procuraduría de manera vinculante y definitiva: el Art. 8 de los Estatutos de la Asociación de Autores está en contradicción con el Art. 10 de la Ley 2366 –Ley de Editorial Nacional- y por tanto debe ser modificado para que sea congruente con dicha ley, que obviamente es de rango y fuerza muy superior a un estatuto de una asociación.

El Dr. Durán Ayanegui dejó la presidencia y no se pudo cristalizar el cambio estatutario ordenado por la Procuraduría, en mucho porque un distinguido escritor miembro de la Asociación además que fue durante varios años directivo y hasta presidente de la misma (autor muy reputado y de una vastísima obra literaria e intelectual) aprovechó el mencionado Art. 8 estatutario y año con año introducía en la AdeA a sus amigas(os) que le fueron siempre fieles en las asambleas generales y votaban dócilmente todo lo que el distinguido autor proponía (independientemente de la valoración positiva o negativa de sus propuestas) y así este escritor mantenía un cierto control de la AdeA, estando o no en el seno de su Junta Directiva. ¡Las malas artes del poder!

Pero 3 lustros después de sembrada la semilla del asalto a la AdeA, un mal año 2002, esa triquiñuela tan utilizada por el escritor que prohijó el ingreso de tantas personas que no calificaban como autores, fue también utilizada por gentes recién llegadas, clientes de las tiendas del flamante presidente 2002-2004, con la pequeña diferencia de que ahora, no eran 1 o 2 personas por año, sino que ingresaron en masa decenas de supuestos autores que coparon la Asamblea de Autores de la Editorial Costa Rica de un solo golpe y porrazo… ¡ Y luego vinieron los porrazos !

Como podremos adivinar, al médico que inventó la penicilina le pusieron una inyección de su propio invento, y ¡ paf ! : en la Asamblea de Autores del reciente 2006, como decimos en Tiquicia en buen castizo: ¡ se lo volaron ! Y peor aún, fue defenestrado con deshonra, en medio de una gritería de mercado de pueblo (que muy maleducados eran algunos de los vociferantes como no lo son algunos dignos mercaderes) donde se puso en duda la calidad de su obra y se le achacaban una lista de males institucionales que sufría la Editorial Costa Rica por el supuesto insaciable deseo de auto publicarse sus obras con el sello ECR.

Definitivamente debe haber sido doloroso y una deshonra para la historia de la Asociación de Autores, que un anónimo autor, si acaso conocido entre los asiduos parroquianos que acostumbran sentarse en los poyos del parque de su pueblo natal en la campiña caribeña, un perfecto desconocido, se permitiera cuestionar la calidad de su obra literaria e intelectual, a él, que con mucho merecimiento y un poco de ajedrez, ostenta el Premio Nacional de Cultura “MAGÓN” que es la máxima distinción que concede el estado costarricense a sus más insignes creadores e intelectuales.

Pero aquí no termina esta historia: pongan palomitas de maíz en el micro ondas que en la próxima diremos como en la TV nacional: ¡ aún hay más, señoras y señores !

Y si no leyó la primera parte, se la ofrecemos a continuación:

Tijereteando
La pluma diletante (I PARTE)

Habib Succar Guzmán

La Ley 2366 –Ley de creación de la Editorial Nacional, actual Editorial Costa Rica (ECR)- promulgada el 10 de junio de 1959, está hoy llena de parches y más parches, en su mayoría casuísticos o a la medida de algún interés personal o de la argolla del momento.

En aquel entonces, hará casi 50 años, esta ley fue en sí misma un acierto institucional, creando una empresa pública editorial independiente del Poder Ejecutivo, subvencionada por el Estado, con un jerarca conformado por una Asamblea de Autores que es el máximo órgano de poder y dirección dentro de la empresa pública editorial. Esa misma ley creó a su vez la Asociación de Autores de Obras Literarias, Artísticas y Científicas de Costa Rica (AdeA), cuya asamblea general ordinaria y extraordinaria de asociados, es ni más ni menos que la misma Asamblea de Autores que cita la ley 2366.

Esta Asamblea de Autores, tiene entre sus potestades el nombramiento de 3 miembros del Consejo Directivo de la ECR; también puede revocar el nombramiento de cualquier directivo; es la que aprueba el monto de las dietas que devengan los directivos del Consejo por cada sesión; además debe aprobar o rechazar los reglamentos internos de la ECR y debe recibir anualmente el informe de labores que presentan la presidencia y la gerencia de la ECR.

Durante sus primeros 20 años, la Asamblea de Autores de la ECR, fue un evento donde se reunían la crema y nata de las(os) autores costarricenses, que casi sin excepción, habían publicado al menos un libro (normalmente, ¡muchos libros!) preferentemente de creación literaria. Pero en 1986 se modificaron los estatutos de la Asociación de Autores (AdeA) para poder aceptar como asociados a personas que no habiendo publicado libro alguno, sí habían publicado artículos en periódicos o revistas.

Aquí se inició el asalto a la Asamblea, desde la trinchera del Art. 8 de los Estatutos de la Asociación, y por esta vía, de pronto aparecieron conformando la Asamblea de Autores de la ECR, una serie de asociadas(os) que no tenían relación contractual con la empresa editorial ECR ni con ninguna otra editorial, es decir que en su vida habían publicado al menos un libro, pero que fueron considerados(as) por la vía estatutaria de la AdeA “integrantes de la Asamblea de Autores de la ECR”…

El objetivo era claro y muy utilizado en todas las asociaciones de Tiquicia: aceptar como integrantes, a veces en masa, una cantidad de personas que a veces no cumplen los requisitos de ingreso pero que, al final, conforman una mayoría de la asamblea de la asociación para tomar el control de la reunión. Así funcionó la AdeA durante los últimos 25 años de los cuales tengo memoria: con la activa participación de algunas personas que no son químicamente puras autoras de obra publicada (libro) y menos de un libro publicado con el sello de la ECR.

Pero esta integración de la Asamblea de Autores de la ECR se volvió más cuestionable aún, a partir del año 2002, cuando ingresaron en masa una cantidad de asociados, que incluso eligieron de presidente a un señor que en su vida había publicado libro alguno, si acaso articulitos en alguna revistilla electrónica en Internet… Y fue elegido por una cantidad de “colegas” que tampoco eran autores de nada. Otros, se auto publican un librito de 200 ejemplares, lo venden de mano en mano en el parque de su localidad de algún cantón de alguna provincia…; otros se auto publican libritos que de otra forma, cualquier editor rechazaría (¡y se los han rechazado!), pero cumplen formalmente con el requisito de “haber publicado un libro”.

Entonces en el 2002, la flamante Asociación de Autores fue presidida por los siguientes dos años, por un señor que no era, formalmente, autor de nada. Pero esto fue apenas el inicio. Esta historia continuará y se hará más tenebrosa durante los años siguientes… ¡volveremos después de la pausa!...

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