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Más allá de la marcha

Luis Paulino Vargas Solís

La marcha del pasado 26 de febrero resultó un acontecimiento cívico glorioso y una experiencia de la cual sacar conclusiones enriquecedoras. Una enorme fiesta popular, llena de colorido y expresividad, y una magnífica confirmación de la opción pacifista y respetuosa de esta ciudadanía organizada y madura que, al calor de la lucha contra el TLC, se ha ido politizando a profundidad y, progresivamente, va siendo capaz de articular, no solo un discurso coherente de oposición al Tratado, sino también una propuesta distinta de país. Esto último, en todo caso, es una fuerza viva en los intersticios del movimiento, en cuanto su rica pluralidad y el carácter avanzado de sus reivindicaciones, son praxis vital de democracia y participación ciudadana y potencial de renovación de la sociedad costarricense. Por eso, y cada vez más, urge plantearse agendas y construir espacios de reflexión y encuentro que trasciendan el TLC y comiencen a construir proyectos de futuro.

Con la marcha una vez más se puso en evidencia quiénes son los violentos. Porque fue el gobierno, con la abierta complicidad de los medios comerciales de prensa, quienes una y otra vez insinuaron violencia, en abierto contraste con la convocatoria, centrada en el pacifismo y la civilidad, emanada de las organizaciones sociales.

La marcha fue festiva y pacífica y esto ha tenido un efecto legitimante de amplias repercusiones en la población costarricense. El pueblo que, torpedeado por una propaganda millonaria manipuladora, aún no logra discernir acerca de la inconveniencia del Tratado, vio a una inmensa muchedumbre de compatriotas diciendo, con fervor pero con respeto y civilidad, que el TLC es inaceptable. Seguramente esto ha tenido un efecto persuasivo mucho mayor que todos los comerciales que, en medio de colorines, venden el TLC como vender coca-cola.

He ahí la primera y fundamental enseñanza: la fuerza gigantesca de la expresión y movilización pacífica. Porque con ello se recupera y se reafirma uno de los rasgos más avanzados de la idiosincrasia de nuestra gente: su vocación por la paz. Así les tocamos el corazón y lo hicimos donde más sensible es. Y enfaticemos entonces algo que aquí resulta crucial: la paz, en un mundo tan violento como el actual, representa un valor sumamente progresista y avanzado. Precisamente por ello, los sectores hoy dominantes en Costa Rica –y en primera instancia Arias y La Nación- hablan de paz mientras ejercen violencia sistemática. Para su avaricia sin límites, y en medio de su desprecio por nuestra historia patria y su sordera frente a la voz del pueblo, la paz les resulta un verdadero estorbo. Si pudieran, impondrían sus agendas a punta de bayoneta.

Pasada la marcha, la oficialidad sigue fingiendo sordera y de nuevo hace restallar su látigo vocinglero: “para eso tenemos los 38”. Pero ¿era acaso esperable otra cosa? El TLC no ha sido derrotado pero es cierto que se está cayendo a pedazos. Y la matonería oficial tan solo ratifica su tremenda inseguridad. Por favor, dirigentes de las organizaciones sociales, no caigamos en el juego.

Si estamos ganando por las vías de la protesta y la resistencia pacífica, profundicemos y perfeccionemos esos métodos que, con ello, podremos atraer el apoyo popular y, de paso, ir consolidando las bases de esa Costa Rica nueva y mejor por la que, más allá del TLC, hay que trabajar desde ya, incluso, en el acto mismo de resistencia. Porque si pacíficamente lo derrotamos, con ello, y simultáneamente, estamos consolidando la visión de futuro que nos mueve.

Si la opción por la protesta y la resistencia pacíficas ha de ser nuestra base de sustentación esencial, llevarla a la práctica con éxito comporta ciertos requisitos básicos: primero, un enorme y permanente ejercicio de imaginación y creatividad y, segundo, una dosis adecuada de realismo y cabeza fría. Lo planteo porque he oído decir que, tras la marcha del 26, el paso siguiente es la huelga general. Pregunto entonces: ¿hay capacidad real para convocarla? ¿Es un objetivo viable y una medida realmente necesaria en este preciso momento? Agrego: ¿Qué tanto convenceremos a la gente para que nos apoye si, como paso inmediato, se recurre a ese mecanismo? Reitero: hay que saber aplicar la necesaria dosis de realismo que nuestra realidad exige.

Vienen dos fechas patrias que marcan hitos decisivos de nuestra nacionalidad: 20 de marzo y 11 de abril. He ahí una oportunidad grandiosa para hacer crecer la lucha y la resistencia pacíficas contra el TLC. En primer lugar, hay que recuperar y realzar al máximo el significado histórico y la simbología patriótica que estas fechas contienen (cosa que a los grupos dominantes les incomoda tanto, pero tanto, que hicieron del 11 de abril un lunes de tragos). Y, segundo, y sobre esa base, hay que hacer de estas fechas una enorme celebración que cubra la geografía de Costa Rica para que, en parques y calles, la lucha contra el TLC sea expresión de fiesta cívica y patriótica.

Apropiémonos del 20 de marzo y del 11 de abril y convirtámoslos en dos inmensas dagas lanzadas al corazón de las oligarquías telecistas.


Marzo 03, 2007.

Evita Arguedas no puede votar

Pablo Barahona Krüger

Hablemos claro. Sé que aquí no es la costumbre, pero qué remedio. Se ha denunciado que la diputada del Movimiento Libertario, Evita Arguedas Maklouf, mantiene intereses empresariales directos en el mercado de las telecomunicaciones. Posee, ella o su marido, que viene a ser lo mismo, acciones de tres empresas que representan todo un conglomerado de frecuencias (más de 100) concesionadas por las cuales, por cierto, pagan un poco menos que nada por una Ley de Radio y Televisión que ni a palos sugieren reformar como cualquier concesionario con sentido patriótico, y no solo empresario, haría.

El cuento de que “los diputados tienen ese carácter por la nación” nunca se lo han contado a esta empresaria metida a diputada –la minúscula es intencional–. No es que quiera irme en “nimiedades” constitucionales que, por lo visto, solo importan a los que no tenemos poder, pero una diputada que tiene negocios en telecomunicaciones no puede, aún cuando jure bloquear los intereses de su chequera, siquiera discutir proyectos que en un sentido u otro podrían afectar directamente su economía o la de sus familiares. Ni qué decir de votar, simplemente no puede y, ojo que no hablo de deber solamente, sino de poder o facultad. Pierde la fuerza de su mandato al mediar intereses personales que anulan el mandato, que es precisamente lo que manda una ley anterior que, aunque Arguedas y sus ad láteres no lo adviertan, está muy por encima de su condición de diputada y por tanto la obliga o limita.

La Ley contra la Corrupción (dejémosla hasta ahí porque el resto del nombre sobra) prohíbe legislar en provecho propio y pena con cárcel a quien no observe tal prohibición.

En lo conducente, la norma dispone que una diputada debe inhibirse de votar toda ley que la favorezca a ella, a su cónyuge o a cualquier pariente hasta arribar al tercer grado de consanguinidad. Tan clara es la norma dispuesta en el artículo 48 de esa ley (n.° 8.422), de plena vigencia y obligada observación para todo ciudadano, incluida y aún con mayor razón una diputada, que los equívocos y las interpretaciones falaces no caben. No hay lagunas ni términos abiertos, la norma es contundente.

La diputada Evita Arguedas debería, por imperativo legal y no solo moral, inhibirse de conocer dos proyectos que la afectan a ella y a sus parientes, el proyecto de regulación de las Telecomunicaciones y el Cafta. Si no pueden ser discutidos por ella, mucho menos habrá de votarlos.

Si no se recusa deberán sus iguales recusarla, reputándole, como ya lo hizo algún diputado, el conflicto de intereses que ya hoy sucede al participar Arguedas en la discusión del proyecto de Telecomunicaciones. Por mucho menos han obligado a desistir del conocimiento de ciertos temas a funcionarios públicos que tenían intereses mucho más indirectos, por lo que de no sucederse la separación de la legisladora en relación con ambos proyectos, constataríamos nuevamente lo que ya hemos acusado antes, en Costa Rica se aplaude arriba lo que se castiga abajo.

No hay más, o Evita Arguedas vuelve sobre sus pasos y se excusa, o se expone a que la recusen. Tanto en la comisión que preside José Luis Valenciano que trata el tema de Telecomunicaciones, como en el plenario, cuando inicie la discusión del tratado comercial entre Centroamérica y Estados Unidos, Evita Arguedas habrá de mantenerse distante, de lo contrario esperaríamos la acción valiente de algún diputado que levante el estandarte de la decencia y exija el respeto de la legalidad.

Llevados a ese nivel no habrá vuelta de hoja, o la denuncian otros diputados o lo hace la Contralora o la Procuradora que, esperamos, no dejarán pasar también esta flagrancia ante sus ojos y los de la ciudadanía. Bien lo decía Richelieu en una cita que no sobra mencionar: “Aprobar una ley y no hacerla cumplir equivale a promover lo que en un principio se pretendía prohibir”. La ley en cuestión se titula “Contra la corrupción”, vale el recordatorio.

Qué tendrá que decir Otto Guevara a todo esto, porque tanto se peca por acción como por omisión, cuando de afrentas a la patria hablamos. Nuevamente, la libertad se entiende de muchas maneras. ¿Será que así la entienden ellos?

3 de marzo de 2007.

23.501

Juan Manuel Villasuso

¿Cuántos fuimos a la marcha? La pregunta puede resultar trivial porque nunca antes habíamos visto en Costa Rica una manifestación tan grande, tan plural, tan pacífica y tan alegre como la de este 26 de febrero en contra del TLC.

Ni las demostraciones de repudio al contrato Alcoa en 1970 ni las protestas contra el Combo del ICE hace siete años convocaron a tantos costarricenses. Ni siquiera los partidos políticos tradicionales, que gastan millones movilizando gente de todo el país para la clausura de las campañas electorales, han llenado tantas cuadras del Paseo Colón y de la Avenida Segunda como sucedió en esta jornada ciudadana.

Sin embargo, aunque la pregunta sea trivial, es necesario hacerla para evidenciar un fenómeno muy grave que en esta ocasión se muestra con toda nitidez: la manipulación de la información por parte de algunos medios de comunicación; manipulación que afecta una de las libertades esenciales del sistema democrático: el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz.

Un día después de la marcha, el periódico La Nación les dijo a sus lectores, en primera plana, que al evento cívico habían asistido 23.500 personas. Ni una más, ni una menos. El dato fue preciso. No admitía cuestionamientos.

Con el fin de darle “validez” a su cuantificación, La Nación elaboró un plano de la Avenida Segunda que pintó de colores dependiendo de la densidad con que, según el diario, se agruparon las personas: rojo oscuro cuando era muy compacto, más pálido si la densidad se reducía, rosado cuando era menor y blanco si el espacio estaba vacío. A partir de esta simplificación cromática, que abarcó un lapso de media hora (1-1.30 p.m.), el periódico hizo una inferencia aritmética.

El dato tenía visos de “rigor científico”. El lector no tenía por qué cuestionarlo. Debía tomarlo como cierto. Pero el yerro era tan grande y la deducción numérica tan burda que solo se necesitaba de dos elementos para demostrarla.

Primero, el análisis del croquis. No es posible que en una marcha, donde los asistentes se desplazan, existan zonas vacías o una densidad constante durante media hora. El flujo de las personas hace que la ocupación del espacio se modifique rápidamente en el tiempo. En consecuencia, el diagrama es totalmente equivocado. Un análisis fidedigno debió considerar el número de personas que transitaban por un determinado lugar durante las casi tres horas del desfile.

Segundo, la fotografía que acompaña al título de la noticia. La imagen, aunque parcial, muestra una multitud que sobrepasa en mucho la cifra mencionada en el texto. Otras fotos publicadas en otros medios y las tomas desde los helicópteros que miles de televidentes vieron en los canales 6 y 7 confirman la formidable subestimación hecha por La Nación.

Esta falta de veracidad en la información tiene serias consecuencias, sesga la opinión pública y afecta el derecho de las personas.

La Constitución Política (Art. 46) otorga a los habitantes el derecho a recibir información adecuada y veraz. Quien se suscribe a un periódico o lo adquiere al pregón, no paga para que lo engañen. Las libertades son opciones para la acción, los derechos son obligaciones que el Estado debe tutelar.

El periodista tiene un compromiso con la verdad y el periódico con la veracidad. Aunque sea difícil determinar qué es la verdad, es fácil comprobar la mentira. Cabe preguntarse si los órganos jurisdiccionales y la Defensoría pueden actuar de oficio ante evidentes irrespetos a la Constitución en perjuicio del ciudadano.

(La República)

Marzo 02, 2007

De cal y de arena

Alvaro Madrigal Castro

Los acontecimientos del lunes 26 son suficientemente elocuentes como para tomarlos con indiferencia, subestimación o desdén. Las decenas de miles de personas que se manifestaron en San José (con réplicas en otras ciudades del país que aunque menos concurridas, en nada desmerecieron el simbolismo de la protesta) confirmaron la existencia de un caudaloso rechazo al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y los vecinos del istmo.

Yo me sentí muy bien sumándome a la marcha y al repudio de ESTE Tratado por rebasar todos los límites propios de un entendimiento de voluntades idóneo para facilitar el intercambio comercial y por constituirse en el torniquete con que foráneos van a decidir la suerte de las instituciones y del modelo de sociedad de Costa Rica.

Las más heterogéneas voluntades (no “los izquierdistas” con que quiso anatematizarnos alguien el 20 de diciembre) hemos encontrado un punto de coincidencia, de concordancia, de unión: la convicción de que este Tratado no es conveniente ya que va a significar la proscripción de la visión política que ha hecho posible —aún con sus errores y omisiones— construir con la concurrencia del Estado y de las fuerzas económicas y sociales, un país que ha evolucionado con justicia, equidad y libertad.

En nada ha hecho mella la descomunal y onerosa campaña de publicidad montada para exaltar apoyos al TLC y abatir las resistencias hasta la mínima expresión, campaña ineficaz para sus objetivos porque no convenció al segmento de población al que se dirigió, que la percibió sospechosa de no ser veraz. No corrigió el efecto de aquellas falacias sobre los 500 mil empleos que se perderían si se rechaza el convenio; o sobre la mágica llegada de cientos de millones en inversión extranjera; o la deformación de la realidad que bordea la industria de textiles; o sobre la extinción de la Iniciativa para la Cuenca del Caribe.

Los hechos confirman la polarización del país ante lo cual el Congreso debe ser cauteloso en el manejo de este expediente pues un atropello en la tramitación de cuestión tan trascendental podría ser la espoleta de la convulsión social. Los valores y los principios en juego —dijo un connotado partidario del convenio, Federico Malavassi— son más importantes que el TLC. “No vale la pena —advirtió— hacer trampa para aprobarlo. En ello no hay honor ni decencia”.

El Tratado fue parte de las promesas de campaña del Dr. Arias. Es, entonces, válido su derecho a poner todo su arsenal político al servicio de la aprobación en la Asamblea. Pero esto no legitima la arbitrariedad con que una alforja política, cuya única razón es la fuerza del número, retuerce los procedimientos legislativos sin advertir, siquiera, los precedentes en que la Sala Constitucional ha tenido que enmendar la plana por encontrar atropelladas las elementales reglas del trámite y debate parlamentarios.

En medio de las diferencias marcadas por su formación profesional, cultura universal y posicionamiento político, hay rasgos comunes entre ellos que explican por qué terminan chocando entre sí. Oscar Arias y Hugo Chávez gustan de meterse con el vecino. Recuerdo a la “vieja de patio” y su protagonismo.

Marzo 01, 2007.
(La República)

Chisporroteos

Alberto F. Cañas

En un artículo de don Oscar Arias que se publicó en este periódico el lunes, leí lo siguiente: “La democracia es muchas cosas, pero, antes que todo, es un sistema para tomar decisiones”.

Lo mismo, con perdón sea dicho, puede afirmarse de la dictadura. Con el agravante de que la dictadura las toma con más rapidez. Muchos antropófagos latinoamericanos se han autojustificado con esa afirmación sobre su propia eficiencia.

No se trataba, claro, de definir la democracia, sino, me lo puedo imaginar, de decir, no que es un sistema, sino que es una manera de tomar decisiones. O sea que las decisiones se toman democráticamente o no.

Pero tomar decisiones democráticamente no es, como algunos en Costa Rica pretenden, salir a votar el primer domingo de febrero de año par y no bisiesto, y que de allí en adelante el que salga ungido haga lo que le dé le gana, piense la gente lo que piense, y aunque haya sido electo con menos de la mitad de los votos emitidos, y por tan solo una cuarta parte de los votantes inscritos.

Costa Rica consolidó su paz y su orden cuando, por iniciativa de don Ricardo Jiménez, eliminó la necesidad de ganar las elecciones por mayoría absoluta, y estableció que un 40% de los votos válidos es suficiente. Esto se decretó en 1932, y hubo que aplicarlo por primera vez en 1958. Desde entonces hemos tenido gobiernos de minoría, sin que la República se haya resentido, ni la democracia sufrido. Los inició don Mario Echandi. También fue Presidente de minoría Daniel Oduber. Ninguno de ellos pretendió haber recibido un mandato. De eso, sólo José Figueres y Luis Alberto Monge.

Como son las cosas (y aún si la administración ha recibido el 66% de los votos válidos), no puede un gobierno pretender que lo han autorizado para hacer lo que le venga en gana, y que no es lícito, o moral, que la población le pida que no lleve a cabo determinada cosa, o que efectúe alguna otra.

El Derecho de Petición está claramente establecido en el artículo 27 de la Constitución Política, y todavía no ha salido, que yo sepa, ningún jurista a la violeta que pretenda que ese artículo se refiere exclusivamente a la petición escrita. Puede ser oral. Puede ser individual. Puede ser colectiva. Y también puede ser multitudinaria.

Y una petición multitudinaria, la resuelve la autoridad a SU buen (o mal) saber y entender, pero a sabiendas del riesgo que corre. Por ejemplo: en el 2000, el tristemente célebre “combo del ICE” (hijo predilecto de la Administración Rodríguez), desapareció de la Asamblea Legislativa después de haber sido aprobado en primer debate. No sé, dichosamente, que habría pasado de haber metido cabeza el gobierno de entonces, empeñado en aprobarlo a pito y caja (siendo, como lo era, un gobierno que había obtenido más del 50% de los votos válidos en la elección presidencial).

La democracia, en suma, no es “un sistema para tomar decisiones”, sino una manera de tomarlas: de acuerdo con el pensamiento popular (también llamado en círculos de arriba, del populacho), o de acuerdo con el pensamiento de ciertos círculos de arriba, platudos y sonoros (minorías selectas que llaman). En todo caso, siempre valdría la pena que, como lo hacían don Ricardo Jiménez y don Pepe Figueres, se sopese y se considere cómo piensan los que tienen, y cómo piensan los que no tienen. En términos clásicos: mercaderes frente a filósofos. (¡Qué diablo, suena bonito una suma de populacho más academia!)

(La República)
28 de febrero.

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