| Premios
Nacionales: una polémica anual
Le
entregamos las reacciones del medio ante el anuncio de los Premios
Nacionales 2006. Envíenos
su comentario y si desconoce los resultados puede
verlos aquí. Culturacr.com debe aclarar a
nuestros lectores que este debate se promueve en función
de buscar soluciones a los problemas que presentan los premios
nacionales y se reconocen cada año, jamás
pretende demeritar ninguno de los galardones otorgados, ni afirmar
en favor o en contra de candidatos a estos premios. Si en algo
hay acuerdo es que los Premios Nacionales son necesarios para
promover las creaciones costarricenses que es, en el mejor de
los casos, la meta de este espacio cultural. El Editor. Lea los
siguientes textos:
Los premios,
Alfonso Chase.
Una aclaración, Rafael Ángel Saborío.
Premios nacionales y endogamia, Iván
Molina Jiménez.
Sobre el Premio MAGON a Laureano Albán, Julieta
Dobles.
Cosillas sobre los Premios Nacionales,
Alfonso Chase.
Tatiana Lobo emite su criterio, Tatiana
Lobo.
Los Aquileo y la ansiedad, Uriel Quesada.
Uriel
Quesada, Tatiana Lobo, Julieta Dobles, Iván
Molina, Rafael Ángel Saborío y Alfonso Chase escriben
sobre los premios nacionales. |
Los
Aquileo y la ansiedad
Uriel Quesada
He leído
con interés los comentarios que han aparecido en “CulturaCR”
sobre los premios nacionales. La discusión no parece cambiar
mucho de un año a otro, y quizás mis reflexiones no aporten
mayor cosa; sin embargo me gustaría compartirlas.
Creo que
los Aquileo canalizan un tipo de ansiedad muy legítima, la de
ganar un espacio por medio del reconocimiento público. El problema
de los premios –y pienso en premios literarios– no es su
abundancia sino su escasez. Al contrario de un gran mercado librero
como España o México, los Aquileo son la única
salida al mar para muchos autores y sus obras. Tiene razón Alfonso
Chase cuando dice que ser premiado representa solamente cinco minutos
de fama, ni siquiera diez. Sin embargo, esos minutos pueden representar
todo el tiempo del mundo y constituirse en la eternidad para quien sepa
aprovecharlos. Algunos atribuyen la breve fama de los ganadores del
Aquileo a la calidad de las obras, y rememoran con nostalgia tiempos
mejores para la literatura costarricense. Quizás el fenómeno
sea más complejo, y deban contemplarse desde aspectos de gusto,
acceso a libros o hábitos de consumo de los lectores, hasta consideraciones
sobre lo que se considera literariamente bueno y malo.
Desde que yo recuerdo, los Aquileo nunca han sido importantes más
allá de ciertos círculos intelectuales. No son premios
que apelen al público, y creo que las editoriales los consideran
más un honor que una oportunidad comercial. Ganarse un premio
nacional no necesariamente significa ampliar la base de lectores. Es
un reconocimiento de nuestros pares y ahora, además, hay una
dotación económica importante de por medio. Este dinero
no ha hecho sino aumentar los niveles de ansiedad y además disfrazarla.
En los últimos años me ha tocado leer más razones
por las que un libro no debió ganarse un Aquileo, que sus posibles
méritos. También se ha vuelto común una coletilla
al final de esos comentarios: “De todos modos lo importante es
la plata”. Yo gané el Aquileo de cuento en 1990, cuando
la dotación económica era muy modesta. Recibí muestras
de apoyo y, por supuesto, virulentos ataques. Esos ataques mostraban
la ansiedad que el premio generaba en su estado puro, pues no había
posibilidad de disfrazarla con la racionalización de que lo único
que se buscaba era una suma de dinero. El supuesto cinismo de los últimos
años resulta ser más bien una autoserruchada de piso.
Es triste que muchos escritores minimicen su valor como artistas, su
derecho a ser reconocidos públicamente y a gozar de los minutos
que dure la fama. Lo peor es ver reducida la obra propia a un cupón
para ganarse una rifa.
Debería
haber más premios, no menos, para que todo el mundo quedara contento.
Más importante aún, debería haber premios que reflejen
distintas propuestas de lectura, distintas tendencias culturales. De
todas maneras el problema de la literatura costarricense no está
ahí sino afuera, en la calle, en los libros que se imprimen primorosamente
pero no se distribuyen, en el poco dinero que hay para promoción,
en las políticas de las librerías, en esa brecha entre
lectores y escritores que muy pocos han sabido cerrar.
Hace unos meses me llegó un ensayo que un estudiante escribió
sobre El gato de sí mismo. Decía que el hecho de haber
ganado el Aquileo mostraba que la temática gay, o al menos mi
versión de ella, estaba siendo absorbida por la cultura oficial.
El comentario me sorprendió muchísimo, pues jamás
había pensado en esa posibilidad y aún ahora dudo que
ocurra así. En Costa Rica el sistema te absorbe cuando tu libro
se convierte en texto de lectura obligatoria. Los autores más
conocidos, los que la gente recuerda para bien o para mal, son lo que
se leen en la escuela o el colegio. Ahí están la verdadera
oficialización de un escritor, el reconocimiento masivo y también
el dinero. Curiosamente la ansiedad se sigue orientando hacia nuestra
pequeña ciudad letrada, simbolizada por los premios que Virgilio
Mora ha llamado irónicamente los Aquinoleo.
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Tatiana
Lobo emite su criterio
"Creo
que un año es muy poco tiempo para dar los premios nacionales
por lo pequeño que es el país, deberían otorgarse
cada dos para que la cantidad de obras permita una selección
más rigurosa.
También,
y ya lo he dicho anteriormente, se les debería cambiar el nombre
por Premios del Ministerio de Cultura. La palabra "nacional"
sugiere un plebiscito.
En
cuanto a la "justicia" de los premios, es una ambición
imposible ya que los jurados están compuestos por muy poquitas
personas cuyos criterios no son compartidos por todo mundo. Desde este
punto de vista todos los premios, sin excepción, son injustos."
Cosillas
sobre los premios nacionales
Alfonso Chase
Recibí
muchos mensajes sobre mi anterior artículo sobre los Premios
Nacionales. Algunos sobrios y ponderados, otros exaltados y hasta delirantes,
de seguro de circulación interesada o triangulación sesgada.
Ahora, luego de los cinco minutos de fama, antes eran diez, los galardonados
se pierden en un tropel de nombres que nadie recuerda y de obras que
posiblemente nadie haya leído, salvo los amigos, familiares o
fans, necesarios para darle un sentido a la premiación. Ya ni
siquiera se ponen los nombres de los jurados correctamente y las obras
apenas se analizan; solo el nombre del galardonado con letras pequeñas
para darle más campo a otros asuntos, de índole cultural
más movida.
Todos,
y nadie, se sienten felices con los otorgamientos, que provocan mohines
de disgusto o tenues aplausos de complacencia, en esa mecánica
nacional que da forma, cada año, al asunto en esta república
del espectáculo que somos. Insisto en que la dotación
económica es lo más importante. Es un acierto haberla
subido, que no es lo mismo que poner en el currículo el otorgamiento,
como si fuera lo último en reconocimiento. Una verdad, a medias,
que sirve hasta para carrera académica, de ser posible, si se
trata de un docente afortunado.
Quienes
los reciben sí se sienten felices. Los desdeñados muerden
su sello personal, o su almohada, hasta producirse daño. Porque
es un asunto humano la relación entre lo que se crea y el reconocimiento
que se obtiene, público o privado. Los premios nacionales, en
lo que sea, son una lotería o un reto a la suerte, aunque se
trate de justificar con términos rotundos, lo que significa un
acto humano, sujeto a vaivenes donde se observan los gustos, los rechazos,
las tendencias individuales o colectivas, por lo que deben generar una
expectación relativa o una reflexión particular y general.
Los
de este año son particularmente indicativos y reúnen cualidades
que deben observarse sobre las obras premiadas, y a veces, sobre las
que dejaron de serlo. El Premio Nacional de Cultura otorgado a Laureano
Albán está muy definido en la justificación y en
la carrera literaria del galardonado. En Costa Rica todos debemos mucho
a la labor de Albán como promotor cultural y a la relevancia
de su obra poética, con ligeras excepciones de vaivenes en sus
publicaciones. Pero se premia a una obra continua, asertiva y que presenta
la labor literaria de un poeta reconocido, dentro y fuera de nuestras
fronteras. La personalidad de Albán no tiene nada que ver con
su obra y se acostumbra señalarlo en sus defectos personales
y poco en su labor creativa, lo cual es injusto en su labor. El premio
fue otorgado por consenso mostrando que, junto a otros propuestos para
el galardón, obtuvo los votos para merecerlo.
A
mi criterio fue el año de la novela. Babelia, de Guillermo Fernández,
Los deseos del mundo, de Dorelia Barahona, El solar de las siete hierbas,
de Zoraida Ugarte y Mi papá es un campeón, de Carlos Rubio,
presentan novedosos quiebres en la tradición novelística
y valen por su forma y contenido. Fue premiado el libro de relatos de
Froilán Escobar: Ella estaba donde no se sabía, espléndida
colección de narraciones casi mágicas, no una novela,
que muestran al autor en la plenitud de su madurez y cuyo libro puede
inscribirse en la renovación de la narrativa cubana actual. Floraciones
y desfloraciones, de Rodrigo Soto, es una muestra del talento narrativo
del autor y recoge cuentos que muestran su importancia, en el desarrollo
de la historia literaria reciente, en nuestro país.
Tres
libros no galardonados, por su propio valor no necesitan premio alguno,
aunque lo merezcan. El Doctor Zambrana, de Armando Vargas Araya, Estrecho
Dudoso, del grupo cultural Teorética, y El Estado solidario frente
a la globalización, de Gerardo Fumero Paniagua. Pueden ubicarse
en ensayo, historia, libro no ubicable o simplemente textos que trascienden
el marco tradicional y ofrecen rupturas en el tratamiento de sus temas.
Como
vemos, la importancia real de los premios obedece a los criterios de
los jurados, para eso fueron nombrados, y son responsabilidad exclusiva,
de su propia visión de lectura e inserción en la cultura
nacional.
Ver
los premios solo como un honor, y no un trabajo de selección,
es cosa de tiempo pasado. A través de su otorgamiento se pueden
percibir los cánones que se tratan de decidir, o imponer según
sea el caso en el ámbito de la cultura. Es parte de la actividad
intelectual y de los otros asuntos que traté en el artículo
anterior; desde los personales y los políticos hasta los editoriales.
Una
respuesta franca a una estimable internauta: no tengo idea de cómo
se me dio el Premio Nacional de Cultura en 1999, a no ser porque la
mayoría de los jurados eran amigos míos, habían
leído mis trabajos literarios y conocían de mi vida. Según
la agenda de un señor, que hace de los premios nacionales un
fallido augurio, tal vez me tocaba en el año 2015, o no me tocaba
nunca. Si no se me hubiera dado por unanimidad, sin haber sido sacado
de la manga, para hacer un tres de dos, de seguro hubiera renunciado
al mismo para hacer fila. Tuve el honor de ser el primer autor en leer
un discurso de aceptación en la ceremonia de premiación,
vertebrado por lo que soy y escribo. Eso, y el aprecio de quienes me
lo otorgaron, más la platita, fueron el mejor galardón.
Pues la estatuilla se me perdió en la fiesta, dado que la dejé
en un rincón mientras me bailaba una rumba.
Pero
eso es otra historia.
Tomado
de Tribuna Democrática
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Sobre
el Premio MAGON a Laureano Albán
Julieta Dobles
Izaguirre (poeta)
En
este bendito país, donde, por razones demográficas aún
conservamos muchas actitudes provincianas, hay mucha gente que cree
que los premios culturales en las diferentes ramas, y el Magón
mismo, son premios de simpatía. Enjuician a los galardonados
sin conocer su obra, como si los premios fueran a la personalidad del
artista, y no a su obra.
En
este sentido, la designación de Laureano Albán como Premio
Magón del 2006, ha sido motivo de discusión por muchos
que ni siquiera conocen su obra, y que desconocen su labor de más
de cuarenta años como coordinador del Taller del Círculo
de Poetas Costarricenses, el primer taller literario que se realizó
en San José, en los primeros años sesentas, cuando apenas
se iniciaba la crítica literaria en nuestro país. Como
si esto no fuera suficiente, Albán ha cosechado numerosas distinciones
literarias a su obra, sobre todo desde España, que van desde
el Premio Adonais (1979) hasta el Premio de Cultura Hispánica
(1982).
Invito
a quienes no conocen la obra de este magnífico poeta costarricense,
a adentrarse en algunos de sus numerosos libros, que si bien se encuentran
en su mayoría agotados, pueden conseguirse en las bibliotecas
del país, a estar atentos a sus nuevas ediciones, que ya están
en proceso de publicación, y a seguir el rastro del Movimiento
Trascendentalista por él fundado, en los libros de varios poetas
jóvenes que pertenecen actualmente a sus talleres literarios
y que están enriqueciendo el presente literario de nuestro país.
Es
digna de mención la Enciclopedia de Maravillas en tres tomos,
uno de los últimos libros de Albán, que ya tiene tres
tomos más en preparación, y donde se nombran poéticamente
objetos, sentimientos, seres vivos e instituciones humanas a la manera
de una enciclopedia formada no de palabras, sino de poemas.
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Premios
Nacionales y endogamia
Iván
Molina Jiménez
Escuela de Historia
Universidad de Costa Rica
Sería
interesante que alguien, a corto plazo, hiciera un estudio histórico
de los premios nacionales, y en particular, que combinara el análisis
de premiados y jurados, y de sus eventuales relaciones en
términos laborales y afectivos, con una recuperación testimonial
mediante entrevistas a los jurados de los criterios que han prevalecido
en el otorgamiento de los premios.
Es muy probable que un estudio de este tipo revele situaciones como
las siguientes (presentes con una intensidad desigual según las
distintas categorías de premios):
1. Nombramiento de jurados sin atender a su competencia o a sus logros
en el área específica a que corresponde el premio que
deberán otorgar.
2. Tendencia de las instancias o autoridades que seleccionan los jurados
a nombrar a las mismas personas con intervalos menores a cinco años.
3. Práctica de un amplio cabildeo, emprendida por algunos de
los posibles premiables o sus parientes o amigos, con los miembros del
jurado.
4. Fuerte inclinación de algunos miembros del jurado de vetar
o premiar a priori a ciertas personas, independientemente de la calidad
de la obra considerada.
En tales circunstancias, a veces la persona premiada habrá elaborado
una obra o realizado un trabajo que verdaderamente merecía el
premio; pero, en otros casos, quizá la mayoría, no será
así. De esta forma, la conexión entre premio y calidad
depende, básicamente, del azar.
Una de las razones que podría explicar el predominio de esta
dinámica es que los jurados de la mayor parte de los Premios
Nacionales proceden mayoritariamente de los departamentos de Bellas
Artes, Letras y Humanidades de la Universidad de Costa Rica y de la
Universidad Nacional, y de algunas organizaciones fuertemente vinculadas
con esos departamentos, como la Asociación de Autores, la Academia
de Geografía e Historia y la Academia de la Lengua. Puesto que
las personas potencialmente premiables también pertenecen a las
instancias indicadas o tienen relaciones con ellas, todo el asunto de
la premiación se convierte en una experiencia culturalmente endogámica,
fuertemente influida por los conflictos y las alianzas entre quienes
integran esos pequeños mundos culturales.
Corregir tal endogamia, en un medio cultural tan pequeño como
el costarricense, no es fácil, ya que su base es un criterio
de especialidad (¿se nombran especialistas como jurados?). Uno
de los casos más graves, en este sentido, es el Premio Nacional
de Historia, donde jurados-historiadores nombrados por los directores
de la escuelas de Historia de la UNA y la UCR deben decidir entre las
obras publicadas por colegas historiadores que laboran mayoritariamente
en esas dos unidades académicas (aproximadamente, unas 60 personas
entre ambas). Todo queda en casa. En tales circunstancias puede entenderse
mejor por qué los premios carecen de interés y significado,
y no sólo para los medios de comunicación.
Considerado lo anterior, sería bueno que el MCJD elaborara un
manual dirigido a quienes son merecedores de premios nacionales, el
cual debería empezar con esta advertencia: Por favor, no se tome
este premio en serio.
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Una
aclaración
Rafael Ángel
Saborío Bejarano
Como parte
del jurado para el otorgamiento del Premio Nacional de Música
este año en la rama de Canto, lo invito a revisar las actas de
las sesiones de este jurado allí encontrará las razones
que nos llevarón a escoger a la cantante propuesta, entre ellas:
nivel técnico, interpretación de diferentes estilos y
géneros (ópera, oratorio, Lieder, repertorio antiguo,
canción española, canción latinoamericana, en lugar
destacado la canción costarricense), visión cultural y
compromiso con el desarrollo cultural del país, grabaciones y
obra escrita.
Nota
del editor:
Su defensa de la valoración
de los premios de música de este año es muy respetable.
No obstante, el problema es más general que uno de los premios,
y mucho más amplio que solamente los premios nacionales de este
año.
Su aclaración es muy válida y le agradecemos su aporte.
Lo escrito en la web pretende generar debate, pero sobre todo reflexión
acerca del tema, con el afán de fondo de mejorar estos premios
y hacerlos más importantes en la cultura nacional. No puede ser
que los premios carguen tanto desprestigio hasta hoy.
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Alfonso Chase
Brenes
El
escritor nacional Alfonso Chase abre una herida sobre
los Premios Nacionales, justo unos días antes de que el próximo
lunes estos sean anunciados. Culturacr.com en su labor
de apertura ideológica les ofrece este texto publicado en la
Prensa Libre y en Tribuna
Democrática. Lo invitamos a enviar sus comentarios a info@culturacr.com
y participar de la polémica y el análisis nacional. De
paso, le informamos que Culturacr.com trabaja para
ofrecerle un foro donde podrá participar de discusiones ligadas
a la sociedad, política y cultura costarricense. ¡Espérelo
y no deje de visitarnos!
Ahora sí, la lectura incisiva
de don Alfonso:
No. No
se trata de comentar la antigua y extraña novela de Julio Cortázar,
que en tan poco interés tuvo la crítica en su momento.
Se trata de los Premios Nacionales, otorgados ahora en los airecillos
del verano, en ceremonias cada vez más grises, y el desvanecimiento
de los jurados luego de leer la última línea.
Uno de
los aciertos más notables de nuestras autoridades culturales
fue el crearlos, para estimular así a los autores en su obra
hacia el futuro, o a los más veteranos en su relación
pasado-presente.
Los premios
son, en cualquier sitio, objetos de controversia y por lo tanto casi
efímeros, luego de que los que los reciben, si a la prensa le
interesa darles sus cinco minutos de fama y poner sus nombres en letra
de molde. Un estudio reciente busca establecer un listado de los galardonados,
desde que se iniciaron, para tener, también, una especie de lista
paralela de los jurados, que seguro reflejan los gustos de la época,
las relaciones literarias, sociales o políticas, entre las obras
premiadas y la importancia real de ellas en el desarrollo artístico
del país, de una manera más clara en estos quinquenios
grises, rosas o dorados, según sea el ojo con que se les mire.
Nada del
otro mundo. Solo una parte de la historia cultural del país,
reflejada en el quehacer de la comunidad creativa y la permanencia,
y fijación, en el canon de los autores y obras, que permitirían
tener un ejemplo, sesgado por supuesto, de los cambios a percibirse
en la historia real de nuestra cultura. La Ley de Premios Nacionales
es muy simple y busca premiar a las obras, de entre un conjunto, notable
en este tiempo, de acuerdo a los gustos de los jurados y las instituciones
o personas que representan, cuando hay influencias, reales, de intereses
que muchas veces no tienen nada que ver con la literatura, las artes
o la expresión de las ideas, y de las ideologías, en los
autores.
Para mi
generación, llamada también promoción del 60, fueron
importantes los premios porque nos permitieron darle forma a un nombre
literario, a una expresión creativa o a un interés en
manifestar la tradición o establecer signos de ruptura, que quedaba
al descubierto al ser la obra escogida y premiada.
También
a la circulación de la misma. A la venta y al interés
de las editoriales hace treinta años editaban hasta 2 mil ejemplares
de un libro, que podía irse vendiendo, en tres años, si
existía un plan de ventas en la editorial o se ponía la
obra de consulta en el sistema escolar o en secundaria, o en los Estudios
Generales de las universidades.
El valor
monetario de los premios, que pasó de cinco mil colones ¡hasta
casi un millón!, desató una especie de codicia que dejó
de lado los méritos de las obras, para darle un significado casi
nulo al valor de la obra premiada, pero que para muchos autores la asignación
monetaria les permitió disponer de sumas importantes para lo
que fuera como producto de lo que nunca obtendrían en derechos
de autor, o el interés del público lector que es el último
que define estas cosas, con la ayuda de los medios de comunicación
escrita, dos o tres minutos en la televisión, más el pasearse
por sitios de fácil vista, para recibir felicitaciones, siempre
importantes para darle sentido a lo creativo. ¿O no?
Ahora la
edición es pequeña y casi ninguna editorial promueve a
sus autores entre el público lector, salvo aquellas que pueden
establecer un equilibrio entre los gastos editoriales y lo consignado
a difusión y promoción cultural, que son las menos. Se
editan entre 100, 250 ó 750 libros para abarcar un público
que compra libros con frecuencia, que se tiene ahora entre mil personas
de entre cuatro millones de habitantes, a menos que sea un libro de
texto cuyo nicho de lectura puede ser significativo: 5 mil a 10 mil
estudiantes lectores.
Los libreros
muchas veces regalan, o venden como saldos, los libros que nadie compra,
en esa decepcionante relación entre autor y público, aunque
pareciera que ahora Radio Bemba es la mejor manera de saber las bondades
de un libro y el talento de un escritor. Y ni siquiera regalados los
acepta el público, por lo que terminan reciclados, tanto libros
nacionales como de autores foráneos, cuya posible pérdida
se recarga en los precios de venta al público (PVP).
Los premios
nacionales fueron, son y serán importantes para aquellos autores
que esperan reconocimiento y aplauso. En mi caso pasé dos décadas
grises (1975-1995) sin recibir ni un puchito del caldero de los premios
nacionales y en nada afectó mi labor literaria o mi deseo de
escribir, aunque muchas veces un jurado, imprudente y amigo, me llamó
para comunicarme que me habían premiado, cosa que desmintió
el acta final, porque a última hora se habían sacado de
la manga un nuevo candidato, dizque para desempatar.
Esto sucede
en todos los países del mundo. En todos los premios nacionales,
o extranjeros, en manos de la comunidad cultural que dirime conflictos
de prestigio, que no se relacionan, para nada, con la obra sujeto a
análisis y juicio.
Todo esto
tiene que ver con los jurados, su grado de pertenencia a las editoriales,
sus compromisos personales, su rechazo a diversos nombres artísticos
o al simple factor de envidia. O venganza, puede ser. Pero de sus intereses
escribiré luego, con base al estudio que señalamos al
principio, para así entender cómo se define el canon de
la literatura, la pintura o la música en nuestro país,
en su realidad simbólica. (FIN)
Nota
del editor:
Culturacr.com felicita
a los ganadores en general, que este debate no sea en demérito
de la obra de los creadores costarricenses.
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