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CRÍTICA LITERARIA

Lea también en esta sección las siguientes críticas:

Dos puertas en la poesía de Mía Gallegos, de Luis Bolaños.

También varias críticas a Los ojos del antifaz de Adriano Corrales.

Historia de las historias de Pedro el Silvestre de Eduardo Da Bosco.

LA RONDA DE LOS LIBROS

Alfonso Chase

Cuentos del San José oculto: Otra vuelta de tuerca
Selección y prólogo de Tomas Saraví
Ediciones Andrómeda 2007

Ediciones Andrómeda, bajo la responsabilidad editorial de Alfonso Peña, editó antes el primer volumen de esta serie sobre la narrativa josefina, y ahora nos presenta este segundo volumen: Otra Vuelta de Tuerca (¿En homenaje a Henry James?), ese cultor de los personajes y fantasmas de su tiempo, selección y prólogo de Tomas Saraví.

El prólogo demuestra la capacidad de Saraví en descubrir la geografía oculta, para algunos, en nuestra capital, con esa prosa y esos giros que lo vuelven inconfundible, erudito, perspicaz y una especie de guía turístico, a lo Dante, llevándonos, de imagen en imagen, por los vericuetos de esta ciudad, que tan bien conoce y de la cual es cronista marginal. Oculta es una imagen real de la ciudad, en donde ocurren sucesos que nos toman desprevenidos, pero allí están. Con cantinuchas, callejuelas, avenidas y paseantes que son el testimonio vivo de que existimos realmente. No solo es el paisaje de una ciudad misteriosa, solar, o sórdida, sino la acción interna de sus gentes, haciendo su vida al descampado, u ocultos en esos sitios en donde se habla de lo divino y lo profano, con la audaz propiedad de ser protagonistas, o simples personajes de ficción.

Si se le lee en detalle, el prologo es una especie de cuento, o un monólogo que es representado de manera clara y personal, buscando establecer puntos de partida y de no regreso, que luego encontraremos en las narraciones. Los escritores seleccionados son variados, distintos, cada uno con su estilo y su manera de narrar lo que miran, sienten o inventan. Myriam Bustos, Alfonso Peña, Adriano Corrales, Alberto Cañas, Guillermo Fernández, Alexander Obando, Laura Fuentes y el que esto escribe. Todos diferentes al momento de construir el cuento, de darle otra vuelta a la tuerca, perfilando personas, sucesos y sitios, algunos con apellidos del barrio: es decir nombres propios que son y pertenecen al aura que rodea ese San José oculto.

La Bustos retoma las pasiones insólitas, las relaciones entre Alvaro e Irene, y el narrador, descubriendo los elementos eróticos y emocionales de los otros personajes, en una especie de cuadratura del círculo que existe en esas parejas abiertas, que terminan cerrándose a su propia manera de entenderse. Es una imagen de un San José, y de una clase social determinada, jugando con las ideas, y llevándolas a la práctica, en el peligroso y gozante abismo de las relaciones peligrosas, Supuso y sabía, como término de la narración, nos adentra en un mundo que pareciera abrirse hacia los placeres de la mente, que son en verdad los de la carne. Todo en familia. Como lo expresa el título de la narración.

La Amatista perfecta, de Alfonso Peña, es eso: una historia exacta sobre una mujer perfecta, La Condesa y sus extravagantes relaciones en nuestra ciudad, la que se va y vuelve, convertida en la viuda negra, en una ensoñación propia de la Oculta, y en donde pasado y presente nos definen la historia grotesca, con esa joya colgando de un cuello, mitad real y todo ensoñación. Un cuento de extraña perfección verbal, imágenes oníricas, en la murmuración constante de una ciudad transformada en ruina femenina, que todos hemos creído ver deambulando.

Adriano Corrales ha escrito un cuento que resume su idea de la narrativa en donde la acción predomina, más las costumbres propias de un sector de jóvenes mujeres, en una especie de alucinación del protagonista frente a un idilio, en donde mezcla experiencia personales y la fantasía de lo que se espera, y toma forma definitiva en Jota A., una especie de musa desquiciada a la cual el protagonista da vida y busca en la ausencia. Una acción que muestra las costumbres más emblemáticas de un sector de personas, las venturas y desventuras de un poeta y un final idiosincrático. Es decir: feliz.

Las nieves del tiempo, de Alberto Cañas es una joyita incrustada con ingenio, inteligencia y belleza, en donde se relata un encuentro posible, con el tiempo determinando una aventura, que empieza de nuevo, o una cita que se cierre para el protagonista y en donde la lejanía y la ausencia constituyen la esencia narrativa.

Recompensas de Guillermo Fernández, es la historia de una periodista que busca las razones de un crimen y a un posible asesino, en los alrededores centrales de la capital. Está presentado de manera polivalente, con opiniones de quienes vieron, admiraron o repudiaron a un hombre llamado Pavarotti. Mendigo, indigente, pedigüeño, el idiota sensible de calles y aceras. El final, previsto, es sorprendente pero real. Un estudio detallado por medio de una periodista que indaga un crimen, convertido en anécdota y en las palabras fluyentes de una niña.

Alexander Obando, con maestría, y siguiendo la línea de su narrativa, nos cuenta una historia en dos planos, en donde las dos protagonistas, Nikki y Krys, miran el cortejo funerario de Lady D. Es una descripción de los deseos, la decadencia de un mundo y dos cuerpos que se acercan o se separan, en la ilusión de estar y luego difuminarse.

Un lenguaje rico en detalles, descripciones, con una frase final muy propia de la inteligencia de Obando: No existe en el mundo tierra más fértil que la de un cementerio.

Tríptico, de Laura Fuentes, es un ejercicio de lenguaje y ficción. Es un cuento de múltiples cuentos posibles que se evapora entre el viento, la luna y un baúl ajeno, y propio, según sean las circunstancias. Un hermoso ejercicio de palabras.

Y colorín colorado que el próximo libro sea: Amar en San José, morir en la Oculta, sobrevivir en la descubierta, existir en la descampada. Etc.

Tomado de La Prensa Libre, autorizado por el autor.

Historia de las historias de Pedro el Silvestre
(Novela de Eduardo da Bosco, Editorial UCR, 2007)

Adriano Corrales Arias*

Historia de las historias de Pedro el Silvestre, novela del escritor y artista Eduardo da Bosco, es una ficción más que compleja. Narrada desde diversos planos y perspectivas, y apoyada por material gráfico, no es solamente una novela de aventuras, mejor dicho, es más que eso: es una relación narrativa profundamente filosófica y simbólica que responde a una cosmogonía muy particular.

Estructurada a partir de las historias del personaje central, Pedro Silvestre, en realidad lo que se nos narra es la Historia del planeta Tierra con una dosis de humorismo y sátira contenida. Lo novedoso de la novela es que, a pesar de que la palabra es fundamental en la búsqueda epistemológica de la misma, también se precisa de otros signos para comprender la totalidad del mundo narrado.

En el prólogo al libro hay un breve recorrido desde el inicio de la civilización penelongana hasta la fundación de Vergalia. Esta es una larga etapa que se narra en los primeros dos libros de la serie: El octaedro y Neopenelongo, reunidos con el título de Los Antiguos Fablamentos. En el primero de los tres libros de los Nuevos Fablamentos, llamado Historia de las historias de Pedro el Silvestre, hay cuatro tipos de historias: 1. La historia narrada en las notas al pie de página. 2. La historia de las aventuras de Pedro el Silvestre. 3. Las historias de los personajes que ayudan a conformar el mundo silvestriano, sin los cuales no sería posible su existencia (son sus rasgos de identidad). 4. La historia gráfica, representada por los mapas, tan imprescindible como las anteriores.

Colidonia es resultado de una larga transformación histórica que arranca desde los inicios de la Pantracia, cuando existían tribus dispersas poblando los litorales del continente y una civilización más organizada ocupando su centro. Esta historia se narra con gráficos. Justifica la razón de la existencia del mundo silvestriano y le da al lector la posibilidad de reconstruir la historia del continente de acuerdo con su criterio y por otros medios expresivos.

El libro se divide en dos partes: Acta Prima y Acta Postrema. La primera está dividida en cuatro tisanas y esto no es al azar. Cada una plantea un problema y un remedio (la tisana misma), es decir, plantea los principios filosóficos de la narración. La segunda parte, Acta postrema, pone en práctica cada uno de esos principios.

La novela contempla un único plano argumental denominado la Historia. Este plano argumental está subdividido en dos subplanos, la historia anterior y la historia posterior. La primera refiere los orígenes de la Pantracia y está consignada en los Antiguos Fablamentos. De ella se hace un bosquejo y a ella están dedicados algunos episodios. La segunda refiere la historia de la Mesocolidonia y en particular la de Vergalia.

La historia anterior está consignada en el prólogo como sigue: "Los sucesos narrados en este libro fincan sus raíces en vaticinios anteriores a los Antiguos Fablamentos." (Pág. 5). "Los aguiluchos se devoraron entre sí y quedó uno solo: el fundador de un linaje que sobreviviría a la destrucción de la Gran Penelongo y cuyo último descendiente tendría el cometido de recuperar los valores penelonganos, con el correr de los hectócronos". (Pág 6)

La relación de la historia anterior con la historia posterior, se consigna así: "La inobservancia de las normas impuestas por la Tierra puso fin al imperio, como lo había señalado el oráculo, y abrió la posibilidad de su renacimiento en un humilde caserío, en un niño escogido para este fin desde el principio de la creación. Aquí se relata la historia de ese pueblo y, con ella, la de la infancia, juventud y madurez del elegido, origen de los escritos posteriormente llamados los Nuevos Fablamentos." (Pág. 6)

Pedro el Silvestre es el hilo conductor de la historia moderna de la ciudad, pero no es el único elemento. Un lector atento sabrá distinguir la doble relación de hechos y situaciones que a veces se separan y otras veces confluyen. La novela es circular: se inicia en una época posterior a la destrucción de Colidonia mediante una crónica del fablista Mantarrayada, regresa al momento de la destrucción mediante otra crónica del mismo fablista y concluye en ese mismo momento, en el libro II de las crónicas de Mantarrayada.

Los personajes se caracterizan por la libertad: hay libertad de decisión, pero también azar y destino; y ambos actúan con mismo grado de libertad. (El azar y el destino no son meros conceptos en la cultura mesocolidonia, son seres tan reales como Ímara y la Tierra). Pero lo interesante del texto son los espacios polimórficos que conforman uno de los temas centrales de la novela en cuanto a la palabra se refiere, pues con ella se expresan pensamientos que se concretan en actos específicos. La búsqueda de un método que eleve la posibilidad al rango de certeza es una constante en las historias (la prolongación de la vida, la búsqueda de la riqueza, etc.). La aplicación de semejante método puede caer en el absurdo, pero no sus consecuencias, como se verá.

Algunos aspectos críticos del texto atañen a la demagogia como principio de manipulación social, a la sátira de los contenidos programáticos de ciertos partidos políticos, a la ineficiencia del Estado, al sistema político coercitivo y al gasto de recursos públicos en proyectos improductivos, cuando no inútiles (la homosexualidad de las libélulas y el matizado de lo incoloro). Esto no está explícito en el texto, pues no es un ensayo, pero el lector sabrá extraerlo y distinguir que, ciertamente, de todo lo que se puede decir no se ha dicho nada, que la doctrina es un conjunto vacío; pues, como apunta Metalogos, XXIX, 102, "no nacen árboles en las nubes" o, como defiende el postulado Nalgas Níveas: "La poscontemporaneidad es la convergencia inevitable del flujo de tiempos contrapuestos".

He aquí una novela que se sale del canon literario nacional. Un texto refrescante y a la vez difícil en su polifonía que reivindica la palabra en la búsqueda de los enunciados, objetivo, finalmente, de toda cultura. Texto que, de alguna manera, bebe, para desconstruirlos, en el Gilgamesch, la Biblia, los Códices precolombinos, las Crónicas de Indias, la filosofía posmoderna (¿Foucault, Derrida?), la narrativa borgiana y de Álvaro Mutis, pero con un sabor muy propio, característico de un autor desafortunadamente desconocido para el lector costarricense. Espero que a partir de ahora se reconozca su epopéyica fantasía y su calidad narrativa.

*Escritor

LOS OJOS DEL ANTIFAZ O
EL BAILE DE MÁSCARAS DEL PRÍNCIPE PRÓSPERO

Alexander Obando*

Del mito, el cuento y el cuentazo:


Al país del príncipe Próspero llegó La Máscara de la Muerte Roja. El príncipe se refugió en su fortaleza. Nada podía entrar o salir sin que él, o uno de los suyos, lo supieran. Pero en lugar de admitir pobres y labriegos, admitió nobles, bailarines y juglares. En lugar de semillas para el futuro, exuberantes plantas, viandas y carnes a punto para la mesa. Y en vez de médicos, albañiles y soldados, admitió payasos, chefs, pajes, toda suerte de sirvientes. En palacio pululaban poetas, actores, músicos y arlequines, para atacar el posible bostezo.

Nada se descuidó, excepto al pueblo. Afuera La Muerte Roja hacía estragos, devastaba el paisaje. Entonces el príncipe ideó la salida perfecta: un baile de disfraces para romper el miedo. Quería la fiesta perfecta. Pero desconocía que, casi siempre, cuesta el trono. Así empezó el asalto final a Managua en el primer semestre de 1979.

Próspero disfrutaba del festín y de los que hacían portentos con su arte. Fue una maravilla hasta que La Muerte Roja ingresó con gasas y cintas manchadas de sangre; es decir, disfrazada de La Muerte Roja. Los pocos sobrevivientes pidieron al mismísimo príncipe desenmascararla. Lo hizo y encontró el vacío más profundo: la muerte misma. Cayeron, uno tras otro, encima de lo inevitable. Todo fue oscuridad en el reino de los prósperos.


David despierta

David abatió a Goliat, tenido como el mejor de su ejército. Pero lo que aquí elucidamos no es la vida de un hebreo nacido mil antes de Cristo, sino la de un criollo costarricense nacido a finales de los 50. Alguien de mente despierta que veía, con cada retumbo del Arenal, la sangre y peste que Próspero venía derramando al otro lado del río desde los años 30.

Este chico se debe educar en el San José de los 70, un mundo corrosivamente morboso y desleal para quienes creíamos no tener nada en el asunto: yo tenía expediente secreto en la izquierda por haber llegado recientemente de EE.UU. y tener amigos tanto de izquierda como de derecha; también lo tenía en la ultra derecha por lo mismo. ¿Cómo me enteré? Ambos bandos de amigos me lo hicieron saber a su debido tiempo.

David supera su condición rural en un San José que por falta de información adecuada se creía ciudad. Por tanto, nuestro muchacho debe enfrentarse al choteo urbano-campesinoide. Su segunda prueba, o antifaz, ya matriculado en la U, es la ideología. Debe aprender ideas nuevas y confrontarlas con las propias, luego asumir una nueva dialéctica. Su tercer antifaz el de la infancia. No un antifaz propiamente, sino una manera de ver el mundo que lo ha de confortar en momentos graves. Como dijo alguna vez un poeta italiano: la infancia también es una patria.

Su cuarto antifaz: ¿ir a la guerra o quedarse en casa para contarle a los nietos cómo fue aquel “vergueio” contra Somoza? El quinto la derrota personal: detrás de cada Somoza, viene otro Próspero, por lo que Corramos aquí— para parafrasear al maestro Donoso— un delicado velo de pudor y no se diga más del tema. El sexto antifaz: contraste entre un café en La Habana y un friísimo vodka a orillas del Neva, en San Petersburgo. El séptimo: el reencuentro con un compa cercano del pasado y el balance de lo hecho. El octavo, la pasión por mujeres cuyo nombre empiece con L: primero Laura, Luego Lucía, personaje central de la ficción. Luego, en su novela “continuación”, llamada Balalaika en clave de son, aparecerá Lina. El hecho es que el personaje debe escoger entre el arma de fuego (su hermosa compañera) y la otra (la que quita la vida).

La novela que implosiona y se traga el Big Bang

La novela es originalmente anterior al Big Bang de nuestro amigo Carlos Cortés. Tanto Cruz de olvido, como De todas las selvas de Daniela Trottier, hacen, en alguna medida, historia de la guerra en Nicaragua, pero se quedan de este lado del río. Son “periféricas”; no porque no toquen lo más hondo de nuestra participación en la guerra de Nicaragua, sino porque testigos y acción tienden a quedarse de este lado, mientras que el joven protagonista de Los ojos… estuvo, aunque no todo el tiempo, en el mismo frente de combate.

En Los ojos del antifaz los personajes no son políticos ni tipos de “altura”, por lo que cruzan la frontera constantemente. No están tomando whisky en San José, o Liberia, mientras planean supuestas tretas militares. Están en una guerra. Y allí es donde la Máscara de la Muerte Roja los puede alcanzar. Porque sépase que el príncipe Próspero, el príncipe Feliz, o el príncipe Daños Colaterales, siempre son los últimos en poner la sangre.

Pasado lo peor, el personaje ya es otro, y el mundo en que vivía, también. Por tanto, nos encontramos ante una bildungsroman, es decir, una novela de aprendizaje, como El joven Törless de Musil o Marcos Ramírez de Calufa. Las tres novelas se refieren más a la pérdida de la inocencia que a la pérdida de la identidad, pero ambas cosas suceden un poco. El David pos-Próspero, lo mismo que el David pos-Goliat, no tiene otra alternativa que la de un nuevo ser humano.

La genialidad de algunos compositores y su humildad

Cuando Anton Bruckner estrenó su cuarta sinfonía el efecto fue tan negativo que varios de sus propios amigos salieron de la sala antes de que acabase. Eso hizo que el maestro siguiera corrigiéndola hasta su mismo lecho de muerte. Hoy la Cuarta y Novena sinfonías de Bruckner son sus obras maestras. Beethoven pasó un trance parecido. Solía despertar a su pajecillo a las dos de la mañana ¡para que le consiguiera agua con hielo! Una vez logrado el milagro de cumplir el encargo, en la Viena donde no existía ni electricidad ni refrigeradoras, el maestro tomaba la jofaina de agua helada y la vertía sobre la cabeza. ¿Propósito? Seguir trabajando, mejor dicho, corrigiendo. Cuando falleció sus allegados encontraron más de 200 versiones distintas para el final de la Novena Sinfonía.

Igual los fotógrafos que, obsesionados por un tema, sacan mil o más fotos hasta lograr la imagen perfecta. O los pintores en sus series inacabables. O los actores que en cada función refinan la puesta en escena. Entre los escritores buenos (Honorato de Balzac, Reinaldo Arenas, Vicente Aleixandre) ésa ha sido una práctica obsesiva. No en Costa Rica donde reescribir una novela, o pedírselo a su autor, es un grave insulto. Pero hay quienes lo asumen libremente. Ese fue el acto de humildad literaria de Adriano Corrales Arias que más respeto. Corrigió la edición del 99 hasta mostrarla como un trabajo de sensible calidad. Cierto que persisten consignillas, obsesiones políticas del autor, pero no maltratan ni afean la eficacia del conjunto.

Entonces no es solo la crónica histórica, algo que ahora está de moda para defender a los malos escritores del olvido (salvo la brillante Tatiana lobo), sino que es un trabajo escrito con madurez y seriedad artística. La crónica histórica está muy bien y es muy necesaria, pero cuando se especializa en encubrir un mal oficio, o mala escritura, sale sobrando.

Buena suerte a una novela que no solo es una buena crónica sino también una buena obra literaria; porque en arte, si ambas cosas van juntas, mano a mano, entonces, obligadamente, son eso: un logro artístico.

*Escritor costarricense.

LOS OJOS DEL ANTIFAZ
(REFLEXIONES SOBRE SUS ESTRUCTURAS TEXTUALES Y SOCIALES)

Antonio Castillo R.*

Los Ojos del Antifaz, segunda edición de la novela del escritor costarricense Adriano Corrales Arias (EUNED, 2007), evoca en sus estructuras textuales toda una época de paroxismo bélico, revolucionario y contrainsurgente, en un espacio dominado por la geografía costarricense y nicaragüense, así como contextos allende de nuestras fronteras, en donde los personajes, jóvenes universitarios provenientes del campo y la ciudad, en el desarrollo de sus propias carreras, se inician en los estudios del marxismo-leninismo.

En la guerra que se desata a partir de los años sesenta en Centro América, y que toma fuerza una década después, el marxismo-leninismo fue considerado, más que un dogma, un instrumento de análisis. Se trataba de preparar en la teoría y en la práctica a cuadros militantes; implementar un programa didáctico diverso que formara integralmente a los incorporados a la guerra. Todo ello debía conducir al triunfo y a la creación de una sociedad justa e igualitaria. Así, se desarrolla lo que se denominó en esa época, la estrategia de la Guerra Popular Prolongada.

Los que lucharon con las armas en la mano y quedaron vivos, al reflexionar sobre lo acontecido para tener una visión convergente, deben abrir el debate sin restricciones, para precisar el pasado, paso fundamental para reconciliarnos con el presente y abrazar el futuro. De allí que libros como el de Corrales Arias y otros mucho más testimoniales, y hasta los de corte académico, sean bienvenidos. Las investigaciones historiográficas visualizarán con mayor claridad y precisión lo que aconteció durante la segunda mitad del siglo XX en nuestros vecinos países. De hecho, la literatura y la poesía ya lo están haciendo desde hace mucho rato, desde el corazón mismo de la guerra.

Las revoluciones las forjan los jóvenes, de manera que el propósito de la novela es el de identificar a un grupo de mujeres y hombres, ticos, del resto de Centro América, e internacionalistas, quienes, en un esfuerzo titánico, se atrevieron a buscar un modelo de convivencia y dignidad nacional diferente, estimulados por una mayor valoración de sí mismos y por el intento de construir posibilidades incluyentes, aún postergadas en Centro América. Todos ellos acompañaron, con sus vidas y con sus muertes, la construcción de una alternativa.

Y es que, la imposibilidad de desarrollar una lucha política legal y abierta le fue negada a las sociedades centroamericanas, -excepto Costa Rica, después del 48-, de allí que se planteara la necesidad de llevarla a cabo por la vía armada. Mucha gente no vaciló decidiéndose a participar en ella. En el lenguaje conspirativo de la época, se puede decir, muchos jóvenes fueron “abordados e incorporados” a la guerra. Fue el período de los jóvenes ausentes que hicieron uso de oportunidades en el extranjero, como cobertura pertinente para su preparación bélica. Eran las famosas “becas de estudios” con las que, supuestamente, se dirigían a un país específico, cuando realmente se iban a preparar a campamentos de entrenamiento en Cuba.

Sin tener conciencia real de lo que ello significaba, muchos jóvenes se introdujeron en el universo de la lucha clandestina, con sus compartimentaciones y secretos. La guerra de guerrillas así lo demandaba, tanto en el campo como en la ciudad. Sólo la guerra era capaz de templar los nervios, la mente y el corazón.

Como la mayor riqueza que todo país tiene es su capital humano, la mayoría de los jóvenes de la época, quisieron ser parte de un continente del que se sintieran orgullosos, es decir, miembros de una sociedad que provocara satisfacción por su sentido incluyente y solidario. Ellos no se conformaron con islotes de privilegiados, de allí su rechazo a las tesis individualistas y egoístas. Se aspiraba, entonces, a un territorio de humanismo, respeto y diversidad.

Sin embargo, en el transcurso de los acontecimientos, estos jóvenes aprendieron que la guerra era más que emoción por las canciones de protesta alrededor de una mesa de tragos, soñando libertades y condenando injusticias, y que las marchas reivindicativas, no eran medidas suficientes para exigir y lograr los cambios. Además, la crueldad y la insensibilidad de las fuerzas militares, no tuvieron, a la hora de reprimir y desarrollar la contrainsurgencia, murallas históricas, ideológicas ni geográficas. El asesinato, la tortura y la violación fueron sus instrumentos idóneos.

A pesar de todo esto, se luchaba en contra de lo que causaba rechazo e indignación: un sistema excluyente, individualista, egoísta y avasallador. Como bien lo diría en su momento un Comandante Guerrillero guatemalteco, el señor Santiago Santa Cruz Mendoza: el ser guerrillero es uno de los doctorados más prolongados, difíciles y complejos que existen. Las pruebas de admisión, la culminación y preparación, no se miden por exámenes escritos o evaluaciones magistrales. Tampoco se respaldan con cartones para colgar en la pared de una clínica u oficina. Todo es fruto de las pruebas diarias, que sólo la convivencia y la confrontación –cruda, dura e intensa-, le imponen al guerrero.

De allí que todo aquel combatiente que se habituó a funcionar con el miedo a cuestas y cercado de riesgos, en medio de los cuales se viera obligado a tomar decisiones de vida o muerte, merezca nuestro respeto. Esto lo digo porque muchos jóvenes no desarrollaron las condiciones ideológicas idóneas para combatir. Una serie de condicionamientos sociales, culturales y económicos, propios del sistema, se los impidió. El miedo y el paroxismo fueron también aliados del enemigo, de modo que no debemos juzgarlos tan cómodamente. En el escenario de esa conciencia están la moral burguesa versus moral proletaria, que bien pueden simbolizarse a través del idilio que viven los personajes centrales de la novela: David simboliza la moral proletaria, Lucía la burguesa.

La lectura renovada de Los Ojos del Antifaz nos dice que somos producto de un sistema y una cultura dominante entronizada hasta donde se termina la espalda, de un establishment que hay que romper en algún momento y que, en la segunda mitad del siglo XX, se rompiera con todo y todo. Fue una época de buen rock, drogas y tapiz; y de personajes alquimistas, guerrilleros, comandantes, poetas, pintores, literatos, intelectuales de peso, y toda una gama de contestatarios. Una época de sueños y pesadillas, de la alternancia del pensamiento occidental y el oriental, es decir, del happy hour de la existencia.

Cuando se entra a la guerra se deja todo atrás. Como niños se piensa en nuestra madre, la familia y los amigos. Vamos encogidos en forma fetal, con el miedo a cuestas, (como la chica de la portada del libro), vamos, además, con un antifaz que oculta el miedo. Este sirve para que no te miren el interior, el alma, quizás porque ideológicamente no estabas preparado. De allí la imprecación de David, convertido en Aquiles: ¡Qué putas hago en esta guerra! Sabía que el fusil que llevaba en ristre, ya no era de juguete y los enemigos ya no eran los amiguitos con los cuales jugaba a las guerritas, sabía pues que la guerra era de verdad y que el enemigo mataba despiadadamente, como bien supieron entrenarlos gringos e israelitas. Por ello, la novela de Adriano Corrales es de corte psicológico, aunque sea una novela de guerra, porque la guerra es una locura.

Y había que hacerla: 500 años de injusticia, de hambre, miseria y dolor, no son jugando. Las dictaduras que se entronizan a partir de la segunda mitad del siglo XIX en Centro América, particularmente en Guatemala, tampoco fueron jugando. Los despojos de tierras a campesinos, el racismo desmedido en contra del indio, el latifundismo, las concesiones excesivas de nuestros recursos naturales para que compañías extranjeras las usurparan, las republicas bananeras, la UFCO, las invasiones norteamericanas, el asesinato de líderes sindicales y el exterminio masivo de estudiantes, profesionales, campesinos, religiosos, obreros, amas de casa, así como la desaparición de cientos de aldeas con napalm, parecieran actos surrealistas, pero no lo son: ¡fueron reales! Por eso en la actualidad hay en Centro América tanto lisiado, huérfanos, viudas y dementes.

Además, la impunidad que propició la lucha contrainsurgente, permitió que los ejércitos centroamericanos se vincularan con el crimen organizado, encontrando en las actividades ilícitas del sicariato, el narcotráfico, el secuestro, el robo de vehículos y el contrabando, instrumentos de enriquecimiento rápido y arbitrario, que a algunos llevó a renunciar a la dignidad y al ideal que decían defender. También reclutaron disidentes de izquierda, los cuales por dinero y a cambio de la salvación de sus vidas entregaron a sus propios compañeros. Todo esto era parte de la guerra, de su misma dinámica y dialéctica.

El autor señala en su discurso polifónico, cómo esa guerra fue recreada por medio del canto y la palabra. En medio del dolor y la tristeza se oían las agresivas cuerdas de Hendrix y las cándidas melodías de Jara, Alí Primera, los hermanos Mejía Godoy, la Nueva Trova Cubana y otros tantos artistas musicales, quienes no sólo denunciaban la represión y el hambre, sino que anunciaban un “nuevo amanecer”. Así, una nueva visión artística, plástica y literaria, luchaba contra la cosificación. Se cantaba a la vida, al amor y a la pasión revolucionaria.

Fueron muchos los que oyeron clandestinamente la canción protesta, y fueron muchos también los que leyeron en la clandestinidad a Neruda, Cardenal, Otto René Castillo o Roque Dalton. También fueron muchos los que con sexo, marihuana y ron, rompieron las recetas y los manuales izquierdizantes. En Los Ojos del Antifaz, las secuencias textuales evidencian acciones cotidianas y extracotidianas de esa realidad.

¡Qué putas hago en esta guerra!, se pregunta de nuevo David, convertido en Aquiles, su nombre de guerra, cuando su talón es víctima de la flecha incrustada al fragor del combate. Pero es la guerra que él mismo libra con su propia conciencia. Es el miedo a ser y a no ser: el espejo sin rostro: el antifaz. David, como muchos, al regreso de la guerra se descubre, no como un combatiente, sino como un transeúnte por la vía de los que nunca se descubrieron. Un tipo avinagrado por las aduanas y las trampas en que suelen caer muchos viajeros. Ese era el antifaz que había llevado siempre, el suyo o el del otro, de los que no entendieron, ni entienden, que la guerra centroamericana hay que verla en su larga duración, más allá de los 500 años, hasta la supuesta firma de la Paz centroamericana.

No bastó el fusil, el guerrerismo, la tergiversación del marxismo-leninismo, o el machismo–leninismo, término inventado por aquellos que pensaban que el fusil era la extensión del falo. Era más bien, cuestión de largos años de lucha en la montaña o en la clandestinidad urbana. Tampoco era un acto de agallas, aunque había que tenerlas, era cuestión de una formación humanista y humana sin cuartel.

Quizá por ello la guerra centroamericana aún no ha terminado, falta mucho por ver y por hacer. Las estructuras económicas de dominación no fueron, ni han sido, desarticuladas, más en tiempos de globalización, o sea, de consolidación de la dominación imperialista, con TLC o sin TLC. La Paz, pues, nos fue arrancada. Sin embargo, queda, como siempre, la utopía. En palabras del autor:

“Somos portadores de la estafeta más profundamente humana, la antorcha que arde por dentro y que debemos avivar constantemente para que el soldado que se anime a quemar el mesón la tome y avance, porque el asunto no es sólo de güevos, de pelotas, sino de entereza ideológica, de fortaleza emocional”.

Y como bien dijera Eduardo Galeano:

“Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”.

*Profesor UCR, Sede Guanacaste.

Dos puertas en la poesía de Mía Gallegos

Luis Bolaños Ugalde

En la portada de "El claustro elegido", de Mía Gallegos, una mujer se apoya en las dos rejas de una puerta de vidrio que la encierra y la separa del mundo exterior. La figura contempla unos pájaros rojos en el cielo, libres, en contraste con la reclusión de la mujer.

Pero esta reclusión es deliberada, escogida por la voz lírica como manera de separarse del mundo y la sociedad. En la soledad del claustro la voz crece, se renueva, se fortalece y se define como ser humano y como mujer. Es una comunión consigo misma. Este apartarse del mundo no es un escape, es una toma de posición, de fuerza, de redención.

En "El umbral de las horas", la voz lírica, fortalecida por su reclusión en el claustro escogido, está lista para salir a enfrentarse al mundo y a "soportar la insensatez humana".

En la portada de este libro una mujer se apoya en el marco de una puerta, saliendo de medio lado, viendo al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante, hacia el pasado y el presente. La voz es como un Jano lírico. Desde esa posición de Jano la mujer ve al mismo tiempo el pasado, el claustro luminoso del que acaba de salir renovada y fortalecida. Y ve también el otro lado de la puerta, el presente al que regresa.
Ya fuera de la puerta, de vuelta al mundo exterior, la voz entra de lleno en la vida y nos habla de los temas eternos del arte: alma, muerte, olvido, nostalgia, soledad, pena, alegría. Y nos habla también del recuerdo, "a veces recordar es morir un poco", y del amor, "el más viejo y hermoso Dios".

Este libro es una biografía lírica en que la voz se retrata de cuerpo entero. Vemos de nuevo los elementos amados que forman la mitología personal de Mía: sus rituales, sus seres amados, la madre, las hermanas, las hijas, Eunice, los amigos, Oscar. O nos ofrece una plegaria, o una tía que cose y una receta para dulce de chocolate, o nos muestra su amor por la Grecia antigua, cuyos personajes son metáforas de sus propias luchas cotidianas.

Pero en el presente, junto a lo amable, también están las penas, el dolor, el desamor, el olvido. Y está el patriarcado, del que no se puede escapar: "Siempre habrá un poder masculino y cruel que nos acabe". Pero la mujer se rebela: "Y no me rindo".

Es este quizá el mejor libro de Mía Gallegos: poesía que se eleva y nos eleva; poesía que es la bella manera en que ella mira las cosas y los seres; poesía que nos habla con fuerza y valentía y
comparte con nosotros la voz y la vida de una mujer en plena madurez, una poeta que ha vivido intensamente.

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