Cuentos
de talentos del taller de Culturacr.com
Una
casa de verano
Doris Lessing
Durante
mucho tiempo después de la guerra había por todas partes
en Londres lugares llamados “sitios bombardeados”, y estos podían
ser terrenos baldíos en donde los escombros habían sido
despejados y en los que crecían adelfas formando jardines con
árboles jóvenes y pájaros, o edificios que parecían
estar enteros hasta que uno doblaba la esquina y veía una fachada
sin soporte alguno o una casa cuyo techo o ventanas se nos presentaban
como si fueran trozos de un encaje hecho añicos. Podía
haber una manzana entera donde los restos de edificios parecían
fotografías de explosiones de bombas, como si un viento lo hubiese
aplastado todo. O de pie, sobre un sótano lleno de agua oscura,
se podía observar el esqueleto de una casa con un hueco en la
pared que dejaba ver una bañera rajada y tumbada de costado.
Todas estas ruinas tenían letreros en los que se leía
“Prohibida la entrada” y “Peligro: prohibida la entrada a los niños.”
Estas amenazas
oficiales eran a menudo ignoradas. Años más tarde, en
Berlín, una mujer que había sido niña durante la
guerra me contó que entonces los niños solían jugar
atraídos por la emoción que ofrece el peligro entre las
casas que habían sido bombardeadas y algunas veces en calles
enteras en ruinas y fue sólo después, mientras las reconstrucciones
volvían a dar forma a la ciudad, que ella y sus compañeros
de juego se dieron cuenta de que las ciudades no eran solamente una
mezcla de ruinas y calles seguras.
Llevó
mucho tiempo reconstruir y hacer desaparecer los restos de la guerra.
Cerca de
Notting Hill, había en una esquina un terreno baldío con
fragmentos de una casa por donde a menudo solía pasar caminando
y algunas veces cuando estaba apurada lo cruzaba a pesar de los avisos
de peligro. Estas ruinas tenían paredes destrozadas que rodeaban
de forma desigual a un suelo de cemento en el que a un lado quedaba
en pie una estufa a leña con una chimenea intacta aunque la pared
trasera llegaba a la mitad de la repisa. Los otros cuartos estaban sólo
sugeridos por las líneas de las paredes como manchas sobre la
tierra. Sobre el piso de cemento la silueta de otra casa había
sido esbozada con piedritas, pedacitos de ladrillos, fragmentos de loza,
la mitad de una cucharita de té y el asa amarilla de una taza.
Esta era una casa que si hubiese sido construida hubiera sido más
grande que la casa de verdad que la albergaba con sólo dos cuartos
en la planta baja, pues ésta tenía cuatro cuartos cuadrados
con los espacios de las puertas abiertos al mundo. Un basurero de juguete
con un manojo de cerdas por cepillo había sido usado para barrer
el polvo del piso de cemento, que ahora se encontraba apilado alrededor
de la casa como una muralla de defensa en la que habían sido
clavadas ramitas, y a cuyos rincones habían volado las hojas
de los árboles del pasado otoño.
Varias
veces pasé por la casa de esta niña antes de verla, una
niña menudita con descoloridos mechones de cabello y redondos
ojos azules en una cara llena de pecas. Tenía puesto un vestido
de verano de un rosado desteñido. Un sol de verano proyectaba
sombras sobre las paredes destruidas de la casa. Pretendí no
haberla visto y ella aceptó mi pretexto y esperó, y sólo
pude echar un rápido vistazo para ver que había traído
un collar con cuentas de plástico rosadas que había repartido
en los cuatro cuartos para representar una silla, una mesa y supuestamente
un sofá, pero quizás era una cama: cuatro cuentas estaban
situadas a lo largo de una línea de piedras que representaba
una pared.
En vez
de pasar caminando por la acera, respetuosa de la ley, ahora siempre
cruzaba por el sitio bombardeado y a través de las ruinas para
ver cómo progresaba la casa de la niña. La podía
ver fácilmente con sus ojos, porque qué niño no
ha puesto guijarros sobre la tierra o cubos sobre una alfombra y ha
visto fantásticas paredes y techos, ventilados pináculos
y torres elevándose de los cimientos, todo lo que un adulto ve
como basura o un revoltijo que debe ponerse en orden.
Ella iba
ahí por las mañanas. La mayoría de las tardes podía
ver que había estado porque el basurero y el cepillo habían
sido movidos de lugar, los montones de polvo habían crecido,
había nuevos tesoros en las paredes, una pinza del pelo rota,
el cabo de un lápiz. Su casa no tenía la misma forma.
En una ocasión, los cuatro cuartos habían sido colocados
uno al lado del otro con los espacios de las puertas conectándolos.
Otro collar de cuentas, amarillas, delineaban una pared interior mostrando
que este cuarto había sido señalado como uno especial
porque en él también había un frasquito de pasta
de pescado con trocitos de adelfas.
Una tarde
vine y la vi. Qué niña tan precavida y nerviosa, lista
para ponerse en pie de un salto y correr. ¿Pero adónde?
¿Dónde vivía? Tenía puesto el mismo vestido
rosa desteñido. Descoloridos y finos mechones se escapaban de
una cinta rosada para el pelo. Sus pies estaban descalzos; me hubiese
gustado que los míos estuvieran descalzos aquella tarde de calor.
Sus ojos azules me miraban desafiantes. Ella esperaba, los nudillos
de una mano tocaban el suelo como los de una corredora. Me quedé
allí y sonreí, aunque sabía que la sonrisa no era
la divisa adecuada. Cualquier tipo de traidor o adulto falso podía
sonreír. Ella no debía estar allí, y lo sabía.
Yo tampoco debía estar allí, pero esto ella no lo sabía:
yo podía ser una representante de la autoridad o una persona
entrometida. Seguí mi camino y la vi volverse a trabajar en su
casa. Cinco cuartos tenía ahora esta residencia y un constructor
podría haber hecho de ella una casa, o varias ya que su forma
cambiaba de cuadrada a alargada y viceversa, y algunas veces un cuarto
era dividido por una línea de fragmentos más pequeños
y se podía ver con facilidad que representaba una medianera.
La verdadera
estufa a leña contra la pared destruida detrás de su casa
era parte de esta fantasía. Un sendero marcado con crayón
de color rojo conducía desde su casa a la estufa, y a cada lado
del sendero ella había garabateado con manchas de crayón,
malvarrosas y flores como aquellas margaritas de cuatro pétalos
pintadas en repasadores o bordadas en cubreteteras, con una pizca de
polvo de ladrillo rosa en cada centro. El sendero conducía a
la pared trasera en ruinas y una línea doble de crayón
rojo trepaba por la pared hasta alcanzar el borde fragmentado; ella
debía haberse tenido que poner en puntas de pie. ¿Adónde
conducía aquel sendero o camino, qué se había imaginado
haciéndolo terminar allí en el aire? ¿O quizás
en su mente, los cuartos que una vez se habían erguido sobre
estas habitaciones de la planta baja, aún estaban allí
haciendo juego con las otras casas de la calle? Era una callecita de
casas pequeñas, de dos habitaciones abajo y dos arriba. A lo
largo de esta calle los niños jugaban, pero eran mayores que
esta niñita, una pandilla de ellos, bulliciosos y veloces, correteando
entre los coches. Aquella niña estaba más a salvo en su
ruina que los mayores entre el tráfico.
Una tarde
cuando el verano estaba llegando a su fin, tomé el mismo camino
de siempre y me detuvo una cerca alta de alambrado. Había una
puerta pero estaba cerrada con llave, y en el letrero se leía:
“Próximamente, este sitio será reconstruido”. Me quedé
parada mirando las paredes destruidas, y al suelo de cemento que había
sido pisoteado por las botas de los albañiles, desparramando
las piedritas y los pedacitos de ladrillo, las flores muertas y las
cuentas de plástico. Miré hacia abajo y la vi parada cerca
de mí mirando hacia adentro, sus manos flacuchas aferradas al
alambrado. No me tenía miedo, ahora que nada peor podía
pasar.
Ella tenía
puesto un pulóver gordo sobre su viejo vestido rosado.
Sobre su
cara corrían manchas de lágrimas.
—Van a
construir aquí una nueva casa –le dije hablándole a su
cabeza.
—¿Por
qué?
Al principio
no entendí ese grito de vocales porque aún era nueva en
Londres y mis oídos no se habían acostumbrado al acento
cockney.
—¿Por
qué, por qué, por qué, por qué, por qué,
por qué? –se lamentó.
—Así
la gente puede vivir en ella –le dije, y podría haber continuado
con palabras de consuelo si las hubiese encontrado, pero se había
echado a correr alrededor de la cerca al tiempo que gritaba, “Maaaa,
maaa, maaa, maaa...” ¿Pero qué decía? Sonaba algo
así como: “Man quitao mi casa”.
Cruzó
la calle corriendo sin mirar si venía algún coche, y estaba
golpeando la puerta de una casa justo enfrente de las ruinas. “Maaa,
maaa, maaa...”, la puerta se abrió y allí estaba parada
una mujer que con un brazo cogió a la niña y con el otro
cerró la puerta mientras la niña se lamentaba de que le
habían quitado su casa de tierra, le habían quitado su
casa. Y desde una de las ventanas de arriba llegó nuevamente
su llanto, su casa, su casa de tierra, “ellos” le habían quitado
su casa.
Che
vive
Vernor
Muñoz
El
aporte del legendario Ernesto “Che” Guevara (1928-1967) a la cultura
política y a las batallas por la liberación de los pueblos
oprimidos, permite reconocer que la lucha revolucionaria no comienza
ni acaba con el movimiento guerrillero; que la violencia contra la violencia
puede dar paso a una nueva concepción de las relaciones humanas
y del poder social, en el que el amor funciona como un ejercicio de
redención, de creación y de vida.(EL autor)
"La
enfermera no sabe (no la han dejado enterarse),
aunque turbiamente lo intuye,
que Guevara, social y libidinalmente, es ella".
Helio
Gallardo
Uno
Horas antes del fin del mundo, recordó aquel 27 de junio de 1967,
el día en que el grupo de guerrilleros sepultó rápidamente
a Tuma, para continuar luego hacia Tejería.
Según
escribió Guevara en su diario, Tuma había sido un compañero
inseparable durante los últimos años y su pérdida
la sentía como la de un hijo.
Por eso
aquellos recuerdos le abotagaban el sueño y lo postraban en una
inusual angustia, que finalmente lo obligó a abrir los ojos en
la oscuridad. Estaba tendido en una cama y a su lado dormía otra
persona, roncando en forma estrepitosa.
La selva
boliviana abría su corazón a esa noche vertebrada en el
dolor de una muerte inevitable, de una huida a los campos de esperanza
en que, a pesar de todo, se cultivan las dudas, las penas y los días
encendidos.
El Che
quería imaginar que aquello era un extraño sueño
y prefirió cerrar de nuevo los ojos, arrullándose con
el canto de los grillos, tratando de convencerse de que se encontraba
en el Valle Grande, junto a sus compañeros.
Pero, a
pesar de todo, abría los ojos y veía un cielo raso desconocido,
cerraba los ojos y volvía a la selva, abría los ojos y
otra vez el cielo raso, cerraba los ojos...
Segundos
después se durmió profundamente, como si el sueño
le diera la certeza necesaria y los monstruos de la razón fueran
círculos de fuego que vuelven siempre a su destino.
Dos
Eran quizás las seis de la mañana cuando Guevara sintió
una mano entre las piernas y el aliento añejo de alguien que
le susurraba frases al oído. Además, voces, voces de niños
que llamaban a su madre y revoloteaban en la cocina, tirando trastes
sobre el fregadero.
- Teresa,
mi amor, dame un besito -le decía a Guevara el sujeto, que agregó
seguidamente: No vayás al hospital hoy, mejor quedémonos
en la cama todo el día...
Después
de escuchar aquello, el Che se sentó abruptamente y con tremendo
susto miró a su alrededor. Encontró una habitación
pequeña con paredes de madera y el cielo raso de cemento armado
que había visto en sus sueños, con rastros de pintura
pusilánime y una lámpara en el centro, decorada con un
plafón de vidrio azul.
El sujeto
que tenía al lado era un hombrón peludo y somnoliento,
que le sonreía libidinosamente mientras se rascaba la cabeza.
Guevara
saltó de la cama y una vez en pie descubrió lo inevitable
frente al espejo del tocador: ¡era una mujer! , ¡se había
convertido en mujer al despertar, en una extraña casa y junto
a un hombre que le hablaba como si fuera su pareja!
Atemorizado,
como en sus primeras armas, el Che se volvió hacia el sujeto
sin decir una palabra y de seguido miró el espejo, descubriéndose
en el rostro de una muchacha delgada, morena, de cabellos negros y de
grandes ojos marrones. Palpó su boca, sus cejas y el cutis de
una mujer joven.
El Che
Guevara, transformado en mujer, en la cama con su amante, despertándose
de una noche larga y abrasadora, después de una batalla convertida
ahora en una extraña casa. La sorpresa se transformó en
angustia y la angustia, poco a poco, en una incertidumbre puntiaguda.
Haciendo
gala de su temple guerrillero, el Che no protestó por la radical
transmutación. Ni siquiera tuvo tiempo, en esos amargos y prolongados
segundos, de sentirse intimidado por su cambio de sexo. Después
de todo, su alma de hombre barbudo y socialista no podría cambiar
con aquella piel de aroma a almendras que descubrió en sus uñas
laminadas por un esmalte rosa.
Ni trasvesti
ni animal, Guevara tuvo tiempo de pensar en sus sospechas más
fundadas: estaba en medio de un sueño bochornoso, o bien, camaradas,
o bien podría ser distinto: que hubiera muerto y estuviera reencarnado
en esta mujer.
La reencarnación
no dejaba de atizar su pensamiento, pues a pesar de haber bromeado más
de una vez sobre temas místicos y religiosos, parecía
imposible, de todas formas, reencarnar en una persona con una historia
y una vida a medio hacer. No, definitivamente, debía tratarse
de un sueño lúcido.
El hombre
en la cama lo observaba molesto, mientras le recriminaba su actitud
estrambótica y agresiva. Daba vueltas en la habitación
y murmuraba frases entrecortadas y flatulentas.
Segundos
después aparecieron en la habitación dos niños
pequeños, que lo llamaban "mamá", "ayúdeme
a buscar el uniforme de la escuela", "Carlitos no me deja
entrar al baño, dígale, mamá, dígale que
no moleste...".
El Che
se perdía en esa sensación estrepitosa de ser otra persona,
en un sueño tan real, tan inevitablemente real, que al final
se le hizo vigilia, justo en el momento en que tocó su cuerpo
y recorrió la redondez de sus caderas y de sus pechos y, ¡a
la puta!, un velloso pubis que sentía bajo el pijama verde.
Salió
en carrera de la habitación, ante la mirada atónita del
hombre y de los chiquillos, tropezando con los muebles y maldiciendo
aquello que consideraba una situación de pésimo gusto.
No pensaba
en el infierno ni en otras condenas carismáticas del cristianismo,
pero la sensación de haber muerto en las montañas de Bolivia
adquiría de nuevo fuerza en su mente y en su corazón.
La mezcla de tristeza y de asombro le impedían pensar más,
por el momento.
Llegó hasta el lavatorio e inundó su cara de agua fría,
pero nada: aquel rostro de mujer permanecía en su despierta incomodidad.
Se miró al espejo otra vez y perdió el balance hasta caer
de rodillas, confundido y nervioso, escuchando aún los reclamos
del hombre y de los niños que la llamaban "Teresa, Teresa",
y "mamita", respectivamente, ¿qué te pasa?.
- Vas a
llegar tarde al hospital -reclamaba el hombrón. Y los chiquillos
también.
El Che
no comprendía nada. Oía la música de una radio
y, en eso, las noticias. "Las noticias de hoy lunes 2 de diciembre
de 1997", dijo el locutor, ante su gesto inverosímil.
Guevara
se incorporó nuevamente y puso atención. El locutor hablaba
de la antigua Yugoslavia y de Boris Yeltsin, mandatario ruso. Luego
escuchó mencionar el ajuste estructural y los planes de globalización
del mercado chino.
Sentía
la boca seca y el sudor que bajaba de su sien. Los chiquillos se le
acercaron con nerviosismo y al unísono le preguntaron: "Mamita,
¿qué le pasa, por qué está tan rara?"
Acto seguido
el hombre lo tomó de la mano y ambos se encerraron en el cuarto
de baño. El sujeto, sin hablarle, le arrancó el pijama
en dos manazos y encendiendo el chorro de agua, lo empujó a la
regadera, sentenciando: "Si no estás lista en diez minutos
no te llevo al hospital". Inmediatamente, en ese gesto de contradicción
tan masculinamente imberbe, se volvió de nuevo y le acarició
las mejillas con el dorso de su mano.
El Che
sintió que revivía con la ducha e intentó tranquilizarse,
disimulando todavía un extraño y preocupante cosquilleo
en su mejilla, provocado por la caricia torpe de su esposo, que bajaba
por sus pechos y terminaba en una flor de húmedos poblados bajo
su vientre.
Debía
haber una explicación, pensó, pero las noticias...., aquel
hombre, aquellas sensaciones, los niños, ¿dónde
estaba?, ¿qué había sucedido con Pombo, Rolando,
Inti, Tania, el Ñacahuasu?
A los dos
minutos el hombre, ya vestido, volvió al cuarto de baño
y lo sacó de la ducha con determinación. Le traía
enaguas, blusa, medias blancas, zapatos de lona también blancos,
ropa interior y un peine. Antes de poder decir una palabra, el sujeto
ya lo había secado con la toalla y le encaramaba delicadamente,
con una destreza impresionante, aquella ropa.
A los cinco
minutos el Che estaba vestido de mujer y abordaba, junto con los niños,
el destartalado taxi pirata del marido.
No dijo
más.
El automóvil
inició la marcha en medio de la incertidumbre congelante y al
cabo de tres calles los chiquillos se bajaron frente a la escuela, en
la que pudo ver por fin la bandera de Costa Rica.
"Sí,
estoy muerto", pensó. "Y por alguna maroma del tiempo
volví a la vida convertido en mujer...". ¿Esto es
estar muerto...? Es como la vida...
El hombre
continuó la marcha sin decir palabra. Al cabo de veinte minutos
se detuvo frente a un gran edificio y le dijo de mala forma:
- Bueno,
qué, ¿tampoco vas a trabajar hoy?
A Guevara
lo llenó de cólera la actitud del sujeto y sin poderse
contener le lanzó una bofetada, ante lo cual el marido frenético
solamente acató bajar del auto, dar la vuelta y sacar del brazo
al Che por la otra puerta.
Ingresaron
por una entrada lateral del edificio, que resultó ser el Hospital
San Juan de Dios y, subiendo las gradas, el hombre condujo al Che hasta
la sección de gerontología. Allí los recibió
una enfermera gorda muy sonriente, que despidió sin garbo al
marido furibundo y luego preguntó a Guevara acerca de lo sucedido.
- ¿Te
pegó de nuevo, el desgraciado?
Pese a
todo, el Che logró tranquilizarse y conforme pasaban los minutos
adquiría la ecuanimidad que lo había caracterizado durante
su vida pasada. Miró a la enfermera y descubrió en el
broche que pendía de su traje un nombre: Jazmín Curling.
- Jazmín
-le dijo. ¿Sos mi amiga?
Antes de
contestarle, Jazmín le sonrió con dulzura, intentando
seguir su juego y así abrir respuestas solidarias ante los malos
días de las amigas.
- Desde
hace siete años y varios largos meses....
El Che
le devolvió la sonrisa y agregó:
- Es difícil
ser mujer, pero es más difícil no saber quién soy.....
Jazmín
no comprendió la frase, pero es que el Che se levantaba en un
mundo disparejo, abierto al fin de su vida y al comienzo de este sueño-muerte
que a pesar de serle desconocido, le otorgaba una sensación de
legítima pertenencia, de “ser y estar” en un sitio conquistado
por la sola existencia, como mujer, como enfermera, como madre y, gulp,
como esposa.
Pero ninguno
de esos sentimientos y sensaciones solventaban un problema concreto
y simple: información. El Che necesitaba información,
pues nada sabía de sí mismo, valga decir, de sí
misma.
A pesar
de intuir su nueva vida y de que el entorno le ofrecía múltiples
datos, continuaba sin conocer de sí.
Simulando
esa amnesia atípica, el Che interpeló a su compañera,
en medio de una actuación brillante y lúdica, pero desesperada:
- A ver,
Jazmín, decime quién soy.
Su interlocutora
cayó en la trampa y espontáneamente le recitó algunas
de sus verdades: sos Teresa Vargas, querida, madre de dos hijos maravillosos,
enfermera, esposa agredida, vecina de Hatillo, nativa de Pérez
Zeledón, veintisiete años de edad, inteligente, trabajadora,
bonita y bastante cabezona... ¿querés que siga?, o tal
vez preferís que llame al Dr. Quijano para que te examine el
coco...
Guevara
se acercó a Jazmín y encubriendo la utilidad de sus palabras,
le tomó las manos con cariño y le preguntó:
- Oíme,
Jazmín. ¿Has oído hablar de Ernesto Guevara?
- ¿De
quién? -replicó la otra enfermera.
- Del Che
Guevara -respondió. Del Che.
Jazmín
le clavó la mirada por largos segundos y después aseveró:
- Vos estás
completamente loca. ¿Qué tiene que ver el Che con esto?
- Ahhh,
entonces sí lo conocés...
Jazmín tomó las hojas de control de enfermos y, lanzándoselos
a Guevara, le contestó:
- Ay, Teresa.
Todo el mundo sabe quién es el Che Guevara.
Tres
Siendo médico, el oficio de enfermera no le resultaba nada extraño,
aún cuando la nueva tecnología superaba mucho su conocimiento.
Por esa
razón, el Che fijó su atención durante toda la
mañana en los ires y venires de los médicos y enfermeras
que atendían a los viejitos del hospital. La asepsia de esos
salones desordenados se mezclaba con los recuerdos de la selva boliviana,
ordenada en su encanto verde, que paulatinamente se diluía en
nuevas imágenes, los gemidos lastimeros, los visitantes con flores
plásticas y una larga lista de nombres de pacientes en las hojas
de registro diario que le había lanzado Jazmín.
Para el
medio día, Guevara, más bien Teresa, se hallaba impresionada
de los avances de la ciencia médica, pero también del
retroceso ostensible en la calidad del trato que percibía entre
la gente, aún entre las compañeras de trabajo.
Cada cual
estaba por lo suyo y en verdad a nadie le interesaba un comino la suerte
de los demás, excepto Jazmín, que se pasó toda
la jornada auscultando el comportamiento del Che, como si sospechara
lo que en verdad le sucedía.
A la hora
del almuerzo, Guevara-Teresa se excusó y dijo a su compañera
que debía salir por un rato. Dejó el hospital y empezó
a caminar sin rumbo.
Mientras
tuvo cuerpo de hombre nunca visitó Costa Rica, aunque había
escuchado de las andanzas de Figueres y de Manuel Mora. Después
de todo, la ciudad le resultaba familiar y por algunos momentos hasta
conocida, pues se movilizaba con una facilidad sorprendente.
Su primera
sorpresa la encontró a cien metros del hospital, cuando vio a
un muchacho que lucía una camiseta negra ¡con su rostro
estampado en ella!.
El Che
detuvo al joven y le preguntó dónde había conseguido
la camiseta.
- Me la
trajeron de Cuba... -respondió. Está tuanis, ¿verdad?
Es la misma foto del billete.
- ¿¿¿Del
billete???
El muchacho
asumió una pose de pedante galantería y agregó:
- Sí,
mi amor, del billete de diez pesos cubanos. Es que mi hermano peleó
con los
sandinistas en Nicaragua y después se fue para Cuba. A veces
me manda algunas varas. ¿Por qué, chichí, a usté
le interesan los artículos revolucionarios?
Aquello
de "artículos revolucionarios" cayó en la cabeza
del Che como una bomba, que de por sí ya había estallado
al encontrar su rostro impreso como un icono vulgar.
Pero, su
foto en un billete... era demasiado.
Miró
a todos lados y supo que el mercado se tragaba los ideales; que lo que
las noticias llamaban globalización no era más que las
fauces abiertas del imperialismo, deglutiendo todo a su paso: pueblos,
individuos y conciencias.
La evidencia
de una realidad de injusticias era lo que se tornaba más patente
en este final de siglo y ante sus ojos desfilaban las constataciones
de esa verdad. Miseria, explotación, discriminación y
angustia.
Aquel muchacho
con su retrato en la playera era otro artículo de la mercadocracia,
que a juzgar por los acontecimientos, propugnaba por un sistema de gobierno
mundial en el que las personas dejan de importar como personas y adquieren
un valor y un precio como consumidores: artículos que compran
artículos, mercancía de carne y hueso.
El Che
reconfirmó el sentido de su lucha, en ese cuerpo de mujer, en
esa época que quizás no le pertenecía. Entendió
que no era revolucionario por ser humanista, sino que intentaba contribuir
a la formación humana de los otros, por ser o haber sido, precisamente,
revolucionario.
La revolución no se reduce a la lucha armada, pues toca a las
personas en sus vidas cotidianas, en sus relaciones más descarnadamente
humanas, sensitivas y amorosas.
La transfiguración
del Che en el cuerpo de Teresa le sirvió, después de todo,
para hallar sentido a sus ideales, a su vida y a su muerte. Tres décadas
habían pasado después de los acontecimientos de Bolivia
y con el tiempo su visión del mundo seguía firme, conquistando
su propio corazón.
Sus ideales
seguían incólumes en los anhelos y las esperanzas de los
desposeídos, de los chicos de la calle, de los ancianos que la
observaban desde su lecho de muerte en el hospital, desde las voces
de sus hijos, los de Teresa.
Pero aquella
camiseta con su rostro impreso le enviaba un doble mensaje contradictorio.
Por un lado le decía que su lucha se había convertido
en un artículo más del megamercado, pero por otro lado
le indicaba que el rostro del guerrillero es, incluso hoy, un símbolo
de la liberación.
Aún
así, estar en un billete cubano, en camisetas y en quién
sabe cuántas otras mercancías, resultaba bastante incómodo
para el Che. Y fue esta incomodidad la que lo hizo continuar su marcha
por la avenida central, hasta llegar a la Universal.
Caminante
bajo un cielo trotamundos, como él, quizás también
como una Teresa que aventajaba ahora su propia historia y sus dominios.
Lentamente se reconstituía en la persona que era y las esencias
que conectan la humanidad femenina con la humanidad masculina encontraban
ahora en esta nueva persona, Ernesto-Teresa, una flor de acracia en
el país de las apariencias, que es Costa Rica.
Se detuvo
por un instante e ingresó en el almacén. Preguntó
por la sección de libros y fue al segundo piso. Entre los libros
de segunda mano encontró varios textos de Regis Debray y otros
libelos contra Fidel y la revolución cubana.
Incluso
se divirtió mucho con el Manual del perfecto idiota latinoamericano,
que había hallado junto a la literatura religiosa.
En un estante
escondido en la parte trasera de la sección, encontró
un texto cuyo título lo sorprendió sobremanera: "Vigencia
y mito de Ernesto Che Guevara", escrito por Helio Gallardo.
Al hojear
el libro descubrió con sorpresa algunos párrafos que lo
impresionaron profundamente, pues recogían, treinta años
después, la esencia de su pensamiento:
"El
único mundo propuesto por el mercadocentrismo es estructuralmente
asimétrico y excluyente. Desde luego, un único mundo capitalista
no puede ser universal. El mercadocentrismo es, sin discusión,
una forma de imperialismo".
Pero quizás
el que más lo conmovió fue:
"La
guerra es un trayecto de autodignificación. El amor de Guevara
a los individuos que personifican a las lógicas e instituciones
de la dominación en lo que tienen de posibilidad y potencia humanas.
Cuando se rechaza este amor, se niega asimismo lo que existe de humano
en uno mismo".
El combate
como opción para la vida, pero no como un fin en sí mismo.
Aquellas frases desnudaban la humanidad del Che y la humanidad de la
Humanidad, más allá de su cuerpo de mujer o de caimán
barbudo.
Tomó
el librito y lo escondió entre su vestido, pues no cargaba un
cinco para comprarlo. Salió de la librería y se dirigió
nuevamente al hospital.
Cuatro
Cuando llegó, Jazmín lo esperaba con impaciencia. Los
médicos preguntaban por Teresa y su marido había llegado
a buscarla al medio día, justo después de salir.
Al Che
le importaba muy poco la expectativa, pero al ver la cara de preocupación
de Jazmín, comprendió la precariedad, el sometimiento
y la injusticia que en su nueva condición de mujer todo aquello
le acarreaba.
No dijo
una palabra y siguió de largo. Tomó las hojas de control
de pacientes y se dirigió hasta una viejecita que se hallaba
al final del salón.
Era una
anciana de cien años que al verlo llegar le tendió la
mano, como si la estuviera esperando.
Teresa
la miró con dulzura y le preguntó qué necesitaba.
La anciana casi no podía hablar y le pidió que se acercara.
Guevara se puso de cuclillas y acercó su oído a los labios
de la mujer.
- Está
muy lindo... -musitó la vieja.
Teresa
apretó la mano de la anciana y secó su frente con una
toalla.
- Descanse,
abuelita -respondió.
La anciana
le sonrió, diciéndole:
- Sabe
qué, doctor. Mañana se acaba el mundo.
Guevara
no entendía por qué le había llamado "doctor".
- El mundo
empieza y se acaba todos los días -contestó el Che. Cada
día termina y renace otro día nuevo. Y yo, por lo menos
hoy, he decidido hacer algo por mi vida.
La anciana
lo miró con extrañeza y replicó:
- Me gusta
mucho su sonrisa. Pero, ¿usted sabe quién soy yo?
Teresa
le dio un beso en la mejilla y se alejó, pues un médico
había llegado a examinarla.
Horas más
tarde, el Che se acercó a Jazmín para preguntarle acerca
de la viejecita.
Jazmín no supo darle mayor información. Solamente le dijo
que la anciana había sido recogida cerca del relleno sanitario
de Río Azul, gravemente enferma, pero que se recuperaba con velocidad,
a pesar de su edad avanzada.
Casi a la hora de salir, Teresa-Guevara buscó nuevamente a la
anciana, que se puso muy contenta al verla llegar.
Le pidió
que le contara un cuento de su infancia, pero eso sí, que le
diera la mano mientras se lo narraba.
Teresa
accedió y se sentó a su lado para contarle historias de
los indios del Quiché. Lentamente la viejecita cerró sus
ojos y se fue quedando dormida. Guevara corrió su mano y en silencio
se retiró de la cama. No obstante, cuando empezaba a alejarse,
escuchó que la anciana lo llamaba, casi susurrando:
- Doctor,
doctor...
El Che
retornó hasta el lecho de la mujer y habiéndose acercado
lo suficiente, la anciana le dijo:
- ¿Sabe
qué? Usted es mi doctor preferido.
El Che
no comprendía, pues su aspecto era claramente el de una joven
enfermera. Pero antes de permitirle contestar, la mujer agregó:
- No diga
nada, doctor, porque yo sé quién es usted.
Guevara se estremeció profundamente, pues en efecto se había
sentido reconocido.
- Y además
-continuó la anciana-, es cierto, mañana comienza el mundo.
El Che
sonrió una vez más y le pidió que descansara, prometiéndole
regresar al día siguiente. Pero antes de marcharse, la viejita
volvió a preguntarle:
- ¿Usted
sabe quién soy yo?
Guevara
la miró con dulzura y le dijo:
- No, abuelita,
no lo sé. ¿Quién es usted?
- Me llamo
Esperanza -le dijo. Soy Esperanza de Río Azul y tengo ciento
cinco años.
Teresa
enjugó una lágrima que derramaba el Che y se despidió
diciéndole: “Descansá un poquito, Esperanza. Mañana
nos veremos otra vez y haremos una historia nueva”.
Las
mellizas (inédito)
Alfonso
Chase Brenes
Nunca
les dijeron gemelas. ¡No! No se sabe el porqué, o cuándo,
empezaron a decirles mellizas. Donatella y Viviana se llamaban. Y una
era mayor que la otra por algunos minutos. Eso las definió en
carácter y hasta la manera de ser en los gustos. Mientras que
a una le atraía lo oscuro, Viviana, a la otra la volvían
loca los grises o algunas veces el blanco, como si fueran dos polos
de un mismo globo terráqueo, porque, además, en cuanto
a manera de pensar, una era el Ártico y la otra el Antártico.
Pero se llevaban bien. La madre, enfermera, se fue contratada a los
Estados Unidos y nunca volvió. Su marido, que era mayor que ella,
terminó de criarlas y parece más bien su abuelo. Nunca
les prestó atención y se criaron solas, velando la luna
por la otra e intercambiando postales desde niñas. Las dos eran
como muñecas, decíamos nosotros en el barrio.
Como barbies chiquitas, con vestidos de vuelitos, que les hacía
una hermana de su madre, que empezó trabajando en una fábrica,
por Barrio Cuba, y terminó poniendo un Se reciben costuras
en la ventana de su casa, como a cien metros de donde vivían
las hermanas, pero por el carácter de don Jovel, no acostumbraban
a quedarse mucho tiempo en el hogar de sus sobrinas. Nadie supo nunca
por qué se fue la madre y menos el porqué se había
esfumado, pues ni las cartas mandaba y parecía que se la había
tragado la tierra. Alguien, de Pérez Zeledón, viviendo
en New Jersey, contó que se había hecho cristiana y asistente
de una antigua cantante que, reconvertida de la farándula, se
dedicó a viajar por todos los Estados Unidos y que cuando murió
la pastorcita, la mujer se hizo cargo de la iglesia. Pero sobre esto
no hay ninguna información segura.
Las mellizas eran, desde chiquitas, muy coquetonas. A los doce años
ya parecía que tenían como quince. Estudiantes de colegio,
muy aplicadas, andaban siempre juntas. Nadie sabe cuándo se fijó
doña Judith en ellas, pero parece que las invitó a su
casa a tomar café o a conversar. Y así empezó la
cosa. Eso dijo don Jovel, cuando se destapó el asunto por la
prensa, aunque era la comidilla del barrio desde hacía como tres
años, sobre todo por las risotadas de los taxistas piratas, que
no daban abasto trayéndolas y llevándolas, de un lado
para el otro, siempre las dos juntas, como que eran mellizas. Todo esto
cuando apenas tenían catorce años y seguían aplicadas
y estudiosas en el colegio, indiferentes a cualquier comentario y sin
hablar con casi nadie en la alameda en donde vivían.
De barbies chiquilinas pasaron a convertirse en muñecas
juveniles y ya desde los once se maquillaban, nunca para ir al colegio,
sino cuando llegaban a su casa o algunos hasta las vieron hacerlo en
la pulpería de una amiga de doña Judith, que ahora lo
sabemos, servía de punto de reunión para muchas otras
chicas del barrio, casi de la misma edad que ellas, cuando todo se alborotó
en la prensa: la escrita y la de la tele, como comentaban las vecinas
y me comentaron a mí después, con pelos y señales.
No. No tenían novio fijo. Solo la amistad de algunos carajillos,
que merodeaban cerca de las dos, pero que nunca agarraron nada, simplemente
porque no tenían nada qué ofrecerles, o ellas se hacían
las rogadas y solo los usaban de lámpara, no fueran a decir los
vecinos que eran lesbis, o que, de estar tanto juntas, no podían
vivir la una sin la otra, o esas cochinadas que se comentan en el barrio,
ahora que todo ha pasado, y ellas solo son parte del recuerdo o de las
habladurías, que no duraron más de un mes, cuando mucho.
La casilla, la casita más bien, empezó a transformarse.
De estarse casi cayendo se fue convirtiendo en una hermosa chozona,
con muro, ventanas transformadas, alambre navaja, pintada de color teja,
con el jardín convertido en un muestrario de plantas y flores,
orgullo de don Jovel e indiferencia de las mellizas. A mí me
saludaban siempre. Eran atentas y selectivas, pero más bien indiferentes
con todo lo que las rodeaba, como ocurre con las chicas a los quince
años, que tienen la mirada fija en ellas mismas: en la cara,
los pechos… No eran pechugonas y detestaban a las modelos con implantes,
porque no les gustaba lo artificial, sino lo natural y producto de los
ejercicios del gimnasio, al que estaban inscritas, las dos, desde los
trece años. De las piernas ni hablar: casi perfectas. Uno lo
podía comprobar solo con verlas con la enagua de colegio, que
les quedaba talladita, sin ser por eso exagerada y con las medias a
media rodilla. No. No usaban pantalones. Nadie las recuerda con las
piernas tapadas, sino que casi desde los diez años comenzaron
a usar minis, que se les veían muy bien y tenían locos
a los viejos del barrio, que salían a pasear al perro con tal
verlas de pierna cruzada, en alguna banca del parquecito, sabiendo las
dos, Donatella y Viviana, que están como querían, es decir:
para comérselas.
Si usted no las conoció de cerca, podría pensar que eran
mudas. Saludaban con la ceja, las dos juntas, y a veces me cerraban
el ojo, pícaramente, con una cierta complicidad que parecía
decir: sí, sabemos lo que estás pensando, pero nosotras
también sabemos lo tuyo, viejo cochino, pero sin nada que nos
sobresaltara y más bien con un cierto dejo de risa nerviosa,
común entre las personas del barrio, donde todos sabemos lo del
vecino, pero ¡ay! del que se atreva a decir, en voz alta, los
secretos que se pasean por las alamedas, a no ser en uno de esos pleitos
que tienen consecuencias para toda la vida y en donde usted no le vuelve
a hablar a su vecina por cuarenta años, y es capaz de envenenarle
el gato al menor descuido y reírse, detrás de las cortinas,
ante el llanto y las maldiciones de la anciana al recoger al animalillo,
tieso como un palo.
Lo último que vieron entrar a la casota fue un televisor de plasma,
pues antes ya estaban suscritas a la televisión por cable, del
cual se guindaron algunos vecinos a los cinco días de haberlo
puesto la compañía. Para ese tiempo ya usaban zapatos
de plataforma, altísimos, relojes rosados, que se intercambiaban,
vestidos de marca, ellas que antes usaban ropa hecha en casa o comprada
en tienda americana, en la sección boutique. Don Jovel se dejó
decir que la ausente les mandaba algunos dolarcillos al mes. Pero el
cartero nos contó, luego, que nunca, en cinco años, había
dejado una sola carta en esa casa: ni siquiera para Navidad.
Un muchacho, resentido con las dos, empezó a regar el rumor de
que seguro eran masajistas, o bailarinas de barra, pero, cosa rara,
seguían yendo al colegio con uniforme y sin pizca de maquillaje,
medias hasta las rodillas y todo lo que usaban las hacía verse
impecables, como si fueran alumnas de un internado religioso, aunque
nunca se les vio en misa, ni en un templo, ni siquiera cuando los Hare
Krisna abrieron lectura de libros santos, dicen ellos, en una cochera
alquilada.
Eran absolutamente indiferentes a todo lo que no fuera ellas mismas:
su casa, la tele por cable, una enredadera que sembraron juntas y cuidaban
por separado, haciendo de don Jovel un hombre invisible, sentado en
el sillón que le compraron, viendo tele de las ocho de la mañana
en adelante, experto en todas las noticias del mundo, porque las nacionales,
decía, eran puros rateros robando cámara, con un chuica
tapándoles la cara.
Las labores de doña Judtih, de tan conocidas y variadas, no tenían
una explicación convincente para quienes veían el trasiego
de auto, taxis, porteadores, vanetes piratas, escarabajos o hasta motocicletas,
de esas de servicio de recibo y entrega de mensajes. Todo el barrio
imaginaba múltiples asuntos que se ventilaban puerta adentro.
La citada señora con teléfono celular, dos, tres inalámbricos
y hasta uno antiguo, como de colección, que siempre estaba sonando
intermitente, como afirmaban sus vecinas más cercanas, dos simpáticas
beatas, hermanas, las que aseguraban que se les aparecía la Virgen
los fines de mes, para darles mensajes que ellas reproducían
en fotocopias, con la propia letra de la Santísima, y a quienes
doña Judith favorecía con dádivas, según
decía el dueño del bar de la esquina de la cuadra.
La verdad es que nadie vio nunca a las mellizas acercarse a la casa
de la doña. Pero aparecieron con teléfonos celulares,
de última tecnología, y parecía que se pasaban
hablando las veinticuatro horas del día, aunque, justo es decirlo,
no más entraban al colegio los apagaban y guardaban en sus mochilas
de marca, para seguir la conversota a la salida de las clases.
Últimamente las mellizas parecían idénticas. Tanto
en uniforme como en vestido de calle. Como si hicieran grandes esfuerzos
para parecer igualitas, aunque una tenía un pequeño lunar
cerca del labio superior y la otra en la mano izquierda. Pero nadie
exhibe su identidad en lunares, y fue así como nosotros perdimos
la cuenta de cuál era Donatella y cuál Viviana, que llegaron
a parecer una misma persona, diferentes, eso sí, en algunos detalles,
como si en lugar de ir entrando en años, se fueran haciendo más
niñas, por arte y magia del maquillaje, parecidas a esas chiquitas
que sus mamás, de necias, insisten en vestir como reinas de belleza
cuando todavía usan babero y que a veces hasta se roban los sátiros
y las dejan tiradas en cafetales.
Antes
de Semana Santa empezaron a llegar al barrio unos muchachones, encorbatados,
preguntando cosas raras sobre doña Judith y su casa. Al principio
todos nos hicimos los tontos, pero poco a poco las vecinas aflojaron
el pico, y a pesar de que la señora vivía ya en una fortaleza,
que por los gastos en agua hasta parecía que tenía una
piscina adentro, poco a poco uniendo los chismes, de todos conocidos
o inventados, para decir lo que se dijo. Empezaron a merodear carros
sin placas, algunos hasta polarizados, esperando como que algo sucediera.
Pero no pasaba más. Solo el montón de autos, yendo y viniendo,
vacíos algunos, otros con mujeres adentro, chiquillas la mayoría,
que no se bajaban, sino que solo lo hacía el chofer. Este tocaba
el timbre, doña Judith salía, hablaba unas pocas palabras
y les daba un papelito, que nadie supo nunca qué decía,
y se iban veloces a algún lugar desconocido.
Luego se destapó el tamal. Que a las mellizas las encontraron
en un condominio, por Escazú, gritando como locas: se murió,
se murió, se quedó como muerto, por todos los pasillos
del edificio, hasta que la seguridad las descubrió vestidas como
niñas de escuela, sin zapatos, mientras el viejo permanecía
en la cama, desnudo, con los ojos viendo para el cielo raso… Y cuando
llegó la investigación judicial, ellas contaron todo.
Muertas de miedo, temblando Donatella, descompuesta Viviana. Y luego
aparecieron los forenses, ellas ya en la planta baja, curioseadas por
los guardas de seguridad, que se sonreían picarones y se hacían
los tontos, porque ya conocían los gustos y las pachangas del
viejillo, y en lugar tan caro y elegante no pasaba nada: todo era de
puertas para adentro. Y como el gringo les daba su propinita, ellos
preferían hacerse los ciegos, para dejarlo todo a la imaginación,
de lo que allí realmente sucedía.
Minutos después de lo de Escazú, los muchachones que merodeaban
la casa de doña Judith, orden de juez en mano, botaron el portón,
la puerta de entrada, y le cayeron a la doña, encontrando a otras
dos chiquillas, en proceso de maquillaje, en la sala. Y decomisaron
todo. Desde los teléfonos celulares hasta las libretas, que en
número de seis, tenía la mujer guardada en un clóset
con doble llave. Se la llevaron junto con una prima que estaba por esos
días haciéndole visita. Doña Judith muy elegante,
la frente en alto, sin permitir que le tocaran siquiera un codo, vestido
sastre, tacones altísimos, con un carterón nuevo, saludaba
a las dos vecinas beatas, al despiste, y como diciéndoles: rueguen
por mí ahora¸ cabronas, que se quedaron sin ayuda y sin
fotocopias de los mensajes de la Santísima.
¿Y las mellizas? Estuvieron detenidas solo unas horas. Todavía
vestidas de barbies infantiles, regresaron en patrulla al barrio. Don
Jovel, que siempre se hizo el tonto, siguió haciéndolo,
como si allí no hubiera pasado nada. En el barrio, luego de ver
las noticias en la tele de la noche, cerraron bien las puertas y en
más de una casa se oyeron gritos y hasta pescozones, de madres
y padres golpeando a las hijas. Pero luego todo volvió a su nivel
normal. Las mellizas se pasaron a estudiar a un instituto, más
mudas y hasta altaneras, según dijeron unos vecinos.
Luego, para la Navidad, parece que comenzaron a ir a una iglesia evangélica,
y se hicieron cristianas renovadas, para furia de las dos beatas, que
les dejaban los mensajes de la Santísima, en la noche, dobladitos
en un resquicio del portón. Finalmente, no se supo de ellas.
Antes de la Semana Santa, al año de todo lo ocurrido, parece
que la iglesia las mandó a los Estados Unidos, para que trabajaran
como niñeras, en Patterson o en Kansas (no quedó claro),
de acuerdo con un programa de divisas que tienen las iglesias entre
aquí y allá. Otros dicen que no más al llegar se
dedicaron a buscar a la mamá hasta que la encontraron en Ohio,
cosa que no le hizo mucha gracia a la señora que ya había
hecho otra familia. Algunos, más exactos, si así puede
decirse, se las encontraron en Nueva Cork en el Deep Club o en El Tropicana,
como bailarinas, al lado de Don Omar o Daddy Yankee, especialistas en
el perreo, amigas de la DJ La Callejera, o de Lenin Vladimir, del que
se dice son sus novias, según contó otra chiquilla a la
que deportaron hace unos días.
Don Jovel sobrevive a todo. Nunca se dio cuenta de nada, aunque dice
el cajero del banco, que maneja una cuenta millonaria que le dejaron
las mellizas, para que no se muriera de hambre.
Saca a pasear un perro todas las tardes. Riega el jardín, que
ahora es un charral. Poda la pasionaria, que ya es una enredadera que
cubre todas las ventanas, y sigue viendo televisión de ocho a
ocho.
¡Ah! Y ahora sí recibe cartas. De vez en cuando, dice el
cartero.
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La
tristeza
Anton
Chejov
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve
cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos,
se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos
de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado
en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo
un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un
alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su
inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por
la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo
de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase
sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo
campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su
caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es
demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica
y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes
de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles.
Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más
intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas
de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona
le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar
toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello
como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira
el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-.
¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte
que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso,
avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece
aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de
un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración
contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran
fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera
conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero
sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una
palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
- ¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió
la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia
el cliente y dice:
- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres
meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-.
¡Parece que estás ciego, imbécil!
- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este
paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y
de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación;
pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada;
el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona
ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil.
De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo
y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante
él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero,
bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte
copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco;
pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo.
Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de
los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose
a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto
cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro
más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa
forzada-. Mi gorro...
- ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos
nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos
sopapos.
- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska
nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo,
y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!
- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y,
enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres
ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué
diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo.
A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen,
lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan,
juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona
se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana
pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero
quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero
ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja
uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la
vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les
conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más
alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura...
Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado,
y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo;
pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción,
exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les
sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más
dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud
que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes
alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa
sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita,
si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata
de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no
debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos.
Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita
el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo,
emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una
vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos,
duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable.
Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha
ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno
y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
- Sí.
- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?...
La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha
hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha
y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible,
de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la
muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar
de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente,
contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó
su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir.
Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su
difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también
quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué
no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo,
sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo!
Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su
aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles
dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-.
¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado
para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado
viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar;
mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero;
conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú
tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento
húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón
contándoselo todo.
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Grumus
Mario
León Rodríguez
En
cuanto te precipitas en los cincuenta comienzas también a presentir
que el sexo tiene un fin, y lo que es peor, lo que en términos
de humanidad resulta absolutamente incorrecto: te enteras de que serás
testigo de tu propio derrumbe: ¡Invitado a tu propia muerte!
Sin embargo, no es necesario dramatizar. En cuanto a mí no tengo
inconveniente en dejar esta vida, siempre que sea sin molestar a los
vecinos.
Guillermo
Fadanelli, Lodo.
¿Un
sueño, el mejor de los mundos posibles, el sueño de todo
hombre de cierta edad?
Tiempo, decadencia absoluta. Un presente lacerante, úlcera que
le carcome los ojos hasta ablandarle el cerebro, hasta volverlo mierda.
Todos sus años le gotean encima, ácidos como agujas de
veneno, veneno para ratas. Venenosas puntas que rasgan la vida, los
muchos años que avejentan esta comparsa, parsimoniosa exhibición
de pus revuelta con mierda fantasiosamente aderezada con anécdotas
y uno que otro desafuero de los que no se cuentan, los que se enlutan
y entierran sin cabida en la ridícula foto del día a día.
Con mucho: fantasía. Pero irreal es mucho decir, sobre todo cuando
se carga a cuestas con el inútil fantoche que hasta el espejo
devuelve asqueado, famélica sombra que un sol omnívoro
recorta contra las aceras, su más sensible broma, sutil aunque
ácido sentido del humor. Cincuenta y tres años, contando
huesos con piel, hígado resentido, úlcera, el cansancio
de tantos días malgastados en su parsimoniosa auto negación.
La auto flagelación como una extensión del monólogo,
la gloriosa auto inmolación cuando se visualiza a sí mismo
crucificado ante el escarnio, ante las tres pe eme de un viernes sin
la esperanza de una cerveza redentora en domingo de resurrección,
ante las putas que vienen de fiesta con la Magdalena... Aquellas putas...
tan fácil. Pagar, coger, huir... Y su vida, desde estudiante,
fue eso: comercio de putas, transar, pagar, coger y volver a un colchón...
lo único que cambió para mejor en el transcurso de su
vida fue su colchón, dependiendo de que se hospedara en una pensión,
una casa de huéspedes, un hotel, la casa de unos conocidos...
¿Casa? No, nunca tuvo. Decía que tener casa era como echar
raíces y cuando uno se asienta en suelo fértil nace, crece
y muere.
Su vida fue... Su vida es un comercio de putas. Pero, bueno, el oficio
de las putas es meritorio; hay putas que han fecundado los ojos a muchos;
las hay que han hecho reverdecer las ramas secas hasta volverlas brazos
y manos sedientas, como perros de furia, de otras pieles, otros calores
que nos alucinan en un interminable viaje de cuerpos, besos, promesas,
jadeos de madrugada, unos pasos firmes plantados por unas piernas que
nos arrastran a puerto seguro. Pero no, su vida es un comercio de putas
en el peor de los sentidos.
A pesar de sus cincuenta y tres, con todo y su intelecto, a pesar de
su juventud que pudo ser desbordante con todo y aquella caricia tenue
y cálida que en algún momento se le escapó, un
momento de debilidad, desamarró su cerebro. La historia de la
literatura francesa se quitó el antifaz abandonando el baile
de máscaras, Sade insistió en quedarse llenando las copas
con las últimas botellas... En algún momento, con todo
y el cachivache de su vida, acarició con ternura a aquella puta
teñida, sí, la de los dientes delanteros separados, ¿Mónica?,
sí, porque solo una profesional puede llamarse Mónica.
¿La amó? No, él nunca amó. Dice que todo
eso está en desuso.
(Donatien: ¿descorchamos otra botella?)
Sus días se sucedieron como sucede un genocidio, absurdamente.
Brutal. Grotesco. Su aliento se tornó soez como la peste, soledad
que se bebe a vasos llenos. Terminó recitando el mismo curso
sobre literatura década tras década, el mismo horario,
de vez en cuando una camisa nueva, poco ejercicio, a no ser por la caminata
mínima desde su cuarto alquilado hasta la facultad, masturbaciones
nocturnas cada vez menos pero siempre a oscuras. Su mano apaga la lámpara
y cae pesada sobre un pene erecto a medias que responde más por
costumbre que por deseo. Con fuerza, arriba abajo, duro, rápido,
eyacular en el pañito que para tales efectos mantiene en su mesita
de noche. No hay placer: se riega sin emoción, limpia y duerme
el sueño de los vencidos.
Horario, rutina, el mismo curso década tras década.
¿Alexandra, qué significó para él? Nada,
los demás nunca significaron gran cosa, en realidad nada. El
infierno según Sartre, esto o lo otro dependiendo de la lectura
del momento. Se construyó un mundo ficticio actualizado a través
de la lectura, apenas interrumpida por los lentes de plástico
liviano de sus anteojos. En algún momento se soñó
sodomizando a Emma Bovary; incluso, en un momento de culpable debilidad,
fantaseó que mamó la picha de Miller mientras éste
le insulta gritándole puta, puta hedionda y barata, putilla del
Sena, mama la picha del genio. A fin de cuentas, solo el sudor era testigo
de estos desafueros.
¿Escribir? Lo mínimo. Artículos para currículum
donde repite lo que fulanito había dicho de zutanito en relación
a lo dicho por menganito que fue alumno de aquel y el otro que negaba
a fulanito. Su voz se desgastó hasta volverse magistral.
Duerme solo.
Desayuna solo.
Lee maquinalmente sin involucrarse, cuenta las páginas y suma
los tomos de libros como queriendo batir un record, colecciona citas
que luego arma en un artículo. Para almorzar cualquier cosa,
no más de lo permitido. Alcohol nunca. Su pene se enrosca entre
sus piernas, mohoso, oxidado, barco inservible que alguna vez soñó
con tempestades y naufragios.
Al contrario de él, Alexandra tenía un clítoris
en forma. La mezclilla en talle bajo muestra un ombligo como prueba
fehaciente de su humanidad. Escultórica. Puta. Frívola.
Sin comentarios inteligentes.
Esto último fascinó a nuestro solitario. Sueña
con castigarla, someterla a vejaciones, sangrarla y cauterizarle las
heridas con parafina caliente, empalarla mientras le rebana lentamente
las tetas en tajaditas, finas lonjas para freírlas en aceite
de oliva con hongos y cebolla finamente picada. Su fantasía de
castigo termina apenas derrama sus gotitas de leche rala, duerme. Duerme
como un niño.
El desplante del cruce de piernas fue lo peor. Una minifalda y esos
muslos sin medias que se cruzan gimnástica y rítmicamente,
en el primer pupitre... justo frente a él.
¿Chantaje? Sí, llevarla al cuarto y ofrecerle la nota
del curso a cambio de una mamada, que se deje sodomizar mientras grita
y suplica que le saquen esa pinga “enorme”, cagar abundantemente sobre
su limpio e inmaculado rostro, obligarla a comer mierda, llamar a los
vecinos y a desconocidos para organizar una pequeña orgía
con énfasis en el maltrato. Él servirá bebidas
haciendo de anfitrión ante el espectáculo de la humillación,
¿quién sigue?, ¿el joven de la camiseta blanca
desea repetir?, ¿ya terminó?, ¿un cafecito o un
traguito?, séquese el sudor mientras descansa.
Esclavitud. Se riega y vuelve a la duermevela recordando esos muslos
firmes que se frotan como insultándolo.
No terminó el curso. El profesor atrapado en un domingo que suena
a fracaso, como cada uno de los días de su vida, se zambulle
en una cloaca de silencio espeso, al lado una hoja en blanco y un lápiz.
Sucio. Se siente sucio, recuerda a su madre cuando le lavaba la boca
con jabón porque decía lo que no debía; quiso apalearla,
a la Alexandra, escupirla y vaciarle la leche en su jeta entre los estertores
de la agonía. Nada hizo. Nunca hizo nada. Sujeta el lápiz
con la punta hacia arriba, firmemente; con un limpio cabeceo se perfora
el ojo derecho mientras con su mano izquierda empuja su cabeza guiando
la punta de grafito hasta su cerebro.
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El
poema que se cae
Geovanny
Debrús Jiménez
Dicen que
debo hacer un poema que no se caiga… ¿y si me caigo yo,
cómo no el poema? El poema es una bala que debe fulminar la piel
del lector, dicen por ahí. Pero… ¿quién es
el lector? ¿Otro poeta? Al menos en Costa Rica así pasa,
como “un poema que se cae”, título con el que había
participado en el Premio Julián Marchena.
Eso elucubraba
recostado a la barra, esperando que José María se animara
a decir algo.