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NARRATIVA/CUENTO

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Culturacr.com le ofrece en su revista cuentos inéditos de escritores costarricenses y, en ocasiones, clásicos para releer. Sus comentarios son muy importantes para nosotros, escríbanos. Edición actual de la revista

ÍNDICE

Cuentos de talentos del taller de Culturacr.com

Una casa de verano

Doris Lessing

Durante mucho tiempo después de la guerra había por todas partes en Londres lugares llamados “sitios bombardeados”, y estos podían ser terrenos baldíos en donde los escombros habían sido despejados y en los que crecían adelfas formando jardines con árboles jóvenes y pájaros, o edificios que parecían estar enteros hasta que uno doblaba la esquina y veía una fachada sin soporte alguno o una casa cuyo techo o ventanas se nos presentaban como si fueran trozos de un encaje hecho añicos. Podía haber una manzana entera donde los restos de edificios parecían fotografías de explosiones de bombas, como si un viento lo hubiese aplastado todo. O de pie, sobre un sótano lleno de agua oscura, se podía observar el esqueleto de una casa con un hueco en la pared que dejaba ver una bañera rajada y tumbada de costado. Todas estas ruinas tenían letreros en los que se leía “Prohibida la entrada” y “Peligro: prohibida la entrada a los niños.”

Estas amenazas oficiales eran a menudo ignoradas. Años más tarde, en Berlín, una mujer que había sido niña durante la guerra me contó que entonces los niños solían jugar atraídos por la emoción que ofrece el peligro entre las casas que habían sido bombardeadas y algunas veces en calles enteras en ruinas y fue sólo después, mientras las reconstrucciones volvían a dar forma a la ciudad, que ella y sus compañeros de juego se dieron cuenta de que las ciudades no eran solamente una mezcla de ruinas y calles seguras.

Llevó mucho tiempo reconstruir y hacer desaparecer los restos de la guerra.

Cerca de Notting Hill, había en una esquina un terreno baldío con fragmentos de una casa por donde a menudo solía pasar caminando y algunas veces cuando estaba apurada lo cruzaba a pesar de los avisos de peligro. Estas ruinas tenían paredes destrozadas que rodeaban de forma desigual a un suelo de cemento en el que a un lado quedaba en pie una estufa a leña con una chimenea intacta aunque la pared trasera llegaba a la mitad de la repisa. Los otros cuartos estaban sólo sugeridos por las líneas de las paredes como manchas sobre la tierra. Sobre el piso de cemento la silueta de otra casa había sido esbozada con piedritas, pedacitos de ladrillos, fragmentos de loza, la mitad de una cucharita de té y el asa amarilla de una taza. Esta era una casa que si hubiese sido construida hubiera sido más grande que la casa de verdad que la albergaba con sólo dos cuartos en la planta baja, pues ésta tenía cuatro cuartos cuadrados con los espacios de las puertas abiertos al mundo. Un basurero de juguete con un manojo de cerdas por cepillo había sido usado para barrer el polvo del piso de cemento, que ahora se encontraba apilado alrededor de la casa como una muralla de defensa en la que habían sido clavadas ramitas, y a cuyos rincones habían volado las hojas de los árboles del pasado otoño.

Varias veces pasé por la casa de esta niña antes de verla, una niña menudita con descoloridos mechones de cabello y redondos ojos azules en una cara llena de pecas. Tenía puesto un vestido de verano de un rosado desteñido. Un sol de verano proyectaba sombras sobre las paredes destruidas de la casa. Pretendí no haberla visto y ella aceptó mi pretexto y esperó, y sólo pude echar un rápido vistazo para ver que había traído un collar con cuentas de plástico rosadas que había repartido en los cuatro cuartos para representar una silla, una mesa y supuestamente un sofá, pero quizás era una cama: cuatro cuentas estaban situadas a lo largo de una línea de piedras que representaba una pared.

En vez de pasar caminando por la acera, respetuosa de la ley, ahora siempre cruzaba por el sitio bombardeado y a través de las ruinas para ver cómo progresaba la casa de la niña. La podía ver fácilmente con sus ojos, porque qué niño no ha puesto guijarros sobre la tierra o cubos sobre una alfombra y ha visto fantásticas paredes y techos, ventilados pináculos y torres elevándose de los cimientos, todo lo que un adulto ve como basura o un revoltijo que debe ponerse en orden.

Ella iba ahí por las mañanas. La mayoría de las tardes podía ver que había estado porque el basurero y el cepillo habían sido movidos de lugar, los montones de polvo habían crecido, había nuevos tesoros en las paredes, una pinza del pelo rota, el cabo de un lápiz. Su casa no tenía la misma forma. En una ocasión, los cuatro cuartos habían sido colocados uno al lado del otro con los espacios de las puertas conectándolos. Otro collar de cuentas, amarillas, delineaban una pared interior mostrando que este cuarto había sido señalado como uno especial porque en él también había un frasquito de pasta de pescado con trocitos de adelfas.

Una tarde vine y la vi. Qué niña tan precavida y nerviosa, lista para ponerse en pie de un salto y correr. ¿Pero adónde? ¿Dónde vivía? Tenía puesto el mismo vestido rosa desteñido. Descoloridos y finos mechones se escapaban de una cinta rosada para el pelo. Sus pies estaban descalzos; me hubiese gustado que los míos estuvieran descalzos aquella tarde de calor. Sus ojos azules me miraban desafiantes. Ella esperaba, los nudillos de una mano tocaban el suelo como los de una corredora. Me quedé allí y sonreí, aunque sabía que la sonrisa no era la divisa adecuada. Cualquier tipo de traidor o adulto falso podía sonreír. Ella no debía estar allí, y lo sabía. Yo tampoco debía estar allí, pero esto ella no lo sabía: yo podía ser una representante de la autoridad o una persona entrometida. Seguí mi camino y la vi volverse a trabajar en su casa. Cinco cuartos tenía ahora esta residencia y un constructor podría haber hecho de ella una casa, o varias ya que su forma cambiaba de cuadrada a alargada y viceversa, y algunas veces un cuarto era dividido por una línea de fragmentos más pequeños y se podía ver con facilidad que representaba una medianera.

La verdadera estufa a leña contra la pared destruida detrás de su casa era parte de esta fantasía. Un sendero marcado con crayón de color rojo conducía desde su casa a la estufa, y a cada lado del sendero ella había garabateado con manchas de crayón, malvarrosas y flores como aquellas margaritas de cuatro pétalos pintadas en repasadores o bordadas en cubreteteras, con una pizca de polvo de ladrillo rosa en cada centro. El sendero conducía a la pared trasera en ruinas y una línea doble de crayón rojo trepaba por la pared hasta alcanzar el borde fragmentado; ella debía haberse tenido que poner en puntas de pie. ¿Adónde conducía aquel sendero o camino, qué se había imaginado haciéndolo terminar allí en el aire? ¿O quizás en su mente, los cuartos que una vez se habían erguido sobre estas habitaciones de la planta baja, aún estaban allí haciendo juego con las otras casas de la calle? Era una callecita de casas pequeñas, de dos habitaciones abajo y dos arriba. A lo largo de esta calle los niños jugaban, pero eran mayores que esta niñita, una pandilla de ellos, bulliciosos y veloces, correteando entre los coches. Aquella niña estaba más a salvo en su ruina que los mayores entre el tráfico.

Una tarde cuando el verano estaba llegando a su fin, tomé el mismo camino de siempre y me detuvo una cerca alta de alambrado. Había una puerta pero estaba cerrada con llave, y en el letrero se leía: “Próximamente, este sitio será reconstruido”. Me quedé parada mirando las paredes destruidas, y al suelo de cemento que había sido pisoteado por las botas de los albañiles, desparramando las piedritas y los pedacitos de ladrillo, las flores muertas y las cuentas de plástico. Miré hacia abajo y la vi parada cerca de mí mirando hacia adentro, sus manos flacuchas aferradas al alambrado. No me tenía miedo, ahora que nada peor podía pasar.

Ella tenía puesto un pulóver gordo sobre su viejo vestido rosado.

Sobre su cara corrían manchas de lágrimas.

—Van a construir aquí una nueva casa –le dije hablándole a su cabeza.

—¿Por qué?

Al principio no entendí ese grito de vocales porque aún era nueva en Londres y mis oídos no se habían acostumbrado al acento cockney.

—¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué? –se lamentó.

—Así la gente puede vivir en ella –le dije, y podría haber continuado con palabras de consuelo si las hubiese encontrado, pero se había echado a correr alrededor de la cerca al tiempo que gritaba, “Maaaa, maaa, maaa, maaa...” ¿Pero qué decía? Sonaba algo así como: “Man quitao mi casa”.

Cruzó la calle corriendo sin mirar si venía algún coche, y estaba golpeando la puerta de una casa justo enfrente de las ruinas. “Maaa, maaa, maaa...”, la puerta se abrió y allí estaba parada una mujer que con un brazo cogió a la niña y con el otro cerró la puerta mientras la niña se lamentaba de que le habían quitado su casa de tierra, le habían quitado su casa. Y desde una de las ventanas de arriba llegó nuevamente su llanto, su casa, su casa de tierra, “ellos” le habían quitado su casa.

Che vive

Vernor Muñoz

El aporte del legendario Ernesto “Che” Guevara (1928-1967) a la cultura política y a las batallas por la liberación de los pueblos oprimidos, permite reconocer que la lucha revolucionaria no comienza ni acaba con el movimiento guerrillero; que la violencia contra la violencia puede dar paso a una nueva concepción de las relaciones humanas y del poder social, en el que el amor funciona como un ejercicio de redención, de creación y de vida.(EL autor)

"La enfermera no sabe (no la han dejado enterarse),
aunque turbiamente lo intuye,
que Guevara, social y libidinalmente, es ella".

Helio Gallardo

Uno
Horas antes del fin del mundo, recordó aquel 27 de junio de 1967, el día en que el grupo de guerrilleros sepultó rápidamente a Tuma, para continuar luego hacia Tejería.

Según escribió Guevara en su diario, Tuma había sido un compañero inseparable durante los últimos años y su pérdida la sentía como la de un hijo.

Por eso aquellos recuerdos le abotagaban el sueño y lo postraban en una inusual angustia, que finalmente lo obligó a abrir los ojos en la oscuridad. Estaba tendido en una cama y a su lado dormía otra persona, roncando en forma estrepitosa.

La selva boliviana abría su corazón a esa noche vertebrada en el dolor de una muerte inevitable, de una huida a los campos de esperanza en que, a pesar de todo, se cultivan las dudas, las penas y los días encendidos.

El Che quería imaginar que aquello era un extraño sueño y prefirió cerrar de nuevo los ojos, arrullándose con el canto de los grillos, tratando de convencerse de que se encontraba en el Valle Grande, junto a sus compañeros.

Pero, a pesar de todo, abría los ojos y veía un cielo raso desconocido, cerraba los ojos y volvía a la selva, abría los ojos y otra vez el cielo raso, cerraba los ojos...

Segundos después se durmió profundamente, como si el sueño le diera la certeza necesaria y los monstruos de la razón fueran círculos de fuego que vuelven siempre a su destino.

Dos
Eran quizás las seis de la mañana cuando Guevara sintió una mano entre las piernas y el aliento añejo de alguien que le susurraba frases al oído. Además, voces, voces de niños que llamaban a su madre y revoloteaban en la cocina, tirando trastes sobre el fregadero.

- Teresa, mi amor, dame un besito -le decía a Guevara el sujeto, que agregó seguidamente: No vayás al hospital hoy, mejor quedémonos en la cama todo el día...

Después de escuchar aquello, el Che se sentó abruptamente y con tremendo susto miró a su alrededor. Encontró una habitación pequeña con paredes de madera y el cielo raso de cemento armado que había visto en sus sueños, con rastros de pintura pusilánime y una lámpara en el centro, decorada con un plafón de vidrio azul.

El sujeto que tenía al lado era un hombrón peludo y somnoliento, que le sonreía libidinosamente mientras se rascaba la cabeza.

Guevara saltó de la cama y una vez en pie descubrió lo inevitable frente al espejo del tocador: ¡era una mujer! , ¡se había convertido en mujer al despertar, en una extraña casa y junto a un hombre que le hablaba como si fuera su pareja!

Atemorizado, como en sus primeras armas, el Che se volvió hacia el sujeto sin decir una palabra y de seguido miró el espejo, descubriéndose en el rostro de una muchacha delgada, morena, de cabellos negros y de grandes ojos marrones. Palpó su boca, sus cejas y el cutis de una mujer joven.

El Che Guevara, transformado en mujer, en la cama con su amante, despertándose de una noche larga y abrasadora, después de una batalla convertida ahora en una extraña casa. La sorpresa se transformó en angustia y la angustia, poco a poco, en una incertidumbre puntiaguda.

Haciendo gala de su temple guerrillero, el Che no protestó por la radical transmutación. Ni siquiera tuvo tiempo, en esos amargos y prolongados segundos, de sentirse intimidado por su cambio de sexo. Después de todo, su alma de hombre barbudo y socialista no podría cambiar con aquella piel de aroma a almendras que descubrió en sus uñas laminadas por un esmalte rosa.

Ni trasvesti ni animal, Guevara tuvo tiempo de pensar en sus sospechas más fundadas: estaba en medio de un sueño bochornoso, o bien, camaradas, o bien podría ser distinto: que hubiera muerto y estuviera reencarnado en esta mujer.

La reencarnación no dejaba de atizar su pensamiento, pues a pesar de haber bromeado más de una vez sobre temas místicos y religiosos, parecía imposible, de todas formas, reencarnar en una persona con una historia y una vida a medio hacer. No, definitivamente, debía tratarse de un sueño lúcido.

El hombre en la cama lo observaba molesto, mientras le recriminaba su actitud estrambótica y agresiva. Daba vueltas en la habitación y murmuraba frases entrecortadas y flatulentas.

Segundos después aparecieron en la habitación dos niños pequeños, que lo llamaban "mamá", "ayúdeme a buscar el uniforme de la escuela", "Carlitos no me deja entrar al baño, dígale, mamá, dígale que no moleste...".

El Che se perdía en esa sensación estrepitosa de ser otra persona, en un sueño tan real, tan inevitablemente real, que al final se le hizo vigilia, justo en el momento en que tocó su cuerpo y recorrió la redondez de sus caderas y de sus pechos y, ¡a la puta!, un velloso pubis que sentía bajo el pijama verde.

Salió en carrera de la habitación, ante la mirada atónita del hombre y de los chiquillos, tropezando con los muebles y maldiciendo aquello que consideraba una situación de pésimo gusto.

No pensaba en el infierno ni en otras condenas carismáticas del cristianismo, pero la sensación de haber muerto en las montañas de Bolivia adquiría de nuevo fuerza en su mente y en su corazón. La mezcla de tristeza y de asombro le impedían pensar más, por el momento.

Llegó hasta el lavatorio e inundó su cara de agua fría, pero nada: aquel rostro de mujer permanecía en su despierta incomodidad. Se miró al espejo otra vez y perdió el balance hasta caer de rodillas, confundido y nervioso, escuchando aún los reclamos del hombre y de los niños que la llamaban "Teresa, Teresa", y "mamita", respectivamente, ¿qué te pasa?.

- Vas a llegar tarde al hospital -reclamaba el hombrón. Y los chiquillos también.

El Che no comprendía nada. Oía la música de una radio y, en eso, las noticias. "Las noticias de hoy lunes 2 de diciembre de 1997", dijo el locutor, ante su gesto inverosímil.

Guevara se incorporó nuevamente y puso atención. El locutor hablaba de la antigua Yugoslavia y de Boris Yeltsin, mandatario ruso. Luego escuchó mencionar el ajuste estructural y los planes de globalización del mercado chino.

Sentía la boca seca y el sudor que bajaba de su sien. Los chiquillos se le acercaron con nerviosismo y al unísono le preguntaron: "Mamita, ¿qué le pasa, por qué está tan rara?"

Acto seguido el hombre lo tomó de la mano y ambos se encerraron en el cuarto de baño. El sujeto, sin hablarle, le arrancó el pijama en dos manazos y encendiendo el chorro de agua, lo empujó a la regadera, sentenciando: "Si no estás lista en diez minutos no te llevo al hospital". Inmediatamente, en ese gesto de contradicción tan masculinamente imberbe, se volvió de nuevo y le acarició las mejillas con el dorso de su mano.

El Che sintió que revivía con la ducha e intentó tranquilizarse, disimulando todavía un extraño y preocupante cosquilleo en su mejilla, provocado por la caricia torpe de su esposo, que bajaba por sus pechos y terminaba en una flor de húmedos poblados bajo su vientre.

Debía haber una explicación, pensó, pero las noticias...., aquel hombre, aquellas sensaciones, los niños, ¿dónde estaba?, ¿qué había sucedido con Pombo, Rolando, Inti, Tania, el Ñacahuasu?

A los dos minutos el hombre, ya vestido, volvió al cuarto de baño y lo sacó de la ducha con determinación. Le traía enaguas, blusa, medias blancas, zapatos de lona también blancos, ropa interior y un peine. Antes de poder decir una palabra, el sujeto ya lo había secado con la toalla y le encaramaba delicadamente, con una destreza impresionante, aquella ropa.

A los cinco minutos el Che estaba vestido de mujer y abordaba, junto con los niños, el destartalado taxi pirata del marido.

No dijo más.

El automóvil inició la marcha en medio de la incertidumbre congelante y al cabo de tres calles los chiquillos se bajaron frente a la escuela, en la que pudo ver por fin la bandera de Costa Rica.

"Sí, estoy muerto", pensó. "Y por alguna maroma del tiempo volví a la vida convertido en mujer...". ¿Esto es estar muerto...? Es como la vida...

El hombre continuó la marcha sin decir palabra. Al cabo de veinte minutos se detuvo frente a un gran edificio y le dijo de mala forma:

- Bueno, qué, ¿tampoco vas a trabajar hoy?

A Guevara lo llenó de cólera la actitud del sujeto y sin poderse contener le lanzó una bofetada, ante lo cual el marido frenético solamente acató bajar del auto, dar la vuelta y sacar del brazo al Che por la otra puerta.

Ingresaron por una entrada lateral del edificio, que resultó ser el Hospital San Juan de Dios y, subiendo las gradas, el hombre condujo al Che hasta la sección de gerontología. Allí los recibió una enfermera gorda muy sonriente, que despidió sin garbo al marido furibundo y luego preguntó a Guevara acerca de lo sucedido.

- ¿Te pegó de nuevo, el desgraciado?

Pese a todo, el Che logró tranquilizarse y conforme pasaban los minutos adquiría la ecuanimidad que lo había caracterizado durante su vida pasada. Miró a la enfermera y descubrió en el broche que pendía de su traje un nombre: Jazmín Curling.

- Jazmín -le dijo. ¿Sos mi amiga?

Antes de contestarle, Jazmín le sonrió con dulzura, intentando seguir su juego y así abrir respuestas solidarias ante los malos días de las amigas.

- Desde hace siete años y varios largos meses....

El Che le devolvió la sonrisa y agregó:

- Es difícil ser mujer, pero es más difícil no saber quién soy.....

Jazmín no comprendió la frase, pero es que el Che se levantaba en un mundo disparejo, abierto al fin de su vida y al comienzo de este sueño-muerte que a pesar de serle desconocido, le otorgaba una sensación de legítima pertenencia, de “ser y estar” en un sitio conquistado por la sola existencia, como mujer, como enfermera, como madre y, gulp, como esposa.

Pero ninguno de esos sentimientos y sensaciones solventaban un problema concreto y simple: información. El Che necesitaba información, pues nada sabía de sí mismo, valga decir, de sí misma.

A pesar de intuir su nueva vida y de que el entorno le ofrecía múltiples datos, continuaba sin conocer de sí.

Simulando esa amnesia atípica, el Che interpeló a su compañera, en medio de una actuación brillante y lúdica, pero desesperada:

- A ver, Jazmín, decime quién soy.

Su interlocutora cayó en la trampa y espontáneamente le recitó algunas de sus verdades: sos Teresa Vargas, querida, madre de dos hijos maravillosos, enfermera, esposa agredida, vecina de Hatillo, nativa de Pérez Zeledón, veintisiete años de edad, inteligente, trabajadora, bonita y bastante cabezona... ¿querés que siga?, o tal vez preferís que llame al Dr. Quijano para que te examine el coco...

Guevara se acercó a Jazmín y encubriendo la utilidad de sus palabras, le tomó las manos con cariño y le preguntó:

- Oíme, Jazmín. ¿Has oído hablar de Ernesto Guevara?

- ¿De quién? -replicó la otra enfermera.

- Del Che Guevara -respondió. Del Che.

Jazmín le clavó la mirada por largos segundos y después aseveró:

- Vos estás completamente loca. ¿Qué tiene que ver el Che con esto?

- Ahhh, entonces sí lo conocés...

Jazmín tomó las hojas de control de enfermos y, lanzándoselos a Guevara, le contestó:

- Ay, Teresa. Todo el mundo sabe quién es el Che Guevara.

Tres
Siendo médico, el oficio de enfermera no le resultaba nada extraño, aún cuando la nueva tecnología superaba mucho su conocimiento.

Por esa razón, el Che fijó su atención durante toda la mañana en los ires y venires de los médicos y enfermeras que atendían a los viejitos del hospital. La asepsia de esos salones desordenados se mezclaba con los recuerdos de la selva boliviana, ordenada en su encanto verde, que paulatinamente se diluía en nuevas imágenes, los gemidos lastimeros, los visitantes con flores plásticas y una larga lista de nombres de pacientes en las hojas de registro diario que le había lanzado Jazmín.

Para el medio día, Guevara, más bien Teresa, se hallaba impresionada de los avances de la ciencia médica, pero también del retroceso ostensible en la calidad del trato que percibía entre la gente, aún entre las compañeras de trabajo.

Cada cual estaba por lo suyo y en verdad a nadie le interesaba un comino la suerte de los demás, excepto Jazmín, que se pasó toda la jornada auscultando el comportamiento del Che, como si sospechara lo que en verdad le sucedía.

A la hora del almuerzo, Guevara-Teresa se excusó y dijo a su compañera que debía salir por un rato. Dejó el hospital y empezó a caminar sin rumbo.

Mientras tuvo cuerpo de hombre nunca visitó Costa Rica, aunque había escuchado de las andanzas de Figueres y de Manuel Mora. Después de todo, la ciudad le resultaba familiar y por algunos momentos hasta conocida, pues se movilizaba con una facilidad sorprendente.

Su primera sorpresa la encontró a cien metros del hospital, cuando vio a un muchacho que lucía una camiseta negra ¡con su rostro estampado en ella!.

El Che detuvo al joven y le preguntó dónde había conseguido la camiseta.

- Me la trajeron de Cuba... -respondió. Está tuanis, ¿verdad? Es la misma foto del billete.

- ¿¿¿Del billete???

El muchacho asumió una pose de pedante galantería y agregó:

- Sí, mi amor, del billete de diez pesos cubanos. Es que mi hermano peleó con los
sandinistas en Nicaragua y después se fue para Cuba. A veces me manda algunas varas. ¿Por qué, chichí, a usté le interesan los artículos revolucionarios?

Aquello de "artículos revolucionarios" cayó en la cabeza del Che como una bomba, que de por sí ya había estallado al encontrar su rostro impreso como un icono vulgar.

Pero, su foto en un billete... era demasiado.

Miró a todos lados y supo que el mercado se tragaba los ideales; que lo que las noticias llamaban globalización no era más que las fauces abiertas del imperialismo, deglutiendo todo a su paso: pueblos, individuos y conciencias.

La evidencia de una realidad de injusticias era lo que se tornaba más patente en este final de siglo y ante sus ojos desfilaban las constataciones de esa verdad. Miseria, explotación, discriminación y angustia.

Aquel muchacho con su retrato en la playera era otro artículo de la mercadocracia, que a juzgar por los acontecimientos, propugnaba por un sistema de gobierno mundial en el que las personas dejan de importar como personas y adquieren un valor y un precio como consumidores: artículos que compran artículos, mercancía de carne y hueso.

El Che reconfirmó el sentido de su lucha, en ese cuerpo de mujer, en esa época que quizás no le pertenecía. Entendió que no era revolucionario por ser humanista, sino que intentaba contribuir a la formación humana de los otros, por ser o haber sido, precisamente, revolucionario.
La revolución no se reduce a la lucha armada, pues toca a las personas en sus vidas cotidianas, en sus relaciones más descarnadamente humanas, sensitivas y amorosas.

La transfiguración del Che en el cuerpo de Teresa le sirvió, después de todo, para hallar sentido a sus ideales, a su vida y a su muerte. Tres décadas habían pasado después de los acontecimientos de Bolivia y con el tiempo su visión del mundo seguía firme, conquistando su propio corazón.

Sus ideales seguían incólumes en los anhelos y las esperanzas de los desposeídos, de los chicos de la calle, de los ancianos que la observaban desde su lecho de muerte en el hospital, desde las voces de sus hijos, los de Teresa.

Pero aquella camiseta con su rostro impreso le enviaba un doble mensaje contradictorio. Por un lado le decía que su lucha se había convertido en un artículo más del megamercado, pero por otro lado le indicaba que el rostro del guerrillero es, incluso hoy, un símbolo de la liberación.

Aún así, estar en un billete cubano, en camisetas y en quién sabe cuántas otras mercancías, resultaba bastante incómodo para el Che. Y fue esta incomodidad la que lo hizo continuar su marcha por la avenida central, hasta llegar a la Universal.

Caminante bajo un cielo trotamundos, como él, quizás también como una Teresa que aventajaba ahora su propia historia y sus dominios. Lentamente se reconstituía en la persona que era y las esencias que conectan la humanidad femenina con la humanidad masculina encontraban ahora en esta nueva persona, Ernesto-Teresa, una flor de acracia en el país de las apariencias, que es Costa Rica.

Se detuvo por un instante e ingresó en el almacén. Preguntó por la sección de libros y fue al segundo piso. Entre los libros de segunda mano encontró varios textos de Regis Debray y otros libelos contra Fidel y la revolución cubana.

Incluso se divirtió mucho con el Manual del perfecto idiota latinoamericano, que había hallado junto a la literatura religiosa.

En un estante escondido en la parte trasera de la sección, encontró un texto cuyo título lo sorprendió sobremanera: "Vigencia y mito de Ernesto Che Guevara", escrito por Helio Gallardo.

Al hojear el libro descubrió con sorpresa algunos párrafos que lo impresionaron profundamente, pues recogían, treinta años después, la esencia de su pensamiento:

"El único mundo propuesto por el mercadocentrismo es estructuralmente asimétrico y excluyente. Desde luego, un único mundo capitalista no puede ser universal. El mercadocentrismo es, sin discusión, una forma de imperialismo".

Pero quizás el que más lo conmovió fue:

"La guerra es un trayecto de autodignificación. El amor de Guevara a los individuos que personifican a las lógicas e instituciones de la dominación en lo que tienen de posibilidad y potencia humanas. Cuando se rechaza este amor, se niega asimismo lo que existe de humano en uno mismo".

El combate como opción para la vida, pero no como un fin en sí mismo. Aquellas frases desnudaban la humanidad del Che y la humanidad de la Humanidad, más allá de su cuerpo de mujer o de caimán barbudo.

Tomó el librito y lo escondió entre su vestido, pues no cargaba un cinco para comprarlo. Salió de la librería y se dirigió nuevamente al hospital.

Cuatro
Cuando llegó, Jazmín lo esperaba con impaciencia. Los médicos preguntaban por Teresa y su marido había llegado a buscarla al medio día, justo después de salir.

Al Che le importaba muy poco la expectativa, pero al ver la cara de preocupación de Jazmín, comprendió la precariedad, el sometimiento y la injusticia que en su nueva condición de mujer todo aquello le acarreaba.

No dijo una palabra y siguió de largo. Tomó las hojas de control de pacientes y se dirigió hasta una viejecita que se hallaba al final del salón.

Era una anciana de cien años que al verlo llegar le tendió la mano, como si la estuviera esperando.

Teresa la miró con dulzura y le preguntó qué necesitaba. La anciana casi no podía hablar y le pidió que se acercara. Guevara se puso de cuclillas y acercó su oído a los labios de la mujer.

- Está muy lindo... -musitó la vieja.

Teresa apretó la mano de la anciana y secó su frente con una toalla.

- Descanse, abuelita -respondió.

La anciana le sonrió, diciéndole:

- Sabe qué, doctor. Mañana se acaba el mundo.

Guevara no entendía por qué le había llamado "doctor".

- El mundo empieza y se acaba todos los días -contestó el Che. Cada día termina y renace otro día nuevo. Y yo, por lo menos hoy, he decidido hacer algo por mi vida.

La anciana lo miró con extrañeza y replicó:

- Me gusta mucho su sonrisa. Pero, ¿usted sabe quién soy yo?

Teresa le dio un beso en la mejilla y se alejó, pues un médico había llegado a examinarla.

Horas más tarde, el Che se acercó a Jazmín para preguntarle acerca de la viejecita.
Jazmín no supo darle mayor información. Solamente le dijo que la anciana había sido recogida cerca del relleno sanitario de Río Azul, gravemente enferma, pero que se recuperaba con velocidad, a pesar de su edad avanzada.
Casi a la hora de salir, Teresa-Guevara buscó nuevamente a la anciana, que se puso muy contenta al verla llegar.

Le pidió que le contara un cuento de su infancia, pero eso sí, que le diera la mano mientras se lo narraba.

Teresa accedió y se sentó a su lado para contarle historias de los indios del Quiché. Lentamente la viejecita cerró sus ojos y se fue quedando dormida. Guevara corrió su mano y en silencio se retiró de la cama. No obstante, cuando empezaba a alejarse, escuchó que la anciana lo llamaba, casi susurrando:

- Doctor, doctor...

El Che retornó hasta el lecho de la mujer y habiéndose acercado lo suficiente, la anciana le dijo:

- ¿Sabe qué? Usted es mi doctor preferido.

El Che no comprendía, pues su aspecto era claramente el de una joven enfermera. Pero antes de permitirle contestar, la mujer agregó:

- No diga nada, doctor, porque yo sé quién es usted.
Guevara se estremeció profundamente, pues en efecto se había sentido reconocido.

- Y además -continuó la anciana-, es cierto, mañana comienza el mundo.

El Che sonrió una vez más y le pidió que descansara, prometiéndole regresar al día siguiente. Pero antes de marcharse, la viejita volvió a preguntarle:

- ¿Usted sabe quién soy yo?

Guevara la miró con dulzura y le dijo:

- No, abuelita, no lo sé. ¿Quién es usted?

- Me llamo Esperanza -le dijo. Soy Esperanza de Río Azul y tengo ciento cinco años.

Teresa enjugó una lágrima que derramaba el Che y se despidió diciéndole: “Descansá un poquito, Esperanza. Mañana nos veremos otra vez y haremos una historia nueva”.

Las mellizas (inédito)

Alfonso Chase Brenes

Nunca les dijeron gemelas. ¡No! No se sabe el porqué, o cuándo, empezaron a decirles mellizas. Donatella y Viviana se llamaban. Y una era mayor que la otra por algunos minutos. Eso las definió en carácter y hasta la manera de ser en los gustos. Mientras que a una le atraía lo oscuro, Viviana, a la otra la volvían loca los grises o algunas veces el blanco, como si fueran dos polos de un mismo globo terráqueo, porque, además, en cuanto a manera de pensar, una era el Ártico y la otra el Antártico. Pero se llevaban bien. La madre, enfermera, se fue contratada a los Estados Unidos y nunca volvió. Su marido, que era mayor que ella, terminó de criarlas y parece más bien su abuelo. Nunca les prestó atención y se criaron solas, velando la luna por la otra e intercambiando postales desde niñas. Las dos eran como muñecas, decíamos nosotros en el barrio.

Como barbies chiquitas, con vestidos de vuelitos, que les hacía una hermana de su madre, que empezó trabajando en una fábrica, por Barrio Cuba, y terminó poniendo un Se reciben costuras en la ventana de su casa, como a cien metros de donde vivían las hermanas, pero por el carácter de don Jovel, no acostumbraban a quedarse mucho tiempo en el hogar de sus sobrinas. Nadie supo nunca por qué se fue la madre y menos el porqué se había esfumado, pues ni las cartas mandaba y parecía que se la había tragado la tierra. Alguien, de Pérez Zeledón, viviendo en New Jersey, contó que se había hecho cristiana y asistente de una antigua cantante que, reconvertida de la farándula, se dedicó a viajar por todos los Estados Unidos y que cuando murió la pastorcita, la mujer se hizo cargo de la iglesia. Pero sobre esto no hay ninguna información segura.

Las mellizas eran, desde chiquitas, muy coquetonas. A los doce años ya parecía que tenían como quince. Estudiantes de colegio, muy aplicadas, andaban siempre juntas. Nadie sabe cuándo se fijó doña Judith en ellas, pero parece que las invitó a su casa a tomar café o a conversar. Y así empezó la cosa. Eso dijo don Jovel, cuando se destapó el asunto por la prensa, aunque era la comidilla del barrio desde hacía como tres años, sobre todo por las risotadas de los taxistas piratas, que no daban abasto trayéndolas y llevándolas, de un lado para el otro, siempre las dos juntas, como que eran mellizas. Todo esto cuando apenas tenían catorce años y seguían aplicadas y estudiosas en el colegio, indiferentes a cualquier comentario y sin hablar con casi nadie en la alameda en donde vivían.

De barbies chiquilinas pasaron a convertirse en muñecas juveniles y ya desde los once se maquillaban, nunca para ir al colegio, sino cuando llegaban a su casa o algunos hasta las vieron hacerlo en la pulpería de una amiga de doña Judith, que ahora lo sabemos, servía de punto de reunión para muchas otras chicas del barrio, casi de la misma edad que ellas, cuando todo se alborotó en la prensa: la escrita y la de la tele, como comentaban las vecinas y me comentaron a mí después, con pelos y señales. No. No tenían novio fijo. Solo la amistad de algunos carajillos, que merodeaban cerca de las dos, pero que nunca agarraron nada, simplemente porque no tenían nada qué ofrecerles, o ellas se hacían las rogadas y solo los usaban de lámpara, no fueran a decir los vecinos que eran lesbis, o que, de estar tanto juntas, no podían vivir la una sin la otra, o esas cochinadas que se comentan en el barrio, ahora que todo ha pasado, y ellas solo son parte del recuerdo o de las habladurías, que no duraron más de un mes, cuando mucho.

La casilla, la casita más bien, empezó a transformarse. De estarse casi cayendo se fue convirtiendo en una hermosa chozona, con muro, ventanas transformadas, alambre navaja, pintada de color teja, con el jardín convertido en un muestrario de plantas y flores, orgullo de don Jovel e indiferencia de las mellizas. A mí me saludaban siempre. Eran atentas y selectivas, pero más bien indiferentes con todo lo que las rodeaba, como ocurre con las chicas a los quince años, que tienen la mirada fija en ellas mismas: en la cara, los pechos… No eran pechugonas y detestaban a las modelos con implantes, porque no les gustaba lo artificial, sino lo natural y producto de los ejercicios del gimnasio, al que estaban inscritas, las dos, desde los trece años. De las piernas ni hablar: casi perfectas. Uno lo podía comprobar solo con verlas con la enagua de colegio, que les quedaba talladita, sin ser por eso exagerada y con las medias a media rodilla. No. No usaban pantalones. Nadie las recuerda con las piernas tapadas, sino que casi desde los diez años comenzaron a usar minis, que se les veían muy bien y tenían locos a los viejos del barrio, que salían a pasear al perro con tal verlas de pierna cruzada, en alguna banca del parquecito, sabiendo las dos, Donatella y Viviana, que están como querían, es decir: para comérselas.

Si usted no las conoció de cerca, podría pensar que eran mudas. Saludaban con la ceja, las dos juntas, y a veces me cerraban el ojo, pícaramente, con una cierta complicidad que parecía decir: sí, sabemos lo que estás pensando, pero nosotras también sabemos lo tuyo, viejo cochino, pero sin nada que nos sobresaltara y más bien con un cierto dejo de risa nerviosa, común entre las personas del barrio, donde todos sabemos lo del vecino, pero ¡ay! del que se atreva a decir, en voz alta, los secretos que se pasean por las alamedas, a no ser en uno de esos pleitos que tienen consecuencias para toda la vida y en donde usted no le vuelve a hablar a su vecina por cuarenta años, y es capaz de envenenarle el gato al menor descuido y reírse, detrás de las cortinas, ante el llanto y las maldiciones de la anciana al recoger al animalillo, tieso como un palo.

Lo último que vieron entrar a la casota fue un televisor de plasma, pues antes ya estaban suscritas a la televisión por cable, del cual se guindaron algunos vecinos a los cinco días de haberlo puesto la compañía. Para ese tiempo ya usaban zapatos de plataforma, altísimos, relojes rosados, que se intercambiaban, vestidos de marca, ellas que antes usaban ropa hecha en casa o comprada en tienda americana, en la sección boutique. Don Jovel se dejó decir que la ausente les mandaba algunos dolarcillos al mes. Pero el cartero nos contó, luego, que nunca, en cinco años, había dejado una sola carta en esa casa: ni siquiera para Navidad.

Un muchacho, resentido con las dos, empezó a regar el rumor de que seguro eran masajistas, o bailarinas de barra, pero, cosa rara, seguían yendo al colegio con uniforme y sin pizca de maquillaje, medias hasta las rodillas y todo lo que usaban las hacía verse impecables, como si fueran alumnas de un internado religioso, aunque nunca se les vio en misa, ni en un templo, ni siquiera cuando los Hare Krisna abrieron lectura de libros santos, dicen ellos, en una cochera alquilada.

Eran absolutamente indiferentes a todo lo que no fuera ellas mismas: su casa, la tele por cable, una enredadera que sembraron juntas y cuidaban por separado, haciendo de don Jovel un hombre invisible, sentado en el sillón que le compraron, viendo tele de las ocho de la mañana en adelante, experto en todas las noticias del mundo, porque las nacionales, decía, eran puros rateros robando cámara, con un chuica tapándoles la cara.

Las labores de doña Judtih, de tan conocidas y variadas, no tenían una explicación convincente para quienes veían el trasiego de auto, taxis, porteadores, vanetes piratas, escarabajos o hasta motocicletas, de esas de servicio de recibo y entrega de mensajes. Todo el barrio imaginaba múltiples asuntos que se ventilaban puerta adentro. La citada señora con teléfono celular, dos, tres inalámbricos y hasta uno antiguo, como de colección, que siempre estaba sonando intermitente, como afirmaban sus vecinas más cercanas, dos simpáticas beatas, hermanas, las que aseguraban que se les aparecía la Virgen los fines de mes, para darles mensajes que ellas reproducían en fotocopias, con la propia letra de la Santísima, y a quienes doña Judith favorecía con dádivas, según decía el dueño del bar de la esquina de la cuadra.

La verdad es que nadie vio nunca a las mellizas acercarse a la casa de la doña. Pero aparecieron con teléfonos celulares, de última tecnología, y parecía que se pasaban hablando las veinticuatro horas del día, aunque, justo es decirlo, no más entraban al colegio los apagaban y guardaban en sus mochilas de marca, para seguir la conversota a la salida de las clases.

Últimamente las mellizas parecían idénticas. Tanto en uniforme como en vestido de calle. Como si hicieran grandes esfuerzos para parecer igualitas, aunque una tenía un pequeño lunar cerca del labio superior y la otra en la mano izquierda. Pero nadie exhibe su identidad en lunares, y fue así como nosotros perdimos la cuenta de cuál era Donatella y cuál Viviana, que llegaron a parecer una misma persona, diferentes, eso sí, en algunos detalles, como si en lugar de ir entrando en años, se fueran haciendo más niñas, por arte y magia del maquillaje, parecidas a esas chiquitas que sus mamás, de necias, insisten en vestir como reinas de belleza cuando todavía usan babero y que a veces hasta se roban los sátiros y las dejan tiradas en cafetales.

Antes de Semana Santa empezaron a llegar al barrio unos muchachones, encorbatados, preguntando cosas raras sobre doña Judith y su casa. Al principio todos nos hicimos los tontos, pero poco a poco las vecinas aflojaron el pico, y a pesar de que la señora vivía ya en una fortaleza, que por los gastos en agua hasta parecía que tenía una piscina adentro, poco a poco uniendo los chismes, de todos conocidos o inventados, para decir lo que se dijo. Empezaron a merodear carros sin placas, algunos hasta polarizados, esperando como que algo sucediera. Pero no pasaba más. Solo el montón de autos, yendo y viniendo, vacíos algunos, otros con mujeres adentro, chiquillas la mayoría, que no se bajaban, sino que solo lo hacía el chofer. Este tocaba el timbre, doña Judith salía, hablaba unas pocas palabras y les daba un papelito, que nadie supo nunca qué decía, y se iban veloces a algún lugar desconocido.

Luego se destapó el tamal. Que a las mellizas las encontraron en un condominio, por Escazú, gritando como locas: se murió, se murió, se quedó como muerto, por todos los pasillos del edificio, hasta que la seguridad las descubrió vestidas como niñas de escuela, sin zapatos, mientras el viejo permanecía en la cama, desnudo, con los ojos viendo para el cielo raso… Y cuando llegó la investigación judicial, ellas contaron todo. Muertas de miedo, temblando Donatella, descompuesta Viviana. Y luego aparecieron los forenses, ellas ya en la planta baja, curioseadas por los guardas de seguridad, que se sonreían picarones y se hacían los tontos, porque ya conocían los gustos y las pachangas del viejillo, y en lugar tan caro y elegante no pasaba nada: todo era de puertas para adentro. Y como el gringo les daba su propinita, ellos preferían hacerse los ciegos, para dejarlo todo a la imaginación, de lo que allí realmente sucedía.

Minutos después de lo de Escazú, los muchachones que merodeaban la casa de doña Judith, orden de juez en mano, botaron el portón, la puerta de entrada, y le cayeron a la doña, encontrando a otras dos chiquillas, en proceso de maquillaje, en la sala. Y decomisaron todo. Desde los teléfonos celulares hasta las libretas, que en número de seis, tenía la mujer guardada en un clóset con doble llave. Se la llevaron junto con una prima que estaba por esos días haciéndole visita. Doña Judith muy elegante, la frente en alto, sin permitir que le tocaran siquiera un codo, vestido sastre, tacones altísimos, con un carterón nuevo, saludaba a las dos vecinas beatas, al despiste, y como diciéndoles: rueguen por mí ahora¸ cabronas, que se quedaron sin ayuda y sin fotocopias de los mensajes de la Santísima.

¿Y las mellizas? Estuvieron detenidas solo unas horas. Todavía vestidas de barbies infantiles, regresaron en patrulla al barrio. Don Jovel, que siempre se hizo el tonto, siguió haciéndolo, como si allí no hubiera pasado nada. En el barrio, luego de ver las noticias en la tele de la noche, cerraron bien las puertas y en más de una casa se oyeron gritos y hasta pescozones, de madres y padres golpeando a las hijas. Pero luego todo volvió a su nivel normal. Las mellizas se pasaron a estudiar a un instituto, más mudas y hasta altaneras, según dijeron unos vecinos.

Luego, para la Navidad, parece que comenzaron a ir a una iglesia evangélica, y se hicieron cristianas renovadas, para furia de las dos beatas, que les dejaban los mensajes de la Santísima, en la noche, dobladitos en un resquicio del portón. Finalmente, no se supo de ellas. Antes de la Semana Santa, al año de todo lo ocurrido, parece que la iglesia las mandó a los Estados Unidos, para que trabajaran como niñeras, en Patterson o en Kansas (no quedó claro), de acuerdo con un programa de divisas que tienen las iglesias entre aquí y allá. Otros dicen que no más al llegar se dedicaron a buscar a la mamá hasta que la encontraron en Ohio, cosa que no le hizo mucha gracia a la señora que ya había hecho otra familia. Algunos, más exactos, si así puede decirse, se las encontraron en Nueva Cork en el Deep Club o en El Tropicana, como bailarinas, al lado de Don Omar o Daddy Yankee, especialistas en el perreo, amigas de la DJ La Callejera, o de Lenin Vladimir, del que se dice son sus novias, según contó otra chiquilla a la que deportaron hace unos días.

Don Jovel sobrevive a todo. Nunca se dio cuenta de nada, aunque dice el cajero del banco, que maneja una cuenta millonaria que le dejaron las mellizas, para que no se muriera de hambre.

Saca a pasear un perro todas las tardes. Riega el jardín, que ahora es un charral. Poda la pasionaria, que ya es una enredadera que cubre todas las ventanas, y sigue viendo televisión de ocho a ocho.

¡Ah! Y ahora sí recibe cartas. De vez en cuando, dice el cartero.

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La tristeza

Anton Chejov

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
- ¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
- ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!
- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
- Sí.
- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

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Grumus

Mario León Rodríguez

En cuanto te precipitas en los cincuenta comienzas también a presentir que el sexo tiene un fin, y lo que es peor, lo que en términos de humanidad resulta absolutamente incorrecto: te enteras de que serás testigo de tu propio derrumbe: ¡Invitado a tu propia muerte!
Sin embargo, no es necesario dramatizar. En cuanto a mí no tengo inconveniente en dejar esta vida, siempre que sea sin molestar a los vecinos.

Guillermo Fadanelli, Lodo.

¿Un sueño, el mejor de los mundos posibles, el sueño de todo hombre de cierta edad?
Tiempo, decadencia absoluta. Un presente lacerante, úlcera que le carcome los ojos hasta ablandarle el cerebro, hasta volverlo mierda.

Todos sus años le gotean encima, ácidos como agujas de veneno, veneno para ratas. Venenosas puntas que rasgan la vida, los muchos años que avejentan esta comparsa, parsimoniosa exhibición de pus revuelta con mierda fantasiosamente aderezada con anécdotas y uno que otro desafuero de los que no se cuentan, los que se enlutan y entierran sin cabida en la ridícula foto del día a día.

Con mucho: fantasía. Pero irreal es mucho decir, sobre todo cuando se carga a cuestas con el inútil fantoche que hasta el espejo devuelve asqueado, famélica sombra que un sol omnívoro recorta contra las aceras, su más sensible broma, sutil aunque ácido sentido del humor. Cincuenta y tres años, contando huesos con piel, hígado resentido, úlcera, el cansancio de tantos días malgastados en su parsimoniosa auto negación. La auto flagelación como una extensión del monólogo, la gloriosa auto inmolación cuando se visualiza a sí mismo crucificado ante el escarnio, ante las tres pe eme de un viernes sin la esperanza de una cerveza redentora en domingo de resurrección, ante las putas que vienen de fiesta con la Magdalena... Aquellas putas... tan fácil. Pagar, coger, huir... Y su vida, desde estudiante, fue eso: comercio de putas, transar, pagar, coger y volver a un colchón... lo único que cambió para mejor en el transcurso de su vida fue su colchón, dependiendo de que se hospedara en una pensión, una casa de huéspedes, un hotel, la casa de unos conocidos... ¿Casa? No, nunca tuvo. Decía que tener casa era como echar raíces y cuando uno se asienta en suelo fértil nace, crece y muere.

Su vida fue... Su vida es un comercio de putas. Pero, bueno, el oficio de las putas es meritorio; hay putas que han fecundado los ojos a muchos; las hay que han hecho reverdecer las ramas secas hasta volverlas brazos y manos sedientas, como perros de furia, de otras pieles, otros calores que nos alucinan en un interminable viaje de cuerpos, besos, promesas, jadeos de madrugada, unos pasos firmes plantados por unas piernas que nos arrastran a puerto seguro. Pero no, su vida es un comercio de putas en el peor de los sentidos.

A pesar de sus cincuenta y tres, con todo y su intelecto, a pesar de su juventud que pudo ser desbordante con todo y aquella caricia tenue y cálida que en algún momento se le escapó, un momento de debilidad, desamarró su cerebro. La historia de la literatura francesa se quitó el antifaz abandonando el baile de máscaras, Sade insistió en quedarse llenando las copas con las últimas botellas... En algún momento, con todo y el cachivache de su vida, acarició con ternura a aquella puta teñida, sí, la de los dientes delanteros separados, ¿Mónica?, sí, porque solo una profesional puede llamarse Mónica. ¿La amó? No, él nunca amó. Dice que todo eso está en desuso.

(Donatien: ¿descorchamos otra botella?)

Sus días se sucedieron como sucede un genocidio, absurdamente.

Brutal. Grotesco. Su aliento se tornó soez como la peste, soledad que se bebe a vasos llenos. Terminó recitando el mismo curso sobre literatura década tras década, el mismo horario, de vez en cuando una camisa nueva, poco ejercicio, a no ser por la caminata mínima desde su cuarto alquilado hasta la facultad, masturbaciones nocturnas cada vez menos pero siempre a oscuras. Su mano apaga la lámpara y cae pesada sobre un pene erecto a medias que responde más por costumbre que por deseo. Con fuerza, arriba abajo, duro, rápido, eyacular en el pañito que para tales efectos mantiene en su mesita de noche. No hay placer: se riega sin emoción, limpia y duerme el sueño de los vencidos.

Horario, rutina, el mismo curso década tras década.

¿Alexandra, qué significó para él? Nada, los demás nunca significaron gran cosa, en realidad nada. El infierno según Sartre, esto o lo otro dependiendo de la lectura del momento. Se construyó un mundo ficticio actualizado a través de la lectura, apenas interrumpida por los lentes de plástico liviano de sus anteojos. En algún momento se soñó sodomizando a Emma Bovary; incluso, en un momento de culpable debilidad, fantaseó que mamó la picha de Miller mientras éste le insulta gritándole puta, puta hedionda y barata, putilla del Sena, mama la picha del genio. A fin de cuentas, solo el sudor era testigo de estos desafueros.
¿Escribir? Lo mínimo. Artículos para currículum donde repite lo que fulanito había dicho de zutanito en relación a lo dicho por menganito que fue alumno de aquel y el otro que negaba a fulanito. Su voz se desgastó hasta volverse magistral.

Duerme solo.

Desayuna solo.

Lee maquinalmente sin involucrarse, cuenta las páginas y suma los tomos de libros como queriendo batir un record, colecciona citas que luego arma en un artículo. Para almorzar cualquier cosa, no más de lo permitido. Alcohol nunca. Su pene se enrosca entre sus piernas, mohoso, oxidado, barco inservible que alguna vez soñó con tempestades y naufragios.

Al contrario de él, Alexandra tenía un clítoris en forma. La mezclilla en talle bajo muestra un ombligo como prueba fehaciente de su humanidad. Escultórica. Puta. Frívola. Sin comentarios inteligentes.

Esto último fascinó a nuestro solitario. Sueña con castigarla, someterla a vejaciones, sangrarla y cauterizarle las heridas con parafina caliente, empalarla mientras le rebana lentamente las tetas en tajaditas, finas lonjas para freírlas en aceite de oliva con hongos y cebolla finamente picada. Su fantasía de castigo termina apenas derrama sus gotitas de leche rala, duerme. Duerme como un niño.

El desplante del cruce de piernas fue lo peor. Una minifalda y esos muslos sin medias que se cruzan gimnástica y rítmicamente, en el primer pupitre... justo frente a él.

¿Chantaje? Sí, llevarla al cuarto y ofrecerle la nota del curso a cambio de una mamada, que se deje sodomizar mientras grita y suplica que le saquen esa pinga “enorme”, cagar abundantemente sobre su limpio e inmaculado rostro, obligarla a comer mierda, llamar a los vecinos y a desconocidos para organizar una pequeña orgía con énfasis en el maltrato. Él servirá bebidas haciendo de anfitrión ante el espectáculo de la humillación, ¿quién sigue?, ¿el joven de la camiseta blanca desea repetir?, ¿ya terminó?, ¿un cafecito o un traguito?, séquese el sudor mientras descansa.

Esclavitud. Se riega y vuelve a la duermevela recordando esos muslos firmes que se frotan como insultándolo.

No terminó el curso. El profesor atrapado en un domingo que suena a fracaso, como cada uno de los días de su vida, se zambulle en una cloaca de silencio espeso, al lado una hoja en blanco y un lápiz. Sucio. Se siente sucio, recuerda a su madre cuando le lavaba la boca con jabón porque decía lo que no debía; quiso apalearla, a la Alexandra, escupirla y vaciarle la leche en su jeta entre los estertores de la agonía. Nada hizo. Nunca hizo nada. Sujeta el lápiz con la punta hacia arriba, firmemente; con un limpio cabeceo se perfora el ojo derecho mientras con su mano izquierda empuja su cabeza guiando la punta de grafito hasta su cerebro.

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El poema que se cae

Geovanny Debrús Jiménez

Dicen que debo hacer un poema que no se caiga… ¿y si me caigo yo, cómo no el poema? El poema es una bala que debe fulminar la piel del lector, dicen por ahí. Pero… ¿quién es el lector? ¿Otro poeta? Al menos en Costa Rica así pasa, como “un poema que se cae”, título con el que había participado en el Premio Julián Marchena.

Eso elucubraba recostado a la barra, esperando que José María se animara a decir algo.