La
ejecución
Alexandra Fernández*
Hoy es el último día de mi vida. A lo lejos veo a mi verdugo
que se acerca a mí sin dejar de mirarme. Lo he visto cegándole
la vida a otros condenados como yo. Se estremecen mis extremidades,
pero mi verdugo no lo nota, o tal vez no le importa. Sé que ha
llegado mi día porque aquí está, a mi lado, afilando
su arma. El sol arranca destellos luminosos al filo de la hoja metálica
haciendo bailar las partículas de polvo bajo un haz de luz. Es
irónico que algo tan hermoso haga algo tan horrible. Inmóvil
donde estoy, sin posibilidad de huir, siento la muerte acechándome.
Reflejada en el hierro me parece ver a la muerte sonriéndome,
como si tratara de calmarme.
Mis compañeros me miran compasivos, así como yo miré
con compasión a los que murieron antes. Ahora es mi turno consolarlos.
Hoy no mueren ellos, muero yo. Pero al igual que yo ellos también
sienten miedo, porque saben que algún día les llegará
la hora. Y los siento contener la respiración como la contuve
yo cuando presencié otras ejecuciones. No me dicen nada, porque
no hay más nada que decir. Sólo miran, temen y callan.
Le suplico a mi verdugo que no me mate. Me ignora. Le pregunto entonces
por qué va a matarme. Sigue ignorándome, como si no pudiera
escucharme. Simplemente se pone de pie con su arma en la mano. El hierro
está listo. Mi verdugo prueba el filo. Yo ruego en silencio que
esta vez sí sea un corte limpio, para que todo termine pronto.
Y recuerdo con nostalgia las soleadas tardes de mi infancia y las lluvias
frescas de mi juventud, el canto de los pájaros en mi madurez
y el susurro del viento en mi vejez. Son tantos años los que
he vivido, tantos más que me quedan por vivir, que parece mentira
que hoy todo termine. ¡No quiero morir! Aún no logro resignarme.
Al sentir el filo del hacha hiriéndome se me sacuden todas las
entrañas. Uno, dos, demasiados golpes. El dolor me invade. Grito,
pero mi verdugo sigue sin escucharme. De pronto ya no puedo oír
nada. Mis hojas, a espasmos, respiran fuerte el aire. Se pone todo negro.
Y en silencio me desplomo agonizante. En el suelo, aún con vida,
mi verdugo empieza a desmembrarme. Me corta las ramas, me desgarra los
frutos. Espero morir antes que empiece a despedazar mi tronco. Lloro.
Muero. Es triste, pienso: ya nunca más volveré a dar flores.
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Cara
`e gato
Leonel Montoya
Álvarez*
Desde el primer día encontré un lugar para Cara `e gato,
nuestro patrono de cuarto. Ese fue mi secreto hasta que los padres definieron
mis nuevos compañeros, y pude revelar su existencia. Fue cuando
nombramos al ecónomo para que recogiera la limosna y se ocupara
de las veladoras, solamente eso, pues de mantel utilizábamos
un pañuelo que doné junto con la imagen y de altar el
piso. El hecho de haberlo donado me dio algunos privilegios: fui el
maestro de ceremonias, si nadie lo estaba utilizando lo podía
tomar a discreción y por la noche era el encargado de convocar
al acto adoratorio. Con el paso de los días el 16 resultó
ser un cuarto divertido, el más piadoso, a criterio de los padres,
seguro al vernos encender las veladoras todas las noches cuando ellos
apagaban la luz eléctrica. Desde el primer día el Padre
Alberto accionaba el apagador sin decir una palabra, solamente apagaba
la lámpara y se marchaba. Mientras nos desvestíamos, estábamos
atentos a sus pasos por el pasillo principal hasta que ya no se escuchaban.
Era entonces cuando encendíamos las velas, colocábamos
la foto recostada a la pared y orábamos más o menos así:
— ¡Oh
Cara è Gato!
— ¡¡Oh Cara è Gato!!
— ¡Si oh Cara è Gato!
Esto lo acompañábamos con movimientos de brazos y torso.
Lo hicimos todas las noches, e incluso al final, cuando ya se iba acercando
la cuaresma, practicábamos postraciones y otras expresiones igual
de llamativas. Eso sucedió el segundo año que vine a vivir
con los padres. Ellos eran estrictos; pero a los pocos días encontré
la forma de entrar y salir del internado, casi a mi antojo. Fue así
como lo encontré el año anterior. Esa noche estuve aburrido,
intenté dormir una y otra vez, cuando me di cuenta que no dormiría
me levanté a ver el paisaje urbano con el fin de encontrar un
poco de sueño. Estuve de pie ante la ventana, viendo las innumerables
lucecillas chisporroteando en la oscuridad. Mis compañeros dormían
sin notar mi ausencia. Quise abrir la ventana para que entrara un poco
de aire, al forzarla se abrió como las puertas, entonces saqué
la cabeza para sentir el viento. Mi cuarto se ubicaba en el segundo
piso, por lo que cuando salí por la ventana, me pude parar sobre
la barda que separa nuestra casa internado de la casa convento. Caminé
equilibrándome sobre el muro. Era ancho y permitía caminar
con poca dificultad. Llegué en dirección de una jardinera,
salté sobre ella y luego al césped. Pasé por el
jardín en silencio. Cuando me dispuse a regresar, me di cuenta
que no sería fácil. De puntillas sobre la jardinera, apenas
alcanzaba a tocar el filo del muro con las yemas de los dedos. Decidí
saltar y a los pocos intentos quedé colgando de mis manos, ocupé
un esfuerzo tremendo para levantar mi cuerpo solamente con mis brazos,
hasta que puede apoyar el pecho. Experimenté una sensación
de alivio cuando me sentí atravesado sobre la viga corona de
la barda del convento. Entonces me preparé para incorporarme,
con el fin de desandar el muro hasta la ventana del cuarto, y fue cuando
lo descubrí enrollada como un cigarro muy delgado, oculto entre
una grieta del block. Por el lugar en donde lo hallé, ¡supe
que era importante! Una vez en mi cuarto, de pie a la luz de la ventana,
desenrollé cuidadosamente el papelillo y lo vi por primera vez.
Esa noche lo guardé debajo del colchón, varias veces me
desperté con el fin de contemplarlo con la claridad de la madrugada.
La luz era débil y no pude verlo con nitidez. Por fin, después
de muchos intentos, me quedé dormido. A la mañana siguiente
lo olvidé, asistí a clases como de costumbre. Fue por
la tarde, estando de pie en el jardín de la noche anterior, cobré
conciencia de mi locura, “¡me pude haber descalabrado!”, pensé,
y en ese momento, entre el susto y el asombro, me acordé del
hallazgo que se encontraba debajo del colchón. Subí la
escalera de prisa, llegué al cuarto, ¡por dicha no había
nadie!, lo tomé y lo abrí dentro del baño para
observarlo a gusto. Una vez que lo examiné cuidadosamente, tuve
la certeza de que se debía llamar: Cara `e gato, y así
la bauticé. Desde ese momento me acompañó a todos
los momentos importantes, cuando me bañaba en la mañana
casi siempre estaba conmigo, cuando contestaba una prueba difícil
siempre me acompañó dobladillo en la billetera, en el
lugar que ocupan las fotos. Pero con nadie lo compartí, hasta
el año siguiente que lo propuse como patrona de cuarto y todos
estuvieron de acuerdo. Esto me trajo algunos inconvenientes, como cuando
alguien se estaba bañando y gritaba: “¡Pásenme a
Cara `e gato!” Y había que pasárselo aunque uno lo quisiera
también ¡tan solo para verlo! Pronto se hizo tan popular
entre nosotros, que en el periodo de exámenes le hicimos horario,
de manera que estuviera repartido de manera equitativa. Cuando a uno
no le tocaba llevarlo, iba como inseguro aunque hubiera estudiando a
conciencia. Puede parecer tonto, pero tocar la billetera sabiendo que
estaba allí, daba mucha tranquilidad. Fueron días bonitos
en realidad, hasta la noche que el Padre Alberto entró en nuestro
cuarto sin que lo advirtiéramos, y nos encontró hincados,
con las manos juntas como cuando se le reza a la Virgen, la imagen estaba
rodeada de veladoras y nosotros implorándole bendiciones y todo
tipo de protección. “¡Amén!” repetíamos y
nos persignábamos. El Padre se acercó y fue cuando lo
vio en todo su esplendor: era hermoso sin lugar a dudas, pero él
no lo notó cegado por el sigilo clerical, lucía limpio
de toda inmundicia, puro y simple como una verdad absoluta, de buena
salud a juzgar por su color natural y aspecto jugoso, de líneas
faciales rectilíneas y perfectamente logradas, nacían
y morían con igual gracia y dignidad. De no ser por el dedo del
corazón que alteraba su forma natural y el resto de la mano que
ocultaba su presencia magnífica, tendría aspecto frutal.
¡Era como una visión de otro mundo! Él no tuvo palabras
por un instante, la imagen le dio vueltas en la cabeza rota en mil pedazos,
era como un enorme calidoscopio que no lograba reunir tantas partes.
— ¡Muchachos! —dijo al fin con la voz cuarteada—, ¿qué
hacen adorando ídolos? Nosotros postrados como estábamos,
nos paralizó una fuerza invisible que apenas y nos permitió
respirar. — ¡Nada! — Respondí—, nos despedíamos
de Cara e` gato. ¡Mañana empieza la cuaresma!
Y esa fue la primera vez que vi la vulva de una mujer.
Leonel
Montoya Alvarez
Leonel Montoya Alvarez. Nació en Jicaral de Puntarenas en
1969. De profesión Abogado. Su amor por la literatura se remonta
a sus años de estudiante en el Colegio Técnico Profesional
Agropecuario de Jicaral. Empieza a escribir a la edad de 25 años.
El Cuento Cara è gato es un intento de visibilización,
y por ende reconciliación, con el opuesto como realidad vital.
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La
Niña
Belén
Momeñe*
Miguel se dirige a su casa por una de esas calles donde uno asegura
las puertas del carro. A cada clic siente vergüenza. Parado frente
a un semáforo rojo y la cabeza llena con asuntos del trabajo,
gira la cara a la izquierda. Hay una hilera de teléfonos públicos,
y una pareja abrazada. Nadie más, ellos solos. Una tenue luz
del edificio del banco a sus espaldas roza sus cuerpos. Les mira, se
están besando febrilmente con pasión aparente y fingida.
Ella no debe tener más de trece años y él, dos
arriba quizás. Por alguna razón le repugnan. La muchacha
es gruesa. Está prensada en unos pantalones blancos que dejan
vislumbrar su ropa interior. Las carnes desmadejadas de su cuerpo caen
por cualquier abertura que deja su ropa. Unas greñas se pegan
a la frente y el cabello largo por la espalda parece sucio. Él,
en cambio, es chupado, los pantalones de mezclilla que se sostienen
altos por un cinturón de cuero negro y remaches plata le hacen
pliegues por todos los lados. Lleva botas también de cuero, gastadas,
sucias y grandes.
El
semáforo se pone verde y arranca, pero en lugar de seguir calle
abajo tuerce a la izquierda y se acerca a la acera. Detiene el carro
con el motor en marcha. Continúa mirando el beso y los roces
cada vez más rítmicos de la pareja. Hay algo de la escena
que le tiene magnetizado.
Es un beso sucio, es un manoseo obsceno.
Advierte que se despegan como para tomar aliento. De pronto el muchacho
de un empellón la arroja contra un teléfono mientras ella
intenta en vano mantener el equilibrio. Miguel salta del carro como
si tuviera un resorte, mira a los lados y cruza la calle vacía.
Se dirige apresurado hacia ellos. El joven al verle escapa, ella está
llorando encogida bajo el mueble de acero y la guía telefónica.
Miguel se agacha a su altura y ve que su cara no se ajusta al resto
del cuerpo, es dulce, lisa, perfecta, de niña. La piel alrededor
de sus ojos, en exceso maquillados, se ha teñido del negro que
escupieron las lágrimas. Las pupilas lucen radiantes y oscuras.
Por sus labios aún húmedos caen gotitas como si ellos
por sí solos estuvieran sollozando. Miguel siente una erección
que no puede controlar.
—Ven muchacha que te llevo a alguna parte –dice Miguel en tono desenfadado.
Ella no contesta, parece más asustada del hombre que del compañero.
— ¿Quieres que te acerque al hospital, a la policía? ¿Te
ha hecho daño ese joven?
—No, contesta ella.
—Si prefieres ir sola está bien, pero procura no volver con él,
¿me entiendes?
—No tengo plata para el bus, señor, ¿puede darme unas
monedas? –dice ella entre suspiros extendiendo una mano. Miguel hace
el gesto de sacar algo del bolsillo de su pantalón pero reflexiona
y rectifica para invitarla de nuevo.
—Mejor te acerco, no vaya a ser que te metas en algún problema
por el camino. Quizá el tipo te esté esperando en cualquier
esquina, anda, vamos. –Y con una suave palmada en el hombro le alienta
a moverse. Cuando sale de su refugio la niña le sigue sin decir
palabra.
Una
vez en el carro, ella empieza a sonreír como cualquier chiquillo
al sentirse perdonado. Primero sonríe, después habla.
—Me llamo Yadira y ese era mi primo. El dice que me quiere pero yo no
le amo. Siempre busca tocarme a su antojo para luego maltratarme.
Miguel
ya no conversa, ni sonríe; ese beso repugnante, esa boca sensual
le han excitado. La candidez de la niña disfrazada de cautela
le juega una mala pasada. No quiere saber lo que hace, mil demonios
conquistan su cabeza y la batalla está perdida. Ella le mira
despreocupada.
— ¿A donde vamos? Pregunta. Él sigue un trayecto fijo,
hacia las afueras, a donde nadie les vea.
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este cuento.
*Vasca
de nacimiento y con el corazón sembrado por el mundo, a sus 51
años Belén Momeñe Artola se encuentra en un estado
de beneplácito con la vida. Su afición por la escritura
se inicia en sus épocas de estudiante cuando encuentra en ella
la manera más simple de comunicarse con el mundo. Gran observadora
del día a día lo que más le interesa es aprender
de lo que ve, huele, cata, escucha y toca. El cuento de la niña
no es más que la realidad contada sin censura.
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Éter
existencial.
Antonio
Chamu*
Es
el futuro.
Imagina todo lo que nuestra raza ha alcanzado, las fronteras sorteadas
y los misterios descifrados. Imagina una vez más, pues en la
época de este relato, la raza humana se reduce a dos.
Cómo se extinguió la raza no es la cuestión, solo
la esencia de un diálogo privado de los últimos protagonistas
de lo que alguna vez fue el imperio del animal humano. Mas, debo aclararte
que todo el escenario es blanco, inmaculado, a decir verdad, como el
fulgor de una estrella de radiaciones cándidas, tan puras que
solo se compara con las descripciones de psicodelias bondadosas.
En medio los protagonistas: Ella, la última mujer, tan vieja
que su rostro es una hermosa obra de arte esculpida por las delicadas
manos de Cronos, además, está postrada agonizando.
Él, en su niñez aún, y con la inocencia que caracterizó
nuestra raza que al igual que el polvo puro del mármol, pronto
será esparcida por el aliento irreparable de la Moira.
–¿Cuándo tú mueras quedaré solo? –preguntó
el niño.
–Sí, serás el último ser vivo del Universo –respondió
ella con una voz cansada pero sincera.
–¡No deseo estar solo! –Recriminó con un tono triste y
sin esperanza.
–No sufras –reveló ella– El Creador te acompañará,
y tú heredarás el universo.
–El Creador no habla –sentenció el niño– además
nunca se ha dejado ver.
–Cierra los ojos –dijo con dulzura la anciana– y sabrás que no
es así, El Creador que todo lo hizo estará a tu lado,
nunca nos defrauda, él siempre nos conforta.
–¿Cómo sabré que él realmente estará
a mi lado? –cuestionó el pequeño.
–Simplemente será así, El Creador te confortara a pesar
que no lo veas, a pesar que no te toque, a pesar que no lo sientas y
sin importar que no escuches sus palabras el te susurrara sabiduría,
él esta en todo lugar al que te dirijas.
–Y cuando yo muera, ¿Qué pasará con El Creador?
–Él seguirá ahí, incluso aun después de
nuestra partida, pues él es todo... –La mujer se silenció
por unos instantes, meditó su respuesta y con un tono más
forzado se atrevió a decir– O bien, también morirá
con nosotros.
–¿Cómo podría el Creador morir?
–Él no muere – respondió con voz quebrada - Él
solo existe, mas, podría ocurrir que al morir la última
mente del universo que especula sobre Él, en ese preciso y simple
momento, el Creador desaparezca y todo volvería a ser un éter
existencial...
Poco después la anciana murió.
Los años se deslizaban incansables dentro del reloj de arena,
y el niño se transformó en hombre. El ahora hombre meditaba
las respuestas realizadas a la mujer con obsesiva calma, y se preguntó:“¿Qué
pasaría si lograra concentrarse lo suficiente para dejar de pensar
en el Creador?”. Y meditó esta nueva interrogante.
Pasó mucho tiempo más, y el hombre se convirtió
en anciano, pero sin dejar de reflexionar su idea. Y un día,
descubrió un método para dormir su conciencia y así
no pensar en El Creador. Tenía miedo de intentarlo al principio,
pero la instintiva curiosidad era mucho más fuerte. Entonces
tomó la decisión: dejaría de pensar en El Creador,
solo por la simple incertidumbre de lo que podría pasar. Lo hizo,
fue solo por una fracción de segundo, aquietó su mente.
El anciano abrió los ojos y se percató que todo a su alrededor
estaba en tinieblas, no podía ver nada. Era negro infinito hacia
cualquier dirección que mirase. Sentía que podía
mover sus manos pero no las veía, comprendió que sus pies
estaban allí, pero no sabia en que se apoyaban, debido a la oscuridad
total y pura el anciano se llenó de angustia.
Con el tiempo, la angustia mudó a tranquilidad y luego se volvió
una gran paz en su ser.
Sin pensarlo dos veces gritó con todas sus fuerzas:
“¡Hágase la luz!”
Y la luz se hizo...
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*Nacido
el 11 de febrero de 1979 en San Jose Costa Rica, ha publicado articulos
para La Nacion y ganó un premio de poesía infantil. Psicólogo
de profesión, ha escrito un libro de cuentos de misterio y fantásticos
titulado "Mirando al este". Influenciado por Edgar Allan Poe,
Cortazar y Borges.
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El
techo de pico
Karla
Sterloff U.*
Para
mí los recuerdos viven en el techo. Pero es mejor decir que viven
en la cabeza de uno, para que la demás gente entienda y diga,
ajá, claro, los recuerdos.
Yo no tengo muchos, sufro de una amnesia trágica, lo cual me
hace atesorar los pocos que quedan guardados en el techo donde nadie
los puede tocar. Porque que a uno le manoseen los recuerdos, es la cosa
menos entretenida, sobre todo si es el recuerdo de la casa grande, la
que llevo en la cabeza, donde cabía yo con mi hermano, mi colección
de revistas viejas y mis padres.
Acostada panza arriba veo el techo como una gran A mayúscula.
Hace señas y dice, hacia arriba, ve hacia arriba, vuelca el cuello,
niña. Ve hacia la punta: nido de murciélagos, castillo
de arañas con sus telas gigantes burlándose de la gravedad.
Perdida en la cúspide con mis ojos grandes, porque desde pequeña
tuve los ojos grandes y he sido minúscula en el territorio horizontal
de la cama, pienso en lo alto de este techo que hoy vuelve a aparecer
frente a mí como si el tiempo me dejara varada en mis tres años.
Desde ese techo afilado de la casa de Cartago, creí oír
a dios por primera vez. Porque dios debía de vivir en lo alto,
muy lejos de los mortales, como buen voyeur viéndome desde la
cúspide del techo tirada sobre la cama a mis cuatro años,
preguntándole por el cielo.
Y si el cielo era tan feo, tan estrecho, tan infestado de bichos, mejor
no portarse bien. Mejor escribir cuentos, porque ya aprendí a
escribir y tengo seis años y escribo de las cartas más
lindas y más tristes, de las que nunca se envían. Y pregunto
a mi madre que no contesta y papá responde con cuentos felices
de cucarachas y ratones que toman el tren rumbo al carnaval de la Virgen
del Mar. Entonces las preguntas y las cartas se van a Puntarenas y yo
cierro los ojos y amanezco con un año más, aunque parezcan
muchos los que dormí esa noche.
Yo me fui de la casa de techo de pico al borde de los 8. Me fui a un
cuarto grande de techo plano que no fue para mí. Dormí
con mi hermano y con mi mamá en la casa de la abuela Tina. Y
ahora mi madre se decía una mujer divorciada y a mí me
sonaba que eso era triste y malo. Así que pobre mi mamá
tan estrujada en la cama con los dos hijos.
Hoy regresé de la escuela feliz porque es 26 de marzo y ya tengo
ocho. Me tumbo en la cama de todos viendo para el techo chato, pensando
en la casa de pico y en papá que ya no viene a contarme cuentos.
*Karla
Sterloff Umaña. Nació en San José en 1975. Psicóloga
y educadora, actualmente cursando la Maestría en Literatura Latinoamericana
en la UCR. En el 2006 obtuvo el tercer lugar en el concurso de cuento
corto de la Revista Calle 3. Sus cuentos y poesías permanecen
inéditas.
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Las
uñas del paraíso
Tatiana
Lobo
(Imagen:
La autora con Habib Succar-derecha- y un amigo no identificado -izquierda-)
La
mujer viene de otro mar, otros árboles, otros colores de gente.
Viene de un país
sin gradación cromática, paisaje humano mono-tono . Pero
no es esto lo que ella quiere borrar de su memoria. Hay miedos que el
sol aplaca, la arena blanca difumina, el susurro de las palmeras disuelve.
El Caribe, lava.
Para
no perderse del todo de ella misma busca su identidad en los sabores
y los olores. Recorre la playa solitaria. Hasta los muslos, no necesita
más, el agua es transparente y lo que persigue está al
alcance de la mano. Doblada en dos, la nariz a flor de agua, escudriña
entre las algas perezosas la forma redonda de su nostalgia y cuando
la descubre, sumerge la mano. No es cosa de apretar, hay que sostener
con delicadeza, no vaya a punzarse los dedos. No son inexpugnables,
parecen más amenazantes de lo que son, estrategia muy común
entre los seres frágiles. Y con éstos, un pequeño
golpe y la débil cáscara se quiebra. Su final está
escrito. Por el momento hay que tratarlos con guantes y la verdad es
que un par de guantes no vendrían mal para facilitar la operación
de arrancarlos del fondo marino y colocarlos, uno con otro, en la bolsa
de lona que trajo consigo y cuando termina, se va. .
Se
los come sin ningún remordimiento. Coge cualquier herramienta
que tenga filo y ¡zas! decapita el erizo que sigue moviendo sus
púas como si la violencia no fuera con él. Decapitar es
un decir a falta de otra expresión más atinada, el bicho
es pura gónada. En el siguiente paso lava la arena, extrae cuidadosamente
las lenguas amarillas que se deshacen a la menor presión, y las
coloca en un plato hondo. Exprime un limón, coge una caja de
galletas de soda, saca una botella de vino blanco y con todo preparado
para la ceremonia, inicia su ritual. Cierra los ojos y suspira. El fuerte
sabor a yodo y la suavidad fermentada de la uva ayudan a recordar los
mares verdes, oscuros y fríos, ¡cómo no que ayudan!
Ah, se dice, si tuviera un poco de...y luego se arrepiente, no debo
ser tan exigente, esto es un paraíso.
Anochece,
la mujer se levanta, camina a la playa para devolver los fragmentos
de los erizos al mismo mar de donde salieron completos. Observa unos
instantes las evoluciones alegres de un enjambre de peces hambrientos
en la poza donde quedaron las cáscaras vacías. Todavía
se mueven las púas, parece cosa de fantasmas. Regresa, se ducha,
cambia su ropa y se dirige a la parada del bus. Es necesario este cambio
de escenario, no debe aislarse, vive demasiado silenciosa, lejos del
pueblo donde todo es estruendoso hacinamiento. La mujer se sienta en
unas viejas gradas de madera y observa los andares lentos de la gente.
Ya es de noche. Bajo las palmeras, a la luz incierta de velas incrustadas
en el cuerpo truncado de algunas botellas, un hombre corta cocos con
un machete de hoja larga y afilada punta para vender su jugo. Es hábil,
sostiene la dura fruta en una mano, calcula su parte sensible y de un
tajo certero, la desmocha. La fruta se ve entera, redonda, y de pronto
un rayo metálico la mutila destruyendo su plenitud.
Pasa
una niña negra, su minifalda no oculta nada, los largos muslos
todavía infantiles brillan en la penumbra. Mira a la mujer y
se sienta a su lado. Hay un largo silencio sorprendido hasta que la
mujer indaga, por indagar algo:
-¿Sabes
a qué hora viene el bus?
-Viene...viene...ahorita viene....
La
mujer se da cuenta que la niña está drogada, un poco de
mariguana, cultura local, no tiene mucha importancia. De pronto, la
niña dijo:
-Tengo
un problema.
-Ya, seguramente con tu mamá.
-Ajá.
-No te deja salir –La mujer resopla, agobiada por el calor.
-Sí, sí me deja. Salgo todo lo que quiero.
-¿Entonces?
La
mujer pensó vagamente en las notas del colegio y quiso levantarse,
no estaba de ánimo para escuchar las tribulaciones de la adolescencia.
Por inercia, se quedó sentada. Frente a ellas el vendedor había
construido una pirámide con su mercancía y se limpiaba
el machete en la pierna desnuda. La niña explicó:
-Lo
que pasa es que mi mamá quiere que me acueste con mi padrastro.
Necesita la plata para…-Y pareció olvidar lo que iba a decir.
-Sí, es un problema…¿No se te ocurre nada?
-Puedo irme de mi casa.
-¿Y cómo piensas ganarte la vida?
-No sé.
La
mujer concedió, sí, puedes irte de tu casa. Y no insistió
en esa posibilidad ni en ninguna otra para no tener que dar sermones
sobre lo que se debe y no se debe hacer en esta vida, optimismos en
los que no creía desde que tuvo que abandonar su país.
Sintió la curiosidad de averiguar si el padrastro era blanco
o negro, pero como le pareció un detalle intrascendente preguntó
otra cosa:
-¿De
qué color te ves?
La
niña la miró, a la defensiva:
-Oh….
Digo, de qué color te imaginas .Toda la gente se ve de algún
color, verde, rojo, azul…
-¿Y usted? –la voz pegajosa de la niña tanteó por
dónde iba la cosa.
La
mujer tardó en contestar:
-
Amarilla.
-¿Por qué?
-Porque estoy contenta, cuando estoy triste soy morada.
-Yo soy morada -asintió, la niña, muy seria.
-¿Y mañana, de qué color quieres estar mañana?
-¡Amarilla!
Sonrió
y sus dientes fueron la cosa más luminosa que la mujer había
visto en los últimos años.
-Ya.
¿Y si fueras un animalito?
- Sería....sería un conejo. -
- Ah. Ya. Eso está bien, Los conejos son muy tiernos y suaves
pero muy delicados. ¿Y si fueras una fruta?
La
niña había entendido el juego y no necesitaba hacer más
tanteos, así que buscó alrededor algo que le sirviera
de inspiración:
-Sería
un coco.
-¿Y por qué?
No
respondió, le pareció inútil. El bus asomó
por una curva y se detuvo. La mujer se puso de pie.
-¿Me
regala doscientos pesos? –pidió la niña, al ver que se
marchaba.
-No. No te los voy a dar.
-¿Por qué?
-Porque no.
Resignada,
lánguida, la niña hizo un gesto de adiós y dijo,
cuídese. La mujer subió al bus. Cuando llegó a
su casa, notó que desde hacía mucho rato le dolían
las palmas de las manos. Y no por las púas de los erizos, eran
sus propias uñas.
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LA EMBESTIDA
DEL JABALÍ
Rodrigo Soto.
El
Jabalí de la media luna (Cuentos)
Adriano Corrales Arias
Arboleda Ediciones, 2006.
Adriano
Corrales Arias (1958) tiene una larga y destacada trayectoria como poeta,
novelista y animador cultural. Es autor de las novelas Los ojos del
antifaz (1999) y Balalaika en clave de son (2005), así como de
cuatro poemarios. Con El jabalí de la media luna nos entrega
su primera colección de cuentos y relatos, los cuales han sido
elaborados –según se nos informa en la contratapa–
a lo largo de un par de décadas.
El libro está constituido por una docena de relatos de diversa
extensión. Aunque a primera vista podría parecer que entre
ellos no existe unidad alguna, una lectura atenta revela, por el contrario,
que la gran mayoría abordan, de diferentes maneras, el erotismo
y la pasión: así, en líneas generales, lo que nos
presenta el volumen es un variado menú de encuentros y desencuentros
eróticos y amorosos.
En los cuentos de Adriano Corrales, el erotismo constituye una fuerza
incontenible y salvaje, a cuyos pies quedan tendidas las convicciones
morales o políticas, que además disuelve las barreras
sociales, los lazos amistosos y aún los vínculos familiares.
En los cuentos de Corrales, el erotismo es, pues, ese jabalí
que embiste furiosamente en la selva de los convencionalismos y las
normas sociales; es una fuerza profunda que por igual edifica y destruye,
nos pierde y nos redime, y ante la cual los seres humanos somos poco
menos que títeres o monigotes...
Muchos de las narraciones están ambientadas en el mundillo universitario
y artístico; algunas otras, en el escenario más amplio
de la ciudad. Algunas dibujan a los personajes con trazos satíricos
–especialmente si se trata de atacar las jerarquías sociales-,
pero la gran mayoría lo hacen desde una perspectiva que podríamos
llamar, sencillamente, de empatía dramática. El mundillo
artístico y universitario –iconoclasta, heterodoxo, anticonvencional,
a veces decididamente fatuo–, es pues donde Adriano Corrales fija
ante todo su mirada.
Desde
el punto de vista del tratamiento literario, queda la impresión
de que, entre el Adriano Corrales poeta y el Adriano Corrales narrador,
sale ganancioso el primero. En efecto, los textos hacen gala de un cuidadoso
trabajo del lenguaje, a menudo con largas parrafadas plenas de imágenes,
sobre todo cuando se trata de metaforizar la energía erótica.
En cambio, desde el punto de vista puramente argumental, los textos
parecen oscilar entre el cuento –en el sentido estricto-, el relato,
el retrato y, en alguna ocasión, incluso la anécdota...
No obstante, esa riqueza del tratamiento textual siempre los redime,
confiriéndoles la intensidad necesaria para transportarnos, como
lectores, a esos territorios deliciosos y aciagos donde embiste el jabalí.
Y porque en Culturacr.com siempre
le ofrecemos más, a continuación un cuento de este libro
para que se anime a adquirirlo.
L y M
Alberto
estaba sirviendo el tercer trago de la botella de Paticruzao que a duras
penas lograra conseguir para celebrar sus cuarenta años, cuando
Alodia ingresó a la sala alocadamente. ¡Está sucediendo
una cosa terrible! ¡Vamos para la casa! Chica, pero eso no se
hace, estás arruinando mi fiesta, y ni siquiera llegan los invitados.
Nada, es urgente, la bebé se está muriendo y acabamos
de hacer un tremendo descubrimiento. Ni modo Alberto, dejemos el ron
para más tarde. Ni modo caballero, vamos a ver qué sucede
con mi ahijada. Chavelita, luego regreso, voy a casa de las tres hermanas.
Mientras cruzábamos la cuadra para llegar a casa, y en tanto
Alodia le refería a Alberto el estado delicado de su sobrina
de 6 meses, repasé rápidamente los hechos. Hacía
dos meses, luego de grandes dudas y discusiones, había tomado
la decisión de venirme a vivir con Lina a casa de su madre. En
la misma habitaban su hermana menor, Alicia con su esposo René,
y su pequeña bebé, además de Alodia y sus dos hijos:
César y Oscarito. A los pocos días iniciaron los extraños
acontecimientos. Como no teníamos una habitación para
nosotros - no había cama pa'tanta gente - y mientras se limpiaba
y acomodaba el "cuarto de los chunches", Lina dormía
en la habitación de su madre, yo en un catre a un costado de
la sala. Claro, antes de conciliar el sueño, Lina se trasladaba
al catre donde disfrutábamos de nuestros secretos e intensos
juegos amatorios. El calor hacía que me durmiera desnudo, sin
embargo por el pudor de amanecer en el centro de la casa, me debía
vestir al menos con calzoncillos y una camiseta. Pero había mañanas
en que amanecía completamente desnudo y no encontraba mi ropa
interior. Presentía bromas pesadas de Lina. Pero no era ella.
Mis calzoncillos aparecían hechos un puño bajo el colchón
del catre, las camisetas colgadas de las ventanas.
Por esas noches Alodia tuvo la primera visita: sintió que alguien
se posaba en su cama. Despertó y vio un tipo sentado al borde
de la misma. Era moreno, peinado con carrera al medio y con harta brillantina.
Vestía una camisa de cuadros en diferentes tonos de verde. Pero
su rostro no se percibía claramente. Alodia gritó. Todos
nos levantamos alarmados. Musa, la madre, diagnosticó una pesadilla
por acostarse tan tarde y andar pensando en esas tonterías. Sin
embargo Lina también tuvo una visión. Viajando en la guagua
de regreso a casa, una mujer negra desde el fondo le mostraba una sortija.
Recordó que alguna vez en sueños había visto a
esa misma mujer. Cuando se acercó, a la hora de bajarse, observó
claramente que en la sortija, incrustados, estaban su retrato y el mío,
los cuales se intercambiaban, mordiéndose indistintamente. Y
aunque su formación intelectual y su militancia en el Partido
no le permitían creer en la religiosidad popular, fue a consultar
la cuestión con una Santera.
Hay espíritus que no quieren irse del sitio en que vivieron porque
no aceptan estar muertos o porque simplemente no se han percatado de
su paso a la otra dimensión. Incluso hay entes que se enamoran
de personas vivas y hasta son capaces de hacerles el amor. Se trata
sin duda de un espíritu que está enamorado de ti y tiene
celos de tu novio.
Dispersa y atropelladamente Alodia relataba que la noche anterior había
escuchado la voz del visitante nocturno: ¡Allí están,
son L y M! ¡Allí están, son L y M! A ella se le
figuraba que el visitante señalaba hacia afuera, justo donde
quedaba el "cuarto de los chunches". En esa habitación
deben estar. Pero esa tarde, conversando con Tito el Responsable del
CDR de la cuadra, se había enterado que quienes vivieron allí
antes de la llegada de ustedes de la provincia eran dos mujeres, se
llamaban Laura y Marta (¡L y M!). Eran santeras. Yo mismo participé
de la limpieza de la casa después de la muerte de Marta, Laura
falleció anteriormente. Recuerdo el altar, tuvimos que enviarlo
a la basura con todas esas vainas repugnantes que ellos usan, cocos
podridos, tabaco, tierra de cementerio, plumas de aves, huesos. Sí,
chica, eran santeras, y de las que se fajaban.
En la casa todo era un alboroto. La confusión y la incertidumbre
se apoderaron del entorno. Ciertamente la bebé estaba en cuidados
intensivos y los médicos no conocían la causa de su gravedad,
era atacada por un virus desconocido en la isla. Lina había entrado
en un paroxismo extraño y Alodia insistía en abrir el
"cuarto de los chunches" para sacar a L y M. A duras penas,
pues la puerta estaba muy trancada. Alberto y yo lo abrimos. Yo ingresé
pero no había luz eléctrica en la pieza. Salí para
buscar una lámpara o algo parecido. En ese instante la puerta
se cerró misteriosa y abruptamente. La llave quedó por
dentro. En ese momento, justo en ese momento, me convencí de
que algo extraordinario estaba ocurriendo. Por más que insistimos
no pudimos abrir la puerta. Hubo que derribarla a patadas. Revisamos
con lámparas. No había nada fuera de los muebles desmantelados,
electrodomésticos rusos en mal estado, juguetes rotos, libros
viejos, polvo... Alodia insistió en colocar una cruz en la entrada
conformada por dos cuchillos mientras peroraba contra L y M incitándolas
a salir y a enfrentarse con ella. Por primera vez se me puso la piel
de gallina.
Alberto al reconocer lo peliagudo de la situación, y a pesar
de su conciencia obrera militante, propuso que consultáramos
con un primo suyo quien era santero. Pero vive al otro lado de la ciudad.
En ese momento, justo en ese momento, recordé a Pablo, el instructor
de danza folklórica que nos estaba ayudando en la investigación
sobre vudú para el montaje de El Reino de este Mundo de Alejo
Carpentier. Yo estaba laborando como asistente de Dirección en
el Teatro Buendía con la Maestra Flora Lauten. Tenía un
par de meses de conducir la investigación folklórica.
Pablo era un negro imponente, atlético, sin embargo leve en la
escena, suave en la cotidianidad. Siempre me había preguntado
por su edad, aparentaba treinta años, por eso casi me voy de
espaldas cuando me confesó que tenía 55. Hacía
una semana habíamos estado en un "toque" donde por
primera vez vi "caer el santo". Eleguá se posesionó
de Pablo quien, al cadencioso ritmo de los batá, bailaba frenéticamente
escupiendo aguardiente y abriendo el camino del bosque nocturno con
un machete iluminado. Pablo nos puede ayudar. Oíme Alberto, conozco
un compañero que sabe de estas cosas, es un Babalao, vos sabés
que yo no creo, pero él es muy serio y conoce del asunto. ¿Vive
muy largo? No, al otro lado de la bahía, por Habana del Este,
en Cojímar para ser más exactos. Bueno, vamos pa'llá
chico, queda más cerca que Marianao. Pero no se tarden, por favor
no se tarden gritaban en coro Lina y Alodia.
Al abordar el taxi me dije para mí mismo: si Pablo está
en casa esto que estoy viviendo es real, si no está es puro cuento.
Pablito no era tan hogareño que dijéramos, mucho menos
por las noches, pues si no tenía función estaba ensayando,
y si no bailando en algún Cabaret o enamorando alguna mulata
en el malecón. Era un tipo con una energía extraordinaria.
Si está en casa la vaina se complica de verdad. Le dijimos al
taxista que nos esperara. Toqué a la puerta una vez, dos veces,
a la tercera va la vencida: ¡Pero Chico que es esto! ¡Por
tu madre Chico! Pablo cerró intempestivamente mientras escuchamos
sus pasos perdiéndose aceleradamente hacia el interior. Esto
se complicó, me repetí. ¿Qué hacemos? No
sé Albertico, esperar... Transcurrieron un par de minutos...
Pablo abrió nuevamente haciendo una especie de pases magnéticos.
¡Pasen muchachos pasen! ¡Caballero!, ¿pero desde
dónde traen ese muerto? ¿Cuál muerto? El que venía
tras de ustedes, lo sentí desde antes de abrir, por eso tuve
que ir a buscar mi protección. Nuevamente la piel de gallina.
Pasamos a la sala donde estaba el Altar Mayor con sus velas, sus guerreros,
las ofrendas del último trabajo. A ver, cuéntenme qué
sucede. Atropelladamente le expliqué lo que sucedía, Alberto
me ayudaba a hilvanar las inconexas frases. El taxista viene con ustedes...
entonces que se marche porque esto va para largo. Primero una limpieza.
Mientras trasegaba plantas y flores, y suavemente golpeaba a Alberto
con las mismas haciéndolo girar sobre si mismo, mascullando oraciones
incomprensibles, fumando un largo tabaco y vertiendo aguardiente, me
fue explicando lo que según él sucedía y la estrategia
a seguir. Yo sé que tú no crees Chico, ves esto científicamente,
o artísticamente si se quiere, teatralmente según tu trabajo,
pero esto es muy serio, incluso también te voy a limpiar, aunque
el muerto venía tras de éste. Mira, lo que sucede es que
hay un espíritu muy fuerte en esa casa, y es dañino, quiere
echarlos de allí, y está empezando por el ser más
débil, por la bebé, siempre sucede así, si hubiese
un animal, una mascota, ya se habría muerto. Lo que vamos a hacer
es lo siguiente:
Llamó a su mujer, Dianita, una bella mulata de aproximadamente
20 años. Vamos a hacer un triángulo: Dianita, ¡tú
empiezas a preparar el muñeco! La joven esposa obedeció
con inmediatez: corte de la tela, rellenar, coser. Se vistió
ceremonialmente con una túnica color púrpura, trajo un
huevo y comenzó a pasarlo por una diminuta pira desde donde ascendía
un incienso violáceo. Lanzó los caracoles consultando
con las deidades en yoruba o bantú. Pablo no era el mismo, era
otro, se transformaba en un guerrero rumbo a la tierra de la muerte.
Yo me quedaré aquí trabajando. Necesito que llamen a casa
y digan a la gente que está allá: favor colocar muchas
flores por todas las estancias, vasos con agua y ojalá una cruz
de metal a la entrada, pueden ser dos cuchillos cruzados. (¡Alodia
previsora!) Llamé y giré todas las instrucciones. Ahora
ustedes se marchan al hospital con este huevo y el muñeco, ¡pónganme
mucha, mucha, atención! Deben pasar el huevo al bebé por
todo el cuerpo, así, alrededor de todo el cuerpecito, como un
pequeño masaje, luego colocan el muñeco bajo el colchón
de la cuna, o bajo su ropita, y lo dejan allí. Deben salir inmediatamente
y romper el huevo en una palma real o en una ceiba, enterrarlo en un
cementerio, o lanzarlo al mar. No pueden romperlo sino en la ceiba o
en la palma real, y lanzarlo, sino al cementerio, al mar. ¿Está
claro? Sí, pero ¿cómo vamos a entrar al hospital?
¡Son las 11 de la noche! ¡Van a entrar, no se preocupen!
Pero, ¿y si no entramos? ¡Van a entrar!, no se preocupen,
¡van a entrar! Está bien, vamos a entrar, pero, ¿y
si no entramos? Van a entrar, no se preocupen, yo lo sé... Está
bien, vamos a entrar, pero supongamos por un minuto que no nos dejan
entrar, ¿qué hacemos? Van a entrar, se los aseguro, van
a entrar, pero si por alguna razón no pudieran, por alguna extraña
razón, me llaman inmediatamente. Una vez roto el huevo márchense
a la casa, me llaman apenas lleguen. Eso sí, van a tener dificultades
para llegar allá, posiblemente los obstaculicen para llegar o
para comunicarse conmigo. Pero yo me quedaré aquí velando
por ustedes, ¡buena suerte!
Tomamos otro taxi hacia el hospital. Las calles estaban casi vacías.
Llegamos. No había nadie en la entrada principal. Extraño,
muy extraño. Ingresamos por el pasillo central, médicos,
enfermeras, empleados, nos miraban como si nada, como si fuésemos
funcionarios del hospital. Avanzamos por mera intuición, llegamos
a un cruce de vía, ¡al segundo piso! dijo Albertico. O.K.
compadre. Continuamos hasta un nuevo cruce de vía. Debemos preguntar.
Una enfermera nos contestó amablemente. Continúan hacia
la derecha, luego a la izquierda y allí de frente encontrarán
la sala de Cuidados Intensivos. Ciertamente. Allí estaba Alicia
dormitando al lado de la cunita. No fue necesario explicar demasiado.
Ella haría cualquier cosa por salvar a su bebé. Pasé
el huevo, Alicia me ayudó a sostener sondas y sábanas,
y ella misma colocó el muñeco bajo el pequeño colchón.
Un abrazo, lágrimas. Salimos. La noche se había iluminado
con un suave resplandor como si el Caribe se refractara en sus propios
reflejos de plata. Un suave olor equidistante entre jazmín y
salmuera inundaba los jardines del mismo hospital, donde (¿casualmente?)
había una palma real. Con la furia contenida hasta ese momento
estrellé el huevo en el amplio tronco de la palmera. El impacto
proyectó una estrella multicolor con un brillo inusitadamente
intenso, y si no lo hubiese escuchado no lo repetiría: un quejido
ambiguamente humano se perdió por la madrugada. Otra vez la piel
de gallina. Nos miramos más que asombrados y sin ninguna señal
salimos disparados hacia la calle en busca de un nuevo taxi.
Las calles y avenidas de La Habana Vieja se iluminaron más que
de costumbre. El tráfico se amplió, los transeúntes
también. Parecía atardecer de carnaval. Lejos se escuchaba
algún guaguancó combinado con un dulce danzón.
Pero nadie nos "daba botella", ningún taxi aparecía,
si lo hacían pasaban de lejos. Intentamos conversar con la gente
pero no nos respondían, nos evitaban o nos hacían señales
obscenas, y saltando, con terribles flatulencias, enroscados en una
exótica danza, nos daban la espalda. Semejaban fantasmas, zombis
bajando hacia el malecón. Caminamos calle abajo. Caminamos y
caminamos. Más gente bajaba, venían con atuendos estrafalarios,
capotes rimbombantes, sombreros gigantescos. Carruajes extraordinarios
pasaban exhalando humo, autos de carrera con cilindros que lanzaban
pompas de jabón, carretas sin bueyes, caballos desbocados con
cintas rojiamarillas, auriverdes, bicicletas sin ciclistas, pelotones
de arlequines, hileras de mantudos, grupos de monjes sin cabeza, payasos,
acróbatas, beisbolistas, tragallamas, verdugos... La ciudad se
convertía lentamente en un remolino mientras la espuma escarlata
rociaba violentamente la avenida del malecón. Todo giraba como
una tormenta, giraba y giraba como una gigantesca orquesta, cientos
de comparsas alzaban el tono de la música carnavalera, miles
de danzantes se desnudaban por el río humano e iniciaban una
larga cópula entre todos, orgiástica manera de exorcismo
colectivo, movilidad transparente de la cornucopia habanera. De repente
una música de infancia me transportó hasta un tiovivo
azul, carruseles y chinamos de diferentes juegos de azar en pueblos
y aldeas desconocidas. Caminamos y caminamos por veredas y trillos.
Nos perdimos. Cuando el sol salió nos encontramos en pleno centro
de la Plaza de la Revolución.
A duras penas retornamos a casa. Nadie había dormido esperándonos.
Hasta Chavelita vino preocupada por su marido. Nos acribillaron con
regaños y preguntas. ¿Cómo se les ocurre irse de
juerga en estas circunstancias? ¿Cómo de juerga? Nos tomó
tiempo reconocer que nuestras ropas estaban raídas y expelíamos
un desagradable olor mezcla de aguardiente, ron, azufre y desconocidas
hierbas. Las explicaciones fueron inútiles. Pero coño,
¡llamemos a Pablo para corroborar!, salvó crucialmente
la tanda Alberto. Claro, llamemos. Al otro lado escuché la voz
iracunda de Pablito, pero dónde coño se metieron. Él
sí entendió explicaciones. Lo sabía, los tenían
que extraviar. Necesito que se vengan para acá inmediatamente,
ustedes dos, la chica que vio al espíritu y tu novia. Si pueden
tráiganse al marido de la madre de la criatura.
Llegamos a casa de Pablo cerca de las 10 de la mañana. Ya tenía
preparado todo el escenario: limpieza para Alodia y para Lina, nuevos
pases para nosotros. De repente Pablo se retiró regresando minutos
más tarde ataviado con una túnica blanca. Esto se está
complicando caballeros. Vamos a tener que pasar a otra etapa. Mirándome
fijamente confesó: Vas a conocer el lado oscuro de mi oficio,
yo también soy "Palero". No entendí en ese momento.
Vamos a pasar a la segunda planta. Subimos por las escaleras que caracoleaban
en el patio trasero. Topamos con un altar más grande provisto
de machetes, huesos, plumas de aves, caracoles y otros extraños
enseres. Esto sí es de verdad, me dijo Albertico mientras me
golpeaba suavemente con un codo. La atmósfera se cargaba con
el calor del mediodía. Una vez más la piel de gallina.
Pablo explicaba como si estuviese impartiendo una charla para mi curiosidad
y mi investigación hacia el montaje teatral. Ese espíritu
sigue en la jodienda, pero hay más. Lo que sucede es que las
mujeres que vivían en su casa también eran "Paleras".
Cuando un Palero se va a morir, o en caso de accidente, debe tener preparado
el "traslado" de su altar, debe ser pasado a otro Palero,
o en su defecto debe ser llevado a un cementerio y enterrado ritualmente,
o debe ser lanzado al mar. Si esto no se hace, cosa que no hicieron
L y M, las energías y los espíritus que se han convocado
alrededor de ese altar se posesionan del sitio donde estuvo instalado.
Eso es lo que está sucediendo. En este caso se trata de un beisbolista
de los años 30, quien murió de fiebre amarilla y ahora
quiere apropiarse de la casa. Con él también rondan otros
espíritus. Ahora vamos a exorcizarlos.
Pablo hizo un círculo en el piso con toda clase de hierbas y
plantas. Se sacó la túnica dejando su atlético
torso al desnudo, tomó un machete y una botella de aguardiente,
e inició una danza alrededor del círculo. Oraba y vociferaba
en yoruba o en bantú. Parecía entablar un duelo con un
oponente imaginario a quien lanzaba furiosos machetazos y largos escupitajos
de aguardiente. Luego roció las hierbas del círculo con
el aguardiente y les prendió fuego. Un anillo dorado iluminó
la oscura habitación. La sombra del guerrero se refractaba plásticamente
en las paredes. Tomó a Lina de un brazo diciéndole: ¡Salta!
¡Salta! ¡Dentro del círculo! Lina obedeció
como una autómata pero aun no convencida de la acción.
Al poner los pies dentro del aro de fuego lanzó un grito e inmediatamente
saltó hacia fuera. Cayó desmayada. ¡Denle masaje
con este aguardiente! gritaba Pablo continuando el frenesí de
su danza guerrera. Albertico se esmeraba, yo a pesar de ver a mi novia
en ese estado, no atinaba a comprender lo que sucedía. Estaba
aterrado. ¡Ahora tú, salta!, ordenó como un atabal
señalando a Alodia. Esta tampoco estaba convencida si debía
hacerlo. ¡Vamos salta chica, salta, tienes que saltar! Alodia
se precipitó en su vacilación cayendo de rodillas en el
interior de las llamas. Con un salto felino Alberto la sostuvo y la
sacó del círculo conminándola a hacerlo de nuevo.
¡Salta, chica, salta! El rostro de Pablo se había transfigurado,
parecía una máscara de madera del centro de África.
Sus ojos se encendieron con una luz quemadora. Alodia saltó de
nuevo mientras el guerrero la tomaba por la cintura y danzaba con ella
lanzando furiosas e indescifrables imprecaciones. Al mismo tiempo encendió
una vela y sacó un plato blanco de porcelana, el cual iba pasando
con la vela debajo por todo el cuerpo de Alodia en unas contorsiones
fantásticas. ¡Ahora fuera, chica, fuera! Alodia saltó
y cayó pesadamente en el piso perdiendo también el conocimiento.
Lina ya se había recuperado y ayudó a su hermana. ¡Quieren
verlo! ¡Quieren verlo! aullaba Pablo victorioso. ¿Quieren
verlo?, ¡veánlo! ¡mírenlo! ¿Ver a quién,
a quién? ¡Mira tú! La mirada aterradora de Albertico
me indicó que el plato poseía algo demoníaco. Alodia,
volviendo en sí, balbuceó: ¡Quiero verlo, quiero
verlo! No, tú ya lo has visto, dijo Pablo poniendo el plato frente
a la mirada de Lina quien abrió su hermosa boca más que
anonadada. ¡Mira incrédulo!, me dijo mostrándome
la porcelana. Allí, dibujado con el humo de la vela, estaba el
retrato del beisbolista tal y como lo describiera Alodia: moreno, bien
peinado con raya al centro y camisa de cuadros evanescentes. Piel de
gallina. No podía creerlo. Ahora que lo vieron lo mandamos al
infierno. Diciendo y haciendo dio dos volteretas en el aire y con un
extraordinario grito estrelló el plato en el suelo. Los añicos
saltaron por la habitación como lucecillas de bengala. ¡Ahora
a rezar muchachos!, finalizó Pablo, arrodillándose y quedándose
quieto como si el tiempo se detuviese en una flor de loto invertida.
Bajamos. Pablo nos hizo una limpieza a Alberto y a mí, porque
ustedes lo vieron chico, y ahora deben olvidarlo. Vayan tranquilos al
hospital a ver la niña. Mañana temprano llego a su casa
para hacer una limpieza general, preparen cuatro cocos y muchas flores.
Agotados, pero sintiéndonos más limpios y liberados, salimos
de casa de Pablo alrededor de las 4 de la tarde. Fuimos a almorzar a
un restaurante, pero casi nadie comió. En un silencio acordonado
por el ángel de Silvio, Alodia se quedó mirándonos
y nos dijo: Saben, yo no creía en nada de esto, pero de verdad,
cuando salté sobre el fuego, alguien me dio un empujón
fuerte por la espalda, alguien que no sé quién era. Partimos
en silencio hacia el hospital. La niña había salido ya
de cuidados intensivos. Los médicos al fin descubrieron el virus
el cual había sido erradicado de la isla hacía más
de 30 años. Tras los abrazos y los llantos de las 3 hermanas,
Albertico prosaicamente me devolvió a la realidad. Ahora sí
hermano, ahora sí podemos continuar con el Paticruzao. ¡Coño,
recuerda que era mi cumpleaños!
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