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EDUCACIÓN

Lea también el artículo "Nombramientos y recomendaciones, ¿cuál filtro?", así como el texto ¿Para qué educar? de Leonardo Garnier, Ministro de Educación y El reto a una sociedad de niños y niñas, de Jorge Luis Ramírez, así como La historia de la máquina de escribir.

La Biblioteca Digital Mundial y la digitalización de la cultura

Jorge Gómez Jiménez

Letralia.com
En días pasados fue anunciado el proyecto de la Biblioteca Digital Mundial, que pretende poner a disposición de los usuarios de Internet buena parte de la cultura de la humanidad —o, al menos, la que pertenece al dominio público— en la forma no sólo de texto, sino además de mapas, grabaciones musicales, películas, fotografías y otros materiales. Se trata de un ambicioso registro cultural que, según promete su presentación, no estará limitado por asuntos tales como el idioma o la geografía.
El proyecto arranca con un convenio suscrito entre la Unesco y seis grandes bibliotecas del mundo: de Egipto, la Biblioteca Alexandrina y la Biblioteca y Archivo Nacional; de Estados Unidos, la Biblioteca del Congreso; de Brasil, la Biblioteca Nacional y, de Rusia, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca Estatal. Al igual que ha ocurrido con ideas anteriores que van por los mismos rumbos, es notoria la ausencia de instituciones análogas de Latinoamérica, que podrían ofrecer al mundo directamente, sin filtros, la abigarrada riqueza cultural de nuestros pueblos. Pero es sabido que, por estos lares —que los discursos oficiales no dudan en alabar, definiéndonos como países que aún están construyéndose, cuando más bien pareciera que están destruyéndose en manos del animal político—, los recursos no salen con facilidad de los bolsillos de los burócratas.
Es significativo, de cualquier forma, que el proyecto se anuncia como una iniciativa que tiene entre sus objetivos promover el conocimiento y el entendimiento intercultural internacional, y expandir en Internet el volumen disponible de información en idiomas distintos al inglés y provenientes de culturas distintas a la occidental. Ello, y la posibilidad de que se adhieran al proyecto instituciones públicas o privadas que tengan acceso a colecciones de información que puedan ser ofrecidas gratuitamente a los usuarios de la biblioteca —tras demostrar, por otro lado, que disponen de las herramientas tecnológicas para propiciar tal integración—, hacen de esta una propuesta más que interesante.
Es cierto que se trata de la enésima idea que gira en torno a la digitalización de la cultura. La Biblioteca Digital Mundial es una propuesta de James Billington, bibliotecario del Congreso de Estados Unidos, presentada por primera vez a la Unesco en el año 2005, justo cuando se empezaba a gestar la por nosotros llamada “guerra de los libros” que daría paso al nacimiento de la Open Content Alliance (OCA) entre otras iniciativas similares que intentaban recuperar territorios ganados por la maquinaria digitalizadora de Google.
Sin embargo, consideramos que la sola existencia de proyectos como estos ya es un motivo para el optimismo. Por ahora estas iniciativas tienen una apariencia un tanto dispersa y lucen como esfuerzos parcelados o redundantes, pero creemos que es importante que esta fase sea desarrollada tanto como sea necesario para que maduren los procedimientos con los que traduciremos nuestra cultura al más maleable y productivo entorno digital. No es utópico suponer que a mediano plazo estas ideas, cual piezas que se complementen unas con otras, terminen armando el gran rompecabezas de la cultura universal. Un rompecabezas que más temprano que tarde estará en manos del público.

Historia de la máquina de escribir

El primer intento registrado de producir una máquina de escribir fue realizado por el inventor Henry Mill, que obtuvo una patente de la reina Ana de Gran Bretaña en 1714.

La siguiente patente expedida para una máquina de escribir fue concedida al inventor estadounidense William Austin Burt en 1829 por una máquina con caracteres colocados en una rueda semicircular que se giraba hasta la letra o carácter deseado y luego se oprimía contra el papel.
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Esta primera máquina se llamó 'tipógrafo', y era más lenta que la escritura normal. En 1833 le fue concedida una patente francesa al inventor Xavier Progin por una máquina que incorporaba por primera vez uno de los principios utilizados en las máquinas de escribir modernas: el uso, para cada letra o símbolo, de líneas de linotipia separadas y accionadas por palancas separadas.
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El mecanismo utilizado para mover el papel entre caracteres y entre líneas es en casi todas las máquinas de escribir modernas un rodillo cilíndrico, contra el que se sujeta el papel con firmeza. El rodillo se mueve horizontalmente para producir el espaciado entre las líneas.
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La primera máquina que utilizó este método de espaciado fue construida en 1843 por el inventor estadounidense Charles Grover Thurber. La parte impresora de esta máquina de escribir era un anillo de metal que giraba en sentido horizontal sobre el rodillo y que estaba provisto de una serie de teclas o pistones con piezas de caracteres en su parte inferior.
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La máquina funcionaba girando la rueda hasta que la letra adecuada se centraba sobre la posición de impresión en el rodillo y luego se oprimía la tecla.
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Varios inventores intentaron crear máquinas diseñadas para hacer impresiones grabadas en relieve que pudieran ser leídas por personas ciegas.
Una de esas máquinas, desarrollada en 1856, era semejante a la máquina de escribir moderna en cuanto a la disposición de las teclas y líneas de linotipia, pero grababa las letras en relieve en una tira de papel estrecha en lugar de en una hoja.
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Una máquina similar, creada y patentada en 1856, tenía las líneas de linotipia dispuestas en sentido circular, un soporte de papel móvil, un timbre que sonaba para indicar el final de una línea y una cinta con tinta. La disposición del teclado de esta máquina era semejante a las teclas blancas y negras de un piano..
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La máquina de escribir Remington.
En 1873 E. Remington and Sons, de Ilion, Nueva York, fabricaron el primer modelo industrial. La primera máquina de escribir Remington, producida para los inventores estadounidenses Sholes y Glidden, contenía casi todas las características esenciales de la máquina moderna.
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Las primeras Remington sólo escribían en letras mayúsculas, pero en 1878 se hizo posible el cambio de carro debido a dos inventos. Uno era una tecla y una palanca que bajaba el carro a una distancia corta para imprimir las letras mayúsculas, mientras otra tecla y otra palanca regresaban el carro a su posición original para imprimir las letras minúsculas.
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El otro invento fue la tecla doble, con las letras mayúsculas y minúsculas montadas en las mismas líneas de linotipia. La introducción del cambio y la tecla doble permitió la adición de números y otros símbolos sin aumentar el tamaño del teclado.
También abrió el camino hacia la técnica conocida como mecanografía al tacto, que permitía a los operadores conseguir una gran rapidez y precisión.

¿Para qué educamos?

Leonardo Garnier

Ministro de Educación Pública, Costa Rica
Octubre 23, 2007

Del documento 34 C/5 que nos presenta la UNESCO - un nombre frío para un documento tan rico - se desprende que educamos para la vida, educamos para la convivencia.

Vivir y convivir tienen muchas aristas: en nuestra relación con los otros nos va la vida; ya sea que hablemos del amor o de la guerra; del trabajo o del juego; de las pasiones o los intereses, del ocio o del negocio. Para todo eso, educamos... y para eso, debemos educar a todos.

Entre el egoísmo y la simpatía

Nuestra paradójica relación con los otros está maravillosamente recogida en las dos grandes obras de aquel profesor de filosofía moral que terminó convertido en padre de la economía moderna: el ser humano vive en una constante tensión entre el egoísmo y la simpatía; entre el intento por aprovechar la necesidad ajena en su propio beneficio y la capacidad de sufrir con el dolor y gozar con el bienestar del prójimo.

No esperamos el pan de la bondad del panadero ni la cerveza de la del cervecero sino de la necesidad que tienen de satisfacer su propio interés, nos decía Adam Smith en La Riqueza de las Naciones. De ahí el comercio, el intercambio y el trabajo en su sentido social: trabajamos para los demás e intercambiamos el fruto de nuestro trabajo con ellos esperando, sin ingenuidad, que ellos trabajen también para nosotros.

Por eso la educación debe ser, en parte, una educación para el trabajo, para la producción y el intercambio, para la convivencia económica, una convivencia que nos permita sacar partido a lo que bien podríamos llamar la eficiencia del egoísmo.

Pero así como nos importan los demás desde este ángulo utilitarista, nos importan también en un sentido mucho más complejo y profundo, que el mismo Smith desarrolla en su Teoría de los Sentimientos Morales: más que ninguna otra cosa - dice - nos interesa el afecto o la simpatía de los demás: su aprecio, su respeto, su reconocimiento; nos importa qué piensan y sienten los demás sobre nosotros.

De aquí fluye esa contradicción inevitable que marca nuestras vidas: vivimos entre el egoísmo y la simpatía. Buscamos poder, prestigio y riqueza, pues creemos que nos brindan todo aquello que tanto anhelamos. Pero al mismo tiempo, buscamos el afecto, el respeto, la solidaridad y el reconocimiento de los demás; pues solo ahí encontramos el sentido trascendente a nuestra vida.


¿Qué queremos que aprendan?

Para eso debemos educar: tanto para la convivencia eficiente, útil y práctica del mundo del trabajo; como para la vida plena y trascendente que surge de la convivencia solidaria y del afecto desinteresado.

Queremos que los estudiantes aprendan lo que es relevante y que lo aprendan bien: que nuestros jóvenes adquieran y desarrollen el conocimiento, la sensibilidad y las competencias científicas; lógicas y matemáticas; históricas y sociales; de comunicación y lenguaje que la vida en sociedad exige. Todo esto es clave... pero no basta.

En un mundo incierto en el que pareciera que todo se vale; y en el que se vuelve casi indistinguible lo que vale más... de lo que vale menos; en un mundo en el que prevalece el miedo, la pregunta de ¿para qué educar? adquiere un significado adicional y angustiante.

Al educar para la vida y la convivencia no podemos quedarnos con las necesidades prácticas del egoísmo: necesitamos de la simpatía, de la identificación con el otro, como condición indispensable para la supervivencia de una sociedad libre y desigual que convive en un planeta frágil. No podemos quedarnos con el economista: necesitamos al filósofo.

A la educación que prepara para la búsqueda pragmática de 'lo verdadero' debe agregarse la educación que forma para la búsqueda trascendente de 'lo bueno' y 'lo bello': una educación en la ética y la estética, como criterios fundamentales - y nunca acabados - de la convivencia humana. Una educación para la ciudadanía, una educación que nos libre de la discriminación y el miedo.

No podemos educar ni en los valores inmutables de los conservadores ni en la cómoda ambigüedad de los relativistas, sino en la búsqueda de qué es lo que nos permite vivir juntos, con respeto, con simpatía, con solidaridad, con afecto; reconociéndonos y aceptándonos en nuestra diversidad. Para eso, educamos.

De la misma forma, debemos educar en la estética, para que nuestros jóvenes aprendan a gozar de la belleza natural y artística; para que sean capaces de apreciarla y valorarla; de entenderla: de conocer y respetar sus raíces y experimentar sus derivaciones y combinaciones; para poder así comunicarse y expresarse, ellos mismos, artísticamente.

Educamos para la cultura, para los derechos humanos y para eso que hemos llamado un 'desarrollo sostenible'. Educamos para cultivar esa parte de nuestra naturaleza humana que no viene inscrita en el código genético, sino en nuestra historia. Educamos para el ejercicio crítico pero sensato de la ciudadanía democrática. Educamos para cerrar esas brechas que nos separan. Educamos para que prevalezca la razón y no se repitan los errores del pasado. Educamos contra la magia y la tiranía. Educamos, en fin, para vivir sin miedo en el afecto y la memoria de los demás: solo así trascendemos como individuos; solo así sobrevivimos como especie.

La alfabetización del Siglo XXI

Es por todo ello que la alfabetización del siglo XXI significa algo más que leer, escribir y operar la aritmética básica; significa poder entender el mundo en que vivimos y expresarnos en los símbolos de nuestro tiempo, y esos son los símbolos de la ciencia, de la tecnología, de la política, del arte y la cultura a todo nivel. No podemos aspirar a menos.

Termino con un comentario más práctico sobre esta reflexión un tanto abstracta. Educar para la búsqueda de 'lo verdadero' no es solamente un esfuerzo académico, sino que es indispensable para poder vivir una vida plena: los estudiantes deben entender que la ecuación matemática de la parábola es, precisamente, la que permite a Percy Montgomery anotar sus goles de tiro libre en el Mundial de Rugby que acabamos de vivir; que tras la fórmula NaCl se esconde lo que da ese sabor saladito a su comida; y que en alguna de las tantas guerras que estudiaron, yace también alguno de sus abuelos.

De la misma forma, educar en la búsqueda de 'lo bueno' y 'lo bello' no tiene un sentido sublime y lejano, sino completamente práctico... y esto lo entienden bien los jóvenes artistas - raperos, bailarines, poetas, cantantes, pintores, cineastas - que expresan en su arte las angustias de ser joven en nuestro mundo y encuentran en ello su identidad y su razón de permanecer... o escapar de los colegios.

En español, la diferencia entre aula y jaula es solo una letra... cuanto más parezcan jaulas nuestras aulas, mientras más prevalezca el miedo como estrategia educativa... menos jóvenes tendremos en ellas, menos educación. Cuanto más arte, más convivencia, más respeto haya en los colegios, más jóvenes se sentirán a gusto en ellos; habrá menos deserción y más educación para la vida, para el trabajo y para la convivencia ciudadana. Para eso educamos... y el reto es enorme: es un reto que empieza por reeducarnos nosotros mismos y reeducar a los educadores.

El papel de UNESCO

Una pregunta final: en todo esto ¿para qué sirve UNESCO? UNESCO no puede sustituir a los jóvenes, ni puede sustituir ni dirigir las escuelas y colegios del mundo; tampoco puede jugar a ser una especie de Ministerio Mundial de Educación.

Lo que sí puede ser es un catalizador, un coordinador y, sobre todo, un ente que aproveche su poder y los recursos comunes para crear las redes que garanticen que el conocimiento y la cultura sigan siendo bienes públicos globales y para poner estos bienes y servicios al acceso de todos y no solo de quienes pueden pagar por ellos.

El principal dilema de nuestro tiempo en esta llamada 'era del conocimiento' es simple: ¿se convertirán el conocimiento en la cultura en un bien público que - como la luz - sea capaz de iluminar a todos sin quitar por eso luz a nadie; o se convertirán en una mercancía más, que solo puede ser aprovechada por quien tiene la capacidad para pagar por ella? ¿Nos unirán el conocimiento y la cultura... o terminarán de separarnos? Tal es la principal tarea de UNESCO: responder esa pregunta desde la óptica de los derechos, de la universalidad, de la solidaridad.

Entre el viento de la razón...
y la tempestad de la superstición

Leonardo Garnier
Ministro de Educación Pública, Costa Rica

Junio 29, 2007
"Heredarás el viento..."

Todos recordamos aquella gran película - "Heredarás el viento" - en la que, en un pequeño pueblo norteamericano, un profesor de ciencias es juzgado por enseñar en sus clases la teoría de la evolución. El debate entre el fiscal y el abogado defensor - magistralmente representado por Spencer Tracy - es una pieza de antología de este conflicto milenario entre la razón y el miedo, entre la ciencia y la superstición.

La película es de 1960, estamos en 2007 y las cosas no han cambiado mucho. O tal vez sería más exacto decir que sí han cambiado: hoy sabemos más, tenemos mucho más conocimiento y ciertamente más información; pero nuestras creencias parecen estar más y más alejadas de ese conocimiento, de esa información y mucho más cerca de la magia y la superstición.

Y es que, en efecto, vivimos inmersos en un sistema de creencias. Esto no es bueno o malo en sí mismo, simplemente así somos. El punto está en cómo construimos, cómo sustentamos y cómo - y con qué flexibilidad - estamos dispuestos a modificar nuestras creencias frente a la evidencia, frente a la discusión, frente a los argumentos que las cuestionan y las retan o contradicen. No se trata - como solemos hacer - de defender nuestras creencias frente a la refutación con aquella salida fácil de "la excepción confirma la regla"... sino de entender su verdadero significado: en realidad, "la excepción pone a prueba la regla".

Dicho en otra forma, el punto es en qué medida nuestras creencias se forman con una sólida base de pensamiento lógico y conocimiento científico o son simplemente creencias que no tienen sustento ni en el conocimiento ni en la lógica, sino en cualquier otra cosa o, incluso, no tienen más sustento que el hecho mismo de ser una creencia compartida, cuyo único mérito es darnos algo de identidad con aquellos que la comparten... y una falsa sensación de certeza y seguridad.

Un curioso terreno fértil para la superstición

Nunca como hoy la humanidad ha tenido a su disposición tanta información, tanto conocimiento, tanta capacidad potencial para comprender racionalmente muchos de los fenómenos y procesos que nos han asombrado a lo largo de la historia. Pero que esto no se malinterprete: no se trata de perder el asombro, sino de aprovechar lo que sabemos hacer - investigar, pensar, discutir - para dotar a cada asombro particular de una explicación razonable - lo que no minimiza ni al sol ni a la lluvia, al terremoto o al cometa, al eclipse o al arco iris, al nacimiento o a la muerte - sino que los vuelve hermosamente comprensibles.

Esto, como ha sido evidente con cada nuevo descubrimiento a lo largo de la historia, abre la puerta a nuevos asombros ante realidades que antes ni siquiera observábamos, asombros que, a su vez, darán paso a nuevas explicaciones: de las sinapsis que operan tras en pensamiento, de las maravillas del genoma, de la siempre deslumbrante relatividad del tiempo y el espacio, del potencial casi imponderable de las tecnologías de la información... En fin, el asombro y la constante búsqueda de explicaciones razonables, de conocimiento - siempre relativo, parcial, gradual y cambiante - pueden ser y han sido las grandes acompañantes en nuestra búsqueda por entendernos mejor y entender mejor este universo en que vivimos.

Sin embargo, y a pesar de eso, nunca como hoy la humanidad ha estado tan dispuesta a creer cualquier cosa. Nunca como hoy, la humanidad ha estado dispuesta - teniendo alternativas razonables - a formar sus creencias con base en cualquier ocurrencia o disparate, sin hacer mayor distinción entre la solidez y rigurosidad de los argumentos que la sustentan... o la charlatanería y manipulación que les ofrece nuevas y milagrosas "explicaciones" para sus asombros. Es el mundo de las píldoras mágicas, de las cremas mágicas, de los libros mágicos que en diez minutos... en fin, un mundo en el que, nuevamente, queremos sustituir el esfuerzo tenaz de buscar el conocimiento y, con su ayuda, construir soluciones reales a nuestros problemas, por la salida fácil de comprar la felicidad, la salud, la identidad... o la vida eterna.

Paradójicamente, potenciado por los propios avances de las tecnologías de la información y la comunicación, se ha abierto así un nuevo y tenebroso espacio para los vendedores de mitos y espejitos que lucran con la angustia humana y la constante búsqueda de salidas milagrosas a lo que solo tiene salidas que demandan esfuerzo propio y sistemático... o que simplemente no tienen salida, porque no todo la tiene. Los ejemplos abundan... y basta prender el televisor para asombrarse - que también esto asombra - con la magnitud de esa necesidad humana de creer en lo que sea, por ridículo que sea. El exceso de información y la complejidad misma del pensamiento científico, parecen haberse convertido, paradójicamente, en el terreno más fértil para el resurgimiento del pensamiento mágico.

Tal vez los casos más graves son aquellos en los que - como en "Heredarás el viento" - frente a conocimientos ya adquiridos y que en su momento sirvieron para correr el velo de nuestra ignorancia, ahora renacen - con nuevos ropajes y apóstoles - las viejas supersticiones y fetiches que descartan, suplantan y revierten el avance hasta entonces logrado por la humanidad y nos devuelven a la oscuridad de la ignorancia y al dominio del hechicero. Darwin se transforma de iluminador... en amenaza.

Lo que sabemos y lo que creemos

¿Por qué es esto tan grave? Porque, contrario a lo que suelen pensar los científicos y los intelectuales, las acciones de los seres humanos se guían mucho más por sus creencias que por sus conocimientos. No es porque sé algo que actúo... sino que actúo porque creo algo, sobre todo si creo intensamente en ese algo. Para que el conocimiento sirva de base a la acción humana, para que el conocimiento científico y la reflexión filosófica sean base de la transformación del mundo, deben dar un paso difícil pero indispensable: tienen que ser comprensibles para la gente pero, más aún, tienen que ser capaces de convertirse en algo más que conocimiento: tienen que ser creíbles para la gente, tienen que volverse parte de nuestros sistemas de creencias, tienen que ser creídos... no simplemente sabidos. En otras palabras, tienen que pasar a ser parte de nuestra cultura.

Este no es un paso fácil. Sólo pensemos cuántas veces en la vida cotidiana actuamos con base en supersticiones, a pesar de que nuestro conocimiento nos haría fácilmente reconocerlas como lo que son: meras supersticiones. La mercantilización del mundo moderno - fuerza de progreso en muchos sentidos - es en este campo una fuerza que, lamentablemente, contribuye con fuerza a igualar y confundir conocimiento con charlatanería, como muestra más de un ejemplo ya clásico en el que, a punta de fuerza mediática, la mentira adquiere status de verdad para millones de personas, a pesar del reclamo inútil de la evidencia.

Esto no le pasa solamente a la gente 'común y corriente' (lo digo así porque a veces los científicos no se sienten gente común y corriente... y a veces la gente tampoco los ve así). No, esto afecta incluso a muchos intelectuales y científicos. A veces en su propio campo - lo que es un poco más fácil de detectar y combatir por los pares - pero muchas veces en campos que, si bien ajenos a su experticia científica, no debieran ser ajenos a su pensamiento científico y a su rigor lógico. Aquí, suelen hacer un gran daño promoviendo creencias sin ninguna base científica, pero dotándolas del aura del conocimiento científico: cuántas veces se dice - o se piensa - que "si fulanito cree... debe ser cierto". De nuevo, una técnica muy usada en mercadeo: nueve de cada diez dentistas, nueve de cada diez médicos, usan...

A partir del asombro... hay dos caminos

De nuevo: ¿por qué es esto tan grave? Porque el asombro, que es maravilloso como fuente de búsqueda, puede conducir entonces con la misma facilidad a un sistema de creencias basado en el pensamiento científico y el razonamiento lógico - en la razón - o a un sistema de creencias basado en la magia o la superstición... en la venta de espejitos.

Mientras la ciencia promueve la duda sistemática, la actitud responsable de la democracia y el respeto por los demás y por sus ideas; la magia promueve la certeza absoluta, la actitud arrogante en unos y sumisa en otros tan típicas del autoritarismo; y el irrespeto o hasta la destrucción del otro y sus ideas. La magia - la solución ignorante del asombro - es la base del fanatismo y el fundamentalismo que son, junto con el egoísmo, la base de esa trágica creencia de que tenemos el derecho... o hasta el deber, de acabar con el otro, con sus ideas y con sus creencias (y, de paso, claro, destruir o quedarnos con sus bienes). Por eso la defensa del pensamiento científico frente al pensamiento mágico es algo más que un ejercicio académico: es un ejercicio político de primer orden: es la última línea de defensa de la libertad y los derechos.

Hace poco sugerí a mi hija menor la lectura de dos libros. Dos libros relativamente viejos: el "Mundo Feliz" - infeliz traducción del Brave New World - de Huxley; y "1984" de Orwell. Quedó asombrada. ¿Cómo podía ser, me dijo, que ellos supieran ya entonces cómo iba a ser el mundo hoy? Lo que ella ve a su alrededor - en la Universidad, en los medios, en la calle - no le parece muy distinto a las macabras pero visionarias caricaturas del mundo que nos plantearon en la primera mitad del siglo veinte Orwell y Huxley: mundos llenos de conocimiento, pero dominados por creencias construidas e imbuidas por sendos y sistemáticos procesos de 'adaptación y acomodación' - para recordar al viejo Piaget.

A esto solo falta agregar un nuevo ingrediente, aquel que Albert Hirschman sintetizó tan bien en el título de uno de sus libros: las pasiones y los intereses. Porque, ciertamente, actuamos con base a nuestras creencias. Pero estas creencias a su vez operan en forma recíproca con nuestras pasiones y nuestros intereses. Es tanto más fácil 'creer' aquello que confirma y justifica nuestras pasiones y legitima nuestros intereses... que aquello que, incómodo... cuestiona nuestros argumentos, nos golpea la conciencia y nos cuestiona moralmente.

De la certeza mágica al relativismo absurdo

Hoy, en este peculiar período formado por el final de un siglo y el inicio de otro, la situación es particularmente paradójica. Vivimos una época extraña, una época en que, sobrecargados de información y conocimiento, parecieran faltarnos las certezas absolutas, las seguridades absolutas, las identidades absolutas. La ciencia y el conocimiento, en efecto, promueven la duda y la búsqueda, no la certeza tranquilizadora. En un mundo que cambia aceleradamente en los hechos y las explicaciones, vivimos permanentemente angustiados ante la incertidumbre de no tener tan claro como antes qué somos y para qué somos.

Ante ese vacío, se alza tanto el riesgo de la magia, de la respuesta fácil y segura, como el riesgo del relativismo absoluto e igualmente absurdo: en un mundo sin certezas, algunos prefieren pensar que todo se vale, que todo es igual, que no hay ya criterios para distinguir una buena de una mala acción, una buena de una mala idea, una buena de una mala obra de arte, un razonamiento de una ocurrencia, una buena de una mala política, una buena de una mala vida. Todo da igual.

¿Cómo salir de esta trampa? En El valor de elegir, Fernando Savater nos propone un giro radical: frente a las angustias de un mundo en el que ya no encontramos con facilidad las viejas certezas no cabe ninguna de estas salidas: ni el regreso a la magia ni el relativismo brutal. Savater, retomando a los griegos, nos invita a enfrentar la incertidumbre, la pérdida de las certezas absolutas, por un camino típicamente humano: recuperando la ética y la estética, encontrando y construyendo "lo bueno y lo bello" en cada aspecto de nuestra vida cotidiana, valorándolos precisamente por lo que son, es decir, por lo que logramos hacer de ellos mediante nuestra actuación virtuosa. Ahí radica la trascendencia de esos pequeños logros cotidianos que constituyen nuestra vida: en haber aspirado a más no como destino inevitable, sino como fruto de nuestras acciones, de nuestras decisiones, del uso responsable de ese libre albedrío que, a pesar de los pesares, sigue siendo característica esencial del ser humano.

Como ocurre con el conocimiento, apreciar y valorar la vida en su contingencia no significa que nos resignemos a su rutina o su mediocridad. Todo lo contrario, implica un afán permanente por perfeccionar cuanto hemos logrado, aún entendiendo - y sobre todo porque entendemos - su limitada y maravillosa contingencia. Si somos un instante, sepamos serlo de la mejor forma posible. Finalmente, Savater nos recuerda que "la única forma compatible con nuestra contingencia de multiplicar los bienes que apreciamos es intercambiarlos, compartirlos, comunicarlos a nuestros semejantes para que reboten en ellos y vuelvan a nosotros cargados de sentido renovado".

¿Y la educación, qué papel tiene?

Por todo lo dicho, para formar mejores personas, la educación debe enseñar a valorar y disfrutar tanto lo verdadero como lo bueno y lo bello; debe enseñar a convivir. La educación debe formar para la vida en un sentido integral: tanto para la eficiencia y el emprendimiento como para la ética y la estética; tanto para el disfrute de la vida como para la capacidad de vivir y convivir con los demás: para la ciudadanía.

Los estudiantes, por supuesto, deben desarrollar las destrezas y competencias para aprovechar de la mejor forma los recursos disponibles en la solución de los problemas que enfrenten; pero de la misma forma deben desarrollar su sensibilidad y los valores necesarios para buscar siempre lo verdadero, lo correcto y lo bello... aunque sean ideales inalcanzables en su forma absoluta - es decir, una utopía -: lo que realmente importa, lo que nos transforma, lo que nos hace genuinamente humanos, es la actitud de búsqueda de estos ideales, de esta utopía.

Por eso, así como debemos reforzar y recuperar el pensamiento lógico y científico en nuestra educación - el rigor del pensamiento - es preciso también reintegrar en los espacios y actividades educativas esos aspectos hoy tan descuidados: la apreciación y educación artística, ambiental, deportiva, moral y cívica, que son aspectos intrínsecos de la síntesis clásica entre la disciplina y el gozo, base de la más sana convivencia.

En cuanto al pensamiento científico propiamente dicho, es evidente que se trata de algo más que 'dar clases de ciencias': se trata de incorporar el pensamiento lógico, la duda sistemática y la búsqueda rigurosa en todos los campos del saber humano: tan rigurosas deben ser las argumentaciones en matemáticas como en ciencias, en ciencias como en estudios sociales... y guardo una esperanza muy especial para el lenguaje. Creo que ese es el campo ideal para internalizar realmente el pensamiento lógico: la lógica que aprendemos en las ecuaciones físico-matemáticas, en química... o en cualquier otro campo particular, no trasciende con facilidad a los demás campos de nuestro conocimiento y, mucho menos, a nuestra vida cotidiana. Introducir la lógica en la enseñanza del lenguaje: aprender a pensar lógicamente conforme aprendemos a leer y escribir, eso sí que podría hacer una diferencia radical en nuestra cultura científica y en nuestra capacidad - digamos - de 'leer científicamente' todo lo que se nos ponga por delante... imágenes incluidas.

De aquí la importancia de nuestra capacidad - como científicos, como intelectuales, como educadores, como políticos y como ciudadanos - de promover una ciudadanía democrática, de promover una forma de convivencia centrada realmente en el reconocimiento y el respeto del otro, una convivencia en que nuestras creencias se asienten cada vez más en nuestros siempre relativos - pero razonables - conocimientos y en esa eterna búsqueda por lo verdadero, lo bueno y lo bello: por esa interminable construcción de eso que llamamos 'humanidad'.

Por eso, no se trata de abogar por un pensamiento científico pero frío, científico pero desapasionado y, mucho menos, por un pensamiento científico pero sin convicciones. Los afectos, las emociones, las pasiones y los intereses, son elementos consustanciales a nuestro 'ser humanos'. Es esa peculiar combinación de razón y pasión - Apolo y Dionisio - la que nos hace, precisamente... humanos. La educación es clave en lograr ese balance dinámico que nos permite y nos exige ser, a un tiempo, apasionados y sensatos.

Por el contrario, cuando la educación no juega este papel, cuando el razonamiento lógico, el pensamiento científico y las aspiraciones éticas y estéticas se confunden e igualan con cualquier superstición, con cualquier artilugio, con cualquier ideología, píldora mágica o cristalito moderno; en fin, cuando todo da igual... entonces nuestras creencias y pasiones pierden todo sustento y quedamos a merced de los mercaderes o ideólogos de turno. Entonces, más que viento... heredaremos tempestades. Ya ha ocurrido antes. Está en nosotros que no vuelva a ocurrir.

Ponencia presentada en la Segunda Reunión Preparatoria para la Conferencia Internacional "Ciencia y Bienestar: del Asombro a la Ciudadanía", organizada por la Academia de Ciencias de Costa Rica y la Academia Mexicana de Ciencias, 29 de junio de 2007

Enviado por el autor como parte de su programa de divulgación de su pensamiento denominado Sub/versiones. www.leonardogarnier.com

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El reto a una sociedad de niños y niñas

Jorge Luis Ramírez

El reconocido poeta y filósofo contemporáneo Robert Bly en su libro “The Sibling Society” (Las sociedad de los niños) plantea el hecho de que actualmente el mundo está experimentando una sociedad que vive como si fuéramos niños. “Los adultos han regresado a la adolescencia y los adolescentes no quieren llegar a ser adultos.”

El señor Geovanny Debrús Jiménez en su artículo publicado en Culturacr.com nos muestra su preocupación por las actitudes inmaduras que se viven en la sociedad costarricense, donde el amor se mide con dinero y sexo. Donde lo importante es la apariencia, lo externo y lo superficial y no el desarrollo de carácter ni de valores que nos hacen crecer.

La semana pasada fue aprobada la Ley de Penalización de la Violencia Contra las Mujeres, y en menos de 4 días ya tuvimos dos mujeres que han reaccionado violentamente contra sus esposos, una reteniéndolo con un machete y la otra, disparándole dos veces por la espalda.

Hemos visto en diferentes medios las reacciones de algunos abogados y ciudadanos masculinos refiriéndose a esta ley como si fuera discriminatoria y por lo tanto injusta e inconstitucional, así como peligrosa para las relaciones de pareja. Un señor inclusive dijo tener miedo de que su esposa lo metiera a la carcel por un piropo mal entendido. Gordita…., podría ser tomado a bien o a mal, dependiendo de cómo amaneciera ella ese día, y esto podría ser la razón de visitar la cárcel.
Creo que hay mucho que se puede mejorar en esta ley, así como en todo lo que hacemos. Sin embargo, aplaudo que se haya aprobado.

Lo rescatable de este instrumento represivo es que ahora un agresor va a pensarlo dos veces antes de agredir a una mujer, sea ella esposa, novia, madre, compañera, o ex. Sin embargo, habrá algunos que prefieran ir a la cárcel, otros se van a suicidar luego, y otros van a planearlo de tal manera que logren salirse con la suya sin ser penalizados.

Así mismo ellas, tienen un instrumento legal al cual poder acudir en caso de que sus vidas se vean amenazadas, o se hayan convertido en una pesadilla. Pero deberán ser valientes para denunciar y enfrentar la agresión de que son objeto. Sin embargo, también pueden responder con las agresiones antes mencionadas, o algunas inescrupulosas pueden usar este instrumento para amenazar a su compañero y hasta chantajearlo.

El reto a que nos convoca esta ley es a madurar, a convertirnos en verdaderos adultos y no quedarnos como niños malcriados y adolescentes irresponsables. Aprendiendo a discutir sin agredirnos. A asumir nuestras responsabilidades en una relación de pareja. Ya que esta ley es para gente enferma, que lamentablemente existen, y que corren peligro. Esta ley es para prevenir que patologías, en personas que enfrentan depresiones, frustraciones, iras, y relaciones de co-dependencia, puedan convertirse en estilos de vida que perpetúen la enfermedad en las nuevas generaciones, y finalmente a un desenlace fatal.

Existen relaciones donde el esposo es un hijo más en la familia, lo único que sabe es producir dinero. Pero carece de muchas de las habilidades necesarias para ser un compañero de vida. Muchos de ellos al fracasar en sus matrimonios vuelven con su mamá para que los chineen, les hagan comidita y les tengan la ropita limpia. Ni siquiera tiene habilidades para vivir solos, y hacerse cargo de ellos mismos.

La soledad no solamente es necesaria, sino que es saludable. De hecho siempre estamos solos, pero muchas veces nos casamos para no estar solos. Las mujeres también a veces se comportan como niñas chineadas, y actúan de la misma forma que cuando tenían 12 a 15 años en medio de una vida de pareja. De tal manera que para ambos, hombres y mujeres el reto es grande, e implica una transformación profunda.

Para las mujeres desde:
• una revaloración de sí mismas, (una mayor autoestima)
• una forma de ser más madura y responsable
• cobrar conciencia que su vida la construye ella misma
• hasta un cambio en la forma de criar a sus hijos.

La primera repercutirá en toda la vida de la mujer: Su forma de verse a sí misma. Valiosa. Cuando uno se siente valioso se cuida, come bien, hace ejercicio, duerme bien, se siente feliz y puede expresar sus talentos más fácilmente. No necesita estar buscando la aprobación de los demás, lo que le da independencia y libertad. Esto se manifiesta en la forma de vestir. El vestido está diseñado para verse bien y sentirse cómodo, no necesariamente para llamar la atención, o llenar las demandas de la moda y de la sociedad. La forma de actuar también cambiará. Cuando nuestra autoestima está sana podemos ser pacientes, generosos, asertivos y darnos nuestro lugar, de esta forma ganamos el respeto de los demás. Expresamos lo mejor de nosotros mismos y podemos instaurar un ambiente de tranquilidad a nuestro alrededor. Podemos trabajar en nuestras metas, podemos planear nuestro futuro y podemos ponernos en contacto con nosotros mismos.

¿Qué es lo que las mujeres quieren?, se preguntó Freud hace dos siglos. Hoy día podemos decir que esta pregunta machista, la podemos contestar así: las mujeres quieren lo que todo ser humano quiere: ser felices, amadas y poder amar. Ser respetadas y poder educarse y desarrollar sus potencialidades. Criar hijos, tener familia, un sentido de pertenencia, libertad para crecer en cualquier campo, ser digna de confianza, y aportar a la sociedad en todos los campos.
En los tiempos de Freud el ser mujer era una patología en sí misma, eso hoy día es difícil de comprender. La historia demuestra que las mujeres son capaces de grandes proezas, y últimamente han ido al espacio asumiendo grandes responsabilidades, son presidentes de países, y han hecho grandes aportes en la ciencia, la economía, y prácticamente en todos los campos.

Pero toda moneda tiene dos caras y también las mujeres han sido capaces de realizar las más grandes perversiones, asesinatos despiadados, y han sido agentes de corrupción en todos los campos.

La última repercutirá en la vida de las nuevas generaciones: Las madres tienden a dar preferencia a los hijos varones, y sobre todo si son primogénitos. Mientras que a las hijas se les tiende a poner en segundo lugar. La mujercita debe ser delicada, pasiva y debe adoptar una actitud dadora, es lo que más se enseña. Debe jugar con muñecas ya que esto la preparará para ser madre. Esto debe cambiar, las niñas deberán recibir la misma atención que los hijos varones. Y se les debe estimular a que estudien, a que se desarrollen en deportes, e intelectualmente. Hoy día los matrimonios no son la única manera de tener una familia, y las mujeres en muchos casos son jefas de hogar. Deben competir en el mundo laboral, y esto no es fácil.

El ser madres ya no es algo inevitable, ni tampoco es condenable que una mujer no quiera tener hijos. El ser madres ya no es equivalente a ser mujer. El ser madre se está convirtiendo en una escogencia.

Las relaciones de pareja no son soluciones tampoco. Hoy día la mujer no busca su felicidad en un compañero, la busca en un proceso de realización y crecimiento personal. La vida de una mujer de hoy día no gravita alrededor de un hombre. Porque nos hemos dado cuenta que esto no es justo para la pareja. Estamos experimentando relaciones inventadas por cada pareja de acuerdo a su realidad específica, y por lo tanto las niñas de hoy deben ser preparadas en una forma muy diferente, igualmente los hijos de las mujeres de hoy.

Para el hombre esta ley también constituye un gran reto:
Primero, el hombre debe dejar el machismo a un lado e iniciar un proceso de reconstrucción. Muchos de nosotros pensamos que no podemos ser sino en el machismo. Nos aterroriza el que el otro extremo del machismo sea ser marica, homosexual, o gay. Nos resulta inaceptable convertirnos en seres más en contacto con nosotros mismos, más respetuosos de las mujeres, más tiernos, y más comunicativos, en todas las relaciones; con lo hijos, con los amigos y con la familia.

Se debe de empezar a ver a las mujeres como otro ser humano. No extrapolar su valor hasta el punto de endiosarla y verla como una virgen intocable e inalcanzable, ni tampoco como un objeto de consumo, para abusar y violar.

Nuestra sociedad ha convertido no solo a la mujer en un objeto de consumo, usada para y por el mercado, por el consumismo; sino que al mismo tiempo ha convertido al hombre en un objeto consumidor. Ambos nos vemos como objetos desechables. Los lugares donde se vende pornografía se denominan “para adultos”, cuando el adulto sano ya no debería ser presa de adicciones, ya no debería estar buscando la novedad, ni la morbosidad; si no que debería estar viviendo una relación real, de amor, con otro ser humano.

Pero esto de que el hombre madure y crezca no le sirve al mercado, que el hombre viva integralmente sano no conviene a las ventas. El licor, las cervezas, los cigarrillos, los autos, el celular y lo último en tecnología de computo y sonido, y mujeres, todo esto le da sentido, valor. Y todo esto cuesta mucho dinero, de allí que ese viene siendo la fuente de felicidad y de bienestar.
El hombre es retado a ver a la mujer, no ya como la cocinera, la conserje, la lavandera, y la niñera de los hijos; sino como la igual, con la que comparte los quehaceres de la casa. Y si han decidido tener hijos, déjeme decirle, que los hijos son una parte Importantísima del proceso de crecimiento de un hombre. El ser padre es una celebración. Es enfrentarse con las limitaciones y vencerlas para ser un mejor ejemplo. A nuestros hijos les enseñamos con nuestra vida, no con nuestras palabras.

Y el querer dar buenos ejemplos a nuestros hijos e hijas es algo que nos presiona a ser mejores. Los hijos quieren y necesitan tener respeto a sus padres y madres, además de confianza, y admiración. Y estos no se logran, con órdenes, ni con gritos, ni con mentiras. Hay que enseñarles a amar, ha ser pacientes y misericordiosos, a no juzgar a la ligera, ha respetar lo ajeno, y ha ser veraces. Y estas cosas solo con el ejemplo, pero no se puede dar ejemplo cuando uno mismo no ha crecido, y no ha dejado las cosas de niño. La insolencia, la rabieta, el precipitarse, el no poder posponer las gratificaciones, etc.

De tal manera que o crecemos, y evitamos los comportamientos autodestructivos que propiciaron la creación de esta ley, y buscamos ayuda para madurar; o nos matamos unos a otros y seguimos esperando que otros resuelvan y ordenen nuestras vidas con castigos y penas externas, que no arreglan los problemas internos que negamos echándole la culpa al otro.

Creo que estos cambios y otros más son a lo que tenemos miedo, quizá porque admitir que estamos mal es algo difícil, porque no queremos admitir que necesitamos ayuda, por darme cuenta que la culpa ha sido mía, por el que dirán, y por otras muchas razones.

No creo que tengamos miedo de la cárcel, sino de que nuestro orgullo sea magullado, y nuestro machismo cuestionado, y finalmente desechado. Nos asusta el cambio, nos da pereza reinventar la masculinidad. Sin embargo, creo que los resultados de aceptar este reto serán más gratificantes y edificantes, no solo para los individuos que se atrevan, sino para toda nuestra sociedad. Si yo trato bien a las mujeres que me rodean, las seres humanos que me acompañan, sean esposas, novias, madres, hijas, y ex, no tengo que preocuparme de nada, Ya lo dice el viejo proverbio: Lo que sembramos, recogemos. Usted dirá, eso suena muy bien pero hay cada mujer, que si da miedo. Bueno, lo que cabe preguntarse en ese caso es: ¿Por qué estoy con esa persona? ¿Por qué escojo ese tipo de compañera?

La raíz del problema puede estar en usted. Y aunque existen personas que pueden tener limitaciones, estoy seguro que con paciencia y ternura todos queremos una relación armoniosa y de calidad.

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Nombramientos y recomendaciones: ¿cuál filtro?

Leonardo Garnier
Ministro de Educación Pública, Costa Rica
Febrero 19, 2007

No hubo caos, pero hubo problemas.

Aunque no se presentó el caos que en algún momento temimos - y que algunos parecían predecir casi con satisfacción - lo cierto es que, una vez más, el inicio del curso lectivo no pudo ser lo ordenado y fluido que debiera ser. De hecho, de no haber sido por el esfuerzo sobrehumano de una buena cantidad de funcionarios y funcionarias del Ministerio de Educación Pública y por las medidas de emergencia que se tomaron, el inicio de clases habría sido, en efecto, caótico. Al menos eso se evitó, aunque es importante reconocer que nos quedan aún situaciones por resolver a muchos docentes y centros educativos específicos.

Los problemas detectados, que esta vez fueron desde las tradicionales fallas del 'sistema' y los típicos errores humanos, hasta diversas formas de sabotaje (unas más evidentes que otras), no pueden verse como algo 'normal'. Tampoco puede verse como normal el manipuleo que por muchos años parece haber acompañado a los procesos de selección y nombramiento de personal en el MEP. Estamos hablando de la selección y nombramiento de aquellas personas en quienes vamos a delegar la dirección de nuestras escuelas y colegios y la educación de nuestras niñas, niños y jóvenes. No podemos jugar con eso.

Dificultades y costos del cambio

Cambiar estas prácticas, sin embargo, tiene sus dificultades y sus costos. Tiene dificultades técnicas, porque las reglas de la administración de personal de nuestro sistema educativo son absurdamente anacrónicas y complejas, con lo que se prestan a la confusión y el desorden; también porque los procesos administrativos y sistemas informáticos no han alcanzado la sofisticación ¿o la simplicidad? necesaria para administrar bien este sistema, minimizando los pasos manuales y los momentos en que se puede 'jugar' con el sistema. Pero el cambio además tiene costos, porque en medio del desorden, el exceso de interinatos y la complejidad se han abierto espacios para quienes, desde hace mucho tiempo, parecieran haber aprendido a sacar ventaja para ejercitar el tráfico de influencias o, incluso, para el mercadeo de códigos, plazas, traslados, recargos y demás opciones del menú ofrecido por el MEP a sus docentes.

Nótese que no hablo simplemente del tráfico de influencias políticas, que es el que más suele llamar la atención del público y la prensa; hablo de algo todavía más profundo, que es la posible mercantilización más o menos disimulada de muchos de estos procesos, de manera que hasta los grandes poderes parecen depender de quienes, enquistados en las grietas del sistema, controlan realmente el poder de decidir a quién se nombra, a quién no, dónde y en qué plaza, con qué recargo... a cambio, claro, de que el favor se devuelva o se pague de alguna forma.

Recomendaciones y filtros

Todo mundo habla ahora de las recomendaciones. Sin embargo, y contrario a lo que suele pensarse, el problema más grave no es que haya recomendaciones. Probablemente siempre las habrá: unas más sanas y sensatas, que buscan colocar un buen maestro o una buena directora en la escuela de su comunidad; otras más interesadas en ayudar al amigo, al pariente, al correligionario o al partidario; y otras con un poco de cada cosa. Pero insisto: el problema no está tanto en la existencia o no de las recomendaciones, sino en el papel que éstas jueguen en el MEP. Si todas las recomendaciones se canalizaran por el mismo camino, recibieran el mismo trato y se analizaran con los mismos criterios - es decir, si todas pasaran por el mismo filtro - al final, las recomendaciones mismas perderían sentido y prevalecerían los criterios que deben prevalecer: la calidad e idoneidad de quienes aspiran a un cargo docente o administrativo-docente. Y así debe llegar a ser, porque de la calidad de nuestros docentes y de las directoras y directores de nuestros centros educativos depende la calidad de nuestra educación, que es lo que todos decimos buscar. ¿O no?

Si el sistema filtrara por calidad e idoneidad, solo un camino quedaría a quienes quisieran insistir en hacer recomendaciones por cercanía personal o política: recomendar candidatos de primera... o resignarse a que sus recomendaciones se vuelvan tan irrelevantes como un papel en blanco. Esto tiene que ser así porque no podemos tratar la educación pública como si se tratara de la educación de los hijos de otros. Nadie debiera recomendar a un docente a menos que estuviera dispuesto a tenerle como maestro o profesora de sus propios hijos. Por su parte, el MEP tendría que velar para que, con o sin recomendación, todos los aspirantes a educar a nuestras próximas generaciones pasen por el mismo rasero... y que de entre ellas y ellos, se escojan los mejores. Esa tiene que ser nuestra meta.

No hay garantías, hay oportunidades.

Pero las metas no se logran a base de buenos deseos ni se alcanzan de la noche a la mañana. Se construyen con imaginación, con esfuerzo y, sobre todo, con la convicción y el trabajo de mucha gente, de toda esa gente que por años ha visto que las cosas son como siempre son; que por años ha pensado que son así porque no pueden ser de otra manera; que por años ha tenido incluso miedo y no se ha atrevido a pedir, a exigir que sea de otra manera; y que por años, también, ha jugado el juego porque no tenía más remedio que jugarlo... o perder. Aún hoy, muchos tendrán ese temor porque ¡tantas veces se ha dicho... y tantas veces nos hemos quedado en el dicho! ¿Podrá ser distinto esta vez?

No lo sé. En política nunca hay garantías. ¡Sería tan fácil - y tan sin gracia - si las hubiera! Pero si sé que estamos frente a una oportunidad que hace tiempo no se presentaba. Sé es que hay mucha gente dentro del Ministerio que sueña con trabajar en un ambiente distinto, sin miedos, sin amenazas, sin tráfico de puestos; y sé que hay todavía más gente en todo el país que sueña con una Costa Rica capaz de llegar al desarrollo por la educación. No hay garantías. Hay oportunidades. La opción está en cada uno de nosotros.

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