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Culturacr.com ofrece estos ensayos de Adriano Corrales sobre variedad de temas. Los siguientes:

LAS CULTURAS POPULARES Y LA CREACIÓN
ARTÍSTICO / INTELECTUAL

Adriano Corrales Arias*
cazadelpoeta@yahoo.com

RESUMEN:

Lo que sigue es un breve ensayo / ponencia que pretende incentivar la discusión y el diálogo en torno a las creaciones intelectuales y artísticas referidas a los estudios culturales centroamericanos, específicamente sobre las culturas populares y a la necesidad de generar procesos de defensa identitaria, en tiempos de globalización bajo esquema neoliberal. El autor propone nuevos caminos para la investigación, la creación artística y la promoción sociocultural.

………………………………………………………………………………………………...

Si la concepción de cultura, según el concepto antropológico del “relativismo cultural”, es un proceso colectivo de creación y recreación, es decir un proceso dinámico, como la misma cultura, que puede ser transferido de grupo a grupo, o de sociedad a sociedad, para ser aceptado, reinterpretado o rechazado, no podemos, de ninguna manera, hablar de una cultura superior y de una inferior. El concepto cultural por excelencia, en todo caso, sería el de la diferencia, en tanto son las diferencias las que enriquecen el acervo cultural local, regional, nacional o universal.

En otras palabras, en el flujo vital de las culturas, a pesar de sus choques y deslizamientos - pues a veces las relaciones se establecen, o se manifiestan, entre elementos y sujetos heterogéneos y recíprocamente contradictorios - se hacen imprescindibles el respeto y la tolerancia, como elementos “sine qua nom” para el reconocimiento del otro, o de los otros. Precisamente el concepto de la otredad es el principio fundamental para comprender e interpretar la identidad de un conglomerado social y sus diversas prácticas culturales, desde la perspectiva de la diferencia. Y para el caso que me ocupa, los otros no son tanto los europeos o anglosajones, sino, fundamentalmente las etnias y clases sociales excluidas del capital social y simbólico de nuestras asimétricas sociedades: el indígena, el negro, la mujer, la juventud y la niñez obreras y campesinas, los mestizos; en fin, los y las trabajadores explotad@s y precarizad@s que hasta ahora no han gozado de casi ningún logro de “la nación” y de la modernidad.

Si entendemos, además, que no hay una cultura “única” y que en un espacio sociohistórico determinado conviven varias culturas, sean estas abordadas desde el punto de vista sociológico o antropológico (cultura burguesa-cultura proletaria-campesina; o cultura de élite, culturas de masas y culturas populares), debemos entender también que las imposiciones culturales (aculturación) al estilo colonial o neocolonial, o a través de las instituciones del estado y sus políticas culturales (educación, academias de bellas artes, ministerios de cultura, etc.), o de los medios masivos de comunicación, son indeseables porque, de muchas maneras, neutralizan y cooptan aquellos campos culturales más desprotegidos, para no hablar de la destrucción de valores y producciones artístico culturales de esos sectores.

En la actual etapa denominada “globalización” (bajo esquema neoliberal), la imposición de una “cultura universal” - que en realidad es la cultura de las metrópolis financieras y políticas, devenidas, en el actual mundo unipolar, en una cultura norteamericana del “american way of life” - es un retroceso de aquella conceptualización de cultura desde el “relativismo cultural”, porque, ciertamente, cierra la posibilidad a la comprensión y a la convivencia de diferentes culturas y sus campos culturales específicos, abandonando la tolerancia como medio idóneo para entendernos los unos con los otros. Y aunque, dentro del sistema capitalista mundial, la historia de las invasiones culturales no es nueva, parecía que antes de la caída del Muro de Berlín, el mundo se encaminaba hacia una propuesta multicultural y multilingüe, proceso iniciado con los proyectos de liberación nacional de los pueblos del tercer mundo. Hoy asistimos totalmente a lo contrario: la actual propuesta guerrerista e intolerante, por lo tanto fundamentalista, de la nación más poderosa y su estilo de vida trivializado por la parafernalia tecnológica virtual y los “mass media”, es el reto que tienen ante sí las culturas populares del mundo entero.

Es importante subrayar que, en las actuales condiciones de la internacionalización, o mundialización, de la economía y de la venta de las instituciones y empresas del estado (aplicada a los países periféricos, jamás a los del “primer mundo”) especialmente a transnacionales de ese primer mundo, probablemente ya no podamos hablar de estados / naciones y de culturas nacionales. La globalización, bajo esquema neoliberal, pretende borrar las fronteras y desdibujar los estados nacionales, condenándolos a su mínima expresión. Para ello se vale no solamente de la desestructuración institucional y económica a través de la privatización y de “tratados de comercio” sino, también, instrumentalizando una “nueva cultura” que se apoya en lo edulcorante y lo liviano (“light”), con un carácter de divertimento transnacional. Se trata, por lo demás, de patentizar el olvido de nuestra historia inmediata, trocándola por una historia donde supuestamente han caído los metarelatos y las historias nacionales, y en donde el discurso, o los discursos, juegan un papel preponderante pues, al parecer, la historia y la realidad son un simulacro, como lo plantean los ideólogos del postmodernismo y de la posmodernidad.

Pero para el intelectual, escritor, o artista del tercer mundo, en el caso de “Nuestra América”, especialmente de la Central, que es la que nos compete como contexto inmediato, el reto consiste en desarrollar estrategias creativas, innovadoras, e interdisciplinarias de resistencia cultural y de sobrevivencia identitaria, acudiendo fundamentalmente a la fresca riqueza de las culturas populares, cantera inagotable de la fuerza de nuestros pueblos y etnias, preferentemente en el nivel local y regional, ante la arremetida de la globalización neoliberal y, aunque ya no se estile, por qué no decirlo, imperialista. Esas estrategias pasan por la recuperación de la memoria transindividual y colectiva, como una forma de reafirmar la identidad comunitaria, nacional y regional, y los diversos vínculos que han hecho posible los que hoy somos, o hemos dejado de ser.

Ese es el reto que nos plantea la coyuntura actual, acuciante en tanto estamos a las puertas de proyectos regionales tipo Plan Puebla-Panamá, ALCA o TLC, los cuales, además de sus objetivos geopolíticos y económicos de dominación, pretenden homogenizar cual “tabula rasa”, nuestras culturas, bajo el estándar mercadotécnico y publicitario, borrando las líneas de su manos, según el célebre ensayo del escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Dicho reto pasa por la reactivación y potencialización de la promoción cultural, tanto en términos conceptuales como en la praxis de la misma acción cultural. Para ello debemos trascender las fórmulas “híbridas” al estilo García Canclini con sus políticas culturales de negociación y transacción, para reinterpretar las nuevas configuraciones en los diferentes campos culturales. Esa reinterpretación, aunque a estas alturas parezca lugar común, solamente se producirá con el encadenamiento de teoría y práctica, es decir, en el intercambio respetuoso de saberes y quehaceres. Así, la investigación y la producción de sentido que se da en las instituciones y en grupos organizados de la sociedad civil, además de su pertinencia social y colectiva, y de la necesaria congruencia de metodologías inter y transdisciplinarias, deberá transferirse a los sectores populares, pero en una relación dialógica.

Dicho de otra manera: habrá que retornar a los sectores populares, pero ya no en términos del extensionista o del intelectual / artista iluminado que llega a entregar sus productos para “educar” y “concientizar” al pueblo. No, se trata de establecer nuevas relaciones donde el intelectual y el artista se conviertan en mediadores y facilitadores que entregan dialógicamente las categorías conceptuales básicas y los elementos de la producción artístico/cultural a los sectores subalternos, para que sean ellos quienes desarrollen creativamente sus propias propuestas desde un “empoderamiento” colectivo. Es restablecer un diálogo necesario donde el intelectual y el artista también aprenden de los saberes populares, integrándolos a su producción teórico/metodológica. Se trata, en fin, de superar el patriarcalismo cultural, el extensionismo academicista y la “opción políticamente correcta”, para pasar a la acción concertada donde los sectores populares sean, ahora sí, los verdaderos protagonistas.

* Escritor e investigador costarricense. Es Profesor del Instituto tecnológico de Costa Rica donde dirige la revista cultural FRONTERAS.

LUIS CAMNITZER: UN PALÍNDROMO FRENTE AL ESPEJO*

Adriano Corrales Arias*

ADVERTENCIA:

Invitado amablemente por el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) para realizar un análisis sobre la exposición retrospectiva de Luis Camnitzer, inicié por preguntarme acerca del valor de mi limitado intento. El valor real, no conceptual. Pero, debido a mi timidez, es decir, a mi incapacidad de preguntar cuánto me pagarían por ello, he debido quedarme en lo conceptual. Todavía a esta edad me parece corrupto cobrar por el honor de exponer mis consideraciones acerca de la propuesta de un artista de la talla de Camnitzer. ¿Cómo podría dejar pasar esta oportunidad? Y sin embargo, no dejo de cuestionarme: ¿por qué no cobrar? Escuchar, o leer, sin pagar, es robar. No obstante, mantengo mi ambivalencia e ingenuidad, por ello, posiblemente, este “análisis” carezca de validez. (Imagen: Adriano Corrales)

A sabiendas de que “el objeto de arte es un objeto comercial”, decidí asomarme al espejo del “cinismo ético” con la resuelta disposición de recibir alguna paga por la próxima ponencia que me soliciten. (Ya casi expongo una razón de mayor peso para no cobrar en esta ocasión). Porque, vuelvo a interrogarme: ¿si el objeto artístico es una mercancía, el producto del trabajo intelectual también lo sería? El asunto es cómo mantener las ideas puras sin contaminarlas de la vulgaridad que nos propone el mercado. Si la cultura es un proceso colectivo y el trabajo artístico e intelectual apenas incidentes en la biografía del autor, entonces con mucha mayor razón debo exigir un emolumento por mi esfuerzo. Por supuesto, la administración del museo, y ustedes como público, podrían exigirme un rango de “calidad” en esta ponencia. Pero, ¿quién determina la escala de valores de la calidad, el ISO artístico/intelectual?

Cuando ingresé por primera vez a observar la exposición, luego de mirar detenidamente y de tomar algunas notas, decidí abrirme a la siguiente sala del museo. La impresión del cambio fue brusca, por no decir violenta. Al encontrarme en medio de una tienda con la coquetería y el desparpajo de los mercados de artesanía, cafetería - aunque sin café - incluida, se multiplicó el complicado dilema del centro y la periferia. Pasar de Camnitzer a la tienda no es fácil, mejor dicho, lo sería si existiese una buena transición, especialmente luego de mirar la cuadratura del círculo. Pero, bien mirado, de algún modo, y según su propuesta, también es algo “natural”. La cuadratura del círculo. Del arte global al arte local. Autoservicio. “La adquisición es cultura”. Miro-admiro-mío.

Controlado el asombro me dirigí a la funcionaria responsable que cómodamente leía un libro en un escritorio y le balbuceé mis opiniones. Ella me respondió: “bueno, es que todos los museos del mundo poseen una tienda y, además, con la situación económica del museo…”. Esa fue la razón de peso que me inhibió para reclamar un pago por mis servicios intelectuales.


EL ESPEJO SOY YO, EL OTRO ES EL REFLEJO:

Lo que nos plantea de entrada Camnitzer es un diálogo, un debate, una polémica con nosotros mismos. La ambivalencia entre mercado y revolución, estética y ética, individuo y colectividad, realidad y apariencia, obsolescencia de la palabra y ambigüedad de la imagen, pasado y presente, simulacro e historia, centro y periferia, hegemonía y marginalidad, son las claves de su compleja propuesta que parte de la concatenación de elementos, de la yuxtaposición de significados. Todo ello siempre dispuesto en las coordenadas, o rejillas, del poder.

Así, lo que nos entrega Camnitzer es un isomorfismo, o una mezcla de lenguajes verbales e icónicos, donde el intercambio de mensajes entre esos sistemas, y la transformación de los mismos en el proceso de traslado, nos ofrecen un sistema dialógico, es decir, un diálogo permanente entre los significados de sistemas que aparentemente eran contrarios o contradictorios. Y ya lo sabemos: la comunicación dialógica es la base de la formación de sentido.

Esa dialogía es también una dialéctica que se desconstruye y se eslabona intercambiando significados: lo antiético es lo estético, lo vendible es lo validado como artístico, lo políticamente incorrecto es lo correcto, la víctima puede ser el victimario. Hay una cooptación y un traslape de contenidos y significados que interroga a la realidad mientras el mismo autor se interroga sobre la validez de los objetos producidos, que a su vez nos interrogan como posibles interlocutores de las ideas propuestas: “Desgraciadamente lo único que te queda es la ética”. “Vos explicás y yo no entiendo tu dogma”. “Desgraciadamente yo tengo las balas, aunque no debiera”. “Vos tenés las balas y yo muero”.

Vista así, la realidad es una difracción, un reflejo imperfecto de algo que no sabemos si es real. Nos asomamos al espejo pero en el fondo quien se mira es otro. La opacidad del azogue nos confunde y nos convierte casi en un holograma, en la vaguedad de una frase. No sabemos si somos reales o si somos un simulacro de lo real. Tal vez solamente el argumento de un libreto que alguien ha dispuesto en el entramado de una realidad absolutamente ajena porque no la controlamos. Somos como un libro que nadie escribió. “Las memorias del agua”, “El libro del tiempo”.

LA PERIFERIA DEL CENTRO O LA ASIMETRÍA DEL DIÁLOGO:

El elemento central de la propuesta de Camnitzer (para tratar de ubicarlo en su cronotopo, porque es un centro descentrado) es la argumentación entre centro y periferia, pero siempre en la dinámica del intercambio de significados. Así, la oposición entre centro-periferia también es la oposición entre el ayer y el hoy, “el pasado de las ideas y las ideas del pasado”, donde el centro (el núcleo) se convierte en periferia y viceversa. El artista se propone destruir esa dualidad, o la reconstrucción del todo semiótico por una parte de él, a partir de la creación de un nuevo lenguaje o, mejor dicho, lenguajes. La destrucción de esa totalidad semiótica provoca un proceso acelerado de “recordación” que se sustenta con la firma, por ejemplo.

En el centro están los sistemas semióticos dominantes: autodescripción, metalenguajes, gramáticas. Pero esto cambia cuando la descripción la hace un sujeto externo, o desde la periferia, como el mismo Camnitzer. Porque todo depende del observador. “De la oposición de un observador depende por dónde pasa la frontera de una cultura dada” nos dice Iori Lotman, en quien me apoyo teóricamente para continuar el análisis. (Lotman, Iori M. La semiosfera. I. Semiótica de la cultura y del texto. Ediciones Cátedra, Madrid, 1996: 29).

La interconexión de los elementos del espacio semiótico no es una metáfora sino una realidad. La metáfora consiste en que todo es real y lo real existe porque se metaforiza, se convierte en un simulacro, en un espectáculo. Dicho de otra manera, lo real se deshistoriza y la historia se metaforiza. Así, el dinero es la gran metáfora de la posmodernidad: no existe (lo que hay son rectangulitos de plástico codificados, o cifras cibernéticas), pero, como Dios, está presente en todo lugar, porque todo se vende y se compra a través de esa compleja metáfora del capital. De tal manera que el diálogo deja de ser comunicación y se convierte en transacción. La asimetría coopta al diálogo y lo convierte en un monólogo de la hegemonía: “la estética vende, la ética derrocha”.

He allí la semiosis de la globalización neoliberal: lo que nos es intercambiable como transacción, como intercambio de mercancías, no existe, incluida la institución arte: “el espíritu del arte habita en la firma”. Y quien no consume tampoco existe. Por eso el arte no está concebido para exhibirse públicamente, sino para archivarse en colecciones privadas con el objetivo de que adquiera plusvalía. Y las colecciones están en el centro, o tienden hacia el centro. En otras palabras, la periferia solamente existe para el centro si ésta consume o produce mercancías para consumir, preferiblemente a bajo costo. La periferia es deshechable si no ingresa a las rígidas leyes del mercado.

EL PALÍNDROMO COMO JUEGO DE BARAJAS: TODO SE VALE:

En la ética del mercado todo se vale. El fin justifica los medios. Hablamos de las ganancias. La economía no importa, pero sí las finanzas. Todo se pone patas arriba, y arriba siempre voy yo. Lo contrario significa lo mismo y lo mismo siempre soy yo. Ética del individualismo feroz. Individualismo de la ética privada o anónima. La comunidad es una masa, el tercer mundo un agujero. Y lo que usted diga puede ser usado en su contra.

Porque la realidad se escribe de una forma pero se lee de otra manera, mejor dicho, de múltiples maneras. Como el palíndromo, que no es que carece de sentido, sino que posee muchos sentidos: en la lectura “normal” el texto es identificado con la esfera “abierta” de la cultura, y en la inversa como la esotérica. Lo esotérico es lo mágico, lo que se nos escapa, lo que no vemos. Es decir, el truco del jugador, del fabulador, del artista. Por eso el artista está en la frontera, entre cielo y tierra, entre la realidad y la irrealidad. Y juega con ella. Y con ella usufructúa.

Como el palíndromo pero en el espejo: es el reflejo de la lectura en dirección opuesta, lo que activa el mecanismo del otro hemisferio cerebral: el reflejo contrario, el texto en la imagen y la imagen en el texto. Una asimetría funcional que “funciona”. Lo correcto deviene en incorrecto y viceversa. Pero el truco está concebido dentro del gran juego conocido como arte, que es una de las salas del Gran Casino de la Cultura. Allí la apuesta ya no es por la recompensa solamente, sino, además, por el reconocimiento. Porque para ingresar al Gran Casino se precisa de la invitación de su Gerencia. Y solamente se invita a los elegidos. Entonces el artista invitado es el gran prestidigitador que a partir de sus cartas, las parejas simétricas y asimétricas, nos invoca y convoca, nos deslumbra y nos provoca, nos interroga y nos golpea, nos juzga y nos babosea. Aunque deba comisionar su trabajo a otros asalariados.

El Gran Casino se mueve por los principios de economía de la semiosis y de semiosis de la economía: un principio invariante de los procesos comunicativos: simetría-asimetría es un mecanismo especular que forma las parejas simétrico-asimétricas y que, al parecer, y según Lotman, está ampliamente difundido en los mecanismos generales de sentido que podríamos decir, es universal. Es lo que el teórico estonio denomina la “Ley de simetría especular”: “Los objetos que se reflejan tienen en su estructura interna planos de simetría y asimetría… los planos de simetría se neutralizan y no se manifiestan en nada, y los de asimetría devienen el rasgo distintivo estructural fundamental” (ob.cit.: 41). Esa es la base estructural de la relación, o la comunicación, dialógica.

REMATE:

Lo que no se intercambia no existe. Y si la ética del capital es cínica lo cínico puede ser ético. Es la ética del cinismo o el cinismo de la ética. La pregunta es: ¿Cómo puede producirse arte sin corromperse? O, ¿cómo puedo usar la corrupción sin corromperme? La curvatura del círculo. Preguntas sin respuestas, respuestas sin preguntas. Estamos en la frontera. Lección de óptica. Las barajas son nombres, los nombres fosas comunes. Escuchar sin pagar es robar. La estética vende… ¿Cómo interpretar a Camnitzer sin traicionarlo ni traicionarme? ¿Cómo hacerlo sin contaminarme? ¿Y quién reconoce el esfuerzo? ¿Quién cubre los gastos? Definitivamente este texto no existe. Nadie lo remunera.


*Ponencia presentada en el marco del programa “Asedios críticos” del Museo de arte y diseño contemporáneo de Costa Rica (MADC) el 28 de junio del 2007.

*Escritor, profesor e investigador del Instituto Tecnológico de Costa Rica.

LITERATURA DE ÉLITE VERSUS LITERATURA POPULAR
(El caso de García Márquez y Cien años de Soledad)

Adriano Corrales Arias

Muchos años después, frente al pelotón de investigadores y periodistas, el escritor Gabriel García Márquez había de recordar aquella noche remota en que Franz Kafka lo llevó a conocer el hielo. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, por eso Alvaro Mutis, a sabiendas de ello, le presentó de golpe al otro personaje que habría de ayudarle a reescribir la historia: Juan Rulfo. Y así, con Pedro Páramo desplegado y a cuestas, despejó el panorama hasta lograr referirnos la increíble y triste historia de Macondo, produciendo ese fenómeno conocido como Cien años de Soledad. (Imagen: Balalaika en clave de son, novela de Adriano Corrales)

Sin embargo, y según ciertas leyendas urbanas, pareciera que algunos escritores, como Jorge Luis Borges y sus adláteres, consideran la novela de Gabo como una simple recopilación del folclore colombiano, específicamente caribeño, por extensión latinoamericano. Dicho de otra manera, para algunos estudiosos, escritores e intelectuales, la novela no alcanza la calidad ni el rigor de una verdadera obra literaria, incluso muchos pronostican que dentro de 50 años nadie recordará al autor y sí al mismo Borges y a Rulfo, para colocar dos ejemplos de una larga lista.

La polémica abarca más y se extiende desde los años cincuenta del siglo pasado. Ciertamente el Realismo mágico, o lo Real maravilloso, está agotado. Su ciclo, que produjo obras rotundas como Hombres de maíz o El señor presidente de Miguel Ángel Asturias; Ecue-Yambe-O, Los pasos perdidos, El reino de este mundo y El siglo de las luces de Alejo Carpentier; Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri; o casi toda la obra garcíamarquiana, se ha cerrado dando paso a un abanico de posibilidades narrativas que se abre hasta lo que algunos denominan luxaciones posmodernistas, muy cercanas al collage, el happening, el vídeo, el zapping, el pastiche y el panfleto.

Pero ¿qué es el Realismo Mágico, o lo Real Maravilloso? Alejo Carpentier, desde el Surrealismo, y en contraposición con el mismo, definió al segundo como la creación de un mito americanista y barroco; García Márquez, desde su colombolatinoamericanidad, delimitó al primero como un “realismo desmesurado” donde el mito es destruido por la historia. Más allá, o más acá, de ambas definiciones, la academia hispanoamericana, especialmente la española, intentó definirlos desde ambas perspectivas, pero siempre con la incómoda postura de quien sabe que llegó tarde al convite.

La confusión teórica-metodológica, o propiamente estética, procede de la asimilación del Realismo Mágico, o lo Real Maravilloso, con la Nueva Novela Latinoamericana (el boom de los sesenta/setenta), y del sospechoso concepto sobre lo desmesurado y fantástico de la realidad (identidad) americana frente a lo europeo. Así, se quiso embutir en un solo saco a novelistas que comparten franjas temáticas y hasta de estilo en algunos momentos, pero que son diametralmente opuestos en el abordaje estético, caso de Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Amado, Ernesto Sábato y Julio Cortázar, para mencionar a los relevantes del boom. Como se sabe, la “nueva novela” latinoamericana transitó, y transita, por diversas autopistas ideo estéticas y no solamente por el Realismo Mágico o lo Real Maravilloso, como aún suponen algunos lectores y críticos europeos. Piénsese en precursores como Rafael Arévalo Martínez en Guatemala, Roberto Arlt, Filisberto Hernández o el mismo Borges en el Río de la Plata, para no mencionar a Cabrera Infante, Lezama Lima y Severo Sarduy en Cuba, entre muchos otros.

Esa confusión es lo que, probablemente, gestó la flema borgiana, aunada a la vieja pugna entre cultura de élite (lo conocido recurrentemente como “culto”) y las culturas populares. La opción borgiana por la metafísica, la circularidad del tiempo y el mito del eterno retorno, así como la célebre polémica de su grupo de Florida contra el de Boedo, lo previnieron ante una literatura que se enriquecía de las culturas populares y de sus mitos, aunque en algunos de sus cuentos y poemas las aprovechara. Agreguémosle a ello la no disimulada percepción, en algunos círculos, de que Gabo no es un “intelectual”, sino un escritor-reportero, por tanto un personaje de “medio pelo”, a pesar de su apabullante éxito editorial y de su Premio Nóbel. O, a lo mejor, el mismo éxito le granjeó esa predisposición de intelectuales y escritores tipo Borges. Es decir, la siempre antigua y renovada polémica entre lo culto y lo popular (o entre un arte “auténtico”, “puro”, y un arte contaminado o híbrido) se tiñe también de esos preconceptos y suposiciones. Y aquí es donde sobreviene la verdadera discusión.

En mi primer año de universidad, en Humanidades, practiqué un análisis de El otoño del Patriarca, la novela más pretenciosa y experimental de García Márquez, cuya polifonía me causó no pocos dolores de cabeza. Aún no había leído Cien años de soledad por lo que me arriesgué a hacerlo. Mi primera sacudida, además de una extraña fascinación, consistió en que, de alguna manera, algunas de esas historias ya me las sabía, al menos alguien me las había contado pero de diferente manera y con diversos personajes. A medida que avanzaba en la lectura, repasaba los cuentos de aparecidos y de sustos que mi madre nos contaba en mi lejana infancia sancarleña, y recordé entonces a los campesinos que se reunían por la tarde en la pulpería-cantina de mi padre a contar historias de esa estirpe, como la mata de yuca que sembró uno de ellos (En Marsella de Venecia de San Carlos) y creció tanto que, tratando de seguir una de sus raíces, cavó un túnel que fue a desembocar en pleno centro de Ciudad Quesada. Don Erlindo Arias era uno de esos copleros y contadores de “yucas” (exageraciones) conocidas en Guanacaste como “tallas”, especialista en un realismo popular tan desmesurado como el que exhibía García Márquez.

Asimilando un poco más la novelística garciamarquiana, caigo en la cuenta de que, al menos Cien años de Soledad, no es más que la estilización de aquéllas “yucas” y cuentos de aparecidos escuchados con embeleso y terror en mi infancia, hilvanadas por la maestría de un gran narrador. El mismo Gabo lo ha reconocido al confesar que la novela no es más que la recreación de las historias que le contaban sus abuelos allá en Aracataca, su pueblo natal. La fábula se asienta sobre la rica y plural tradición oral de nuestras culturas populares, en su caso la de la costa caribe colombiana, región donde convergen variadas formaciones culturales y lingüísticas. Y esa es su verdadera riqueza.

Contrario a la narrativa fantástica, metafísica, de “pantalla chica” o experimental, la cual debe acudir básicamente a la capacidad intelectual y a la pericia imaginativa del autor, o a una mitología reconocible por el lector, el realismo garciamarquiano bebe en las fuentes inagotables de las culturas populares, imbricándolas con la Historia que a veces irrumpe violentamente desde el exterior destrozando el mito, caso del establecimiento de la compañía bananera en Macondo. Allí estriba la magia de una novela como Cien años de soledad: esas cosas extrañas que se nos narran no son exactamente la fantasía: el autor les impide ser fantásticas al tratarlas como si fueran cosas comunes y corrientes. Pareciera que estamos frente a frente con el narrador pues la novela tiene un alto grado de espontaneidad y su estilo es directo y conciso, justo como en la tradición oral. Todo ello con un certero humor y sin mayor pretensión que enganchar al lector para que se involucre en las acciones del mundo narrado.

García Márquez parte de la realidad sociocultural de su entorno para construir una metáfora latinoamericana que, a fuerza de verosimilitud escritural y de un origen que se hunde en las raíces de la cultura humana, adquiere significado universal. Cien años de soledad está en la preconciencia del pueblo latinoamericano y de la raza humana, porque se nutre de la oralidad popular y se apropia de matrices que trascienden fronteras y significados, debido a una enjundia narrativa reconocible en cualquier sitio. Así, son muchas la personas (como en el caso de La Biblia - que según García Márquez es la mejor novela que se ha escrito-, Las mil y una noches, La Iliada, El Quijote o el Ulises de James Joyce, para mencionar algunas cumbres de la literatura universal), que pueden hablar largamente sobre la novela sin nunca haberla leído. El argumento o fábula, más allá de su riqueza narrativa, la trascienden convirtiéndola en historia colectiva, en símbolo abierto al imaginario popular de todo un continente y de la humanidad.

Aquéllos que vaticinan corta vida a esta novela emblemática de la literatura hispanoamericana del siglo XX no han reparado en su poder mágico trascendente: procede y acarrea materiales populares altamente sensitivos que se intercalan y entrecruzan con las formaciones socioculturales y lingüísticas más significativas del planeta. Por supuesto, siempre habrá lugar para la edición lúdica y fantástica de un Cortázar, la precisión imaginativa de un Rulfo, la fuerza onírica de un Onetti, la épica maravillosa de un Carpentier, la dicción profunda y magistral de un Roa Bastos, la profundidad intelectual y metafísica de un Borges o el barroco estilizado de un Lezama Lima, para no ir más lejos. Pero no hay duda de que García Márquez perdurará como narrador más allá de sus propios libros, porque ya se ha instalado en el corazón del imaginario latinoamericano y de la narrativa universal.

La polémica, ficticia o auténtica, continuará por otros medios, con otros matices e interlocutores. Nuestra narrativa irá enriqueciéndose con nuevos aportes y nombres porque el mundo de la literatura es plural, ancho y ajeno. Pero la cosmovisión latinoamericana ya no podrá desterrar ese libro mítico escrito por un cachaco nacido en Aracataca.

DEL OMBLIGO, LA MÁSCARA Y LA CHOTA
(La gran novela perdida. Historia de la narrativa costarrisible.
Carlos Cortés. Editorial Perro Azul, 2007).

Adriano Corrales Arias*

Con gran fruición y gracias a la cortesía del mismo autor, he leído La Gran Novela perdida, historia personal de la narrativa costarrisible, mezcla de relato de ficción, ensayo, crónica y panfleto. Lo primero que llama la atención es precisamente eso: la hibridación de géneros, regodeos y formas de acercamiento al fenómeno de la narrativa costarricense contemporánea en el período de 1975 al 2007, incluyendo novelas que aún no se han publicado (las de Rodolfo Arias y Alexander Obando).

La mezcla sorprende. Uno espera un texto de análisis cercano al ensayo o a la crónica, al menos al recuento histórico-bibliográfico con cierta dosis de apreciación - para no decir crítica - literaria, que es lo que, supuestamente, se le encomendó al autor por parte del Centro Cultural Español como parte de la serie Miradas subjetivas. Resulta que el autor, luego de un cuadro cronológico, se inventa un personaje ficticio (Méndez Lihn) a quien contrapone dialogicamente con Tito Torres (¿su alter ego?), otro personaje ficticio. El primero, arquetipo del escritor costarricense (costarrisible) en el cual se ceban la burla, la murmuración, la chota y la acumulación de todos los males y perversiones de ese incógnito literato, es una especie de alegoría acerca del escritor que no pudo ser, o acerca de la imposibilidad de la escritura. O suma de varios escritores vivos, vaya uno a saber.

No es que sea negativo el encabalgamiento de ficción y realidad. Al contrario, es sano y provocativo, si se tratase de una novela o de un relato, caso de Polo Mora en La película o A flote. Lo que sucede es que el narrador protagonista (Tito Torres), con la pretensión de hacer “crítica seria” a una narrativa costarrisible, termina adoptando el mismo vicio que Yolanda Oreamuno tanto criticara, subrayado a través del decálogo de Méndez Lihn (pag.59): “un arma blanca… que se puede portar sin licencia y se puede esgrimir sin responsabilidad. Tiene finísimos ribetes líricos, de agudo ingenio; sirve para demostrar habilidad, para aparecer perito, para ser oportuno, filosófico y erudito. Afecta características distintas: es empirismo sociológico y empirismo freudiano. Además, contra tan fina y elegante arma no hay defensa. Usted la encuentra esperándole en la boca de su mejor amigo, en la mano de su colaborador, en el periódico matutino y en el vespertino; en todas partes… Tiene la ventaja indudable de que usted no necesita respetar a nada ni a nadie, y que no se requiere mayor profundidad para su ejercicio”.

Dicho de otra manera: perpetuando la maña nacional de no decir las cosas oportunamente y de frente, como corresponde, sino escudándonos en la máscara o el antifaz, o en terceras personas (dime que te diré), el autor retoma la “chota” para exponer una versión de la narrativa contemporánea desde el ombligo de su propia mirada. Sí claro, él nos lo advierte: es una historia personal. Así, sus opiniones acerca de la compleja trama narrativa de los últimos treinta años en Tiquicia, algunas ciertamente bien documentadas y necesarias, son respetables y recepcionadas como eso: opiniones. Pero de allí a juzgar desde “personajes ficticios” (por cierto, no sin cierta homofobia, caso de Méndez Lihn) para no dejar títere sin cabeza y despotricar contra un país donde “no se puede escribir de nada porque acá no pasa nada desde el big bang” (como si la primera derrota del imperio norteamericano en Latinoamérica no hubiese sucedido allí en la hacienda Santa Rosa hace 151 años, solamente para poner un ejemplo), no deja de ser un facilismo literario que encubre la responsabilidad de emitir criterio contextualizado y justificado teóricamente.

De tal manera que la imbricación de personajes ficticios en la crónica historiográfica y en la recensión literaria, en vez de aportarle vigor a las mismas, las debilitan y las pervierten. Incluso, los conceptos se sesgan, lamentablemente, cuando el autor introduce sus (¿auto?) entrevistas, como si lo importante fuese el criterio sobre su propia obra y no el análisis de conjunto, es decir, el delirio de creernos juez y parte en una formación discursiva a la cual ciertamente se pertenece, pero no como su centro, como el ombligo de la misma.

Además de la sed de protagonismo, no nos queda claro, al final, si nuestra narrativa es “costarricense” o “costarrisible”. No se nos revela, ni se define, el término acuñado por Eunice Odio. Porque es “costarrisible” cuando se habla de “los otros” escritores, o en boca de Méndez Lihn, no así cuando se subraya la novelística del autor y de sus amigos (“compañeros de viaje”) caso de los elogios a Rodrigo Soto (allí es “narrativa costarricense”) o de Jorge Méndez Limbrick (acá es “novela costarricense”).

A propósito, las reseñas finales de El Nudo y de Mariposas negras para un asesino, más allá de la condiciones de posibilidad de las mismas, coquetean importunamente con las cualidades de sus autores (amigos): Rodrigo Soto “cultivó hasta hace poco el mito de Peter Pan” y Méndez Limbrick (¿Méndez Lihn?) “no era un hombre mucho mayor que nosotros, pero que parecía mayor, se tomaba las cosas con seriedad apabullante y frenética…”, tanto que “se entenderá la sorpresa mayúscula que me llevé, como jurado del certamen UNA palabra 2004, al saber que detrás de la plica y de la espléndida novela que es Mariposas negras para un asesino (Premio UNA Palabra, Heredia: EUNA, 2005) se encontraba mi amigo....”.

Podría ahondar más en este singular e interesante texto, pero el espacio no me lo permite. Las posibilidades del mismo son notables. En todo caso es de agradecer a Carlos Cortés la oportunidad de dialogar y disentir con sus opiniones. Y destacar lo necesario del libro en una Costa Rica poco habituada a la polémica, pues proporciona insumos para un estudio y una discusión de mayor profundidad.

ROBERTO CABRERA: PUENTE ENTRE CULTURAS,
SABERES Y QUEHACERES

(Con motivo de la retrospectiva de su obra en Paseo de los Museos
Casa Santo Domingo, Antigua, Guatemala)

Adriano Corrales Arias

BREVE INTRODUCCIÓN:

Hablar de Roberto Cabrera es hablar de inquietud artística, iniciativa cultural, curiosidad científica, estudio riguroso y aguda reflexión intelectual. Tal y como los sabios renacentistas lo preconizaban, su quehacer se ha desplegado por múltiples campos, disciplinas, saberes, espacios y tiempos. Si uno revisa su extenso curriculum se percata inmediatamente de la variedad de intereses y preocupaciones, ya no solo en el terreno del arte, donde se desenvuelve como pez en el agua, sino en campos complementarios, e incluso incómodos y disímiles para la práctica artística contemporánea, como la economía, la comunicación (semiótica), la historia, la etnografía, la antropología... en fin, la pluralidad de quehaceres en el amplio marco de las ciencias humanísticas, o lo que los norteamericanos han bautizado como estudios culturales.

Por eso no voy a realizar un análisis de la producción artístico-intelectual del maestro Cabrera, mucho menos una reflexión investigativa de sus resonancias en la esfera estética o conceptual. Eso le corresponde a los especialistas. Sencillamente intentaré acercarme al Roberto Cabrera hombre, ese que me ha permitido interactuar para conocerlo desde la intimidad en largas conversaciones, encuentros con otros intelectuales y autores, y en sonadas aventuras organizativas en el terreno del arte y de las culturas populares. Y al Cabrera inter y transdisciplinario, ejemplo de la necesaria integración de saberes que, hoy como nunca, se impone para reinterpretar la compleja realidad en una época de globalización bajo esquema neoliberal.

Por supuesto, no obviaré referirme a su extensa producción artística y a su intensa labor como estudioso, educador, promotor, investigador, extensionista y crítico artístico-cultural. Pero me concentraré en su faceta principal: la de tendedor de puentes entre diversos saberes y campos culturales. Y entre dos países que se han reconfigurado en la región centroamericana como referentes indispensables e ineludibles de la actividad cultural y de las prácticas artísticas: Guatemala y Costa Rica.

SU PRODUCCIÓN ARTÍSTICA:

El recientemente fallecido periodista y poeta polaco Ryszard Kapuscinsky decía, refiriéndose a la literatura, que la más auténtica es la que sabe narrar, no a través de la pura invención y ficción, sino a través de los hechos directos, de las personas y las cosas, de esas transformaciones desquiciadas y vertiginosas que impiden atrapar el mundo en su totalidad y ofrecernos su síntesis, permitiéndole únicamente al poeta, como un reportero en el caos de la batalla, atrapar unos cuantos fragmentos. En otras palabras, escribir en nuestros días significa decir lo que se ve, hablar de la realidad tal y como es, no “ficcionar” porque, definitivamente, la realidad supera a la ficción.

Pienso que la producción artística de Roberto Cabrera hace suya la afirmación de Kapuscinky, en tanto ha intentado recoger en sus dibujos, cuadros-objeto, grabados, collages, ensambles, objetos esculturados, escultopinturas, e instalaciones, la esquizofrénica y violenta realidad histórica de su país de origen, Guatemala, y en general de América Latina y del mal denominado Tercer Mundo, utilizando las técnicas formales de lo más avanzado de las vanguardias y transvanguardias de los países centrales o hegémonicos. Todo a partir de la investigación de campo antropológica y socioculural, del estudio como autodidacta y de la experimentación formal para apropiarse de los lenguajes de los productores de las metrópolis y reconfigurarlos en una temática donde los sectores populares son los protagonistas principales y las víctimas.

Como el mismo Roberto lo expresara en su Autorretrato integrado al célebre texto de Lionel Méndez Dávila (Roberto Cabrera, su producción artística, aproximaciones a la teoría de la dependencia y posibilidad de una estética en su contexto, Guatemala, 1976): El arte es, desde luego, una estructura compuesta de elementos contradictorios. Pero esa estructura está dentro de otra estructura mayor. Ser realista en el arte, o en cualquier manifestación práctica dentro de esa estructura de estrucuras, es lo que en mi trabajo trato de alcanzar. De esa manera, los rostros indígenas y ladinos, torturados, asesinados, desaparecidos o violentamente expuestos en las páginas rojas de diarios y telenoticiarios, deambulan y se mezclan con rótulos de tiendas, carteles populares, anuncios, arreglo de altares, adorno de muertos, equipajes, vestuarios, gestos y objetos de plazas, mercados, bares y pulperías; o entre objetos e imágenes procedentes de las culturas dominantes o hegémonicas.

Esa producción ha estado acompañada siempre por la búsqueda histórica, antropológica y etnográfica (“etnointerpretativa” como la llama él mismo) de los mitos fundacionales de Mesoamérica en colisión con la modernidad impuesta, para darle soporte conceptual, ya no solo a las mismas producciones, sino a la identidad de sus interlocutores, y lo que es mejor, a la del propio productor. Porque Roberto Cabrera hace de su trabajo visual una intensa búsqueda de sí mismo en una realidad abruptamente dividida por las contradicciones de su pasado histórico y de un presente confuso donde una supuesta posmodernidad se muerde la cola en países dependientes y no realizados desde el mismo punto de partida de la modernidad, con profundas asimetrías y violentas diferencias que no permiten, al parecer, la consolidación de un proyecto que aglutine la diversidad en la unidad y viceversa.

Así, muchas de las series que ha pintado (Personajes del solsticio, Personajes del Chilam Balam, Serie Popolh Vuh, Serie Maximón) van de la cultura popular al desciframiento de los mitos encerrados en los libros míticos (Chilám Balam, Popol Vuh, o Poh Wu, como pronuncian los lingüistas contemporáneos) y, especialmente, todo el ritual y la cosmovisión que se desarrollan alrededor de las estructuras y cofradías de los ritos frutales del Maximón de Santiago de Atitlán y de otras comunidades guatemaltecas, así como del San Simón apropiado por la cultura “ladina”. De allí pasa a las series que reflejaban la situación social, principalmente urbana, en la Guatemala de finales de los setenta (Serie Génesis, Transfiguración XV-XX, Serie El Muro, Personajes de Tierra Caliente, Personajes Cotidianos, etc.) que lo ubican dentro del arte documento o testimonial. Hoy, retomando, esa larga experiencia de búsqueda y aprendizaje, luego de su regreso a Guatemala tras una larga estadía en Costa Rica, continúa interviniendo la realidad con una perspectiva mucho más madura, pero siempre dentro de las grandes coordenadas que han delineado su producción estética.

EL PROMOTOR Y EL EDUCADOR:

Uno de los rasgos sobresalientes de Roberto Cabrera es el de promotor artístico y cultural. Desde las primeras armas juveniles como estudiante y coorganizador de grupos como la Asociación de Artes Plásticas, o de publicaciones universitarias como Color y forma, pasando por esa intensa experiencia organizativa y teórica que marcara su impronta en el arte guatemalteco, la conformación del grupo Vértebra, hasta la organización de la Asociación CERCA, la ACEIVPA (Asociación Costarricense para el estudio de la Vertiente del Pacífico) y la Asociación Nacional para el desarrollo y la promoción de las culturas Populares (ANACUPO), para poner tres ejemplos de su extensa residencia en Costa Rica, el artista ha desplegado sus dotes de organizador y promotor de organizaciones, galerías, talleres, exposiciones, publicaciones, encuentros, congresos, etc.

En esas lides organizativas costarricenses me ha correspondido conocer, compartir y reconocer su trabajo, el cual ha derivado en aventuras gloriosas como la organización de la exposición que denominamos Guaterica y que lograra implementar una muestra de arte costarricense en el Museo Carlos Mérida de Guatemala y otra de arte guatemalteco en la Galería Nacional del Centro Costarricense de la Ciencia y la Cultura. El vigor, la constancia y la camaradería que se expresa a veces en la observación crítica y en la reconvención fraterna, hacen del artista un emprendedor lúcido desde la sociedad civil como contraparte a la desgana de políticas culturales por parte de nuestros gobiernos mediatizados y cooptados por el capital transnacional y globalizado.

En otro terreno donde se ha desarollado el maestro Cabrera es en el de la docencia. Desde que partiera como profesor en la Escuela Preparatoria a nivel medio en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) pasando por la Universidad Popular, la Universidad de San Carlos, la Universidad Nacional y la Universidad de Costa Rica, su actividad docente se ha desplegado en diversas corrientes no solo estéticas o artísticas, como el dibujo o el diseño, la historia y teoría del arte o la estética, sino complementarias y transversales como el estructuralismo, los métodos de investigación, la semiótica, la historia en general, la teoría de la cultura, la antropología y la promoción sociocultural, entre otras.

Consciente de que la actual academia se ha burocratizado y se inmoviliza en compartimentos estancos, el maestro ha comprendido que la formación artística debe tener un ámbito más abierto y transdiscipliario. Por eso, desde que abriera su Estudio y Taller Cabrera, allá por el año 1972 en Ciudad de Guatemala, su interés por transmitir los conocimientos adquiridos a las nuevas generaciones ha devenido en una práctica docente de aula abierta, donde una plaza, un parque, una cafetería, un museo o galería, o su propia casa-taller-galería, son espacios propicios para el proceso de enseñanza-aprendizaje y cuya principal muestra es la notable actividad que desarrolla actualmente con jóvenes artistas urbanos e indígenas, con quienes implementa talleres libres de investigación y de actividad teórica, sin parar mientes en su nivel académico-escolar, sino, sencillamente, en su talento y en sus posibilidades de aprehensión conceptual.

Este tipo de trabajo docente imbricado con la investigación y la producción artística, no lo dudo en ningún momento, dará muy pronto sus frutos en el arte y la actividad intelectual guatemalteca. La academia, el sistema de enseñanza y las insituciones culturales, deberían tomar nota de este tipo de laboratorio docente extramuros, como un modelo a seguir en momentos en que, como ya lo señalamos, las mismas se estancan en estructuras burocráticas y poco flexibles para los cambios téorico-metodológicos que estamos observando en esta estapa histórica signada por la inter y trandisdisciplinariedad, así como por la cibernética y los avances tecnológicos en cuanto a la imagen y la reproducción audiovisual, herramientas imprescindibles para el desarrollo científico.

EL CRÍTICO, EL ESCRITOR, EL INVESTIGADOR:

Como lo he venido exponiendo, Roberto Cabrera es mucho más que un artista, mejor dicho¬, es un artista integral, o como se planteaba en los setenta y se continúa entendiendo: un intelectual orgánico. Su labor como crítico de arte, curador, mienbro de jurados de certámenes nacionales e internacionales, historiador, escritor e investigador, es igualmente cuantiosa. Son numerosos los textos de crítica de arte, teoría e historia del arte y estética que han salido de las manos del maestro. Muchos de ellos son fundamentales para comprender el devenir de la actividad artística centroamericana, especialmente guatemalteca y costarricense. Su labor como investigador, en esos terrenos y en el de las culturas populares, es innegable.

Pongo por caso la extensa investigación realizada sobre los últimos cien años del arte costarricense, proyecto que lastimosamente se vio truncado en la fase de edición y publicación del texto final, por razones inverosímiles que no viene al caso apuntar acá, porque se ha dado al traste con una de las investigaciones historiográficas más sólidas del período en el arte visual costarricense. Espero que en el futuro cercano, con ayuda quizás de algunas universidades e instituciones culturales, o tal vez de la empresa privada, se pudiese publicar dicha investigación para bien de la historia artística costarricense y centroamericana.

Sin ambargo, el mayor interés de Cabrera ha estado centrado en las culturas populares, especialmente de la región de la provincia de Guanacaste en Costa Rica. Uno de sus principales trabajos que analiza las culturas populares de esa región, desde la perspectiva histórica y antropológica de base y un planteamiento semiótico y comunicacional de la cultura en lo teórico y la práctica de campo es Santa Cruz, Guanacaste, una aproximación a la historia y cultura populares (Ediciones Guayacán, San José, 1989). Igualmente tiene en prensa con la Editorial Tecnológica del Instituto Tecnológico de Costa Rica, un trabajo sobre la ganadería y la hacienda guanacastecas, el cual combina la investigación de campo como acción y participación y la metodología de la historia oral y las historias de vida con la investigación de archivos y otras fuentes bibliográficas y documentales, dentro de una visón global, estructural y coyuntural, con interés en el trabajo interdisciplinario, sobre aspectos poco estudiados y analizados en una de las regiones más ricas y complejas de la historia y la cultura costarricenses.

Es de subrayar en el quehacer intelectual de Roberto Cabrera, su particular cruce e itercambio de intereses y saberes en una visión inter y trandisciplinaria que arroja resultados de una riqueza conceptual y metodológica inmejorables. Esa actividad parte de la convicción de que, en la contemporaneidad, por la crisis de la academia y de los sistemas de enseñanza, como lo hemos acentuado, y por la endogamia de la especialización en las ciencias, se hace necesario la complementariedad de saberes y disciplinas si queremos acercarnos a objetos de estudio como de los que se ocupan las ciencias sociales o las humanidades. Para ello se precisa de una revolución epistemológica que combine ciencias exactas con ciencias humanas y que acerque a la actividad científica, en un diálogo creador, a los saberes que han estado divididos y separados hasta ahora.

Se trata de una acción fronteriza que reúne la investigación en equipos inter y transdisciplinarios con criterio holístico y multicultural. He allí uno de los aportes más significativos del maestro Cabrera en tanto productor artístico, promotor y animador cultural, educador e investigador: el acercamiento de espacios socioculturales y geográficos en una visión compartida de la ciencia y el arte más allá de las fronteras conceptuales o políticas. Así, calibrar esa labor y sus producciones artístico-intelectuales, sobrepasa la mera enumeración de los logros estéticos en una retrospectiva, pues su actividad se hunde en una compleja red de intercambios y diálogos con la realidad artística, cultural y científica de América Central y de más allá, en los últimos cincuenta años.

Por eso quisiera proponer, para finalizar y como homenaje merecido, se le conceda simbólicamente la investidura, en el plano cultural y artístico, de el Mejor Diplomático que haya tenido Guatemala en Costa Rica y viceversa. Embajador por excelencia y constructor de puentes entre diversos lenguajes y géneros artísticos, así como entre ámbitos epistemológicos, filosóficos y culturales, su plural obra, en los terrenos mencionados y en otros que se me escapan por razones de tiempo y espacio, aguarda a que se le reconozca y se le promueva como corresponde a la altura y profundidad de la misma. Y por esa razón, y otras más personales, brindo por el maestro deseándole larga vida para que su labor traspase los cercos domésticos más allá de mezquinas capillas, estereotipos nacionalistas y esquemas románticos e idealistas. ¡Salud Maestro!

San José, Costa Rica, febrero del 2006

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La transnacionalización literaria
vista desde Costa Rica

Adriano Corrales Arias,
escritor costarricense.

Suscríbase a la revistaEn la cada vez más intolerante y mundializada –léase vendida– Tiquicia, y hablando de literatura, para escritores, editores, críticos y lectores, se impone una reflexión profunda y un diálogo franco en torno a las políticas editoriales del Estado y las posibilidades de publicación en nuestro medio. Es notorio el cierre de espacios para las nuevas generaciones de narradores y poetas y para producciones literarias novedosas y alternativas. Recordemos el cierre del Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura, para no mencionar el desgaste y el poco alcance de la Editorial Costa Rica, editora estatal.

A medida en que el mercado se convierte en el rasero de toda producción cultural, los clichés y las fórmulas, especialmente en la novela, se transforman en paradigmas literarios, en tanto venden más, pues se ajustan espléndidamente a las expectativas de un público medio consumidor de literatura complaciente. Esos clichés y fórmulas literarias no son más que vulgares estrategias de mercado, las cuales niegan la experimentación, condición sine qua non para el desarrollo de una literatura.

Ya sabemos que el mercado se globaliza cada día más, y se profundizará con la firma del TLC y el ingreso de los países centroamericanos al ALCA y a las demás estrategias gringas para el control de nuestras economías. De esa manera la transnacionalización del mercado editorial es una realidad. Esto se puede comprobar en la instalación en nuestro país de las firmas de edición y comercialización de textos más influyentes, y en la oferta de las mismas. Así, el paisaje editorial ha variado aceleradamente. Basta con revisar los suplementos culturales y literarios: la mayoría de las reseñas de libros son de esas casas editoras y la presencia de comentarios sobre producciones costarricenses y centroamericanas, salvo las editadas por ellas mismas, es prácticamente nula.

Por lo demás, conocemos el esfuerzo lúcido, denodado y constante de editoriales independientes como Perro Azul, Andrómeda, Guayacán, Alambique, para mencionar las más activas, las cuales han abierto importantes espacios para el re-conocimiento de nuevos escritores y obras literarias, para no hablar de las universitarias y de la ya mencionada Editorial Costa Rica. Su esfuerzo es realmente digno de reconocimiento pues, ante el panorama descrito, su labor es la de burro amarrado contra tigre suelto: es sumamente difícil competir con los monstruos trasnacionales, además de la piratería de textos y la colaboración inmisericorde de algunos libreros que privilegian lo internacional ante lo nuestro.

La discusión y el diálogo alrededor de esta temática se hace más que necesaria. La galopante transnacionalización literaria podría estar cerrando puertas a la literatura emergente, no solo de Costa Rica sino de Centroamérica y de más allá. Sus estrategias mercadotécnicas han permeado indiscutiblemente el quehacer literario nacional. Incluso habría que sospechar, tal y como me lo sugirieron Antonio y Marta, dos amigos muy cercanos, si polémicas como la que vivimos recientemente sobre Cocorí, producción infantil del recordado Joaco Gutiérrez, la cual es acusada por algunos sectores de racista, no se inscriben dentro de esas estrategias para minimizar la producción nacional y abrirle brecha a fenómenos tipo Harry Potter.

En todo caso la literatura inteligente, tal y como denomina el escritor Alexander Obando a la literatura experimental, innovadora y contraria al canon dominante, debe buscar también sus propias estrategias para sobrevivir. Por supuesto, siempre será más fácil plegarse al carro globalizado de la mercantilización; lo difícil es producir literatura no convencional y contestataria, aunque no se lea de acuerdo a los gustos y a las modas imperantes. Pero debemos repensar nuevas formas de distribución y circulación de la mercancía libro, además de nuevas instancias para la promoción, e interpretación, de su lectura. Para escritores, editores, críticos y lectores, la cuestión está planteada
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Artículo patrocinado por Casa de Cultura José Figueres Ferrer

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