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IDIOMA SIN CORBATA/ Guillermo Fernández

La excelente pluma de Guillermo Fernández en esta columna se las trae. En algunas ediciones de la revista estaremos entregando una breve reseña del idioma costarricense y español, de la literatura, pero no como todas las columnas del idioma, esta se presenta sencilla, risueña y alegre, es decir, sin corbata. Que la disfrute.

UN POEMA POPULAR

Hace poco una niña recitó un poema que ofendió a un presidente del país. El poema no figurará en ninguna antología ni será editado por alguna editorial del Estado. Es una elaboración si se quiere tosca, salida de la pluma de un maestro rural. Que yo sepa no injuriaba a nadie. Hablaba de dignidad, de naturaleza secuestrada, de pobreza que no es atendida por los políticos. Leamos los siguientes versos:

...las voluntades se compran y por permisos oficiales,
corren en el Tempisque aguas negras y agroquímicos

Alberto Villegas es el poeta que escribió los versos de una decepción que uno comprende. Le tira a los municipios por negligentes, a quienes pusieron en venta a Guanacaste, a una trayectoria de olvido. Creo que el poeta vernáculo no inventó los temas que denuncia. Se dejan respirar por todos.

El poema se yergue en símbolo de una Costa Rica que siente y reconoce la traición histórica de sus políticos, escudados en las leyes del mercado. Porque hoy ya no importa Costa Rica a los señores y señoras del neoliberalismo corporativo. Importa ese mundo de entidades financieras que no tienen rostro. El pueblo puede ser utilizado como mano de obra barata, su naturaleza puede ser embotellada, su gente puede vender los órganos que esté dispuesta a vender. Vale solo el mercado. El único Dios verdadero.

Comprendemos, por esa razón y muchas, los siguientes versos que salieron como petardos de la boca de Linneth Campos:

Despierta hermano guanacasteco,
despierta tu espíritu indómito,
suéltate el bozal, quítate la talmeca,
demuestra tu coraje y altivez Chorotega...

Son un valiente apercibimiento. Recordamos la arenga patriótica de Juanito Mora. Y hay derecho a cantar con esa valentía cuando todos comprendemos que hay gato encerrado, que hay algo podrido en Dinamarca, que nadie vive de atolillo con el dedo.

Aunque no figure en un festival de poesía de divos y divas poéticos, esos que se oficializan con facilidad narcisista, el poema de Alberto Villegas cumplió con su cometido: fustigó, enojó, hizo mella.

La voz de la pequeña Linneth hizo que el gigante se conturbara. La poesía también es una labriega. ¿Quién dijo que no sirve para nada?

Terror al anonimato

Algunos académicos han visto el nacimiento de lo que han llamado el cibergénero, como los chats, los spam, los mensajes colectivos –esos que manan de la fuente de la sombra espiritual de nuestra época, a veces tan cursis como lastimeros, o jocosos como vacuos–. Pero también hemos analizado por nuestra parte nuevas formas de expresión del anonimato mediante lo que llaman algunos blogueo, especie de ventana abierta hacia individuos con diferentísimos gustos personales. Un paseo por estos bloqueos nos dice que ahora tienen palabra y fotos aquellos que eran solo espectadores. Los espectadores, a nuestro modo de ver el asunto, pujando por no serlo más, gracias a los favores de la ubica Internet, se constituyeron en actores de una categoría difusa, dudosa, incierta. No hablemos de las perversiones en estas ventanitas, que deben ser muchas y tediosas. Pero, en el fondo, todos desean lo mismo: revolucionar el concepto de espectadores por arte de magia, convivir una realidad donde se promuevan como personajes equis.
La histeria del blogueo nos mantiene en la discreción. No dudamos que sustenta una utilidad concreta. Sin embargo, quién gobierna en este mundo de ventanas egomaníacas. Cualquiera es letrado, amante de las letras; cualquiera maldice y vende sus tiliches espirituales, a veces sin firma, en el escondite de la frustración y el miedo, o ponderando como pequeños tiranos lo que los colma o aflige.
Nadie gobierna. Por lo tanto, el mundo se bloguea en más espejos.

Interpretación del término "chanchullo"
Delicatessen lingüística

El término "chanchullo" fue aprobado por la Real Academia como "Manejo ilícito para conseguir un fin, y especialmente para lucrarse." Es un término cuya raíz puede provenir de chancho: bestia de corral que gusta enlodarse y come cualquier cosa. También es el cerdo el que, por oscuro designio de su especie, termina en la mesa de comensales opíparos.

Sea como sea, el lenguaje coloquial no miente. Pero los señores de la academia no son tan diestros en rastrear hasta el alma de los términos lo que el hablante quiere expresar. Un chanchullo, a nuestro parecer, es también un manejo a veces arropado de licitud –no necesariamente ilícito–, donde el engaño está bien oculto, o más o menos oculto, parafraseado, para favorecerse de alguna cosa: una premiación, un cargo político, un dinero. Corresponde a una actuación que por repugnante empuerca.

Obviamente, los chanchos son animales dignos. Nadie pensará que los cerdos planean la destrucción de la raza humana. Para navidad, son sacrificados por millones en todo el mundo. El chanchullo es solo una acción humana que recuerda del cerdo su gusto por el lodo, su aparente regodeo con la suciedad. El verdadero chancho es transparente. No tiene culpa de su propia apariencia. El poeta mexicano, José Emilio Pacheco, disculpa al pobre animal por las inequidades que, en forma refleja, le endilgamos, con un increíble soneto.

En época de chanchullos global, lo mejor es hablar con la claridad absoluta. El chanchullo, lo sabe el taxista, el vendedor de frutas, la costurera, el pulpero... esconde la truculencia del poderoso en contra de las masas, no tanto la acción del hampón común, que es directo y feroz en sus actuaciones. Por lo tanto, chanchullo es a veces acción truculenta en manos de gente de refulgente prestancia, ávido protocolo y profesional prosopopeya. Esto hace del chanchullo su máxima expresión, porque el esmoquin y la fina comestología es el mejor ropaje de una suciedad que no es imputable, por supuesto, al inocente chancho.

Lea una nueva columna en la próxima edición.

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