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La escritora Tatiana Lobo, nos honra con un adelanto de su nueva novela Candelaria del azar. Culturacr.com se engalana de nuevo con el reconocimiento y aporte de los más connotados escritores costarricenses. Publicada por Editorial Norma, Asalto al paraíso es una de sus novelas históricas más conocidas (con la cual recibió del Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 1995. Tiene además otras obras de prestigio en las letras nacionales, como Entre Dios y el diablo, mentiras de la colonia (cuento, 1993) , El año del laberinto (novela, 2000) y El corazón del silencio (novela, 2004), con las que ganó el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en su respectivo año. Tatiana Lobo Wiehoff es una de las escritoras investigadoras de nuestro pasado colonial y republicano, más leídas del país. Lo invitamos a esta prueba de su obra narrativa

Candelaria del Azar (extracto de novela)

Tatiana Lobo W.

De todos sus sueños hay uno que no se le ha cumplido, vivir en un buen barrio, no le importa la casa, lo que le interesa es la seguridad, el guarda, vecinos que no se oyen ni se sienten, donde vive ahora no hay nada de eso. Una vez estuvo a punto de tener casa en la parte oeste, la más cara según se sabe. Sucedió que casi le regala la suya el médico pero luego se arrepintió. Quería comprar el 21 y Laura le recomendó el 32. Fue una tarde y el 32, para angustia de Laura, no se había vendido.
-Lleve el 32.
-¿Por qué el 32?, preguntó él médico, que a pesar de sus canas y su aspecto honorable acababa de recibir una tremenda paliza moral en el quirófano y se había acercado a la vendedora de lotería para olvidar.
-No sé, es un pálpito que me da, y a veces pega.
- Entonces cómprelo usted misma, sugirió él.
-No resulta, doctor, ya lo probé.
-¿Y un amigo, un pariente, una organización de caridad? Insistió irritado el cirujano que venía de hacer una exitosa operación de riñón pese a lo cual su paciente murió.
Laura no sabía nada de estos tristes asuntos y siguió conversando con la placidez de la ignorancia.
-Tampoco resulta pero si no me cree, doctor, no me haga caso.
-¿Y por qué yo?
-Porque he acertado con personas desconocidas, aunque usted es el primero al que le digo lo de mi pálpito. Se lo digo porque ya se hace tarde y me sentiré demasiado mal si lo devuelvo y nadie lo disfruta. Y también porque da congoja verlo a usted con esa cara.
-¿Mi cara, qué tiene mi cara?
- Mírese en un espejo, tiene las cejas juntas, la boca amarga y estrías rojas en la parte blanca del ojo. Y también noto que se le va la voz para adentro.
Y el cirujano, impresionado ante su sagacidad, por vengarse de la ciencia que le había jugado sucio apostó al azar, le hizo caso, compró el 32 y le prometió, si pego le regalo mi casa. Y pegó el entero. El premio de la lotería no le sirvió para revivir al paciente ni para quitarle la amargura del fracaso pero le azucaró bastante la existencia.

Gracias a este episodio ella tuvo sus segundos de gloria. Apareció en la televisión. La cámara la enfocó en un primer plano, le preguntaron ¿cómo se siente?, ella respondió, sonriendo, demasiado satisfecha, y así se acabaron los segundos. Después entrevistaron al cirujano que no dijo nada del pálpito de Laura, algo que ella le agradeció cuando él volvió a retribuirla con cierta cantidad de dinero que alcanzó para una refrigeradora de dos puertas. El, que tenía otras aficiones además del bisturí, sin detenerse a pensar en el impacto que sus palabras podían causar en la mente sensible de una vendedora de lotería, zalamero, por halagarla, le dijo que era una elegida del olimpo para hacer felices a los hombres.
Laura sufrió un sobresalto, conocía la palabra olimpo como una marca de calzoncillos.
-Olimpo, aclaró el médico al advertir su desconcierto, es el lugar habitado por los inmortales que le han dado a usted el don de Casandra pero al revés, usted avisa la buena suerte y además consigue que le crean.
-¿Y a la otra?
- Ahh…, esa es una historia trágica. A Casandra le pasó que tenía el don de anunciar el futuro pero Apolo, despechado porque ella lo rechazó, la maldijo haciendo que nadie le creyera. De modo que cuando surgió el conflicto entre aqueos y troyanos Casandra avisó el peligro pero los troyanos no le creyeron y ardió Troya. El Olimpo estaba muy dividido, unos por los aqueos, otros por los troyanos.
El médico, con su gabacha blanca, el pelo entrecano, los anteojos de marco dorado sobre su perfilada nariz, los dedos finos como los de una mujer, parece saberlo todo y habla con mucha seguridad. Además, los troyanos existen. Desde donde ella está se ve perfectamente, al otro lado de la calle, un edificio cuya ventana del segundo piso lleva la leyenda, Gimnasio los troyanos. Laura sintió el terreno resbaladizo y adoptó una actitud cautelosa.
- ¿Y cuándo fue ese incendio?
- Es un mito ático, épico, del período arcaico. Lo sabemos por Homero quien describió lo que pasó. Nadie le creía a Homero, hasta que un alemán entró en sospechas y desenterró las ruinas.
-¿Ah, sí? Yo no supe nada…
Solo entonces el médico advirtió que una vendedora de lotería no era interlocutora para un tema tan erudito y cambió su tono enciclopédico por otro condescendiente y paternal, el mismo que usaba con sus pacientes terminales.
- ¡Oh…mi chiquita! Es como un cuento ¿me entiende? Un cuento que no hay que tomar en serio
Y nunca más volvió. Corrieron dos rumores, que había instalado su propia clínica y que se había marchado a Japón a especializarse. Sea como sea lo cierto es que nunca más apareció pero sus palabras no fueron olvidadas y Casandra, con la que Laura se sintió secretamente identificada, quedó rondando entre los boletos de la lotería. Se le va la mirada por el paso de cebra al otro lado de la Avenida Central, espía el gimnasio y se imagina a la pobre mujer gritando fuego, fuego, sin que nadie le haga caso.
Un día cruzó la calle y fue a preguntar de dónde le venía el nombre. El musculoso instructor que le abrió la puerta levantó la voz para sobreponerse al ruido de las máquinas ocupadas por hombres y mujeres con cara de sufrimiento. No estaba del todo seguro pero tenía entendido que los troyanos fueron unos atletas que ganaron muchas medallas de oro en las olimpíadas. Del incendio no sabía nada, en el gimnasio había extinguidores, y en cuanto a Homero, solo conocía al muñeco de la televisión.
La explicación no la dejó satisfecha, quería saber más y siguió averiguando. Uno le dijo que había escuchado la frase tirios y troyanos cuando surge el odio entre dos bandos. Otro, que hubo una guerra por culpa de una mujer. Este, que fue un escándalo entre homosexuales en el que un tal Aquiles mató, a talonazos, a otro llamado Héctor. Un auxiliar de enfermería le aseguró que fue un alboroto muy grande ocurrido en mayo de 1968, en París. Laura dejó por fuera estas dos ultimas informaciones por no corresponderse con el relato del médico, y con las dos primeras mas otras, dispersas y contradictorias, reunidas por aquí y por allá, consiguió recomponer la historia de dos amigos que se pelearon porque uno le quitó la esposa al otro y cuando Aqueo, el marido traicionado, llegó en su caballo a matar al seductor, Casandra alertó a Troyano pero él no le hizo caso y entonces Aqueo y sus amigos incendiaron la casa donde estaba la pareja infiel. Homero bien pudo ser el detective que investigó el crimen, Troya, la finca de café donde ocurrió el hecho, y Olimpo la cantina donde comenzó el pleito. Y tiene que haber estado del lado de Aqueo el tal Polo que cometió la infamia de maldecir a Casandra, la que tiene que haber llorando mucho porque no pudo evitar la tragedia. Disipado el misterio Laura arribó a la misma conclusión del alemán que desenterró las ruinas: en los cuentos no hay que creer ni dejar de creer.
Fue una lástima que el médico aficionado a la literatura griega no regresara, se hubiera divertido, la versión de la vendedora de lotería parecía un corrido mexicano. Faltaban los grandes actos heroicos, los bronces, los cascos refulgentes, los petos manchados de sangre, los carros de combate, las lanzas, los caballos descuartizados arrastrados por el polvo, los cadáveres abandonados en el campo de batalla, los gritos de derrota y los gritos de triunfo. Faltaban la voz de Zeus y la de Apolo y la de Afrodita, la muerte de Patroclo, el dolor de Aquiles, la astucia de Ulises y la carrera desesperada de Héctor alrededor de los muros de la asediada Ilión. Faltaba todo eso pero en cuanto a la violencia desatada por la codicia, las cenizas que quedan como saldo y la sordera de los hombres a las advertencias de las mujeres, era la misma de la fechada en el siglo VIII a.C.

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