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POESÍA COSTARRICENSE

Taller de poesía creativa en Costa Rica

 

Juan Carlos Olivas

Premio Lisímaco Chavarría 2007

Juan Carlos Olivas. Nació en Turrialba en 1986. Ha desarrollado el género poesía durante varios años. Perteneció al Círculo de Poetas Costarricenses, fue miembro fundador del Taller Literario Los Despiertos en Turrialba, y actualmente trabaja con el Taller Literario Poesis en San José. Posee varios poemarios inéditos. En el 2007, su libro titulado La sed que nos llama recibió el primer lugar en el Certamen Nacional de Poesía Lisímaco Chavarría Palma, celebrado bianualmente en la ciudad de San Ramón. De este poemario ganador le presentamos los siguientes poemas:

EL GRITO

Primero fue el grito,
el fuego indeleble del azar,
campo invisible
donde la luz nace
a bocanadas de ardor innumerable,
tiempo que oscila
en los lejanos símbolos
del sueño,
en ese hielo terrestre
que parte la memoria ensimismada
de las cosas.

Habita en la lluvia detenida
la inefable primicia del asombro,
el hombre que se mira las manos
y sabe que es eterno
por la esencia inesperada
de su sangre,
por el prodigio angular
de su canto de piedra enardecida
donde es el alba primigenia
en el sollozo impávido del día.

Primero fue el grito,
y seguirá siendo el grito
mientras el hombre afine
su clara sumisión hacia el olvido,
mientras haya tanta luz
que torne imposibles las distancias
y rauda la vida,
eclipse la alquimia del silencio.

EDÉN SIN TIEMPO

Nos vence la llama
de la luz erguida,
su manto de espejos siderales
donde el ojo de Dios
reprende nuestras sendas
más antiguas.

Hemos sido la euforia
que dio a la tierra
la chispa invisible
de la consumación,
el remoto peso
del sueño entrecruzado
en tanta sombra,
la urgencia viva en las semillas
de todos nuestros pasos
sumergidos.

Nos cansa esta ráfaga de siglos,
estas calles que van a dar al odio,
al más bajo tugurio
de nuestro edén sin tiempo,
donde la voz estalla ociosa
como un bosque de ceniza
olvidado por el mar,
hueste inabarcable de mareas
que nos devora en silencio,
haciéndonos creer
que somos de Dios otra semilla:
su soledad.

FORASTEROS

¿De qué milagro asirse
cuando se ha despertado
en un cielo de agonías,
si tras la puerta
el grito es inaudible?
Todo el dolor del mar
ya nos cabe entre el puño,
todo el llanto derramado
baña en océano de fuego
en que navegas.

¿Cómo abrir los ojos
cuando han muerto de sed
todos los pájaros,
si tú mismo has labrado
estas memorias rotas
hasta el parto,
donde nace desmentida la sombra?

¿En cuál abismo despeñar
los resabios cotidianos,
el abrazo contrito
que has hurgado entre tus pasos,
la absorta comunión
del dios que te enseñaron?

¿Cómo has de entrar al mundo
con tanta ciudad entre los brazos
cansados de soñarte?
Si el día entra al corazón
como a la muerte,
desafiándote de pie
como un espejo
donde te adentras.

Y sólo hay dos voces
al final de este rincón:
la tuya y la de nadie.

ACONTECER DE DESENCUENTROS

Qué más quisiera sino surgir
de esta eternidad que ya nos vence,
olvidar estos falsos adoquines
que a cada instante destierran
su oficio de muerte sobre el paso.

Me doy cita al desencuentro,
al disfraz que se desdobla
en un silencio apenas pronunciado,
donde el ojo abierto no es naufragio
a pesar de la sed que nos asedia.

Sólo odio las cadenas,
esta ráfaga de espejos en venganza
cuando hemos desafiado
todos los muros del mundo
y por ello han caído ciegos
los cielos prometidos.

Nada termina en este espacio que soy,
hemisferio total de soledades
sin relojes para asirse,
dimensiones del juicio
de estos anzuelos que deseamos.

Nuestros manos gimen
por una vez arrepentidas,
fuera de las estancias
que enhebran sus rescoldos,
y su leve temor de hacerse eternas
en esta oscuridad
de telones ya cerrados.

NAUFRAGIO PÓSTUMO

Pidámonos el odio,
que entre los labios sólo queda
este pecado de haber perdido el mar.

Tanto rincón descalza
estos antiguos regocijos,
oraciones desatadas como golpes
donde lo último que sangra
es nuestra soledad.

Sólo presentimos
estas calles de miradas desmentidas,
inermes sótanos
que acaban nuestro sueño
de heridas entreabiertas.

Qué poco morimos cuando amamos,
qué oscuros se tornan los pasos
en esta sucesión
de hogueras vislumbradas.

Caminamos repitiendo
ausencias ofrecidas,
ante las voces furtivas
que aún siguen llamándonos
como testigos del prodigio.

Y no hay nada en este vértice encontrado,
ni siquiera el miedo
de inclinarnos desnudos
a los pies de la memoria.

Es la hora de unirnos al naufragio,
a su sed de ángeles
transgredidos por el grito,
a esta confabulación de sombras
sobre el gemido del mar que ya perdimos.

VANA LECCIÓN

Tiraré la primera piedra
contra esta obsesión de lo que somos,
libre del prodigio que señala
el vicio de morir que nos repite.

Los culpables aún estamos de pie
desdeñando esta costumbre de ser mártires,
última promesa postergada
para la memoria insumisa que arrastramos.

Si nunca estuve en el presidio
fue por mi vana afición a los milagros,
qué suicida es el poeta y su conciencia,
su hambre contradicha
de verbos caprichosos
que lo asedian.

Por eso este dolor
nos convida ya sin horas,
sobreviviente del odio que adoptamos
por el rito común de perdonarnos.

Y es tan fácil deshilar
los contornos clandestinos del silencio,
inaugurar premoniciones
donde sólo el insomnio nos rodea
con su vértigo asesino.

Es tan fácil deshacernos
en estas imágenes halladas,
reencarnar en la retina
de los hijos que no vemos,
porque la muerte
ya les ha enseñado a olvidarnos.

Es tan fácil,
pero nosotros nada hemos aprendido
de estas quimeras que encontramos,
nuestra piedra en la mano
aguarda.

SOLILOQUIO PARA HUIR DE LA MUERTE

Nombrarte fue mi excusa
para huir de esta muerte que hilvanamos.

Hoy camino sobre péndulos vencidos
escuchando nuestros pasos hacia adentro,
como si ya hubiésemos ganado
las primicias de algún sueño que olvidamos.

¿De qué nos ha servido la tragedia
sino para poblar mareas en los labios?
Si a pesar de todo somos niños
y el silencio nos cubre como un velo
que sin saberlo se ha vuelto necesario.

Repetimos uno a uno,
los delitos empolvados de este llanto
que siempre llega tarde, inútilmente,
exclusión de nuestros nombres en vilo
para esta ausencia demasiado innoble.

¿Y qué haremos
con la inocencia muerta entre las manos,
con esta costumbre
de dejar la puerta abierta
a pesar de nuestros cuerpos agobiados
y el abismo inmenso
que escogimos de antemano?

Por eso te nombro,
ya que hemos andado ciegos por la muerte
y la vencimos,
renaciendo temblorosos
en los párpados de Dios,
en la estancia iluminada
que deshicimos al mirarnos.

Por eso te nombro,
pero no contestas,
nadie contesta,
y tu ceniza da punto final
a mis palabras.

LA SED QUE NOS LLAMA
(escuchando a Rachmaninov)

El piano gime
enclaustrado
entre sus notas.
Cayendo a la noche
se hace fuerte
y en la lejanía escucho
el milagro de sus teclas,
en ese lugar donde Dios
tiende sus manos,
para sostener la soledad
de todos los pájaros
que duelen.

Nos deshace esta niebla
de ventanas desahuciadas,
la música nos vence
en los fríos dedos
que tiemblan sobre el piano,
y es imposible no cerrar los ojos
ante esta voz umbría
queriendo desangrar
todos los párpados.

Y es que hay
tanta ausencia
en las distancias
que nos matan,
tanto mundo
en la agonía que perdimos
en la negra partitura
de su música,
que su fuego de antaño
trasciende la lluvia
apenas encendida,
esta melodía celebrada
en la recóndita danza
de la sed que nos llama,
levantando sinfonías
en la sangre.

LOS PASOS DE MI PADRE

Los pasos de mi padre
declinan su dolor
sobre esta noche
que todo lo inunda.

Han sido sus ecos
relámpagos tardíos del invierno,
pero ya no los oigo.

Mi ciudad destierra
el estupor de su rostro
que no sabe mirar sino distancias,
y esas lágrimas pródigas
que mueren a destiempo.

Desde mi olvido
lo veo tambaleándose,
presa de impasibles desmemorias,
donde una vez más reina la niebla
en la inquietud unísona del tiempo.

Atrás queda su sombra,
su amargo rescoldo de grandeza,
su voz que fue dura como la llama.


Quiero llevarlo a morir
donde sus manos no rocen la tiniebla,
donde sus ojos no beban
tanto magma en su pasado,
donde su voz interminable
deje de ser un sobrio espejismo humillado.
Pero no puedo,
su ausencia es grande
como un dios terrible y mudo
que arrastro entre mis sombras.

Ahora que su perdón se ha tornado
un pálido navío sin retorno,
oigo los pasos de mi padre
por fin detenerse,
y yo,
entre tantas esquivas claridades,
comienzo a caminar.

SALVACIÓN

Lo que salves de Dios será oportuno,
ese beso,
esa mirada desprendida
que apenas canta,
el delito de tus manos
al rozar su paraíso,
todo, todo te salva.
No mires esa llama inaprensible,
no huyas de la tinta encarcelada
cuando ahora mismo amanece,
y eres del silencio testigo descubierto
en todas las sombras de la tierra.

Lo que salves de Dios será oportuno,
el hierro,
tu odio en la mano siempre vivo,
esa otra flor que arde
proponiéndonos ventanas a la vida
y que no queremos ver,
porque en todos sus vitrales
recorre todavía un dedo que nos juzga.
¿Qué reloj no nos derrota
en esta tormenta consumada?
Si has visto agujas de asombro
en cada esquina,
mareas dolorosas en cada acera
por tus pasos habitada.

Lo que salves de Dios será oportuno,
el ángel que eres en espejos lo confirma,
tu esencia entreverada,
el fuego irascible,
la boca que temes,
el llanto que olvidas,
tu voz, el mar,
todo, todo te salva.

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