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POLÉMICA

En lás páginas de Culturacr.com se han dado 3 grandes polémicas literarias:

La polémica sobre los premios nacionales

La polémica sobre la antología de poesía Sostener la palabra

La polémica sobre quiénes y cómo deciden lo que se publica en Costa Rica

Aquí se da la polémica sobre quiénes y cómo deciden los libros que se publican en Costa Rica se extiende con el aporte de la trilogía de ensayos literarios del poeta y ensayista Gustavo Solórzano, quien hace un análisis general para luego concentrarse en el texto previo de Mario León Rodríguez. Aunque esta discusión se ha enfocado principalmente en los cuestionamientos recaídos en la Editorial Costa Rica, editorial del Estado costarricense, en las nuevas entregas se explora también la responsabilidad de otras editoriales. Lea también los siguientes textos en orden de aparición desde que inició la polémica:

Mercado y literatura: Una relación que molesta

Elsa Drucaroff *

Para Noé Jitrik, que me alentó a escribir este trabajo

I. Vínculo indisoluble, vínculo insoluble, vínculo molesto

Varios académicos apelan a las relaciones entre literatura y mercado para condenar o salvar obras literarias, pero es poco frecuente que se hagan preguntas teóricas serias sobre el problema. Sobre las relaciones literatura y mercado hay más consenso que examen. El consenso presupone un punto de vista que en términos generales se considera “de izquierda” y dice que la literatura que está condicionada por el mercado es mala literatura. A los críticos nos tranquiliza suponer que nuestra producción y nuestro objeto de estudio son ajenos al mercado, que al trabajar con arte, con materiales estéticos, logramos trabajar con elementos ajenos al sistema económico, y que contamos, para no contaminar nuestras lecturas, con la firmeza de nuestra ideología.

Sin embargo, la más elemental economía política marxista demuestra que cuando se vive en un modo de producción capitalista, el mercado no puede ser ajeno a ninguna producción humana, no importa si es producción de víveres, de ropa, de ideas o de literatura. En nuestros discursos espantamos al mercado como un tábano: despectivamente, hacemos ese gesto y creemos ingenuamente que basta para que el mercado se aleje. Sin embargo, más que con un insecto molesto o una sucia tentación, el mercado debe compararse con una luz que nos baña a todos (y toda luz produce sombras, ahí hay una clave). Lo único que logramos con nuestro gesto airado es engañarnos y desprotegernos. Porque de esa luz no se puede escapar y el único modo de encontrarle las sombras es asumirla, entenderla. Aunque eso sea molesto, aunque nos obligue a admitir que hemos dado por resuelto, livianamente, un tema por lo menos difícil y sobre todo demasiado cargado de matices y de nuestras propias contradicciones.

Las relaciones entre la literatura y el mercado son tensas, pero son también identitarias. Hablaré sobre todo de literatura, aunque mucho de lo que planteo es extensivo a otros lenguajes artísticos. Comienzo: Si la literatura existe como tal, es gracias al mercado; lo cual no significa que sus relaciones con él sean armónicas, pero sí que sin él no existiría lo que desde hace ya varios siglos llamamos literatura. Es más: literatura y mercado nacieron juntos y por eso su relación es indisoluble. Sin embargo, su relación es mal avenida, y por eso es insoluble. Indisoluble e insoluble: ése es su vínculo.

Cuando la crítica habla de literatura y mercado dice, por ejemplo: “tal escritor escribe para el mercado, se arrodilla ante el mercado. Tal otro, en cambio, no es comercial, le da la espalda”. Posturas físicas: arrodillarse o dar la espalda, tienen no obstante, como centro, al mercado.

La crítica habló partiendo de la literatura, pero no escapa, ella tampoco, de centrarse en el mercado para juzgar. En cambio, yo quiero partir del mercado, y no de la literatura. Ni para venerarlo ni para rechazarlo: para entender. Y basta recordar la definición misma de mercancía y de mercado de El Capital de Marx para admitir que él me atraviesa y me constituye subjetivamente, como a todos mis semejantes, y constituye mis vínculos con los demás.

II. Mercado, mercancía y obra literaria

En El Capital el mercado no es un espacio (de los espacios podemos entrar y salir) sino un modo de relación social en el que todos estamos inmersos, más allá de nuestra voluntad, y que está indisolublemente ligado a nuestra supervivencia, dado que a partir de él se produce, distribuye y consume toda la riqueza que existe. “La riqueza, en las sociedades donde impera el modo de producción capitalista, se nos aparece como un inmerso arsenal de mercancías, y la mercancía, como su forma elemental” (2). Así comienza Marx su exposición, y extraerá de esta forma mercancía, de su célebre descripción y de su fetichismo, un componente subjetivo, profundo e inconsciente para quienes viven bajo su dominio. La mercancía es un valor de uso en el que la sociedad lee trabajo humano social por convención y consenso, y mide ese trabajo humano social en cantidad de horas promedio. Y aunque hay una realidad no semiótica objetiva en ese promedio de horas de trabajo que llevó la producción de cada mercancía, el hecho mismo de que el trabajo humano social se mida así y se lea o no en un objeto, es también por convención y consenso (3).

Esa cantidad de horas que lee la sociedad en la mercancía dan la proporción en que se cambia por otra mercancía, o sea el valor de cambio. Éste hace que cualquier valor de uso se pueda volver mercancía. Porque ser mercancía es poder intercambiarse en el mercado, es poder participar de un mundo de objetos que, gracias al valor que en ellos se lee (valor de cambio), se comparan entre sí y fijan las proporciones de intercambio.
Este mundo de objetos tiene una inquietante autonomía, “reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales”, “seres dotados de vida propia, de existencia independiente”(4): es que son las condiciones de producción de cada momento histórico, el desarrollo tecnológico y otras variables coyunturales pero nunca la voluntad consciente, individual de los humanos los factores que determinan cómo se comparan cada vez las mercancías entre sí.

En la sociedad capitalista la riqueza se conceptualiza como mercancía y la supervivencia, como la posibilidad de intercambiar las mercancías que producimos por las que precisamos. Productores que intercambian y consumen: productores sociales de mercancías, porque producen para los demás: red solidaria de interdependencias. Aunque el rico self made man lo crea, o lo crea el artista, ninguno de los dos es Robinson Crusoe. Ambos producen para intercambiar, ambos intercambian horas de trabajo por horas de trabajo de otros. No obstante, el particular tipo de percepción social que construye la forma mercancía hace que cualquiera pueda creerse Robinson Crusoe. Porque las mercancías parecen compararse por su cuenta en el mercado, la ilusión es que son independientes, que tienen un poder especial. Nosotros, los productores, somos quienes hemos producido los alimentos, las ropas, los productos culturales y los servicios que se precisan, pero como hechizadas, ellas se intercambian por su cuenta. Intercambiamos nuestros trabajos pero creemos intercambiar productos que tienen sus propias reglas. Nos borramos como protagonistas, hemos delegado en las mercancías nuestro poder de hacer.

De ahí, dice Marx, que sintamos mágicas a las mercancías. Son fetiches. Estamos deprimidos y entramos al negocio a comprarnos algo lindo porque eso que brilla ahí, en la vidriera, tiene un poder que olvidamos en nosotros mismos: el del trabajo social.
¿La literatura es una mercancía? La respuesta es evidente: difundimos y adquirimos los libros en el intercambio mercantil. Aunque los leamos en una biblioteca, alguien pagó por ellos. No sólo la llamada industria cultural hace su negocio en el mercado: ni el libro más exquisito ni el pintor más exclusivo pueden sustraerse al intercambio obra por dinero y pocos se libran del agente o editor que se apropia de plusvalor en el proceso de producción de esa mercancía. Los escritores precisan dinero como todos: o venden su literatura, o venden fuerza de trabajo para otras tareas, o explotan trabajo asalariado. No hay otra opción, salvo robar.

¿Se salvan del mercado las llamadas editoriales “independientes”? O venden libros a lectores, o venden el servicio de publicación a escritores, o a políticas de difusión estatal (consiguen subsidios). A veces son “independientes” del mercado de lectores, pero no del de los escritores que pagan, por eso cobran a un poeta desconocido pero invierten para publicar a Leónidas Lamborghini: Lamborghini prestigia la editorial y valoriza el servicio en el mercado de escritores. ¿Se salvan los artistas o intelectuales que obtienen subsidios o becas? Intercambian su trabajo por dinero en un mercado. ¿Se salva el mundo académico? Pagar una inscripción para leer en un congreso es comprar un servicio: el que me otorga un antecedente académico. ¿Por qué se convoca a congresos de temáticas extraordinariamente amplias, se aceptan sin excepción todos los resúmenes presentados y se habilitan cuatro o cinco mesas paralelas con insólita diversidad de temas, aunque no haya público suficiente para asistir a todas? En congresos así de obedientes al mercado se leen a veces ponencias que acusan a intelectuales de estar arrodillados ante el mercado. Y si hay congresos diferentes es porque es posible financiarse de otro modo; es decir: insertarse de otro modo en el mercado y proteger a su sombra la calidad intelectual. La dinámica de estas Jornadas es un ejemplo.

La sombra no es autónoma de la luz, pero es posible. Para adivinar dónde hay sombra hay que entender la luz.

Volvamos al fetichismo mercantil. Como todas, la mercancía literatura es un fetiche: hay quienes exhiben su celular de alta tecnología y quienes exhiben leer a Proust en francés. Es el fetichismo mercantil de los que exhiben su posesión de lo que Bourdieu llama capital simbólico. En ciertos ambientes, pasearse con un libro bajo el brazo es tan efectivo como en otros hacerlo en un BMW. Literatura bella y profunda como El Principito, grandes escritores como Cortázar, músicos como Vivaldi perdieron su poder de fetiches culturales en ciertos ambientes. Como cualquier mercancía que ya puede comprar cualquiera, son despreciados por los ricos en capital simbólico, no porque su superficie significante haya dejado de producir nuevos sentidos sino porque no es prestigioso prestarles atención. Como el celular que alguna vez consumieron pero ya todos pueden comprar: los consumidores culturales clase ABC1 precisan fetichismo renovado.

Adorno reconoció un fetiche en la obra de arte. Las obras, sostiene, son producto del trabajo social y por ende se someten a su ley o crean una semejante, pero se rebelan al mismo tiempo contra eso que las constituye. Esa rebeldía les produce "falsa conciencia", se creen afuera de la lógica del trabajo, de la producción material, aunque no lo están. Es decir, afirman un orden superior y esto es ilusión ideológica. Caen en el fetichismo. Sin embargo, en su artículo “Arte. Sociedad. Estética”, confunde la mirada del que consume arte con la del que lo produce (5). Porque la obra no es un fetiche para ambos. ¿Quién la percibe como si estuviera por encima del trabajo material, quién es el que se rebela contra su lógica laboral de producción? ¿Los artistas productores? Algunos proclaman esa ideología pero muchos asumen que, para su trabajo, por más "espiritual" o imaginativo que sea, se requiere práctica, ejercicio material, aprendizaje de un oficio. Rebelarse contra el trabajo social que constituye al arte suele ser más un modo de entenderlo y percibirlo que de hacerlo (6). Es decir: la mirada fetichista está acá en el propio Adorno, o en una sociedad que entroniza, sacraliza el arte, volviéndolo ajeno al trabajo humano social.

Adorno habla acá del fetichismo mercantil, el de Marx, y dice que en el arte es necesario, es condición de su verdad misma. Porque para no ser fetiches, las obras deberían asumir que son para-otro y no un para-sí, que están hechas para intercambiarse en sociedad, pero ser para-otro sería aceptar el alienante intercambio mercantil (7). Es decir: la verdad del arte, razona Adorno, depende de una paradoja: el fetichismo de la mercancía preserva al arte de ser cómplice del capitalismo.

Adorno se equivoca. Alienado él mismo, equipara “producción de riqueza para otros” con “producción de riqueza para el mercado capitalista” y entonces justifica la borradura del proceso material de trabajo en la recepción de la obra. Pero el capitalismo tiene algunos siglos y la producción de riqueza para otros, los mismos que la humanidad. Dice Marx en las Grundrisse: creer que la única producción y circulación posible de riquezas es la capitalista es olvidar que el capitalismo no es el único y eterno orden posible (8). Ser para otros no es equivalente al horroroso “ser para el burgués” (ser para beneficio del burgués) que Adorno y Horkheimer denuncian en su brillante Dialéctica del Iluminismo. Sólo lo es en la producción mercantil.

Hay modos más humanos de ser para otro, uno es el modo en que la obra de arte se lanza como mensaje, precisamente, significación que busca decirse y que, en el capitalismo, sólo circula encerrada en la forma mercancía. Nosotros conocemos la emoción de ser esos otros para los cuales se ha producido la obra, y es todo lo contrario de estar sometidos al intercambio alienante. Tal vez esa emoción nos hizo elegir este oficio. Cuando consumimos la obra olvidando que estamos en el nivel ABC1, cuando mientras leemos nos deslizamos a la sombra de la luz del mercado, la obra es un ser para los otros y nos vuelve personas mejores.

Ahora bien: cuando Adorno defiende el fetichismo como necesidad del arte, no siempre se refiere al mercantil. Se desliza a otro fetichismo sin señalar la inmensa diferencia. A un fetichismo que sí, coincido, es necesario en el arte: la obra conserva mucho del carácter mágico del arte primitivo, dice de pronto Adorno, mezclando todo (9). Porque ese fetichismo es otra cosa. Si uno ocurre sólo en el capitalismo y oculta el trabajo del artista como obrero, el otro acompaña al arte desde los orígenes de la humanidad y construye la ilusión de incidir en el orden del universo. Esa fe imposible es condición para la verdad del arte, es la pulsión que lleva a los humanos sensibles que sufren un mundo doloroso o injusto, a resistir y crear algo alternativo. En ese fetichismo reside la fuerza de negación que Adorno y Horkheimer exigen, ése es necesario. Pero no el mercantil. Es cierto que ese fetichismo legitimó su derecho a existir gracias a la autonomía del arte, es decir, como veremos, a la mercancía, pero es cualitativamente diferente.

¿Por qué Adorno se desliza imperceptiblemente de la defensa de un fetichismo a la del otro? Creo que es un lapsus: Adorno, el aristócrata del consumo artístico, precisa sostener la división alienante entre artista y trabajador. Defiende el fetichismo mercantil para poder sumergirse en él sin culpa, sólo que su consumo es de mercancías culturales suntuarias, no populares. Como plantea Bourdieu, el capital simbólico también otorga plusvalor a quienes lo acumulan, y ese plusvalor supone un modo de poder que él llama distinción(10). Confundiendo los dos fetichismos, Adorno resguarda la distinción de su crítica política.

Bourdieu cae a menudo en planteos simplificadores y equipara mecánicamente clase dominante y clase poseedora de capital simbólico y distinción. Sin caer en eso, creo con él que el capital simbólico otorga poder. No necesariamente económico, desde luego, y mucho menos en la Argentina, sí un poder simbólico que los que lo poseemos abrazamos con fruición, compensación tercermundista a nuestra pobreza monetaria. Es un poder que un sector de la Academia tiende a sostener con celo porque es una de las claves que justifica la necesidad de su existencia en una sociedad dividida en clases.
La equiparación mecánica de Bourdieu es más o menos así: la clase dominante (dueña del capital y confiscadora de plusvalía) no sólo se apropia de la mayor parte de la riqueza no semiótica, también es dueña del capital simbólico y la distinción. Para esto último se vale de instituciones como la educación, la Academia y la crítica. Pero en el paralelo automático que plantea, Bourdieu no toma en cuenta la diferencia fundamental entre riqueza material no semiótica y semiótica. La primera es finita: el producto bruto interno es una cifra, y esa cifra se reparte entre muchos de un modo desigual. La discusión es quién come la tajada más grande de la torta. Pero la riqueza material semiótica no es igual. Para poder leer a Proust no necesito privar a otros de que lo lean. El capital simbólico acumula una riqueza en realidad infinita, de reproducción y distribución de alcances cada vez mayores, si seguimos la historia que va de la imprenta a Internet.

Por eso se precisan instituciones (la crítica, la Academia) que trabajen en contra y controlen la circulación del capital simbólico infinito, administren la distinción. Para preservar la distinción hay que convencer a muchos de que no tienen derecho a leer a Proust y transformar todo lo que leen en capital simbólico devaluado, sin prestigio, no porque sea necesariamente de mala calidad (puede no serlo) sino porque la distribución desigual de poder simbólico lo requiere. La finitud que, en economía, es inherente al excedente de producción, no caracteriza al material semiótico. Y ahí estamos nosotros, que podemos cumplir, como crítica y Academia, la función que una sociedad dividida en privilegiados y pobres nos solicita, o podemos usar nuestro poder simbólico para otra cosa. A nosotros, que mayoritariamente nos consideramos intelectuales de izquierda, una crítica literaria arrodillada ante el mercado (ya para darle la espalda, ya para aplaudirlo) nos tendría que parecer repugnante. Si despreciamos por definición toda literatura que los lectores leen sin nuestra intervención, defendemos la distinción; lo mismo si reivindicamos únicamente la literatura que sólo paladean los bienaventurados consumidores ABC1 de capital simbólico (lo digo sin ninguna ironía, agradezco mi buena ventura). Por el contrario, si con idéntica posición de rodillas miramos el mercado en lugar de darle la espalda, reivindicamos cualquier literatura que sea buen negocio, sea como fuere. Ahí defendemos el capital a secas, no el simbólico. Pero en ambos casos colaboramos con la injusticia social.

¿Cuántos prejuicios académicos contra el arte masivo son modos de proteger la distinción? La Academia anterior despreció como objeto de estudio el policial o la ciencia-ficción en los años 40, cuando eran géneros masivos. Borges, no. Ahora, muchos académicos tampoco, ahora Philip Dick y los cuentos de Walsh en Leoplán son objetos de culto. ¿Cuánto que buena parte de la Academia desprecia hoy será prestigioso tema de tesis doctorales y programas académicos dentro de 60 años?

Retrocedamos: dije que la literatura, tal como hoy es, como hoy la concebimos, debe su existencia al mercado, y dije que su poder mágico, revulsivo, de oponer un mundo alternativo al mundo horrible que nos rodea, debe al mercado haberse desplegado, haber ganado el respeto social. Para demostrarlo, tenemos que hablar de historia.

El arte tiene fecha de nacimiento

Los dibujos de las cuevas de Altamira, los púlpitos en madera tallados por el Aleijadinho en las iglesias de Ouro Preto, los vitrales de Notre Dame hoy forman parte de las expresiones artísticas de la humanidad; los Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo o la Odisea hoy son obras de la literatura. Pero no se produjeron ni se leyeron así. Sabemos que carecían de autonomía, que dibujar bisontes en las paredes era el modo de empezar a cazar, que los Milagros de Gonzalo de Berceo, verdades educativas y la Odisea, un relato colectivo y verdadero sobre su origen heroico, para toda una cultura. Como la autonomía del arte no existía, eso no era arte. Asistir a una representación de Edipo Rey no era ir al teatro, escuchar a un juglar que recitaba no era ver a un artista a la gorra.

Como plantea Jürgen Habermas, lo que hoy llamamos arte fue, antes de ser autónomo, una herramienta con la que las instituciones del poder político, seculares y religiosas, exhibieron su dominio. Publicidad representativa, llama Habermas a este modo en que el arte representaba el poder ante el pueblo: cuadros, poemas, música dedicados a señalar ante público pasivo quién manda, a legitimar al que manda con belleza (11) Es razonable entonces que el bufón que recita para el rey tenga que elegir con cuidado sus palabras, que el pintor no pueda decidir cuál retrato pinta, que el escritor escriba para promover principios de la Iglesia. Entender eso como arte, hoy, es una operación ex post facto. No en vano la palabra se refería a oficios tan terrenos como la zapatería o la carpintería, incluía a talladores de santos y herreros de caballos.
Es cierto que entre zapatos y herraduras, un leproso hijo de una esclava, el Aleijadinho, talló ángeles en los que leemos el agobio y la rabia de un artista rebelde. Pero para fortuna del Aleijadinho, no lo leyeron sus amos; lo leemos nosotros, parados en una sociedad donde el arte es autónomo. Para citar nuevamente a Adorno: “antes de formarse la conciencia de la autonomía, el arte estaba ya en contradicción con el poder social (…) pero no era todavía un para sí.”

¿Cuándo se transforma en un para sí? Con la autonomía. La teoriza Adorno, la historizan Habermas y Bajtín, y los tres coinciden: a la autonomía la trae el triunfo de la burguesía, la trae el capitalismo. La trae el mercado.

“Su autonomía,” dice Adorno, “su robustecimiento frente a la sociedad es función de la conciencia burguesa de libertad que, por su parte, creció juntamente con las estructuras sociales.” Durante la larga y tan estudiada transición del feudalismo al capitalismo, que tiene la acumulación mercantil y la feria en la plaza como protagonistas, el arte se va volviendo autónomo. En eso coinciden Marx, Habermas y Bajtín.

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels rinde justo homenaje (ambiguo, encendido) al rol democratizador de la burguesía y del dinero: “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario. (…) las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘superiores naturales’ las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’ (…) ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta (…) los ha convertido en sus servidores asalariados. (…) Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de las condiciones sociales (…) distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas (…) lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.” (12).

En esa “consideración serena” entra la de leer sin literalidad y sin remitir de inmediato los signos a las cosas: leer artísticamente, leer desde la autonomía del arte. Como plantea Habermas, cuando la monarquía, y con ella la publicidad representativa, son derrotadas por la publicidad burguesa (por una concepción de lo público ya no pasiva, espectadora, sino de público como lo que forma opinión, factor de gobernabilidad), entonces hay espacio social para que el pintor se ría del rey, el poeta de Dios, para la peculiaridad de la referencia estética, poética, para que los signos remitan antes que nada a sí mismos, y de allí, mediatizados, al mundo: para que exista la literatura. En esa coartada los textos se ofrecen como espacios laboratorio que piensan impunemente la sociedad humana.

Habermas historiza: todo eso nace, demuestra, en el siglo XVII, por ejemplo en pubs ingleses donde los burgueses discuten mientras toman los entonces suntuarios cafés y chocolates y van comprendiendo que quienes pueden pagarse el chocolate tienen más poder que el noble parásito que les pide préstamos para poder beberlo. El individuo está naciendo, ¿pero dónde? En la relación libre e igualitaria que supone, en su legalidad, el mercado. En ese espacio, por primera vez en la historia, no es legítimo usar la violencia para apropiarse de algo: se exige el común acuerdo de comprador y vendedor, sea leproso, mujer, siervo o noble. Se exige tener algo para comprar o algo para vender, es el único requisito para participar del juego.

Nacen el individuo y el derecho a escribir desde la imaginación y leer desde la autonomía. Leer textos es criticar, pensar el mundo libremente: la crítica literaria, dice Habermas, nace en los pubs ingleses; la crítica literaria no es todavía la institución que protege a los poderosos en capital simbólico, como denuncian Bourdieu o Raymond Williams, aún es arma para la conciencia para sí de la clase revolucionaria de ese momento. Con la crítica, la burguesía se legitima ante la nobleza de sangre, fortalece la publicidad burguesa, discute tradiciones y linajes estéticos que suponen definiciones nuevas de nación y lleva al mercado o difunde en él libros donde leer estas ideas, imponiendo una nueva versión del mundo y nuevos criterios de prestigio, democráticos, contra la nobleza.

A Habermas hay que agregarle Bajtín: la burguesía trae el reinado de la autonomía del arte, pero no la inventa. La saca del carnaval, donde está desde tiempos inmemoriales. Allí estaba la ficción autónoma: limitada y encerrada en un puñado de fechas y en un espacio único (la plaza pública), la orgía carnavalesca venía produciendo un estallido cíclico de significaciones sociales no punibles por el poder. Tenía sus respectivas músicas, poemas, teatralizaciones. Pero ese estallido controlado en el que participaba la sociedad toda, sin separación entre actores y público, y donde no regían privilegios de clase, no era considerado arte. Era un mundo paralelo y popular que la publicidad representativa de la “alta cultura” no tomaba en cuenta. Después de muchos siglos de carnaval comunitario, en un lento período que crece, junto con la burguesía y el mercado, entre finales del siglo XIV y fines del XVI, los lenguajes estéticos “cultos” empiezan a abrevar en el carnaval. Bajtín estudia cuidadosamente el caso de Rabelais, monumento, junto con Shakespeare o Cervantes, en este surgimiento de una literatura cada vez más autónoma en la autonomía de la cultura popular.

Es evidente no sólo el carácter profundamente revolucionario de la obra de estos autores, sino la incidencia que el mercado tuvo en ellas. Invade y condiciona producción y representaciones en el teatro isabelino, es el motivo para que Cervantes, encarcelado por deudas, escriba el Quijote, es el lugar donde se pregona y se vende Gargantúa y Pantagruel, que a su vez se nutre del lenguaje que nace en el gran mercado de la plaza pública. Bajtín dice que el mercado surge no casualmente en el mismo lugar donde se hace el carnaval: la plaza. En la feria mercantil las formas de la fiesta carnavalesca reaparecen, pero ahora sin el cerco temporal estricto de las fechas de fiesta. En la feria mercantil los privilegios de sangre se borran porque lo que vale es el dinero, las fronteras monárquicas se quiebran porque se precisan mercaderes viajeros y mercancías de todas partes, las fronteras lingüísticas se interpenetran. En el dialogismo carnavalesco de la feria mercantil se construyen las características esenciales de lo que será el gran género literario burgués: la novela.

Hasta acá, por qué el mercado y la literatura no sólo no están enfrentados, sino que tienen una relación indisoluble. Dijimos: además insoluble, y con eso cerramos.

Relaciones peligrosas

La literatura nació en el mercado, pero es una mercancía molesta. Que el arte es una mercancía incómoda para el sistema es lo que menos precisa explicación acá, porque es el aspecto que la crítica académica subraya, aunque a veces lo use para deslizarse, igual que Adorno, a la función de conservar los privilegios de la distinción. Pero ese desliz no niega la incómoda posición de la mercancía arte. Remito para ello al extraordinario análisis de Adorno y Horkheimer del episodio de Odiseo y las sirenas: la verdad del arte es ajena a la razón instrumental y atenta contra el orden social. La misma autonomía que hace posible al burgués escuchar a las sirenas condena a su canto y a quien lo escucha a la impotencia: para poder escucharlas y no dejar de ser el empresario pujante que surca los mares, Odiseo paga el precio de estar atado a un palo, pero además debe garantizar la distinción: que el canto llegue a los señores, no a los remeros. Oído por los remeros, el arte sería peligroso: podrían dejar de remar, o conducir el promisorio barco a la derrota. El arte es peligroso, desconfiable, porque su consumo proyecta sombras que el mercado no logra iluminar.

Conclusiones

En la sociedad en que vivimos el arte precisa del mercado, precisa que éste haga negocios con el arte. Pueden hacerse con quienes compran la mercancía artística o el derecho a consumirla, puede hacerse con quienes la producen o quienes dan el servicio que permite consumirla, pero con alguien se hacen, y no es necesario que eso ensucie las obras, no es preciso prostituirse para vender el trabajo. Tal vez asumir sinceramente nuestra inserción en el mercado y preguntarnos en qué términos la haremos sea una obligación ética que nos preserve de la prostitución. De esa disyuntiva hay mucho para conversar, pero ése sería otro trabajo.

Yo quiero cerrar acá recordando otra disyuntiva: ¿cuál sería, a partir de estos planteos, nuestra función social como críticos? ¿Contribuir a tapar con cera los oídos de los remeros, para que Odiseo disfrute de poder simbólico exclusivo? ¿Acumular para nosotros mismos cantos inefables de sirenas casi personales? ¿Usarlos para vendernos mejor en nuestros pequeños mercados vergonzantes? ¿O intentar señalar las sombras de la luz mercantil, intentar generarlas? ¿Y para qué? ¿Para difundirlas a cuantos podamos o para guardarlas celosamente, transformarlas en un nuevo tesorito de nuestra distinción?


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NOTAS:

(1) Esta ponencia fue leída en las XXI Jornadas de Investigación del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, que tuvieron lugar en Bs. As. en marzo de 2007. Una versión resumida será publicada en las Actas de las Jornadas, que están actualmente en prensa.
(2) Marx, Carlos, El Capital. México, Fondo de Cultura Económica, 1972. Cap. 1 “La mercancía”
(3) La convención y el consenso funcionan incluso para reconocer lo que parece tan objetivo: el trabajo hecho para otros (social), en cada objeto. Se lo reconoce (o lee) en el plato que prepara un chef en un restaurant, pero no en el del ama de casa, por ejemplo. Por eso los tallarines del restaurant tienen valor de cambio y tallarines idénticos amasados por una madre no, y por eso no es mercancía (allí la sociedad lee “servicios del amor”)-
(4) Marx, Carlos, op. cit.
(5) Adorno, Theodor W., “Arte. Sociedad. Estética”. En su: Teoría Estética. Barcelona, Orbis – Hyspamérica, 1983. 297-8 pp.
(6) Contradiciendo de algún modo las afirmaciones que estamos examinando, la conciencia que suele tener el productor de arte acerca de la importancia de la técnica, del oficio, del manejo de las formas y la necesidad de someterse a ellas está planteada por el propio Adorno, por ejemplo en “El artista como lugarteniente” (Adorno, Theodor W.,Crítica cultural y sociedad. Madrid, SARPE, 1984).
(7) Adorno, Theodor W., op. cit.
(8) Marx, Carlos. “Introducción del Tomo I (1857)”. En su: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) (1857-8).FALTA PÁGINA. Bs. As., Siglo XXI, 1971.
(9) Por ejemplo véase Adorno, Theodor W., “Arte. Sociedad. Estética”. Op. Cit., p. 298
(10) Bourdieu, Pierre, “Economía de los intercambios lingüísticos” y “Lenguaje y poder simbólico”.En su: ¿Qué significa hablar?, Madrid, Akal, 1985. 9-104 pp.
(11) Habermas, Jürgen,Historia crítica de la opinión pública. Barcelona, Gustavo Gili, 1981.
(12) Marx, Carlos y Engels, Federico. Manifiesto del partido comunista. En su: Marx Engels, Obras escogidas, Moscú, Progreso, S/F, p. 35. El subrayado es mío.

* Elsa Drucaroff nació en 1957 en Buenos Aires. Es profesora de Castellano, Literatura y Latín (formada en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González), enseña en el ISP JVG, investiga y dicta seminarios en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Novelista, ensayista, crítica literaria y docente. Publicó los libros: La patria de las mujeres, (novela). Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999. Conspiración contra Güemes, (novela) Buenos Aires, Ediorial Sudamericana, 2002. Leyenda erótica. Fragmentos. Buenos Aires, Editorial Eloísa Cartonera, 2006. El infierno prometido, (novela) Buenos Aires, Editorial Sudamericana, marzo 2006 (1° edición) y agosto 2006 (2°edición). Además tiene publicados libros de crítica sobre Roberto Arlt y Mijail Bajtín y dirigió el tomo once de la Historia Crítica de la Literatura Argentina ("La narración gana la partida").

Tomado de No-retornable

TRILOGÍA SOBRE EL TEMA:

Arte de Costa Rica versus promoción, difusión, publicidad y mercadeo
Primeras digresiones sobre este y otros temas paralelos

Gustavo Solórzano Alfaro

El título de este texto probablemente encenderá las miradas de aquellos que de entrada leyeron “el arte debe estar en contra de la promoción y la difusión, pero sobretodo de la publicidad y el mercadeo”, pues forman parte de ese curioso grupo de artistas que defienden una posición en la cual el artista debe vivir miserablemente para ser feliz, y para ser “artista”. Lastimosamente para ellos, no apuntamos en esa dirección. Por otro lado, atraerá la atención de quienes se dedican al “arte”, es decir, pintores y escultores, por decir lo más. Esos sí acertaron, pero el texto no es solo para ellos. Hay otras artes. Finalmente, por un asunto de cortesía, el texto, definitivamente, no atraerá la atención de quienes se dedican a los avatares de la promoción, difusión, publicidad y mercadeo, pues ellos por lo general se interesan por otro tipo de asuntos más concretos, específicos, aceptados socialmente y más aún, rentables.
Entonces bien, ¿hacia dónde vamos? Empecemos por aclarar los conceptos mínimos. Cuando escribimos arte, incluimos, como elementos mínimos, la literatura, la música, la plástica, el teatro, la danza y el cine. Cuando escribimos de Costa Rica, nos referimos a un mero reducto físico, espacial, geográfico; habitado por personas que bien nacieron en este o bien tienen un tiempo considerable de vivir en este. No guarda relación alguna con el estilo, la forma, la ideología, los temas o la filiación deportiva de esas personas. Por último, cuando escribimos promoción, difusión, publicidad y mercadeo, nos referimos a algo que las artes de este país (ambos conceptos explicados ya anteriormente con mínimo detalle) y los artistas de este país, no han conocido, no conocen y a lo mejor no llegarán nunca a conocer.
Ahora sí, entremos en materia. Ya es lugar común afirmar que en Costa Rica no se puede vivir del arte, que en este país no se apoya al artista, que los espacios ya están acaparados por la cultura oficial y otros por el estilo. Curiosamente, en cuanto aquellos que así se expresan logran un mínimo de reconocimiento, o un puesto en las redes kafkianas de la oficialidad, terminan, al mejor estilo orwelliano, por comportarse exactamente igual. (Nótese que hasta aquí aún no hemos entrado en materia y además seguimos en el terreno del lugar común).
La pregunta deben ser: ¿por qué el sector oficial invierte en cultura (pensemos en la producción mínima de una o dos obras de teatro o danza al año o en la empresa editorial), pero no busca recuperar esa inversión? Más aún, si uno se atreve a hacer tal pregunta, se le dirá que la función del estado es ofrecer cultura, no lucrar con ella. Volvemos a la posición en la cual obtener ganancias por el trabajo artístico es un pecado en nuestro medio. Entonces podríamos alegar que no es lucro, sino meramente una canalización de las ganancias en nuevas ofertas culturales, artísticas y educativas. Otro pretexto será que nuestro mercado es muy pequeño, ante lo cual podríamos alegar que es posible entonces producir y vender de acuerdo con el tamaño y tipo de marcado. Tendríamos que ver lo que sucede en tales casos. Ahora bien, consideramos que el pecado de las ganancias o el tamaño del mercado no son los únicos pretexto-argumentos. Debe haber otros asuntos de fondo.
Veamos un escenario distinto. Sin necesidad de pensar en la calidad del arte, en muchos lugares del mundo, la promoción y mercadeo de productos literarios o musicales es gigantesca, con ganancias multimillonarias. Quienes esto logran, por lo general son empresas privadas y aquellos creadores por ellas contratados. Entonces, sí existe un mercado amplio, sí es posible vender este tipo de productos, y venderlos en cantidades exorbitantes. Me dirán entonces que esos son productos menores, “comerciales” (Brown, Rowling, Cohelo, RBD, Martín, Bruckhaimer y otros). Y estoy completamente de acuerdo. Pero entonces, ¿por qué en este país la empresa privada no produce ese tipo de productos? Con ello lograría ventas sin lugar a dudas impresionantes. Algunos dirán que no lo hace porque ya existen los productos, entonces mejor importarlos, lo cual es falso, pues sería más rentable producirlos aquí. Además, son muchos los países que lo hacen, no solamente Estados Unidos.
Si seguimos con estos argumentos mercantiles, veremos que existen productos de calidad que también venden muy bien: Il nome della rosa (novela y película), García Márquez (sin incluir sus putas tristes) o Leonard Cohen, un ícono menor que Bob Dylan, pero sin duda mejor letrista y poeta. Es aquí donde volvemos a llegar a un callejón sin salida: deben de existir otros asuntos de fondo que impiden a los artistas de Costa Rica su adecuada promoción, difusión, publicidad y mercadeo.
¿Será la mezquindad, egoísmo, falta de visión, pereza, desidia, indiferencia y apatía típicas del tico las que lo impiden? ¿Necesitaremos un TLC para que se privaticen las empresas culturales y artísticas? (Comercial: no al TLC, lo anterior era una pregunta retórica).
Lo que es definitivo es que en Costa Rica, este pequeño paraíso centroamericano, no existen por ahora los medios adecuados para que un artista sea “famoso”. Ni siquiera aquellos que siempre resultan electos por el Estado para ser presentados, publicados y expuestos, pues al Estado no le interesa recibir réditos. (Otro comercial: no vale la pena enojarse porque solamente a algunos se les da trato preferencial, ellos tampoco son conocidos más allá de su propio círculo, y para círculos, todos tenemos alguno en el cual podemos destacar o recibir al menos una calurosa bienvenida: no se incluyen en estos las fiestas familiares ni las peñas).
Ahora bien, y ya para ir cerrando (aunque en realidad nunca entramos en materia, y probablemente nos quedamos en el lugar común), debemos plantear al menos uno de esos otros asuntos de fondo que vendrían a explicar los fenómenos planteados.
En Costa Rica no existe el rigor académico, y con esto no me refiero a los títulos universitarios. No hay disciplina, no hay interés por el debate y la discusión. Y eso a pesar de la cantidad de talleres y cursos para artistas. Existe la queja, pero no el argumento. Hay lamentos, pero no propuestas. Seguimos amparados en esas ideas supuestamente libertarias de que el artista debe crear sin ataduras, y de que el arte es del pueblo. Sí, puede serlo, pero solamente cuando ha pasado por procesos que lo llevan a nuevos niveles creativos, no cuando se queda en la pose maldita o el devaneo posmoderno. Luego de eso, sí, debemos exigir los espacios y la promoción adecuada, porque el arte es un producto, surgido de manos de un artista que ha puesto su vida en ello.
Existen los medios: prensa, radio, televisión e internet. Existe el dinero: el gobierno lo tiene, puede conseguirlo y duplicarlo. Existe, mal que bien, la empresa privada, y ya que existe, pues que sirva para algo, y no solo para las muestras de pintura o música de artistas extranjeros (Último comercial: que está muy bien que vengan, por supuesto), sino para promover la producción de esos artistas que habitan este país. Y si queremos lograr esto sin “vendernos”, preocupémonos también por alcanzar un desarrollo supremo en el terreno de las artes.

Arte de Costa Rica versus…
Segundas digresiones sobre este y otros temas paralelos
De sexypoetas y otros affaires

En su nota “Escribir en Costa Rica”, el señor Mario León Rodríguez, a quien no conozco personalmente ni por su obra, lo cual él podrá decir, equitativamente, de mi persona, arremete contra una serie de vicios de nuestro medio cultural. Lástima que no mencione directamente a los escritores específicos de los que hace mofa. Solamente menciona por nombre a los difuntos. Ahora bien, mi dirá que de eso trata la ironía, y que de todas formas, más de uno tiene claro a quiénes hace referencia. Puede ser, pero es parte del endémico mal de nuestro quehacer cultural el no ser directos en nuestras críticas y posiciones.
Ahora bien, menciona tres tipos de poetas: de ellos reconozco claramente a Camilo Rodríguez en el segundo, y a Laureano Albán en el tercero; pero el primero puede referirse a muchos poetas. Puede que esto se deba justamente al hecho de que a veces las categorías se mezclan. Por ello, sugiero al señor León emprenda un estudio más riguroso, que dé cuenta de todas las categorías posibles. Hay que señalar que antes de la clasificación, hace mención expresa de Luis Chaves y su “elegía motorizada”.
Bien, luego de todo eso, el autor de la nota acuña los conceptos de sexypoeta y sexypoetización, con este último se refiere al proceso mediante el cual se alcanza el éxito, la fama y la pleitesía de las masas. Algo a lo que todos aspiramos. Sí, porque como bien decía Frank Zappa: “we´re in it for the money” (estamos en esto por el dinero). Esa posición es la que nos aleja por fin de los moldes románticos y las poses de cantina dizque bohemia. Querer éxito y reconocimiento en nuestro quehacer no debería ser pecado, pero bueno, es otro de los tantos obstáculos que debemos superar los poetas.
Con esto no pretendo apoyar o denigrar la obra ni de Chaverri, ni de Chaves ni de Albán, o de cualquier otro que se haya pretendido mencionar. En estos momentos no es lo que me interesa.
Mi digresión apunta a preguntar al señor León Rodríguez por su poética, por su propuesta, por su posición ética ante al arte y la escritura. Por todo lo que dice, da la impresión de que no está contento con el medio cultural nuestro, en lo cual lo apoyo cien por ciento, pero, si no es por los medios, ni por los premios, ni por las ventas, ni por los shows y demás medios de hacerse con la “fama”, ¿cómo hacemos? ¿O se trata acaso de jugar de “poeta maldito”? La posición del señor León no lo dice, pero es evidente que él está contento con pretenderse fuera del status quo, fuera de la norma; con lo cual, lastimosamente, no hace más que quedarse dentro de la norma y el satus quo de la infinidad de “artistas” que pululan por la Calle de la Amargura. Es decir, las ideas del señor León Rodríguez, aunque se pretendan originales, no dejan de ser otro lugar común de nuestro ambiente cultural.

Arte de Costa Rica versus…
Terceras digresiones sobre este y otros temas paralelos
De aventuras editoriales

Para continuar el diálogo con el señor León Rodríguez, me remito ahora a sus referencias sobre las editoriales de este pueblo: la primera sobre la producción literaria nuestra y la segunda sobre la Editorial Costa Rica en específico.
Señala nuestro amigo que, cuando algún extranjero le pregunta por la producción literaria de este país, lo remite a Perro azul, Andrómeda o Arboleda, todo lo cual está muy bien, porque son editoriales independientes que han apoyado el quehacer de un gran número de escritores jóvenes. Ahora bien, quiero hablar expresamente de la Editorial Perro azul, y con esto aporto en cuanto a la polémica de las editoriales en este país, expresamente con una anécdota similar a la que padeció el señor León Rodríguez en la Editorial Costa Rica.
Resulta que las políticas editoriales en este país son prácticamente nulas o bien no son aplicadas nunca. Salvo contadas excepciones, el mercado editorial nuestro es miope, chato y limitado. Y vienen las editoriales independientes al rescate, con sangre joven, con nuevas políticas, con iniciativas… perdón, eso querríamos todos, pero la realidad es otra.
Primero, partamos de que toda persona tiene el derecho de hacer lo que desee con su tiempo, con su presupuesto y con sus recursos, y si un grupo de amigos se reúne para poder publicar sus obras, adelante, no le veo ningún inconveniente. Pero eso sí, que sea claro en sus posiciones y en sus políticas. Lo peor es disfrazar nuestras intenciones. No pretendamos ser muy solidarios y democráticos, cuando en realidad, apenas tenemos la oportunidad, terminamos actuando igual que aquello que rechazamos.
Pues bien, hará unos seis años, en el 2001, me presenté ante el señor Carlos Aguilar, encargado de Perro azul, y le ofrecí un poemario para su consideración. Luego de meses y meses de esperar una respuesta, por fin llegó el ansiado día: “Su libro es rechazado”. Nada más. No había dictamen escrito, carta de rechazo, nada. Ninguna formalidad mínima que reflejara respeto (al menos las editoriales estatales responden por escrito, en algo usan el presupuesto). Tranquilamente pregunté ¿por qué? “Es que es trascendentalista”, fue la fabulosa respuesta recibida. Con una risa velada, di las gracias y me retiré del lugar. El borrador se veía intacto, algo sumamente sospechoso, pues sabemos que esos empastes rústicos, luego de unas cuantas repasadas, se destruyen fácilmente. Asumí que nadie lo había leído realmente, consuelo ingenuo al que tenía derecho. Pero también aventuré la hipótesis de que mi nombre, absolutamente desconocido hasta el día de hoy, fuera conocido por una única persona, que sabía que yo había estado ligado al Círculo de Poetas Costarricenses entre 1993 y 1996, periodo en el cual publiqué mi primer poemario. Sí, no había otra explicación, excepto esa mezquina y surgida de un relato real maravilloso. Mi libro fue rechazado por nombre, no por una lectura profunda y atenta. El libro fue escrito después de que yo estuviese ligado al Círculo, entre 1996 y 2000, el libro tiene elementos y tendencias perfectamente discernibles de aquellas achacadas a los “trascendentalistas”. Pero más aún, señores, ¿no se ha dicho ya por tres décadas que no hay nada que pueda ser concebido como trascendentalismo? ¿No se ha tratado de afirmar que es una corriente inexistente? Como bien vemos, el asunto se ha manejado a conveniencia; porque yo mismo afirmo que hablar de trascendentalismo es hablar de algo que no está claro para nadie. Y esto no significa que reniegue de mi vinculación con el Círculo, en lo absoluto. De hecho, mi respeto por Laureano y Julieta es profundo, pero lo que yo escribo es otra cosa. Es más, mi poesía nunca fue aceptada por Laureano Albán, nunca le gustó, y aún así él me apoyó en mi primera aventura poética.
Aprovecho para contar una anécdota ajena: un amigo, Mauricio Vargas Ortega, sí logró publicar en Perro azul, una excelente edición, como todas las de esa casa editorial; pero una vez publicado, desapareció por completo: no está en catálogos, en presentaciones, en invitaciones, en carteles, en reseñas, en críticas, en mesas redondas, en nada (solo quedan algunos ejemplares en la librería de la UCR). Ni una sola vez fue invitado a participar en una sola de las actividades patrocinadas por Perro azul.
Eso lo que nos indica es que Perro azul debería tener políticas más claras, para que no se les vayan a colar más “trascendentalistas”. Seguramente por eso me rechazaron: vieron que habían cometido un error, y con el siguiente autor lo enmendaron.
Lo anterior nos enseña es que no debemos dejarnos engañar por los pretendidos aires de las editoriales independientes, las cuales son fundadas, aquí y en todo el mundo, para poder publicar aquello que los órganos oficiales no aceptan (a nosotros mismos). Así que llamemos a las cosas por su nombre, pongamos un rótulo en la puerta. Nadie nos puede criticar por eso. Si quiero publicarle a mi amigo, lo hago, pero lo digo claramente, con valentía.
Mi libro en cuestión se llama Las fábulas del olvido, y fue seleccionado en primer lugar en el 2003, por encima de poemarios de diferentes tipos, “trascendentalistas” y de otros sabores y colores, por encima de autores con más “carrera”, con más “nombre” y con “más libros”, por la Editorial EUNED, y publicado en una edición especial en el 2005. Todavía lo puede adquirir, pregunte por él, es cien por ciento seguro que no se ha agotado (ni se va a agotar).

Notas:

1. “Trascendentalistas”, así, entre comillas, es irónico, por aquello de las dudas.
2. Y por aquello de las envidias, tranquilos, mi nombre y mi libro siguen siendo absolutamente desconocidos.

Escribir en Costa Rica

Mario León Rodríguez

Empiece por repasar la historia patria de la segunda mitad del siglo XX. Descubrirá, con poca sorpresa quizá, que este país se lo inventaron ciertas familias. La Costa Rica que vivimos, amamos y odiamos (porque amor sin odio es amor incompleto) se fue postergando para dar cabida a un discurso de bienestar y Estado Benefactor; es decir, atolillo con el dedo: clase media: pobres con ganas de ser ricos. Y los ricos cedieron un poquito pa’ que no se encabrite el populacho, platica pal’ pobre, discurso de bienestar para que no cuestione mucho. Y eso nos hizo “diferentes” a los otros países centroamericanos. Pobres felices con la esperanza de ser, algún día, ricos y… por qué no famosos y corruptos.

Dé el salto. Atrévase.
Lo esencial que necesita saber sobre literatura nacional es lo siguiente:
1) La preocupación primordial de un escritor tico, con tendencias al reconocimiento internacional, se centra en la pregunta metafísica esencial en relación al estado y paradero de la moto en que perdió la vida el insigne vate turrialbeño. Vida más poética no se puede imaginar: pobre y feliz. Poesía que transpira adolescencia a manos llenas. Jorge Debravo ocupa lugar preferencial en la casadora de mitos que aviva nuestro sempiterno temor a mirar más allá.

2) Lo que sabemos, por fotos de la época y los apasionados comentarios de don Joaquín Gutiérrez, es que Yolanda Oreamuno estaba bien buena.

(Si quieres conocer más sobre estos u otros personajes de la literatura patria visita la Editorial Costa Rica, mausoleo de tantas fantasmales apariciones.)

Si te atreves a centrar tu lecto escritura sobre estos dos ejes puedes empezar a soñar con el reconocimiento internacional. Es decir, más allá de Centroamérica. Esto quizá sea una revelación para muchos oficiosos escribidores patrios, pero es innegable: La geografía mundial no se acaba en Centroamérica. Y allende los mares se produce más y mejor literatura porque hay escritores profesionales; y, tanto escritores como editoriales, están a la altura en cuanto a calidad y mercadeo se refiere. Persiste en nuestra amada patria el temor infundado a ganar dinero escribiendo. De ahí que haya tanto fantoche dándose aires de insigne. Y tanto resentimiento… que luego plasmaran los poetas no famosos en encendidos versos para tirarlos, cual dardos ponzoñosos, a los rostros atónitos de los incautos asistentes al más inverosímil de los recitales poéticos.

Queda, además, la posibilidad de convertirse en un sexy poeta. En mis profundas investigaciones he descubierto tres tendencias básicas hacia la sexipoetización.
La primera (y quizá la más conocida y comentada de todas) consiste en coleccionar premios literarios. De manera que su currículum vitae pase de las dos hojas usuales a las ochenta o cien dependiendo de cuan larga sea la lista de premios que ha conquistado para su haber. Esto le dará caché y el irresistible sex appeal para el sexo opuesto. Que su poesía sea indigerible no es su problema: Lo suyo son los premios.

Segunda. Use los medios. La televisión puede darle el chance, el reconocimiento que el burdo populacho nunca le brindó. Invite a sus… su único amigo en estas onanistas sesiones ante las cámaras, hable de sus cincuenta libros publicados, de sus incisivos y denodados esfuerzos por disimular su incapacidad de coordinar una clara sucesión de ideas inteligentes. Use la prensa escrita rescatando la figura del “gran” caudillo que alguna vez se gastó un dinerillo en confites. Lo suyo son los medios.

Tercera. Sea inclaudicable en su terquedad. El Trascendentalismo es lo único realmente importante que le ocurrió al panorama literario mundial. Que lo diga Usted que compartió coterraneidad con el poeta inmortal que ofrendó su vida montado en una vil ¿Yamaha? Y, en todo caso, un buen premio (nótese cómo interactúan estas tendencias entre sí) puede darle su momento de fama, su podio y su micrófono para gritarle al mundo entero su burda vanidad. Lo suyo es la mediocridad.

Recién descubro que casi olvido una cuarta tendencia… aunque sospecho que es más una cuestión instintiva en el escritor costarricense: El arte de la felación. Como material bibliográfico de apoyo puede consultarse del escritor costarricense, Carlos Cortéz, La gran novela perdida. Este práctico instructivo tiene la extraordinaria virtud de ser útil tanto para el neófito como para el consumado adicto a la succión de apéndices ajenos. Asistimos al espectáculo del escritor ensalzando a sus amigos, contándonos alocadas anécdotas sobre una literatura nacional que (¡suponemos!) él se inventó porque de todos es sabido… máxime por el auto bombo de don Carlos… que en Costa Rica nunca pasa nada. El arte de la baba. Don Carlos, tan jocoso, hace gimnasia de palabras para ocultar su incapacidad de lograr algo nuevo, más atrevido… de más calidad. Plato de babas. Literatura de salón con supuestos aires de avant gard.

Si quiere aspirar a premios escriba a la vieja usanza, normalito y sin salirse del molde.
Si quiere innovar o estar al día de cómo y lo que se escribe a nivel mundial financie Usted mismo sus ediciones. Claro, otra cosa es acomodarse, dejando las majaderías de escritor independiente y al día con el acontecer literario mundial, para resignarse a escribir ardorosos y bien rimados sonetos a la olla de carne, la guaria morada y la carreta de bueyes; o darle bonito al encendido lirismo soporífero. Entonces sí serás publicado.

Otra opción es montarse en el cuento del poeta incomprendido y sin dinero, cliente fijo de ciertos bares estratégicos, y eterno loquito bueno que arregla el mundo con varias frías entre pecho y espalda. Algún samaritano habrá que inmortalice tu poesía del futuro.

Entienda que debe ser irrespetuoso en el momento justo, no orine fuera del tarro. En este país no sabemos a ciencia cierta cuándo tendremos que palmotear la espalda que, apenas ayer apuñaleábamos con sádico placer. Es parte de nuestra idiosincrática jocosidad ser el Judas o el sobalevas. Tu exquisita obra exige que te prostituyas por ella.

Nunca serás escritor si no aprendes a jugártela en el medio. La fama no está a la vuelta de la esquina. Y, de una vez por todas, pon atención que es importante: En Costa Rica no hay escritores profesionales, la literatura es un hobby. Ergo, mucha poesía y escasa narrativa. De alguna forma la plaga poeteril le ha restado seriedad a la literatura nacional y, lo peor, es que ni siquiera se vende.

Cuando algún extranjero me pregunta sobre la producción literaria nacional lo mando a Perro Azul, Andrómeda o recientemente a Arboleda para que escoja en cada uno de sus catálogos; a la Editorial Costa Rica lo mando a que busque dos o tres libros específicos: nada más. Y es que las editoriales alternativas han apostado por la diferencia, a pesar de su mucha poesía. Mientras que la editorial estatal se quedó anquilosada en su aburrida lista de aparecidos, luces fatuas, carretas sin bueyes y esa Costa Rica engañosa que debemos superar para competir a nivel internacional en lo que a literatura se refiere.
Así las cosas, a buen entendedor pocas palabras: Escribir no es un acto inocente. Y si es tanta la romántica trascendencia del yo destina tus fuerzas a más nobles empresas.

Polémica sobre el “sistema” (¿?) de aprobación de obras en la ECR

Habib Succar


Es un mal endémico, propio, exclusivo del Consejo Directivo de la Editorial Costa Rica (ECR), empresa pública estatal creada para “fomentar la cultura del país, mediante la edición de las obras de los autores nacionales.”

El “sistema” para la recepción, valoración y aprobación o rechazo de las obras que envían los(as) autores(as) nacionales a la Editorial del Estado, padece una serie de vicios que son ejercidos a propósito: sea en beneficio de una persona o grupúsculo o en detrimento de otra persona u otro grupo o movimiento literario.

Me consta durante más de 25 años de relación directa e indirecta con la casa editora ECR, que siempre llegan a formar parte de su Consejo Directivo (¡¡¡desde 1998 integrado por nada menos que NUEVE miembros (9)!!!) personas del más variado calibre literario, intelectual y personal.

Hay directivos actuales y ex directivos(as) que conozco de las últimas dos décadas que le dan lustre al Consejo. Personas con una trayectoria literaria, intelectual y profesional que están fuera de toda duda, independientemente de si me caen bien o mal. Incluso me tocó presenciar actos de renuncia propia, de personas que mientras estuvieron en el Consejo Directivo, se abstuvieron por decisión propia, de publicarse sus propias obras con el sello ECR (una lástima). Pero ello dice mucho de la integridad y la ética de estas personas.

Al revés sucede con una buena cantidad de “autores(as) e intelectuales y académicos(as)” (estos últimos especialmente universitarios)”, cantidad nada despreciable, que han llegado al seno de la ECR como lobo feroz frente a Caperucita: dispuestos a engullir “la presa”, a disfrutar el magro botín en beneficio propio o de su íntimo círculo de amistades y a hacerle de muro de contención a “sus enemigos” y todos aquellos que no forman parte de ese efímero círculo (“argolla”), de beneficiarios temporales del corrupto ejercicio del poder que se ejerce en el cenáculo de la ECR, por mísero que sea ese poder.

Y luego esos corruptos hacen alarde público del “poder” que tienen en la ECR.
Así, he visto a tirios y troyanos, repartirse la aprobación de las obras como quien deshoja una margarita.

He escuchado perplejo personas que han proclamado con orgullo, que su libro será publicado en la ECR porque “fulano de tal me dijo que él lo aprobaría”, siendo una obra que ni siquiera había llegado todavía a conocimiento de la ECR por los canales normales. ¡Y luego vi cumplirse la profecía!

A la inversa, he visto cómo una obra excelente, con méritos suficientes y de autor reconocido, fue injustamente rechazada por razones inconfesables. Por venganza personal, por animosidad personal, porque no llegara a ser competencia de tal o cual en el Premio Nacional de tal género ese año, etc. etc.

El cascabel al gato
Como primer paso, la única solución que le veo a este asunto, que huele a podrido, es que se modifique la Ley 2366, Art. 11 “Integración del Consejo Directivo” y que en vez de una multitud innecesaria y absurda de 9 directivos, se integre el Consejo con únicamente 3 personas: dos por el Poder Ejecutivo (MEP y MCJD) y una por CONARE, todas por periodos de 4 años. Así se elimina de un plumazo la nefasta injerencia interesadísima de la tristemente célebre “Asamblea de Autores” (sic) de la ECR, creada por el Art. 10 de dicha ley.

Como segundo paso, que ese nuevo Consejo Directivo, reviva la Política Editorial y los Criterios Editoriales aprobados entre 2002 y 2002 y que fueron interesadamente desterrados en el año 2004, que fijaban pautas equitativas, racionales, para la inclusión de obras en el Programa Editorial anual de la ECR.

Simultáneamente, que se establezca un mecanismo (que ya fue aprobado en 2002 pero también desterrado a partir de 2004) que permita una sana competencia entre las obras que ofrecen los(as) autores(as) y las posibilidades reales, presupuestarias, de publicación. Es decir, que si hay 5 libros en poesía que se pueden editar en el 2007, se avise con tiempo a la comunidad de escritores(as) y se les de fecha límite, para que todos(as) envíen sus obras y “concursen por esos 5 cupos”. Que un solo “jurado o comisión dictaminadora” evalúe toda la oferta recibida y escoja los cinco mejores, según su criterio y listo. Así, el “margen de error humano” al menos sería consistente para todos(as).

Este mecanismo siempre puede ser susceptible de manipuleo, pero disminuye enormemente la descarada injerencia que se da actualmente por parte de algunos(as) directivos(as) a favor de sí mismos o de sus amigos(as) o en contra de sus “enemigos(as)”(¿ ?)…

Así, Política Editorial, más Criterios Editoriales, más “concurso nacional” y los mecanismos de excepción que deben existir siempre por lógica y sentido de oportunidad, conformarían, ahora sí, un “sistema de selección de obras” que minimice y hasta destierre para siempre, el bochorno y el asalto a mano armada, literalmente, de algún vaquero que no más se sentó en su curul, vio su libro publicado con el hoy maltrecho sello ECR que tanta gloria le ha dado a la cultura costarricense.

18-6-07

El escritor Mario León Rodríguez, centro de esta polémica, nos envía esta nota, que publicamos a continuación, en relación con el tema. Ante el silencio complaciente de la Editorial Costa Rica*, el escritor, valiente y decidido, escribe esta sátira sobre un conocido "Saloon de Honorables". Si desea opinar escríbanos. Lea también el cuento Grumus del libro cuestionado en este enlace.

*Sobre el silencio complaciente de la Editorial debemos informar que el Presidente del Consejo Directivo respondió, sin responder. En unos días le transcribiremos la carta enviada por el señor Claudio Monge Pereira, en la que en lugar de responder, amenaza a Culturacr.com por el uso del logo de la Institución en el artículo de Geovanny Debrús J. En su desafortunada e intolerante carta aduce que este medio de comunicación no tiene autorización para usar su logo y de hacerlo tendrá que vérselas en los tribunales. Culturacr.com aclara que el uso del logo se realiza solo con fines ilustrativos, aunque es claro que en respeto a los derechos de autor (que ahora el Presidente de la Editorial alega en su carta, aunque él dice estar en contra del TLC) y que sin duda pertenecen a la institución (ECR), Culturacr.com no desea infringir de ningún modo la ley. En unos días tendremos un artículo más extenso sobre este tema.

Ahora bien, hasta la fecha (11 de julio, 2007) la redacción de Culturacr.com no ha recibido ninguna respuesta de la Editorial Costa Rica, su Consejo Directivo o Presidente sobre las críticas planteadas por el escritor Mario León. En cuanto sea recibida se publicará con mucho gusto como derecho de respuesta.

Como una de vaqueros

Mario León Rodríguez

Había una vez una editorial que parecía un cuento del Lejano Oeste. Sus directivos se reunían en el Saloon a reír, bailar y disparar… porque pistoleros habían, al menos uno. Que un matón nunca está de más en un pueblo vaquero. Las publicaciones se decidían en el póquer, y al que miara fuera del tarro lo acusaban de hacer trampa y ahí mismo le vaciaban los seis tiros del revólver. Días hubo en que la pólvora obnubiló el buen sentido. Fue entonces cuando las horcas se llenaron de cadáveres innecesarios. Los patíbulos fueron la única diversión del pueblo y el pistolero, que siempre lucía el revólver con cualquier pretexto, se convirtió en un Honorable y, sin importar que ilegalidad y malas maneras lo llevaran a tan digno sitial, se impuso como la voz cantante de esta pasmosa cantata. Empezó una época triste y oscura para los nuevos herreros de las palabras. La puerta, antaño cerrada para cualquier joven hacedor de palabras o cualquier nueva propuesta literaria, quiso entreabrirse… intento fallido, los nuevos Honorables con el contubernio del pistolero la condenaron al cierre definitivo. Los que habían apostado por lo nuevo fueron desterrados y, poco a poco, ese Saloon de facinerosos y violentos se convirtió en el más escalofriante de los tugurios adyacentes. Ramas de plantas secas hechas una bola rodaban por las calles, de vez en cuando un pistoletazo alborotaba el silencio. Los herreros escribidores optaron por habitar los caminos solitarios, lejos de la mala influencia, del aire viciado del Saloon de Honorables y allí, apertrechados de palabras y muchas lecturas, acecharon la indiferencia, la mediocridad, la censura, el regionalismo prohibitivo e inventaron nuevas formas de decir confiados en todo aquello que desterraron los Honorables: Originalidad, atrevimiento y simples ganas de escribir de una forma nueva. Decir el mundo desde el momento presente, con las armas del momento en que han nacido y han sido negados por la envidia y la mezquindad de unos pocos.

Apertrechados en el Saloon los Honorables veneran falsos ídolos. Una enorme foto del poeta motociclista preside sus juntas mientras en la clandestinidad se gestan las nuevas palabras, la nueva historia de este pueblo perdido en mitad de la nada. Son estos mismos Honorables los que trajeron a un viejo y buen poeta del sur a ventilar un poco nuestra anquilosada poesía. Llenaron los recitales de mala poesía. Lírica herrumbrada. Versos artríticos. Poesía que huele a naftalina. Y el viejo y buen poeta del sur permitió a sus vitales y contemporáneos versos sitiar el aire con el fresco aroma de la ternura y la sinceridad. Su ronca voz supo poner canciones en los cementerios que somos.

Los Honorables, verdugos de la originalidad, se regodean en su vil crapulencia… en su vil imposibilidad de lograr un solo verso que valga la pena.

Este pueblo huele a esperanza desde que Gelman estuvo aquí.

Editorial ¿de Costa Rica o de unos pocos?

Geovanny Debrús J.

En la sección Sin mordaza del Suplemento La MalaCrianza del Semanario Universidad, del pasado 3 de mayo, el poeta Mario León Rodríguez abre una polémica que, aunque siempre ha estado presente en el medio literario nacional, adquiere vigencia e importancia en nuestros días.

En su comunicado del Semanario Universidad, León cuestiona la forma y los prejuicios que descalifican su libro Besos (colección de cuentos), el que sometió a valoración por parte de la Editorial Costa Rica para publicación. En su denuncia el escritor informa que después de someter el libro a dictamen este fue rechazado con dos dictámenes negativos y uno positivo, no obstante, cuestiona enfáticamente el procedimiento y las intenciones que movieron los hilos de la desaprobación de dicho libro. Deja abierta la duda sobre si habrá "mediado mala fe y alevosía a la hora de escoger a un tercer dictaminador decisivo".

Incluso León supone que hay un "grupito" dentro de la Editorial Costa Rica a quien le incomoda el tipo de literatura desenfadada y transgresora que él escribe, entonces sospecha que hay una animadversión a su obra que "estaría coaccionando mi libertad de creación y expresión; peor aún, por una cuestión meramente personal. (...) Mi obra se está silenciando por ser quién soy. Siento la humillación de ser vilmente ajusticiado por mostrar una parte de la cultura de C.R. que a muchos no les gusta".

Más grave aún es que al señor León le entregan los dos dictámenes negativos sin los nombres de las personas que dictaminaron la obra, de los "ajusticiadores", en lo que pareciera ser el modus operandi de esta casa editora pública. Y es grave porque a juzgar por las frases de los dictámenes que el autor presenta en esta publicación, ciertamente las falacias ad hominem predominan en los "razonamientos" para rechazar el libro: "Sostengo que la Editorial Costa Rica no ha de caer en el juego o vacilón de este autor, que se afana por demostrar de manera insistente su dominio del lenguaje ramplón, denigrante, para describir situaciones cargadas de grosería", sostiene uno de los dictámenes. El otro plantea en la misma línea ad hominem: "En mi criterio termina siendo un simple disfraz ante la incapacidad de hacer algo diferente que no transgreda los límites de lo tolerable". Más aún, el ad hominem no se queda con Mario León sino que uno de los dictaminadores lo extiende a otras personas: "Porque ciertamente se trata de eso: un texto 3X (literatura porno), que quizás tenga sus adeptos igualmente morbosos..."(cursiva propia).

Ahora bien, no se deja de aceptar en uno de esos anónimos dictámenes que "ciertamente esta pieza literaria tiene matices de calidad, tanto en el uso del lenguaje, como en los recursos narrativos y en lo impactante de su enfoque". Lo curioso es que aunque se la rechaza por su lenguaje "soez", por otro lado se acepta que por su lenguaje tiene "matices de calidad". Más adelante se afirma "no estamos hablando de una obra 'de mala calidad' estamos hablando de un estilo de escritura incompatible con los principios orientadores de la Editorial". Notable es que ya en meses pasados a este mismo autor la ECR le había publicado un libro de poesía titulado La curvatura del silencio que, sin duda, mantiene una misma línea de uso