Mandy Rodríguez
Vargas
Una dolorosa
tragedia: la desaparición de un hermano, la locura del amante;
cualquier cosa hubiera sido mejor destino que ser atada a aquel hombre.
Era un puerco demente que se jactaba de ser recio, denodado e imponente,
y lo reafirmaba con insistencia como si un fantasma lo estuviera contradiciendo
constantemente.
La venda
que puso en ella, su papá el “macho respetable”, la hizo seguir
los pasos de su madre, casándose con un hombre que veía
a la mujer como un complemento, como una sirvienta gratis y de favores
sexuales.
Sin
embargo, su esposo, a diferencia de su padre, la dejaba trabajar;
eso sí, mientras no afectara sus “deberes” hogareños.
Así
transcurrieron un par de monótonos años y ella al final
se resignó a su “libertad”, hasta se convenció de amarlo,
a pesar de sus frecuentes alegatos: “no te pongas eso” “¿por
qué no usas solo vestido?”, “yo no tengo porque ayudarte”,
“eso es trabajo de mujer” y esa clase de estólidas frases.
Por un
“cliché” de la vida, ella no pudo llegar al trabajo por un
choque en la autopista principal, situación que la llevó
a regresar a su casa y al entrar vio a su esposo engañándola,
pero no con una vecina o una amiga, si no con el hombre que la crió,
con su padre.