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Alfredo Trejos: homenaje al clavo suelto
o de cómo sobrevive el hombre más triste (o casi triste) del Valle Central

Diego Mora

Que no se cierren nunca mis heridas
para que todos vean qué hice con el mundo
Alfredo Trejos

Advertencia

Adentrarse en la poesía de Alfredo Trejos duele. Y no hacen falta perversiones para disfrutarlo. Puede recomendarse una habitación -de preferencia ajena y anónima- para leerle hasta que surjan objetos mínimos y tristes. La habitación pasa a un segundo plano a partir del análisis de los mecanismos del paraguas o de una mujer con sangre en el costado. Ya casi al final las recomendaciones resultan absurdas, pero su lectura siempre sabrá mejor con una taza de sopa helada.


I. Los gajos de la piedra

Sólo déjenme envenenarme en paz.
Si sobrevivo, despídanme.
A.T.

Carta sin cuerpo (Perro Azul, 2001) es la ópera prima de este intrigante autor. El libro comienza con un poema extenso llamado Los verdugos en el que de una vez arremete contra esa bestia que es la esperanza, tratando de Apartarlos a todos de este precioso instante en que se calcula la lástima para que dure todo un mes (p.14).

El libro se desarrolla en una prosa fluída y densa, como un charco de gasolina que de cerca muestra diversas tonalidades y figuras inquietantes:

El faro de la llaga proyecta el cortometraje de lo que soy. Y soy tátaro y mágico y súbito y viejo (p.13).

No debe sorprendernos el carácter biográfico en estos textos. Es quizá que el poeta no puede hablar más que de sí mismo, en sus diversas manifestaciones, aunque éstas vengan de otros lados. Por ello Trejos nos muestra una cotidianidad porosa, tétrica, desgastante:

Sé que ando mal en kilos y en caricias. Todo me gana por diferencias humillantes. Me gana el autobús, el clima y la mala memoria. El sabor de las fresas, las cortinas y los gatos (p.23).

El patetismo es el pan de cada día, pero un pan dulce que se deja comer, y que con cada mordisco nos sabe más al mejor trigo de la región. Para muestra, un buen bollo:

Pero cómo llamar pan al pan ausente ahora que cocino para mi perro y para mí. Ahora que duermo como si la noche fuese un paraguas sacado de un balde de petróleo y la soledad una mujer que no promete desvestirse. Ahora que pongo a fumar a domadores y mendigos y no puedo ver a Ingrid Bergman sin sentirme despojado. Quizá algún día haré trampas en el juego. Me haré de un anillo. Vestiré de gris. Tocaré la trompeta. De vez en cuando saldré a bailar con mi prima. Compraré cerveza y un mazo de cartas y un disco de Buró Bacharach. Y me creeré con suerte si puedo nadar bien antes de ser un viejo presa fácil. Siempre habrá manera de poder ir a los toros y rozar una mujer con la punta del periódico y escoger el autobús donde sufriré un calambre. Me probaré ataúdes y un par de buenos autos. Haré el amor honestamente con alguna que bien podría llamarse Olga. Haré algo con el piso que quizá estará datado. Apretaré los dientes como la ratonera (Poema 17, p.38).

Ese recurso cinéfilo, tan recurrente hoy, era en el dosmiluno algo relativamente novedoso, que Trejos supo manejar con cuidado, sin volverlo protagónico, solamente un recurso sutil y contextual: Después de todo sí te parecías a Olivia Hussey (36).

La prosa además, crea espacios de monotonía, una rutina donde el poeta se enfrenta a sí mismo, a su condición:

Adoro la lentitud con que acontezco. Sé que dormir mal no me hace más simpático. Sé de bebidas calientes. Sé que la mujer es una astilla (p.46).

El poema 22 (Es bueno oler a las mujeres) crea un efecto sinestésico, recurso tan común en poetas como Rimbaud. Pero además cuenta con un ritmo maravilloso que viaja por los olores y las mujeres con una soltura asombrosa. Poema de alto calibre.

Hay en la obra trejiana imágenes poderosas y concéntricas, como bien se muestran en el poema 22: las hojas de rasurar, los mecanismos del paraguas… los gajos de la piedra… su mar y su presa… y decir esto es polvo, esto es cera, esto es pasto (p.44). Se trata de imágenes deliciosas, encadenadas por la fragilidad, el fragmento. Son todos elementos inertes, de gran detalle visual, delicados, mínimos.

El verbo en futuro sirve para planear venganzas, vidas alternativas, promesas incumplibles, actos de fe, juicios finales. El pasado es mujer, deseo, amor duro y violento como su insomnio, donde todos los tiempos se cruzan en el vaho de tres cajas de cigarrillos flotando en un 3x2. Porque su poesía es justamente el insomnio, la noche eterna en que se entera de tantos fracasos. Son los detalles y las sombras, la válvula de escape atorada.

II. Trípticos tóxicos

La ausencia es ese horno que vigilo
y que cada vez está más lleno de mis manos
A.T.

Arrullo para la noche tóxica (Perro Azul, 2005) es un libro de trípticos en verso. Llegamos a dos poemarios, dos cadáveres arrastrados hasta los huesos, uno en prosa, otro en verso.

La primera parte no llega al carácter intimista alcanzado a lo largo de Carta sin cuerpo. Eso no le resta momentos de gran embergadura:

Algunas veces el corazón/se siente igual/que un clavo suelto bajo la alfombra/bajo un tapete/que ya no sujeta nada/y sin embargo/sigue ahí (p.13).

Trejos se cuestiona varias veces sobre su oficio, y nos advierte sobre las consecuencias:

Pero así es esto de escribirte/Algo malo muy malo/como morir como decir que hay tanta luz/que a veces sobra/Algo bueno de verdad bueno/como sacarse los ojos frente al mar (p.17).

En Oficio letal (p.54) nos ofrece su arte poética, realista y aclarador de su visión del poeta: los mejores magos siempre están muertos.

Hay una sensación muy a lo Álvaro de Campos: máscaras, rutina, interesantes relaciones con dios y el prójimo:

Qué solitaria forma de temer/Qué penosa mascarada es darse ánimo (p.28).

La soledad/la valiente veterana del infierno/la que varias veces al día/es algo menos que nadie/la que según la alta costura/y el mismo dios del cielo/a algunos nos queda como un guante (p.23).

Hay dolor de pérdida. Un dolor fácilmente convertible en cliché. Pero en Trejos encuentra formas novedosas, amparado ocasionalmente en personajes pop o históricos recrea su padecer con ingenio:

Si Ahab el capitán de los proverbios /me clavara en la frente una moneda/sería para el primero que avistara/una ciudad que no esté triste sin tus ojos (p.38).

Membresía (p.52) es un poema que describe la ironía con que se toma la vida:

piscina don Alfredo noches gratis/traiga a sus amigos/se trata de algo exclusivo/sólo para hombres de negocios/renacuajos a los que les ha ido bien/no sabe que soy pobre/mal jugador de cartas/y que bebo más que el pavo de nochebuena (p.52)

Trípticos personales es la sección de la genialidad, donde surge el Alfredo que todos queremos reconocer, el hombre más triste (o casi triste) del Valle Central.

Así como la oscuridad/conoce el agua/entra en el agua y ya no sale/el corazón se quedará para siempre/en el pecho/como una balsa atrapada por el hielo (p.66).

Esto es triste o casi triste/como observar un pantano/una ópera de pie/una taza de sopa helada/una contraorden de tu blusa abierta (p.56).

Reposición de un viejo poema del Garden Club es un poema-homenaje a la muerte, al sufrimiento reflejado en su propio entierro, incluso sin su presencia, lo que nos habla de que el mundo trejiano es patético per se:
y aunque no me dejará/ni un hueso sano/tal vez permita música/y baile/y borrachos/en mi entierro (p.76).

Y llegamos al Desnudo, Calle Fitzroy (p.78) que es “el poema”, donde Trejos muestra finalmente maestría, manejo de un lenguaje auténtico, imágenes lentas, lentísimas, llenas de dolor sin quejas, es decir, con dignidad, un cuadro donde la desnudez lastima con agrado y consentimiento, e invita a releerlo, a dolerlo diez veces, al menos.

Decide quedarse desnuda un poco más./Sabia mujer de Calle Fitzroy./Vestirte ahora sería/como poner vendajes/a la pintura fresca (p.78)

Las tres partes del Tríptico II de Los últimos trípticos (basado en un cuadro de Matthew Smith) llevan una secuencia sutil y doliente, hasta el final del libro, que sentencia su eterno mal de amores:

Y todas las campanas que te anunciaron/fueron carteles volteados por el viento (p.80).

III. Vaquero de media noche

Y dios
nos hacemos viejos
nuestros hábitos empeoran
A.T.

Nutridas y sustanciosas. Así son las apariciones de Trejos en diversas antologías costarricenses. Su obra se va proyectando más allá de sus dos “cadáveres”. Por ello seleccionamos a manera de extractos poemas que solamente aparecen en dichas antologías, como si fuésemos mostrando un adelanto de “futuras obras”.

Hay confesiones importantes a estas alturas de su obra, lamentos concluyentes, derrotas definitivas:

Hay que aceptar/que lucimos cansados:/tantas noches/de bailar de espaldas/de oír y dar confesión/en los columpios (Lunada poética, Vol.II; Andrómeda, 2006, p.94).

Acepto que ya no le sostengo la guardia/ni a una moneda en el aire (ídem, p.95)

Trejos invoca sus verdugos y ellos puntuales satisfacen sus órdenes, por eso camina por la misma calle, su leitmotiv, su universo solitario en el que la tristeza engorda hasta la morbidez.

Salí del bar despacio/como quien sale de un auto volcado/para entrar a otro volcado (Sostener la palabra, Arboleda, 2007; p.269).

No abandona su sarcasmo, esa manera de hacernos reír en las peores desgracias, en su impotencia ante los hechos:

Pero está bien-contesté-/los malos tiempos/no se inauguran haciéndose el difícil/y estas escenas quedan mejor/sin la luz directa/de la pesadumbre (ídem, p.268).
Contemporáneo de Felipe Granados, Trejos regresa con un excelente manejo de personajes pop en el poema Viñeta mística:

Dios/por qué nunca permitiste/que le fallara el truco a la Mujer Maravilla/ aquel en el que dando vueltas/como novia de pueblo/se sacaba su traje de calle/para quedar en su traje de heroína:/corona/pantaloncito azul/corpiño rojo/ncontables milagros/pero santa, jamás (ídem, p.266)

A menudo su poética añora un estilo de vida diríamos familiar, acomodado, de clase media-alta, pero resulta todo un montaje, una ilusión óptica (¿poética?) y más bien se contempla en su lugar algo parecido al final:

Queda poco/y aunque ya nada es tan bueno/qué mal me haría el uso/ de más aire/más menta en la comida/otras calles/otras torres/y unas horas en el puerto de Lisboa (Noches de poesía en el Farolito (Perro Azul, 2007; p.91)

Hay una acentuación en el uso de personajes pop (por llamarles de alguna manera): Clint Eastwood, Álvaro de Campos, Dustin Hoffman… como pretexto o recurso para reflejarse en otros ambientes y bares, pero con el mismo sentimiento trejiano de desesperanza.

Uno de estos días/el mundo se irá por su buchaca/Todo acabará/y no habré tenido nunca/lo que se llama una silla/una cebolla/una cuenta en el banco (ídem, p.90).

Trejos es un maestro del digno-dolor, y como tal hay que comprender que su poesía habla de desesperanza, de tiempos que fueron o nunca llegarán, amores truncados, insomnios y noches duras, crueles; una tras otra.

De poco vale decir/que dejé la cabeza/en el otro sombrero (ídem, p.92).

Pero con dignidad. La dignidad del que lo ha perdido todo y ya no gasta tiempo en rebuscarse sino en intoxicarse; como si el mundo se resolviera con tres buenos versos, y la noche le recompensara con un trago extra. Alfredo no va a cambiar el mundo, pero ya lo leyó, y su testimonio no alentará ni a los más osados.

Quisiera que las noticias/fueran otras/pero no hay nada mejor/en años a la redonda (p.92).

Alfredo Trejos no es perfecto. Toma hasta la inconsciencia, es pobre y sus amigos no le invitan a tragos por temor a la cirrosis. Alfredo Trejos no es perfecto, y sin embargo su obra está ya inscrita en los ojos de generaciones venideras. Ya lo dijo Javier Cercas: La escritura y la plenitud son incompatibles.

Biobibliografía

Nace en Cartago en 1977. Poeta y promotor editorial. Dos libros publicados: Carta sin cuerpo (Perro Azul 2001) y Arrullo para la noche tóxica (Perro Azul, 2005). Aparece antologado en Poesía de Fin de siglo: Nicaragia-Costa Rica (Fronteras, Perro Azul, 400 Elefantes; 2001), además en ambos volúmenes de Lunadas Poéticas (Perro Azul, 2005 y Andrómeda 2006) y en Sostener la palabra (Arboleda, 2007).

Bibliografía

Corrales, Adriano (2007). Sostener la palabra. Antología de poesía costarricense contemporánea. San José: Editorial Arboleda.

Trejos, Alfredo (2001). Carta sin cuerpo. San José: Ediciones Perro Azul.

(2005). Arrullo para la noche tóxica. Ediciones San José: Perro Azul.

Rodríguez Ballesteros, Armando (comp.) (2006). Antología Lunada Poética Vol. II. San José: Editorial Andrómeda.

Varios (2007) Noche de poesía en el Farolito. San José: Editorial Perro Azul.

Bibliografía consultada

Corrales, González, Sobalvarro (2001). Poesía de Fin de siglo Nicaragua-Costa Rica San José: Fronteras, Perro Azul y 400 Elefantes.

Rodríguez Ballesteros, Armando (comp.) (2005). Antología Lunada Poética Vol. I. San José: Editorial Andrómeda.

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