Yo procedo de una
familia muy humilde. Mis padres eran campesinos sin tierra y analfabetos.
Cuando tenía seis años, nos trasladamos a Madrid y nos
afincamos en Alcalá de Henares. Allí viví mi adolescencia
y mi juventud hasta que comenzó la guerra. No pude ir al colegio,
ya que mi familia no tenía recursos y enseguida me tuve que poner
a trabajar. O sea, que yo estudié prácticamente las cuatro
reglas, como se decía entonces. Mis padres no pertenecían
a ningún partido. Eran profundamente católicos. Eran tan
sumisos que cuando pasaba el amo hacían la señal de la
cruz, como si se tratara de un representante de Dios en la tierra. Por
ese motivo yo en mi infancia era católico y, en mi adolescencia,
más de una vez me sangraron las rodillas de hacer penitencia
en las iglesias. Un día, sería el año 35, con quince
años, asistí con un grupo de jóvenes católicos
a un mitin de las Juventudes Socialistas en Alcalá para repartir
nuestra propaganda. Me quedé escuchando lo que decía el
orador y me di cuenta de que aquel hombre estaba hablando de mí,
de mi casa y de mis problemas. Me empecé a interesar por lo que
aquella gente decía. Pasé por un proceso de transición
muy difícil. En esta época, a lo mejor durante el día
estaba vendiendo los periódicos de las Juventudes Socialistas
pero después no me acostaba sin hacer mis oraciones. Acabé
afiliándome y, durante la guerra, me pasé al Partido Comunista.
Todavía continúo defendiendo las mismas ideas. Hemos cometido
muchos errores, sin embargo mi corazón sigue en el mismo sitio.
Al empezar la guerra,
la JSU formamos un batallón al que llamamos batallón Libertad.
Yo, con 16 años, era la mascota. Fuimos a la zona de Peguerinos,
en la sierra de Madrid. A los pocos meses el ejército se regularizó,
y a los menores nos enviaron a casa. Entonces me dediqué al trabajo
político en Alcalá. Fui secretario general de esa comarca
hasta el año 38. Ese año, los jóvenes tuvimos la
idea de movilizar a los menores de edad. Organizamos dos divisiones
de lo que se llamó Voluntarios de la Juventud. De vez en cuando
aparecía el padre de algún chico y se lo llevaba de allí
a caponazos. Era increíble, ¡chicos de 15 y 16 años
movilizados! Cuando cumplí los 18 años me incorporé
al ejército. Fui comisario político en una unidad. Después
fui instructor de la juventud en el Ejército del centro hasta
el final de la guerra. Se corrió la voz de que quienes tuviéramos
responsabilidades políticas debíamos concentrarnos en
el puerto de Alicante, porque nos iban a sacar de España. Nos
concentramos a miles, pero nuestros barcos nunca llegaron. Los que llegaron
fueron los de Franco. Y la División Littorio, que llegó
por tierra. Nos atraparon a todos. Me llevaron al campo de prisioneros
de los Almendros y, a los pocos días, me trasladaron al de Albatera,
de donde me escapé, lo que resultó relativamente fácil
ya que había muchísima gente. Conseguí llegar a
Madrid y me escondí en casa de un amigo. A los pocos días
un confidente me entregó a la policía. Me cogieron por
ingenuo y por impaciente. En pleno año 39 estaba tratando de
organizar la resistencia, contactando con los amigos. Uno de los que
llamé se había hecho confidente y me denunció.
Me llevaron a la
cárcel de Porlier, un antiguo colegio. Muchas veces me paseo
por ahí y veo un espectáculo que me recuerda a nuestra
época. Las madres van a buscar a sus hijos y eso me recuerda
a cuando nuestras familias iban a recoger nuestros paquetes o a llevarnos
los suyos. También iban a buscar los cuerpos de los que habían
sido fusilados. Muchas veces las madres llegaban con el paquete y se
tenían que volver. «No, señora, su hijo ha sido
fusilado». Yo estaba condenado a muerte, lo habitual en esos días.
Hasta tal punto, que cuando la gente iba al consejo de guerra al volver
estábamos todos esperándoles para saber que condena traían.
A lo mejor venían con los ojos llenos de lágrimas: «¡Treinta
años! ¡Treinta años!». Y te abrazaban, porque
traer treinta años de condena era una suerte, era evitar el fusilamiento.
Desde el principio
empezamos a montar una organización clandestina en la prisión.
Una organización muy cerrada y muy opaca. Cada miembro conocía
sólo a dos compañeros, el que te pasaba las cosas y al
que tú se las pasabas. En el año 43 creamos un periódico
al que llamamos ‘Juventud’, destinado a mantener el ánimo de
los presos y a mantenerlos informados. Estaba primorosamente hecho,
incluso llevaba dibujos. Un día sorprendieron a un chico leyéndolo.
El chico confesó y yo entonces decidí entregarme para
evitar que cayera más gente. Estuve casi un mes en la Dirección
General de Seguridad, donde me torturaron cruelmente. Me machacaron
vivo, pero no delaté a nadie. La tortura es una pelea extremadamente
difícil. Llega un momento en que temes por tu razón. El
problema es que mientras tú estás bien, aunque te machaquen,
si tienes moral, lo soportas. Lo malo es que pasa el tiempo y empiezas
a temer, Por qué dices: «¿Pero hasta dónde
voy a controlar mi cabeza?» Mi fortaleza era imaginarme mi vuelta
a prisión. A mí, en la prisión, todo el mundo me
quería. Me llamaban el chaval porque era de los más jóvenes,
y todos me conocían. Yo pensaba: «Si vuelvo sin haber entregado
nada, después de haber salvado la situación y habiendo
resistido, ¡joé!, la gente me va a comer a abrazos. Pero
¿y si vuelvo después de haber hablado? No me voy a atrever
a mirar a nadie a la cara, seré como un pelele, siempre solo
en un rincón del patio» Eso era lo que me daba fuerza.
Después de estas torturas, me condenaron por segunda vez a muerte.
Cuando las penas de muerte se conmutaron por treinta años, a
mí me cayeron sesenta.
Un día, cuando
me encontraba en la Dirección General de Seguridad tirado en
la celda, lleno de sangre y hecho un guiñapo, de repente sentí
que me lanzaban un papel por el ventanuco. A rastras, como pude, cogí
el papel. Era un retrato de Lenin, que alguien había arrancado
de algún libro. Nunca supe quién me lo mandó. Lo
cierto es que, para mí, desde ese momento, fue como si yo ya
no estuviera solo. Como si alguien estuviera vigilando y controlando
mi situación y mi comportamiento. Tenía el retrato enterrado
bajo la arenilla del suelo de mi celda. Cuando bajaba, lo desenterraba
y hablaba con él: «Mira, camarada, cómo me han puesto,
pero no temas, que yo tendré fuerza suficiente para defender
al partido». Un día, estando en el calabozo, oí
unos gemidos y me asomé por el ventanuco de mi puerta. Vi que
traían en brazos a un preso al que habían torturado. Me
di cuenta de que aquel hombre estaba entregado. Que ya había
confesado algo y que estaba vencido. Yo, que era todavía un niño,
tenía 21 o 22 años, desenterré el retrato de Lenin
y le dije: «Tú sabes que por nada del mundo me desprendería
de ti, pero te necesitan en la celda número 27». Cuando
me sacaron al servicio, pasé delante de su celda y le tiré
la foto. Parecerá un milagro, pero al día siguiente, cuando
oí que venía este preso, me asomé y observé
que venía andando por su pie y en su mirada había una
luz tensa y distinta a la del día anterior. Aquel hombre se había
rehecho. Recibir la fotografía lo resucitó. Años
después, en la cárcel de Ocaña, oí a un
hombre contar la historia. Entonces me di a conocer. «¡Yo
soy el que te pasé la foto!» Me confirmó que ya
había denunciado a alguien y que, cuando se encontró con
el retrato, se golpeaba contra la pared, desesperado. Muchos años
después, en Moscú, visitando el museo de Lenin, Yeltsin
me enseñó el papel en el que yo escribí esta historia
junto a la famosa fotografía de Lenin con un pionero en la Plaza
Roja. Se lo enseñaban a todos los españoles.
En la prisión,
en un primer momento, lo único importante era sobrevivir, hasta
el punto de que en Porlier, al poco tiempo de entrar, no quedaba ni
un hierbajo en el suelo. Las hierbas del patio las cogíamos,
las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como
podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo
faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que
también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre
o de frío. La situación cambió coincidiendo con
el fin de la Guerra Mundial. Nuestras familias se habían rehecho
y nos podían ayudar. Europa pudo volver sus ojos a España
y se empezaron a organizar comités de amnistía, socorro
popular… Y comenzó a llegar algo de esta solidaridad, que nos
ayudó a sobrevivir.
En esa época
empezamos a estar más tranquilos y más alimentados y gracias
a eso empezamos a organizarnos mejor. Éramos como un estado dentro
de otro estado. Montamos clases clandestinas. Teníamos cientos
de libros escondidos. Era muy fácil introducir libros en la cárcel.
Lo difícil era mantenerlos ocultos. Lo que hacíamos era
coger de entre los libros de la biblioteca de la cárcel, casi
todos religiosos, el libro más parecido al que queríamos
camuflar. Desencuadernábamos los dos libros, cogíamos
las tapas del libro legal con las cien primeras páginas, que
era donde aparecían el sello de la cárcel y las firmas
del director y del capellán e íbamos intercalando cien
páginas de nuestro libro y cien del otro y así sucesivamente.
Como teníamos buenos artesanos, componíamos de nuevo el
libro que, por fuera, era La historia de Santa Genoveva y, por dentro,
El capital. Teníamos de todo, y todo clandestino. Había
una escuela de pintura e incluso organicé una tertulia literaria
en los últimos tiempos. También hacíamos una revista,
que sacábamos de la cárcel y que se reproducía
y se difundía fuera.
La cárcel
fue mi universidad. Conocí a mucha gente. Coincidí con
Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel
Hernández era una persona entrañable, murió de
franquismo en la prisión de Alicante en el año 42. Unos
años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos
a la noche, a que cerraran las galerías. Entonces montábamos
un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas
algunos presos se dedicaban de la vigilancia y así, en el silencio
terrible de la cárcel, hacíamos los homenajes. El de Miguel
Hernández lo titulamos Sino sangriento, que es el nombre de uno
de sus versos. Tenía tres actos, con los nombres de tres de sus
libros: El rayo que no cesa, Vientos del pueblo, que trata de la guerra
y Cancionero y romancero de ausencias, que era el de la cárcel.
Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música
se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados
con los palos de las escobas y con cosas así. Era muy ingenioso:
se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un
papel de fumar en cada punta y se le abrían unos orificios. Sólo
con eso salía una música preciosa, que era como un zumbido,
pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro
o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes.
Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España
y de los soviéticos se oía La Internacional. Con los franceses
y André Martí… se oía La Marsellesa. Los mexicanos
con Siqueiros y tal… Se oía La Cucaracha. Todo a media voz. Se
titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo
impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en
cuando, oías el «alerta» de los centinelas desde
las garitas. Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta
el dos!, ¡Alerta el tres!» Eso se hacía para que
el cabo de guardia supiera que no se había dormido ninguno de
los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y Neruda. Creo
que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante
que éste.
Ésta fue
mi escuela y la de mucha gente, y así pasé los años
de prisión. Hoy miro aquello casi con nostalgia, «¡Joder,
aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi
vida!» Sabías que el futuro te pertenecía, aunque
estuvieras sufriendo y te pudieran llenar la cabeza de plomo, aunque
te tocara caer, pero nos parecía que el futuro era nuestro. Se
vivía con esperanza. El talón de Aquiles del preso era
la familia. Si veías a alguno triste, preocupado, andando solo
por el patio, es que su familia tenía algún problema.
Empecé a
escribir en la década de los cincuenta. Todo empezó porque
me sacaron de la galería y me llevaron castigado a celdas. Allí
estaba aislado. Los funcionarios te sacaban el petate por la mañana
y no te lo devolvían hasta la noche para que fuera imposible
tumbarse durante el día. Entonces los compañeros, los
destinos, que eran quienes barrían y hacían la limpieza,
se encargaban de introducir comida o lo que fuera en el petate antes
de devolvértelo. Una de las veces me metieron unas hojas arrancadas
de libros de Rafael Alberti y de Neruda. Las manoseaban antes para que
el sonido del papel dentro del colchón fuera imperceptible, porque
los guardias a veces lo inspeccionaban para ver si notaban algo raro.
Releí aquellas hojas más de mil veces, y eso me creó
un clima un poco particular, que hizo que empezara a escribir con un
pequeño lapicero que me habían pasado. Cuando salí
de celdas me animaron a continuar diciéndome que lo que había
escrito estaba muy bien. Lo sacamos al exterior, como el náufrago
que lanza un mensaje al mar en una botella sin saber si va a llegar
a algún destino. No le di más importancia. Tiempo después,
llegó un paquete de México, en el que nos mandaban revistas
y otras cosas que nuestras familias nos pasaban clandestinamente. Entre
todas esas cosas, venía un librito mío, con ocho o diez
poemas. Aquello me hizo pensar que esta era una forma más de
ayudar a que la gente comprendiera nuestra situación. Entonces
pensé que debía adoptar un nombre para firmar mis cosas.
Pensando en mis padres me puse Marcos Ana. A mi padre lo habían
matado en la guerra y mi madre murió, la pobre, cuando me condenaron
por segunda vez a muerte. Anduvo deambulando por la puerta del penal
de Burgos intentando verme. No lo consiguió. La encontraron muerta
en una zanja. Poco a poco empecé a contactar con los poetas en
el exilio. María Teresa León y Rafael Alberti, se valieron
de que Paco Rabal pasaba por Buenos Aires y le dieron una pequeña
nota, que me pasaron dentro de un tubo de pasta, que decía: «Cuéntanos
algo de tu vida». Entonces les compuse un pequeño poema:
Mi vida
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio
y un trocito de cielo donde a veces pasan
una nube perdida y algún pájaro
huyendo de sus alas.
A partir de aquel
poema, que titulé Mi corazón es patio, empecé a
ser conocido fuera de las cárceles. En el extranjero la campaña
en mi defensa fue muy fuerte. Entonces el Gobierno promulgó un
decreto, según el cual las personas que llevaran más de
veinte años ininterrumpidos en prisión serían excarceladas.
Fue una cosa insólita, ya que fui el único al que le afectó.
Normalmente, nadie estaba en prisión más de veinte años
o, como mínimo, se entraba y se salía cumpliendo la condena
en dos o tres veces. Pero yo estaba condenado a sesenta años
y fui el único que salí de la cárcel gracias a
ese decreto.
Cuando conseguí
la libertad a finales de 1961, salí en los periódicos
de todo el mundo. Fraga, que entonces estaba en el Ministerio de Información
y Turismo, reaccionó con un folleto que se titulaba: Marcos Ana,
asesino, en el que me atribuían todo lo que había pasado
en Alcalá de Henares durante la guerra. Si eso hubiera sido cierto,
me hubieran fusilado muchos años atrás. De todas maneras,
sólo puedo agradecérselo, porque eso me dio todavía
más publicidad.
Sabía que
el aparato clandestino francés iba a venir a buscarme. Estuve
unos días en Madrid, en casa de mi hermano, hasta que vino a
buscarme un matrimonio francés. Querían que me aprendiese
de memoria mi nombre en francés, pero yo ni me aprendía
mi nombre ni nada. Entonces, la mujer me puso una bufanda, me tapó
un poco y salimos. El coche era de una marca importante y el hombre
iba ataviado con gorra y uniforme de chofer. La mujer se sentó
detrás conmigo y, cuando llegamos a Irún, le dijo al guardia:
«Por favor, dése prisa porque mi marido está enfermo».
Y así, con pasaporte falso, pasamos la aduana. Cuando llegué,
lo primero que hice fue organizar el Centro de Información y
Solidaridad con España (CISE) presidido por Picasso, pero dirigido
por mí. Había muchísima gente: Yves Montand, Piccoli,
Jean
Paul Sartre, Jean Cassou… Desde allí empecé a organizar
las campañas de solidaridad internacional. He viajado por casi
todo el mundo. Mi vida ha sido muy intensa y apasionante. Me ocurrieron
cosas muy graciosas. Siempre he parecido mucho más joven de lo
que soy. Salí de la cárcel con 41 años, pero sin
embargo parecía que tenía veintitantos. En una ocasión,
había ido a Inglaterra para pronunciar una conferencia en el
parlamento. Me acompañaba un intérprete, que era un ex
brigadista, profesor de español que tenía lesiones de
guerra y estaba cojo, e iba con un bastón. Tendría 45
años, pero estaba muy envejecido. Cuando nos hicieron pasar,
yo, como siempre he sido nervioso, entré deprisa, subiendo la
escalera a gran velocidad. Me extraño que nadie se moviera cuando
aparecí en el escenario. Cuando, unos segundos después,
entró el intérprete con su bastón, cojeando, todo
el mundo se puso en pie, aplaudiendo. Para un inglés era inconcebible
que yo, que parecía un jugador de rugby, hubiera estado 23 años
en la cárcel, torturado y condenado a muerte, tenía que
ser el otro, que iba con su bastoncito.
Estas conferencias
nos permitieron dar a conocer nuestra lucha. Solían preguntarme
qué había sido lo más difícil. Lo más
difícil para mí, después de tantos años
de prisión, fue la libertad. Yo en la cárcel sabía
vivir. Era como un pedazo más de aquellas piedras. Lo difícil
fue salir a los 41 años, después de 23 encarcelado. Fue
como si me hubieran abandonado en un planeta extraño. Para mí
fue una cosa tremenda: la adaptación a la vida, a la libertad…
Fue lo más difícil. Al principio, vomitaba los alimentos,
no podía subir a los vehículos, incluso los ojos se me
enrojecieron, puesto que el nervio óptico, en la prisión,
se va retrayendo. Como se tienen paredes o muros delante en todo momento,
se acostumbra a enfocar siempre cerca, y va perdiendo facultades. Si
estaba en una habitación o en una calle donde hubiera edificios
altos, la vista se protegía y estaba tranquilo. Pero cuando salía
al campo me mareaba, como si me hubieran puesto unas gafas que no eran
mías. Fue un tiempo difícil, porque no conocía
y no entendía muchas cosas del mundo al que había salido.
Tenía conciencia de que era un ser adulto, pero, al mismo tiempo,
tenía la candidez y la inexperiencia de un adolescente. Por ejemplo,
nunca había estado con una mujer. Cuando salí en libertad,
uno de mis amigos vio que me quedaba atontado mirando a las mujeres
por la calle. Salimos una noche juntos a un cabaret y él pensó
que lo que más ilusión me haría sería irme
con una mujer. De modo que cogió a una chica, le dio mil pesetas
y le dijo: «Toma, para que te vayas con mi amigo». Cuando
me quedé a solas con esa chica, yo quería que me tragara
la tierra, porque no sabía cómo comportarme. Ella se creía
que estaba borracho y cuando intentó devolverme el dinero, tartamudeando,
le conté lo que me sucedía. Que había pasado 23
años en la cárcel, no conocía a ninguna mujer y
ésa era mi primera experiencia sexual. Ella me dijo: «Mira,
yo voy a perder contigo unos cuantos miles de pesetas». Dimos
un paseo. Luego me llevó a cenar a la Torre de Madrid. Lloró
conmigo cuando le contaba las cosas de la prisión. Recuerdo que
me besaba las manos llorando. Le hablaba de un mundo que ella desconocía.
Luego fuimos al hotel. A pesar de mi timidez y de todas mis inhibiciones,
esa mujer consiguió con una ternura y una humanidad extraordinarias
que yo hiciese el amor por primera vez.
Me despertó
por la mañana. Había traído chocolate con churros.
Me marché a casa con un nudo en la garganta, sabiendo que esa
noche no tendría dinero para volver con ella. Al llegar, descubrí
en mi bolsillo las mil pesetas y una nota que decía: «Para
que vuelvas esta noche». Estuve todo el día haciendo tiempo,
deseando que llegaran las ocho o las nueve de la noche para poder ver
de nuevo a esa mujer. Pero, poco a poco, me fue asaltando la idea de
que si la veía se iba a romper el encanto de la noche anterior.
Esas mil pesetas las había ganado ella, y, si iba a verla con
ese dinero, yo iba a tratarla como una prostituta, es decir, que yo
iba a prostituirla más. Decidí no ir, pero continuamente
sentía la necesidad de volverla a ver. Me decía: «Qué
importa. Ella conoce todas las noches a cuatro o cinco o diez hombres.
¡Qué le importará a ella!» Mientras deambulaba,
pasé por delante de una floristería y, sin pensarlo demasiado
le dije a la mujer: «Mil pesetas de flores». Hicimos un
ramo enorme, y lo dejé en el hotel con una tarjeta con su nombre,
Isabel Peñalva. No la olvidaré nunca.
En el CISE, en París,
estuve hasta que murió Franco. Bueno, en realidad no volví
hasta finales del 76, porque yo fui de los últimos a los que
proporcionaron el pasaporte. Cuando volví a España, me
tuve que ir inmediatamente a Burgos, a encabezar la lista de diputados
comunistas en esta provincia, como símbolo de los miles de demócratas
que habían dejado su vida en el penal de esta ciudad. No salí
elegido, ya que Burgos era muy difícil. Luego, el partido me
puso al frente del departamento de Solidaridad Internacional. Se decía:
Ayer por España; hoy España por los pueblos. Yo me sentía
un hijo de la solidaridad y quería devolver la solidaridad que
a mí me habían prestado en la cárcel y en el exilio.