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ESTUDIOS LITERARIOS DE CONFABULACIONES

Mauricio Vargas Ortega

Fábula y oráculo de un espacio

I

La poesía es la gran crítica del lenguaje que, a través de la historia de la humanidad, se ha conformado como el instrumento propio del fenómeno creador de cultura y civilización.
La literatura critica el lenguaje convencional porque en este convenio se ha apostado al espejismo de la completud. La idea que patrocina el poder económico, político, ideológico, es el lenguaje como sistema completo, sin falta: todo puede decirse, todo puede entenderse, todo puede ser tocado por la palabra.
La literatura nos devuelve a esa palabra ritual que nos muestra la falta y a través de esa palabra nos pone un nuevo orden: un tiempo rebelde, inservible para determinar una jornada laboral; un espacio inestable que se debate entre el adentro y el afuera y es ambos a la vez. Esto, desde luego, nos hunde en la angustia, límite entre lo que puede y no decirse.
En la literatura se problematiza el lenguaje. Se da una lucha creadora como la de dos amantes envueltos en el silencio del deseo y el temor.
Empero, la literatura en Costa Rica ha sido una muestra de continuidad dentro de un proceso que la vincula con la realidad social y por lo tanto convencional del lenguaje. Nuestra literatura tiende al realismo. Su fuerza ha sido el vínculo con lo externo, el referente, la anécdota, la historia. El tiempo, un tiempo nuestro, coyuntural; el espacio, un escenario pintoresco, montado y asequible.
Es el lenguaje, en nuestra literatura, de nuevo un simple instrumento, a veces bien afinado y hasta embellecido, pero siempre al servicio de una historia externa con la cual se pretende ligar otra obra.
La crítica literaria ha propuesto una lectura siempre dentro de una concepción de la referencia. Una pregunta podría surgir en este momento: ¿qué sucede en realidad: es la crítica la que nos sigue imponiendo una lectura referencial del texto, o es el texto el que tiende a ese tipo de lectura?
Sin embargo, esa sería una pregunta capciosa, ya que nos plantearía la crítica como algo diferente a la creación literaria, cuando sabemos que todas las lecturas que se hacen y se harán de un texto conforman ese texto. El problema, pues, toca estos dos momentos de la producción textual: crítica y creación literarias.
La literatura es creadora de imágnes. A través de los textos escritos, los grupos humanos llegan a conocer toda una imaginería que fundamentará el papel del yo dentro de la colectividad. Esos espejismos colectivos que designan las nacionalidades, según manifiesta Borges, tienen su origen en la historia y en el conjunte de textos que han sido llamados muy frecuentemente “literaruras nacionales”.
Si la creación literaria es un diálogo incesante, una lectura y una escritura siempre en devenir, infinita, podemos entender que en una primera instancia la literatura de una región específica se vuelva hacia los discursos primitivos de una fundación mítica. Sigmund Freud, en uno de sus ensayos, nos plantea una separación de estos dos momentos: “...Es que se nos impone una primera diferencia; prescindiremos de los poetas que recogen marteriales ya listos, como los épicos y los trágicos antíguos, y consideremos a los que parecen crearlos libremente.” (Freud, Sigmund: “El creador literario y el fantaseo”. Vol. IX. Obras Completas).
Octavio Paz coincide con esta visión de Freud y abiertamente propone la división entre poesía antigua y poesía moderna. La primera, estaría definida por el manejo de “materiales ya listos”, entiéndase, leyendas, mitos, anécdotas, etc. (Paz dirá que busca referentes externos). Por el contrario, la poesía moderna sería aquella que prescinde de estos elementos y que encuentra todo lo necesario en el escenario de su trama ligüística.
La literatura escrita en Costa Rica no ha dejado de ubicarse, según lo anteriormente dicho, dentro de una búsqueda de su referente en códigos histórico-referenciales, característica que por sí sola no desmerece una práctica literaria; sin embargo, en el caso de nuestro país, ese anhelo de legitimación a partir de los referentes externos ha estado acompañado de una ya legendaria acriticidad. ¿De dónde viene esa acriticidad que nos ha llevado a evadir una problematización de la palabra del convenio? También Octavio Paz se aventura con una respuesta:

“¿Cuándo comenzó nuestra excentricidad: en el siglo XVII o en el XVIII? Aunque no tuvimos a Descartes ni nada parecido a lo que se ha llamado revolución científica, me parece que lo que nos faltó sobre todo fue el equivalente de la ilustración y de la filosofía crítica. No tuvimos siglo XVIII: ni con la mejor buena voluntad podemos comparar a Feijoo o a Avellanos con Hume, Locke, Diderot, Rousseau, Kant. Allí está la gran ruptura: allí donde comienza la era moderna, comienza también nuestra separación. Por eso la historia moderna de nuestros países ha sido una historia excéntrica.” (Paz, Octavio: Es moderma nuestra literatura? Inmediaciones). Formamos parte de un solipsismo que nos hermana con España y con todos los demás países de habla española en América, aunque quizá en Costa Rica este aislamiento se haga más evidente que en ninguna otra parte.


II
En nuestro país se ha dado una corriente creadora que busca mostrarnos una escisión dentro de este orden de la referencialidad y el realismo. Esta creación plantea una problematización del lenguaje, hecho que nos lleva a perder el vínculo asfixiante con la realidad fenomenológica social.
Hablamos de un texto capaz de generar un espacio virtual donde se dé la fusión entre el objeto (texto) y el sujeto (lector). Cada una de las imágenes propiciadas por la integración con el objeto, proyecta una línea que formaría, junto con el punto de vista del espectador, una red donde quedaría atrapado eso desconocido que forma el hueco de la estructura, el hoyo alrededor del cual cada lector iniciaría la construcción de su paisaje familiar a través de los relatos.
Lo que me interesa es señalar una corriente de escritura que plantea, a partir del manejo del espacio, un laberinto del lenguaje que genera e invierte el orden conceptual para hacernos habitar otros mundos posibles.
Será necesario definir desde qué perspectiva se tratará el problema del espacio y dentro de qué convención se ubicará su definición.
Al hablar de un espacio se habla de un hecho, de un acontecimiento. Son el movimiento, el estar, el hallarse, el realizarse los que le dan sentido y vida a un espacio.
Se tratará de abordar el espacio como un punto de encuentros generados a partir de la interacción del lector y el texto: un espacio virtual, en cuyo marco se daría un fenómeno donde las categorías lector/texto adquieren un nuevo significado: nos enfrentamos a una difuminación del sujeto en el objeto y el objeto, al mirar con reciprocidad, nos convierte en objetos de su subjetividad.
Debe quedar claro que no se trata de ver este fenómeno como un reconocimiento del lector en el texto ni mucho menos. En realidad el único acercamiento se da en este punto, en este espacio, que si bien es cierto que se genera a partir de la interacción entre el objeto y el sujeto, no pertence a ninguno de los dos, es decir, que no podríamos encontrarlos en ninguno de los dos por separado.
Michel Foucault, en Las Meninas, hace alusión a este espacio: “En este lugar desde el que vemos al pintor que nos observa; este punteado nos alcanza iremisiblemente y nos liga a la representación del cuadro”. (Foucault, Michel: Las meninas. Las palabras y las cosas). Este ligamen del que nos habla Foucault, no se refiere a una intromisión en el cuadro o en la obra literaria, sino a un intercambio infinito: “...el espectador y el modelo cambian su papel hasta el infinito” (Idem).
Tanto el objeto como el sujeto están en un interminable proceso de construcción, un eterno nombrarse. El espacio del texto, que es a la vez muchos textos, nunca será el mismo porque se generará en relación con esta otra legión de textos que es el sujeto y este sujeto nunca será el mismo ni siquera ante el mismo texto, ya que el deplazamiento eterno de significantes le impedirá reconocer una posición, un lugar anteriormente soñado en la contemplación desgarrada del objeto.
Ante esta situación de un texto que no se conforma con ser mirado sino que nos mira, entramos en la angustia de descubrir dónde está lo mirado dentro del texto, o sea, dónde está nuestro reflejo en él.
Este deseo de encontrar un espacio nuestro en el texto quizá nos incita a multiplicar las miradas sobre el objeto. El texto como libro, como materialidad, no significa nada en esta búsqueda. Buscamos en ese espacio virtual nuestra imagen como si un espejo fuera capaz de mostrárnosla. Es posible encontrar ese espejo, pero nunca nuestra imagen en él, o por lo menos, nada que nos permita reconocer eso que creemos ser. La imagen reflejada no será la nuestra, sino la del objeto mirado en ese momento y eso mirado siempre estará fuera del texto (no podremos encontrarlo nunca en él) y será eternamente cambiante. Una metáfora de lo anterior está presente en el cuento “El último espejo”, contenido en el libro Fábula de los oráculos, del escritor costarricense Manuel Marín Oconitrillo; texto/pretexto que nos servirá para ilustrar algunos puntos.

En dicho cuento, hay un espejo que nos insta, primero, a dilucidar el lugar, el espacio donde los personajes por fin descifran ese inquietante enigma de sus recuerdos y temores, y segundo, a reconocernos en su imagen plana, que es a la vez muchos paisajes (siempre cambiantes) y uno en particular: el cementerio. En el cementerio (punto fijo en el relato), se conjugan y confunden otros espacios: el jardín, cuya presencia invade el sagrado lugar con las flores que perfuman siempre la tumba de Carmen: y la casa, donde ese último espejo faltante desata todas las imágenes, quedando sin duda como la más íntima de ellas:

“Treinta y cinco años más tarde en cierto modo aún habría un vínculo entre ellas, cada vez que Marta le llevara flores al cementerio, y con una especie de hermandad que no experimentó sino entonces, prolongara sus charlas hasta que el sol, iridiscente, comenzase a devorar la superficie de la lápida.” (El último espejo).

“Muchos años después, cuando Marta la visitara diariamente a su lápida para llevarle flores y conversar con ella, iba a conocer el secreto de la casa de infinitas habitaciones, dándose cuenta de la sencilez de su principio y la torpe trampa en la que había caído.” (Idem).

La fuerza de un escenario en este caso es muy interesante, ya que se da un total intercambio entre los dos personajes. Carmen propicia esa atmósfera lúgubre en Marta. El cementerio es una extensión del jardín y a la vez la parte oscura de la casa. Marta propicia ese escenario que es la casa en la conciencia culpable de Carmen. Es curioso señalar la alusión al espejo, que al final se ausenta. El espejo es el único testigo de la verdad en Carmen. Al quitar Marta el espejo, destruye para siempre la imagen de Carmen e impone la propia, que se hace posible, precisamente, por la muerte de Carmen. Cuando Carmen muere, Marta recupera, a la vez, el jardín y la casa. Es Marta la que al final logra proyectar su espacio sobre el de Carmen.
Pero estas disertaciones no son más que un ejercicio de la nostalgia, creación renovadora y cambiante del texto, ya que para el espectador ese objeto también estará siempre fuera de su visión y lo único que verá (si le es dado ver algo) es el reflejo de aquello ausente que se insinúa en ciertas imágenes “...por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis.” (Foucault, Michel: Las Meninas, las palabras y las cosas).
Nos enfrentamos a una posibilidad de visión ligada a la propia naturaleza de este espacio de encuentros y desencuentros: “Quizá en este cuadro como en toda la representación en la que, por así decirlo, se manifiesta una ausencia, la invisibilidad profunda de lo que se ve es solidaria con la invisibilidad de quien ve apesar de los espejos, de los reflejos, de las imitaciones, de los relatos.” (Idem).
La visión de un vacío, de algo irreconocible e innombrable, es la que posibilita la aparición de esta construción del deseo que es el paisaje, el lugar ideal donde creemos reconocernos, escenario de una historia inventada que nos une vívidamente con el espacio virtual de transformaciones alucinantes. Creamos una historia, un paisaje familiar que justifique nuestro estar en el vacío:

“Sin embargo nada había sabido de él para agosto, por lo que tomé la decisión de visitarlo y enterarme de lo ocurrido, y al mismo tiempo conocer a su familia, especialmente a Alejandra. Pero contrario a mis intenciones esa visita sería un arduo recorrido, una especie, por decirlo de alguna manera, de trastabilleo de la edad madura, la otra cara de una moneda que acaso acariciamos con avaricia, precisamente cuando enpezamos a creer que ya no somos tan impresionables.” (Salmos de Gabriel).

En esta cita del cuento “Salmos de Gabriel” (tomada también del libro Fábula de los oráculos), podemos ver como una primera intención de realizar un viaje, un recorido que implica la evocación de un espacio, nos lleva a desatar lo imprevisto, palabra que evoca los múltiples fantasmas del hombre. No existe un “espacio exterior” desligado de uno “interior”, ambos se entrecruzan y nombran. Emprender un recorrido no es más que evocar todos los demás viajes que hasta entonces se han callado. Sin embargo, ese viaje solo es posible a través del enfrentamiento, cuando el personaje que narra se inmiscuye en el mundo íntimo, misterioso de Gabriel y desencadena una serie de línes que serán el sostén de esta trama. Ese “recorrido arduo” del que nos habla el narrador es también el nuestro como lectores.
Hay una mención a un desengaño, el desengaño de la seguridad de las certezas: “precisamente cuando empezamos a creer...” Es precisamente en ese instante cuando me sentía seguro, cuando ocurre la agresión a lo convencional. El golpe también nos involucra, pues el desencadenamiento de imágenes se realiza en forma bidimencional: de la hoja, de la palabra misma hacia sus laberintos (palabra discontinua, problematizada) y del texto, de la hoja hacia el universo de cada uno de los personajes que se ven removidos por este estallido plurisignificante.
Ese viaje es un recorrido que el presonaje principal se ve obligado a hacer y que lo lleva a encontrarse con lo desconocido dentro de lo familiar. Esta paradoja nos hace pensar en eso que permanece dormido y que, ante un segundo encuentro, nos invade. Surge para producir el sentimiento de angustia propio del límite entre el aquí y el allá, el mío y el tuyo.


III
En este punto nos debemos detener en un concepto, quizá una imagen un tanto poética, que hemos venido nombrando con anterioridad: el paisaje familiar. La razón por la cual se debe separar este concepto de los otros, a pesar de haber sido nombrado con ellos, es que la creación de este paisaje es el aporte último del espectador a esa trama inacabada e inacabable de texto observado y observante.
El espectador/lector es llamado a ejercer este acto de amor y nostalgia que es la creación del paisaje familiar y simular ver nuestra imagen en el espejo, aclarando así la posición de sujeto completo ante el discurso: cumple este sino, asumiendo esa opacidad, ese desencuentro, para aventurarse luego en la palabra herida de noche y abismo.
Al comentar, al querer verbalizar ese encuentro con el objeto, nunca “decimos” el objeto en sí, ya que este es inaprehensible y en el momento de la enunciación se habrá desplazado hacia otros espacios, para nosotros inhóspitos.
El paisaje familiar debe considerarse como una lectura válida del texto siempre y cuando, a pesar de estar impregnado de esa familiaridad que le da las circunstancias particulares del sujeto (historria personal, fantasma familiar), logre trascenderla, provocando así esa difuminación del sujeto en el objeto, intercambio que subjetiviza a la vez al texto permitiéndole que nos hable lo que no sabíamos de nosotros, pero siempre en el momento justo en que dejamos de ser lo revelado. De ahí la insatisfacción y la búsqueda del hombre en la linterna mágica del arte y sus mundos.
Esta es la historia de una insatisfacción, de una revelación, de un pretexto y de una esperanza.
La insatisfacción: una literatura ligada a la referencia, que no permite la apreciación de esa palabra ensálmica donde todo se desplaza hacia la incertidumbre creadora.
La revelación: una escisión en el que hacer literario de Costa Rica, donde la crítica del lenguaje convencional y a sus ansias de verosimilitud, posibilita la creación de un espacio trascendente de lo histórico, tanto en lo colectivo como en lo individual.
El pretexto: los cuentos del libro Fábula de los oráculos, de Manuel Marín Oconitrillo, que sirvieron de ejemplo para ilustrar la problematización del espacio a través de la disposición de un espacio virtual, creado a partir de la interacción entre sujeto/objeto.
La esperanza: que este texto sea una metáfora de sí mismo, en el sentido de que resulte ser un paisaje familiar, cuya lectura sea válida en tanto muestre ese grado de opacidad que inste al reconocimiento, al encuentro y a la interacción. Que el punto final no detenga el devenir de sus imágenes y que los rostros de quienes se acerquen a él, con peligrosa curiosidad, no sean jamás los mismos. Que sus ojos no vuelvan a ver de igual forma los espacios existentes entre el hombre y su historia.

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