La poesía es la gran crítica del lenguaje
que, a través de la historia de la humanidad, se ha conformado
como el instrumento propio del fenómeno creador de cultura y
civilización.
La literatura critica el lenguaje convencional porque en este convenio
se ha apostado al espejismo de la completud. La idea que patrocina el
poder económico, político, ideológico, es el lenguaje
como sistema completo, sin falta: todo puede decirse, todo puede entenderse,
todo puede ser tocado por la palabra.
La literatura nos devuelve a esa palabra ritual que nos muestra la falta
y a través de esa palabra nos pone un nuevo orden: un tiempo
rebelde, inservible para determinar una jornada laboral; un espacio
inestable que se debate entre el adentro y el afuera y es ambos a la
vez. Esto, desde luego, nos hunde en la angustia, límite entre
lo que puede y no decirse.
En la literatura se problematiza el lenguaje. Se da una lucha creadora
como la de dos amantes envueltos en el silencio del deseo y el temor.
Empero, la literatura en Costa Rica ha sido una muestra de continuidad
dentro de un proceso que la vincula con la realidad social y por lo
tanto convencional del lenguaje. Nuestra literatura tiende al realismo.
Su fuerza ha sido el vínculo con lo externo, el referente, la
anécdota, la historia. El tiempo, un tiempo nuestro, coyuntural;
el espacio, un escenario pintoresco, montado y asequible.
Es el lenguaje, en nuestra literatura, de nuevo un simple instrumento,
a veces bien afinado y hasta embellecido, pero siempre al servicio de
una historia externa con la cual se pretende ligar otra obra.
La crítica literaria ha propuesto una lectura siempre dentro
de una concepción de la referencia. Una pregunta podría
surgir en este momento: ¿qué sucede en realidad: es la
crítica la que nos sigue imponiendo una lectura referencial del
texto, o es el texto el que tiende a ese tipo de lectura?
Sin embargo, esa sería una pregunta capciosa, ya que nos plantearía
la crítica como algo diferente a la creación literaria,
cuando sabemos que todas las lecturas que se hacen y se harán
de un texto conforman ese texto. El problema, pues, toca estos dos momentos
de la producción textual: crítica y creación literarias.
La literatura es creadora de imágnes. A través de los
textos escritos, los grupos humanos llegan a conocer toda una imaginería
que fundamentará el papel del yo dentro de la colectividad. Esos
espejismos colectivos que designan las nacionalidades, según
manifiesta Borges, tienen su origen en la historia y en el conjunte
de textos que han sido llamados muy frecuentemente “literaruras nacionales”.
Si la creación literaria es un diálogo incesante, una
lectura y una escritura siempre en devenir, infinita, podemos entender
que en una primera instancia la literatura de una región específica
se vuelva hacia los discursos primitivos de una fundación mítica.
Sigmund Freud, en uno de sus ensayos, nos plantea una separación
de estos dos momentos: “...Es que se nos impone una primera diferencia;
prescindiremos de los poetas que recogen marteriales ya listos, como
los épicos y los trágicos antíguos, y consideremos
a los que parecen crearlos libremente.” (Freud, Sigmund: “El creador
literario y el fantaseo”. Vol. IX. Obras Completas).
Octavio Paz coincide con esta visión de Freud y abiertamente
propone la división entre poesía antigua y poesía
moderna. La primera, estaría definida por el manejo de “materiales
ya listos”, entiéndase, leyendas, mitos, anécdotas, etc.
(Paz dirá que busca referentes externos). Por el contrario, la
poesía moderna sería aquella que prescinde de estos elementos
y que encuentra todo lo necesario en el escenario de su trama ligüística.
La literatura escrita en Costa Rica no ha dejado de ubicarse, según
lo anteriormente dicho, dentro de una búsqueda de su referente
en códigos histórico-referenciales, característica
que por sí sola no desmerece una práctica literaria; sin
embargo, en el caso de nuestro país, ese anhelo de legitimación
a partir de los referentes externos ha estado acompañado de una
ya legendaria acriticidad. ¿De dónde viene esa acriticidad
que nos ha llevado a evadir una problematización de la palabra
del convenio? También Octavio Paz se aventura con una respuesta:
“¿Cuándo comenzó nuestra excentricidad:
en el siglo XVII o en el XVIII? Aunque no tuvimos a Descartes ni nada
parecido a lo que se ha llamado revolución científica,
me parece que lo que nos faltó sobre todo fue el equivalente
de la ilustración y de la filosofía crítica. No
tuvimos siglo XVIII: ni con la mejor buena voluntad podemos comparar
a Feijoo o a Avellanos con Hume, Locke, Diderot, Rousseau, Kant. Allí
está la gran ruptura: allí donde comienza la era moderna,
comienza también nuestra separación. Por eso la historia
moderna de nuestros países ha sido una historia excéntrica.”
(Paz, Octavio: Es moderma nuestra literatura? Inmediaciones). Formamos
parte de un solipsismo que nos hermana con España y con todos
los demás países de habla española en América,
aunque quizá en Costa Rica este aislamiento se haga más
evidente que en ninguna otra parte.
II
En nuestro país se ha dado una corriente creadora que busca mostrarnos
una escisión dentro de este orden de la referencialidad y el
realismo. Esta creación plantea una problematización del
lenguaje, hecho que nos lleva a perder el vínculo asfixiante
con la realidad fenomenológica social.
Hablamos de un texto capaz de generar un espacio virtual donde se dé
la fusión entre el objeto (texto) y el sujeto (lector). Cada
una de las imágenes propiciadas por la integración con
el objeto, proyecta una línea que formaría, junto con
el punto de vista del espectador, una red donde quedaría atrapado
eso desconocido que forma el hueco de la estructura, el hoyo alrededor
del cual cada lector iniciaría la construcción de su paisaje
familiar a través de los relatos.
Lo que me interesa es señalar una corriente de escritura que
plantea, a partir del manejo del espacio, un laberinto del lenguaje
que genera e invierte el orden conceptual para hacernos habitar otros
mundos posibles.
Será necesario definir desde qué perspectiva se tratará
el problema del espacio y dentro de qué convención se
ubicará su definición.
Al hablar de un espacio se habla de un hecho, de un acontecimiento.
Son el movimiento, el estar, el hallarse, el realizarse los que le dan
sentido y vida a un espacio.
Se tratará de abordar el espacio como un punto de encuentros
generados a partir de la interacción del lector y el texto: un
espacio virtual, en cuyo marco se daría un fenómeno donde
las categorías lector/texto adquieren un nuevo significado: nos
enfrentamos a una difuminación del sujeto en el objeto y el objeto,
al mirar con reciprocidad, nos convierte en objetos de su subjetividad.
Debe quedar claro que no se trata de ver este fenómeno como un
reconocimiento del lector en el texto ni mucho menos. En realidad el
único acercamiento se da en este punto, en este espacio, que
si bien es cierto que se genera a partir de la interacción entre
el objeto y el sujeto, no pertence a ninguno de los dos, es decir, que
no podríamos encontrarlos en ninguno de los dos por separado.
Michel Foucault, en Las Meninas, hace alusión a este espacio:
“En este lugar desde el que vemos al pintor que nos observa; este punteado
nos alcanza iremisiblemente y nos liga a la representación del
cuadro”. (Foucault, Michel: Las meninas. Las palabras y las cosas).
Este ligamen del que nos habla Foucault, no se refiere a una intromisión
en el cuadro o en la obra literaria, sino a un intercambio infinito:
“...el espectador y el modelo cambian su papel hasta el infinito” (Idem).
Tanto el objeto como el sujeto están en un interminable proceso
de construcción, un eterno nombrarse. El espacio del texto, que
es a la vez muchos textos, nunca será el mismo porque se generará
en relación con esta otra legión de textos que es el sujeto
y este sujeto nunca será el mismo ni siquera ante el mismo texto,
ya que el deplazamiento eterno de significantes le impedirá reconocer
una posición, un lugar anteriormente soñado en la contemplación
desgarrada del objeto.
Ante esta situación de un texto que no se conforma con ser mirado
sino que nos mira, entramos en la angustia de descubrir dónde
está lo mirado dentro del texto, o sea, dónde está
nuestro reflejo en él.
Este deseo de encontrar un espacio nuestro en el texto quizá
nos incita a multiplicar las miradas sobre el objeto. El texto como
libro, como materialidad, no significa nada en esta búsqueda.
Buscamos en ese espacio virtual nuestra imagen como si un espejo fuera
capaz de mostrárnosla. Es posible encontrar ese espejo, pero
nunca nuestra imagen en él, o por lo menos, nada que nos permita
reconocer eso que creemos ser. La imagen reflejada no será la
nuestra, sino la del objeto mirado en ese momento y eso mirado siempre
estará fuera del texto (no podremos encontrarlo nunca en él)
y será eternamente cambiante. Una metáfora de lo anterior
está presente en el cuento “El último espejo”, contenido
en el libro Fábula de los oráculos, del escritor costarricense
Manuel Marín Oconitrillo; texto/pretexto que nos servirá
para ilustrar algunos puntos.
En dicho cuento, hay un espejo que nos insta, primero,
a dilucidar el lugar, el espacio donde los personajes por fin descifran
ese inquietante enigma de sus recuerdos y temores, y segundo, a reconocernos
en su imagen plana, que es a la vez muchos paisajes (siempre cambiantes)
y uno en particular: el cementerio. En el cementerio (punto fijo en
el relato), se conjugan y confunden otros espacios: el jardín,
cuya presencia invade el sagrado lugar con las flores que perfuman siempre
la tumba de Carmen: y la casa, donde ese último espejo faltante
desata todas las imágenes, quedando sin duda como la más
íntima de ellas:
“Treinta y cinco años más tarde en cierto
modo aún habría un vínculo entre ellas, cada vez
que Marta le llevara flores al cementerio, y con una especie de hermandad
que no experimentó sino entonces, prolongara sus charlas hasta
que el sol, iridiscente, comenzase a devorar la superficie de la lápida.”
(El último espejo).
“Muchos años después, cuando Marta la
visitara diariamente a su lápida para llevarle flores y conversar
con ella, iba a conocer el secreto de la casa de infinitas habitaciones,
dándose cuenta de la sencilez de su principio y la torpe trampa
en la que había caído.” (Idem).
La fuerza de un escenario en este caso es muy interesante,
ya que se da un total intercambio entre los dos personajes. Carmen propicia
esa atmósfera lúgubre en Marta. El cementerio es una extensión
del jardín y a la vez la parte oscura de la casa. Marta propicia
ese escenario que es la casa en la conciencia culpable de Carmen. Es
curioso señalar la alusión al espejo, que al final se
ausenta. El espejo es el único testigo de la verdad en Carmen.
Al quitar Marta el espejo, destruye para siempre la imagen de Carmen
e impone la propia, que se hace posible, precisamente, por la muerte
de Carmen. Cuando Carmen muere, Marta recupera, a la vez, el jardín
y la casa. Es Marta la que al final logra proyectar su espacio sobre
el de Carmen.
Pero estas disertaciones no son más que un ejercicio de la nostalgia,
creación renovadora y cambiante del texto, ya que para el espectador
ese objeto también estará siempre fuera de su visión
y lo único que verá (si le es dado ver algo) es el reflejo
de aquello ausente que se insinúa en ciertas imágenes
“...por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás
en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de
imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está
diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega
la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis.” (Foucault,
Michel: Las Meninas, las palabras y las cosas).
Nos enfrentamos a una posibilidad de visión ligada a la propia
naturaleza de este espacio de encuentros y desencuentros: “Quizá
en este cuadro como en toda la representación en la que, por
así decirlo, se manifiesta una ausencia, la invisibilidad profunda
de lo que se ve es solidaria con la invisibilidad de quien ve apesar
de los espejos, de los reflejos, de las imitaciones, de los relatos.”
(Idem).
La visión de un vacío, de algo irreconocible e innombrable,
es la que posibilita la aparición de esta construción
del deseo que es el paisaje, el lugar ideal donde creemos reconocernos,
escenario de una historia inventada que nos une vívidamente con
el espacio virtual de transformaciones alucinantes. Creamos una historia,
un paisaje familiar que justifique nuestro estar en el vacío:
“Sin embargo nada había sabido de él para
agosto, por lo que tomé la decisión de visitarlo y enterarme
de lo ocurrido, y al mismo tiempo conocer a su familia, especialmente
a Alejandra. Pero contrario a mis intenciones esa visita sería
un arduo recorrido, una especie, por decirlo de alguna manera, de trastabilleo
de la edad madura, la otra cara de una moneda que acaso acariciamos
con avaricia, precisamente cuando enpezamos a creer que ya no somos
tan impresionables.” (Salmos de Gabriel).
En esta cita del cuento “Salmos de Gabriel” (tomada
también del libro Fábula de los oráculos), podemos
ver como una primera intención de realizar un viaje, un recorido
que implica la evocación de un espacio, nos lleva a desatar lo
imprevisto, palabra que evoca los múltiples fantasmas del hombre.
No existe un “espacio exterior” desligado de uno “interior”, ambos se
entrecruzan y nombran. Emprender un recorrido no es más que evocar
todos los demás viajes que hasta entonces se han callado. Sin
embargo, ese viaje solo es posible a través del enfrentamiento,
cuando el personaje que narra se inmiscuye en el mundo íntimo,
misterioso de Gabriel y desencadena una serie de línes que serán
el sostén de esta trama. Ese “recorrido arduo” del que nos habla
el narrador es también el nuestro como lectores.
Hay una mención a un desengaño, el desengaño de
la seguridad de las certezas: “precisamente cuando empezamos a creer...”
Es precisamente en ese instante cuando me sentía seguro, cuando
ocurre la agresión a lo convencional. El golpe también
nos involucra, pues el desencadenamiento de imágenes se realiza
en forma bidimencional: de la hoja, de la palabra misma hacia sus laberintos
(palabra discontinua, problematizada) y del texto, de la hoja hacia
el universo de cada uno de los personajes que se ven removidos por este
estallido plurisignificante.
Ese viaje es un recorrido que el presonaje principal se ve obligado
a hacer y que lo lleva a encontrarse con lo desconocido dentro de lo
familiar. Esta paradoja nos hace pensar en eso que permanece dormido
y que, ante un segundo encuentro, nos invade. Surge para producir el
sentimiento de angustia propio del límite entre el aquí
y el allá, el mío y el tuyo.