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El barco en la tempestal
Luis Bolaños
Al amanecer
del 1 de diciembre de 1544, el capitán Diego de
Hinojosa escribió en la bitácora que su barco, el Castilla
la Nueva, se encontraba cerca de una zona de tempestades. No sabía
el capitán que ya al anochecer del mismo día estarían
en medio de una fuerte tormenta.
Algunos de los pasajeros se alarmaron, pero Hinojosa los tranquilizó
y les explicó que iban con rumbo fijo hacia el oeste. Les hizo
ver, además, que el Castilla la Nueva era el barco más grande
y poderoso que tenía España, y les recordó que en
la construcción de la quilla se habían empleado las mejores
maderas de Galicia.
Serían las siete de la mañana del día siguiente,
después de la tormenta, el 2 de diciembre, cuando el capitán
Hinojosa envió a Miguel Colina, su oficial primero, a buscar en
su cabina un mapa que necesitaba. El oficial entró en la habitación
del capitán y se detuvo, sorprendido al ver a una persona ajena
al barco, una joven de cabello negro, vestida de azul claro y con una
boina marinera. Estaba escribiendo algo en la pizarra, cerca de la puerta.
El marinero salió sin hacer ruido, seguro de que la desconocida
no lo había visto, y fue a notificar al capitán Hinojosa,
para que él viniera a interrogar a la joven.
En un principio el capitán no creyó las palabras del marinero.
No es posible que haya alguien a bordo que ni él ni yo conozcamos.
Pero Miguel Colina es un hombre serio, digno de mi confianza. Hinojosa
decidió acompañarlo a la cabina. Pero ya era tarde; la niña
forastera había desaparecido. Sin embargo, había dejado
escrito un mensaje en la pizarra: "Desviarse hacia el norte".
Aunque en un principio el capitán Hinojosa creyó que en
realidad el mensaje de la pizarra era una broma inofensiva de su tripulación,
quiso luego investigar el origen y el secreto de aquellas palabras. Mandó
llamar a todos los marineros y pasajeros que sabían escribir, que
no eran muchos, y les pidió que copiaran el mensaje en el envés
de unos mapas viejos. Comparó la letra de cada uno de sus hombres
y pasajeros y comprendió que ninguno de ellos había escrito
las palabras de la pizarra. El trazo de las letras era muy diferente.
Preocupado por el misterio de aquel recado e incapaz de explicar lo sucedido,
el capitán Hinojosa dio orden de virar hacia el norte, como lo
pedía el mensaje. Al amanecer del 5 de diciembre, después
de tres largos días de navegar a través de otra tormenta,
la tripulación del Castilla la Nueva oyó el grito del centinela:
--¡Barco a la vista!
Poco a poco fue surgiendo en el horizonte la silueta de un velero, claro,
silencioso, rodeado de altos pájaros marinos que revoloteaban sobre
las banderas rojas y amarillas de los mástiles inútiles.
La luz del mediodía fue dorando la figura de un buque varado por
las tempestades. En el aire frío vibraron de pronto los gritos
de júbilo de los pasajeros de aquel barco perdido.
Era el Buenaventura, un velero ya viejo y cansado que había zarpado
de Cádiz rumbo a la Nueva España. Llevaba a unas pocas familias
que iban en busca de una nueva vida. De camino se habían extraviado
en medio de la tempestad y ahora se encontraban muy al norte de la ruta
habitual. Con las velas averiadas y los mástiles desastillados
por el viento, el Buenaventura había navegado a la deriva por largos
días. El capitán Hinojosa dio orden de rescatar a la gente
del Buenaventura. Con tres botes salvavidas el capitán Ulloa organizó
un puente entre los dos barcos.
Una de las últimas personas en cruzar el puente era una joven de
ojos claros y pelo negro que llamó la atención de Miguel
Colina.
--Es ella --le dijo al capitán Hinojosa. Es la misma mujer que
estaba escribiendo el mensaje en la pizarra de su cabina, capitán.
--Vete a traer un papel. Cuando hayamos terminado el rescate pídele
que escriba las mismas palabras. Yo iré a notificarle al capitán
Ulloa.
Cuando todos los pasajeros y tripulación del Buenaventura se encontraban
a salvo sobre la cubierta del Castilla la Nueva, Miguel Colina se acercó
a la joven y la saludó cortésmente. Supo que se llamaba
Casilda y que iba a Nueva España a vivir con su tía materna.
El marinero le pidió que escribiera el mensaje de la pizarra en
el papel.
Colina recogió el papel y prometió regresar. Se despidió
de Casilda y fue en busca de los dos capitanes. Miguel les probó
con la escritura del papel que aquella joven era la misma que había
escrito el mensaje en la pizarra hacía tres días. El capitán
Ulloa se mesó la barba y dijo:
--Ahora comprendo. Según consta en mi bitácora, en la madrugada
del 2 de diciembre yo reuní a la tripulación y pasajeros
del Buenaventura y les hablé con franqueza. Les hice ver el peligro
en que estábamos, porque la tempestad nos había desviado
muy al norte, y no podíamos comunicarnos con ningún otro
barco.
Muchos se desesperaron y se entregaron al miedo y la histeria, a llorar
y lanzar insultos contra mí. Pero la joven Casilda Henares, la
mujer de pelo negro y ojos claros que Colina vio en la cabina del capitán
Hinojosa, se mantuvo serena en todo momento y se retiró bajo cubierta,
lejos del llanto y los lamentos. Cansada por una larga vigilia de varios
días, se sentó a reposar y se quedó dormida sobre
una manta. Cuando despertó nos dijo que había soñado
que un barco llamado Castilla la Nueva nos salvaría.
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