Estás
sentado en el trono que te han donado por obediente y rastrero. No perderás
tiempo en asuntos que nosotros te decimos, porque sos el jefe… y hay
más cielos allá del que tenés. Somos tus subalternos,
los que te traemos rosas amarillas y te las colocamos en el florero
de tu lado derecho. Estás entre todos… pero sos el más,
y llevás corbata tan ridículla donde hace tanto calor;
la playa hierve a pocos kilómetros.
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En
la literatura costarricense pueden distinguirse literaturas regionales.
Son regionales no sólo porque se escriban en las regiones o porque
traten la temática de las regiones. Que Fallas, Gutiérrez
o Hurtado traten la problemática de Limón no significa
que haya una literatura limonense, dado que sus obras son vistas desde
un enfoque vallecentrista.
Si decimos que ya
hay literaturas regionales en Costa Rica es porque se empiezan a presentar
obras que tienen un enfoque propio, diferente del que domina en este
rincón enmontañado que llamamos Valle Central. Si bien
reconocemos una literatura característica en San Ramón,
desde principios del siglo XX, en Turrialba encontramos otra propia
desde mediados del siglo XX, son cada vez más claros los movimientos
propios de Liberia, Ciudad Quesada y Pérez Zeledón.
Por esa razón
es que voy a empezar a hablar postulando que existe una literatura generaleña,
tanto en poesía como en relato y en otros subgéneos. Si
bien ha habido escritores en ese cantón desde siempre, podríamos
decir que hace unas tres décadas se presentan obras que evidencian
que en el Sur del país, en ese complejo geográfico que
es el valle General-Coto Brus, además de un nuevo asentamiento
humano y una región productiva, se formó una identidad
propia, la cual ya se manifiesta en una literatura. No es esta una literatura
campesina ni relativa únicamente a la feraz naturaleza de la
región sino una literatura urbana, que refleja un microcosmos
complejo y estridente que tiene como referente el principal asentamiento
de esa región: San Isidro de El General.
Como hay que concentrarse
en El lupanar de Luis Enrique Arce, no voy a referirme a toda la parentela
literaria que esta obra tiene. Voy a mencionar rápidamente una
obra del año 1975 que, si bien en Costa Rica poco se conoce,
es probablemente la gran novela costarricense de los últimos
años: Breve historia de todas las cosas de Marco A. Aguilera
Garramuño, escritor colombiano-costarricense que vivió
en San Isidro de El General en los años 60 y cuando se marchó
por el continente escribió esa obra que tiene como referente
personajes, instituciones y situaciones propias de aquel San Isidro
de los 60. Como no me toca hablar de esta novela de Aguilera, sólo
diré que es obra de temática urbana, satírica,
esperpéntica, iconoclasta, negramente humorística. Para
enlazar con El lupanar, cuya primera versión es de 1987, diré
que la novela de Arce es pariente directa de la de Aguilera y que ambas
recogen algo que hay en ese valle de hipercrítico, de hiperbólico,
de desgarrado, de rudo naturalismo.
Definiré El lupanar como una novela coprolálica, de rudo
lenguaje, que identifica la institución educativa y el bajo mundo.
El autor escoge como referente, como centro de su mundo, la educación
y más específicamente la administración educativa,
y tiende un eje con el lupanar, con el prostíbulo, de manera
que el jerarca educativo y la proxeneta se convierten en una pareja
de monarcas que reinan sobre un mundo corrupto.
En el complejo mundo
simbólico que crea Arce, los comandantes de la educación,
inspectores de los distintos circuitos del sistema en la región,
se suceden como dictadores de una republiquita privada en la que el
nepotismo, el amiguismo, el asedio laboral y en fin la privatización
de lo público, se constituyen en una red depravada, incompetente
e impune. Emiliano, Oscardo, Morera Casanova, son diferentes personas
pero se suceden para perpetuar la existencia de un tipo de gente : caciques
regionales casi omnipotentes de una actividad que no interesa realmente
al poder central. Por eso, el obispo, el ministro, el diputado y el
presidente de la república, todos son simétricos fantoches
de un carnaval que finge ser educativo.
Es un mundo sin
justicia objetiva en el que la única justicia que cabe es la
justicia poética. El malévolo de segunda clase queda humillado,
expulsado, embadurnado de viles sustancias; pero su superficial penitencia
no logra demostrar que el mal puede ser derrotado. En el fondo, los
malos de verdad, los poderosos, quedan impunes, sin menoscabo y sustituyen
a su perverso representante de turno por uno igual o peor.
La novela en esta
segunda edición ya tiene corregidos algunos problemas de digitación
de la primera rústica versión de 1987, pero el autor,
con todo derecho por supuesto, desliza algunas actualizaciones de detalle.
No fue necesario actualizar hechos ni personajes porque, guardadas las
distancias en el tiempo, sentimos que el referente sólo ha cambiado
de actores porque los papeles y la situación que entonces la
inspiraron siguen siendo los mismos.
En 1987, El lupanar
fue escrito con rasgos propios de la novela actual latinoamericana.
Ya se trataba de un relato moderno en su contenido y en su técnica.
A continuación quisiera referirme a algunos rasgos propios de
lo que se denomina más propiamente relato posmoderno, descrito
por autores como M. Bajtín y otros, que están presentes
en la obra de Arce.
1. El carnaval. El mundo narrado se presenta como un mundo carnavalesco,
en lo que esta manifestación tiene de paradójica y de
simulada. Se ha dicho que en el carnaval el mundo se vuelve al revés:
todos tienen permiso para ser momentáneamente lo que no son con
el fin de liberarse. Por ello los educadores son pervertidores, la prostituta
es compañera fiel, el cura es comerciante de ofrendas, la mujer
ignorante es maestra, etc.
2. También
derivado del concepto de carnaval, los espacios públicos (plazas,
oficinas, burdeles) son los medios en que se desarrollan los hechos,
como si fueran vistos y apreciados por una multitud anónima que
ríe y murmura, que se indigna pero que no tiene papel en el espectáculo.
Así todos juzgan los hechos inaceptables que se suceden en las
oficinas administrativas de la educación pero no intervienen
sino hasta el final.
3. La parodia. El
lenguaje de los decretos, de las comunicaciones oficiales, de los discursos,
aparece intervenido para profundizar la ridícula e ilógica
situación que se vive. Lo mismos sucede con los actos oficiales,
religiosos y cívicos, donde se procede de hipócrita e
inusual manera.
4. El diálogo
como medio de expresión del mundo narrado. Tiene gran importancia
la representación sobre la narración. Son las voces de
los personajes, en muchas ocasiones sin señalar el nombre de
quien habla, las que van introduciendo los hechos. Se trata de disminuir
al mínimo la intervención del narrador para que los protagonistas
construyan el relato. Tiene esto el propósito de reducir el enfoque
único y de expresar el sentido de comunidad de quienes viven
los hechos.
La versión que la editorial Atabal presenta de la obra de Luis
Enrique Arce se denomina El lupanar y otros relatos de terror educativo.
Este nombre expresa que es terrorífica y amenazante la situación
representada, a pesar de lo carnavalesco y ridículo de hechos
y personajes. Por otra parte, al calificar los otros relatos que acompañan
la novela como terror educativo se nos sugiere la importancia del tema
educación. El autor se concentra en la educación oficial
como espacio narrativo y señala que los malos procederes administrativos
y los abusos de los jerarcas van creando una situación crítica
y aterradora.
Volviendo a la novela
fundadora de la literatura generaleña, Breve historia de todoas
las cosas, recordamos también que esa otra gran obra se desarrolla
en las instituciones de la región y muchos de sus personajes
más trabajados son educadores. De manera que tenemos dos importantes
obras de la literatura generaleña que tienen como tema la educación.
Tal vez este servicio público, medio de promoción social,
de empleo y de desarrollo de infraestructura en la periferia de nuestro
país, al relativizarse su función, al anquilosarse, al
usarse como botín político, se convierte en un punto crítico,
en una frustración más, en un motivo de terror más
que de bienestar y de superación.
De forma que el
relato termina sin que se resuelva la situación, sólo
se cumple una fase más de un ciclo en la larga historia de terror.
La comuna llena
de sol. Los chiquillos callejeros visitan sodas y bares pidiendo limosna.
Los vendedores de chances y lotería alistan los bancos ahí
en la Terminal buses. El hombre a la lucha. Los zonchos se espantan
a otros sitios. La alcaldesa sigue con su puesto y de vez en cuando
se asoma al balcón del edificio municipal. YIyo sigue de lacayo
con ella.