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El Lupanar

Gabriel Vargas Acuña

Estás sentado en el trono que te han donado por obediente y rastrero. No perderás tiempo en asuntos que nosotros te decimos, porque sos el jefe… y hay más cielos allá del que tenés. Somos tus subalternos, los que te traemos rosas amarillas y te las colocamos en el florero de tu lado derecho. Estás entre todos… pero sos el más, y llevás corbata tan ridículla donde hace tanto calor; la playa hierve a pocos kilómetros.
P. 104

En la literatura costarricense pueden distinguirse literaturas regionales. Son regionales no sólo porque se escriban en las regiones o porque traten la temática de las regiones. Que Fallas, Gutiérrez o Hurtado traten la problemática de Limón no significa que haya una literatura limonense, dado que sus obras son vistas desde un enfoque vallecentrista.

Si decimos que ya hay literaturas regionales en Costa Rica es porque se empiezan a presentar obras que tienen un enfoque propio, diferente del que domina en este rincón enmontañado que llamamos Valle Central. Si bien reconocemos una literatura característica en San Ramón, desde principios del siglo XX, en Turrialba encontramos otra propia desde mediados del siglo XX, son cada vez más claros los movimientos propios de Liberia, Ciudad Quesada y Pérez Zeledón.

Por esa razón es que voy a empezar a hablar postulando que existe una literatura generaleña, tanto en poesía como en relato y en otros subgéneos. Si bien ha habido escritores en ese cantón desde siempre, podríamos decir que hace unas tres décadas se presentan obras que evidencian que en el Sur del país, en ese complejo geográfico que es el valle General-Coto Brus, además de un nuevo asentamiento humano y una región productiva, se formó una identidad propia, la cual ya se manifiesta en una literatura. No es esta una literatura campesina ni relativa únicamente a la feraz naturaleza de la región sino una literatura urbana, que refleja un microcosmos complejo y estridente que tiene como referente el principal asentamiento de esa región: San Isidro de El General.

Como hay que concentrarse en El lupanar de Luis Enrique Arce, no voy a referirme a toda la parentela literaria que esta obra tiene. Voy a mencionar rápidamente una obra del año 1975 que, si bien en Costa Rica poco se conoce, es probablemente la gran novela costarricense de los últimos años: Breve historia de todas las cosas de Marco A. Aguilera Garramuño, escritor colombiano-costarricense que vivió en San Isidro de El General en los años 60 y cuando se marchó por el continente escribió esa obra que tiene como referente personajes, instituciones y situaciones propias de aquel San Isidro de los 60. Como no me toca hablar de esta novela de Aguilera, sólo diré que es obra de temática urbana, satírica, esperpéntica, iconoclasta, negramente humorística. Para enlazar con El lupanar, cuya primera versión es de 1987, diré que la novela de Arce es pariente directa de la de Aguilera y que ambas recogen algo que hay en ese valle de hipercrítico, de hiperbólico, de desgarrado, de rudo naturalismo.

Definiré El lupanar como una novela coprolálica, de rudo lenguaje, que identifica la institución educativa y el bajo mundo. El autor escoge como referente, como centro de su mundo, la educación y más específicamente la administración educativa, y tiende un eje con el lupanar, con el prostíbulo, de manera que el jerarca educativo y la proxeneta se convierten en una pareja de monarcas que reinan sobre un mundo corrupto.

En el complejo mundo simbólico que crea Arce, los comandantes de la educación, inspectores de los distintos circuitos del sistema en la región, se suceden como dictadores de una republiquita privada en la que el nepotismo, el amiguismo, el asedio laboral y en fin la privatización de lo público, se constituyen en una red depravada, incompetente e impune. Emiliano, Oscardo, Morera Casanova, son diferentes personas pero se suceden para perpetuar la existencia de un tipo de gente : caciques regionales casi omnipotentes de una actividad que no interesa realmente al poder central. Por eso, el obispo, el ministro, el diputado y el presidente de la república, todos son simétricos fantoches de un carnaval que finge ser educativo.

Es un mundo sin justicia objetiva en el que la única justicia que cabe es la justicia poética. El malévolo de segunda clase queda humillado, expulsado, embadurnado de viles sustancias; pero su superficial penitencia no logra demostrar que el mal puede ser derrotado. En el fondo, los malos de verdad, los poderosos, quedan impunes, sin menoscabo y sustituyen a su perverso representante de turno por uno igual o peor.

La novela en esta segunda edición ya tiene corregidos algunos problemas de digitación de la primera rústica versión de 1987, pero el autor, con todo derecho por supuesto, desliza algunas actualizaciones de detalle. No fue necesario actualizar hechos ni personajes porque, guardadas las distancias en el tiempo, sentimos que el referente sólo ha cambiado de actores porque los papeles y la situación que entonces la inspiraron siguen siendo los mismos.

En 1987, El lupanar fue escrito con rasgos propios de la novela actual latinoamericana. Ya se trataba de un relato moderno en su contenido y en su técnica. A continuación quisiera referirme a algunos rasgos propios de lo que se denomina más propiamente relato posmoderno, descrito por autores como M. Bajtín y otros, que están presentes en la obra de Arce.


1. El carnaval. El mundo narrado se presenta como un mundo carnavalesco, en lo que esta manifestación tiene de paradójica y de simulada. Se ha dicho que en el carnaval el mundo se vuelve al revés: todos tienen permiso para ser momentáneamente lo que no son con el fin de liberarse. Por ello los educadores son pervertidores, la prostituta es compañera fiel, el cura es comerciante de ofrendas, la mujer ignorante es maestra, etc.

2. También derivado del concepto de carnaval, los espacios públicos (plazas, oficinas, burdeles) son los medios en que se desarrollan los hechos, como si fueran vistos y apreciados por una multitud anónima que ríe y murmura, que se indigna pero que no tiene papel en el espectáculo. Así todos juzgan los hechos inaceptables que se suceden en las oficinas administrativas de la educación pero no intervienen sino hasta el final.

3. La parodia. El lenguaje de los decretos, de las comunicaciones oficiales, de los discursos, aparece intervenido para profundizar la ridícula e ilógica situación que se vive. Lo mismos sucede con los actos oficiales, religiosos y cívicos, donde se procede de hipócrita e inusual manera.

4. El diálogo como medio de expresión del mundo narrado. Tiene gran importancia la representación sobre la narración. Son las voces de los personajes, en muchas ocasiones sin señalar el nombre de quien habla, las que van introduciendo los hechos. Se trata de disminuir al mínimo la intervención del narrador para que los protagonistas construyan el relato. Tiene esto el propósito de reducir el enfoque único y de expresar el sentido de comunidad de quienes viven los hechos.


La versión que la editorial Atabal presenta de la obra de Luis Enrique Arce se denomina El lupanar y otros relatos de terror educativo. Este nombre expresa que es terrorífica y amenazante la situación representada, a pesar de lo carnavalesco y ridículo de hechos y personajes. Por otra parte, al calificar los otros relatos que acompañan la novela como terror educativo se nos sugiere la importancia del tema educación. El autor se concentra en la educación oficial como espacio narrativo y señala que los malos procederes administrativos y los abusos de los jerarcas van creando una situación crítica y aterradora.

Volviendo a la novela fundadora de la literatura generaleña, Breve historia de todoas las cosas, recordamos también que esa otra gran obra se desarrolla en las instituciones de la región y muchos de sus personajes más trabajados son educadores. De manera que tenemos dos importantes obras de la literatura generaleña que tienen como tema la educación. Tal vez este servicio público, medio de promoción social, de empleo y de desarrollo de infraestructura en la periferia de nuestro país, al relativizarse su función, al anquilosarse, al usarse como botín político, se convierte en un punto crítico, en una frustración más, en un motivo de terror más que de bienestar y de superación.

De forma que el relato termina sin que se resuelva la situación, sólo se cumple una fase más de un ciclo en la larga historia de terror.

La comuna llena de sol. Los chiquillos callejeros visitan sodas y bares pidiendo limosna. Los vendedores de chances y lotería alistan los bancos ahí en la Terminal buses. El hombre a la lucha. Los zonchos se espantan a otros sitios. La alcaldesa sigue con su puesto y de vez en cuando se asoma al balcón del edificio municipal. YIyo sigue de lacayo con ella.

El olor a chinche desapareció, también la hedentina que tuvo el Lupanar. Sólo quedan recuerdos en las membranas nasales de los hipocondríacos que pasan frente al sitio donde siempre estuvo la casona vieja en la cual se administro la cosa de la educación.
p. 118.

En. Luis Enrique Arce. El lupanar y otros relatos de terror educativo 2. ed. San José: Atabal, 2008. 173. p.

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