|
Déjenos
su evento cultural:

Recomiéndenos
Envíe
cultura a sus conocidos.
Recomiende
este sitio y difunda la cultura costarricense.

Escriba
el lugar que desea ver en el mapa de satélite de Google
map
|
|
Culturacr.com
le ofrece en esta sección la cartelera
de los teatros costarricenses al día. En este espacio le
ofrecemos comentarios críticos de las obras de teatro en cartelera:
En estos momentos lea el comentario
crítico "Hámelin, una ciudad
llena de ratas".
Lea además aquí:
1.Para
ver la cartelera de teatro en Costa Rica haga clic aquí.
2. Políticamente correctas a través
de generaciones...Claudia Barrionuevo (reseña de la puesta
en escena).
3 . El espejo de Margarita, Zamacuco (obra de
teatro completa).
4 . Tertulia de los espantos, Jorge Arroyo
(crítica a la obra presentada en el Teatro Municipal de Alajuela).
5 . El cadejos, Jorge Arroyo (extracto de la
Tertulia de los espantos).
6 . Figueroa: notario de la patria inédita, Jorge
Arroyo (extracto de la obra).
Hámelin,
el silencio que dice la verdad
Geovanny
Debrús Jiménez
En
el nuevo Cine Teatro Variedades, con las localidades llenas, una gran
cantidad de invitados y un escenario mínimo, como así
lo prevee la obra, "Hámelin, una ciudad llena de ratas"
inició con un breve juego de luces.
Roxana
Campos, en primer plano, empieza la narración. Los periodistas
de negro, los niños de negro, el contexto tiene ese sabor oscuro
que incita a una historia triste, de oscuras conciencias tejiéndose
bajo un telón inexistente.
Una
ciudad llena de ratas, desde los caños hasta los recovecos
de clases sociales con poder adquisitivo para comprar el ocio de humanos
vacíos en la riqueza material. Una ciudad que permite y tolera,
en complicidad confusa, las vanidades de desviaciones pedófilas
de ricos en perjuicio de niños pobres, tan inocentes como para
comprenderlo. Una ciudad que permite la desigualdad, la indiferencia,
e incluso una tolerancia asquerosa que raya en esa apatía que
va dejando el cansancio de luchar contra lo mismo sin resultados aparentes,
el cansancio de sentirse incapaz contra los vicios que se ven y se
tienen incluso dentro de sí mismos.
Montero,
juez y parte, lucha contra una "red de pederastas", agresores
de niños pobres, inocentes, pero tiene en su propio hijo un
agresor irreversible, al cual él no puede hablar, ni sabe cómo
ayudar. Paco, el padre que quiere hablar con su hijo, que quiere dibujar
con él, pero no lo puede hacer porque lo ha vendido, porque
todo se vende y todo se compra en una sociedad mercantilizada, soez
hacia lo puramente humano. "Nadie da nada por nada", dice
el hijo mayor de Paco. Eso es lo que vivimos, en época de comercio,
mercado y deshumanización, así es, aunque suene a lugar
común, esta realidad es tan habitual como que un padre venda
a su hijo a cambio del dinero para darle de comer a los demás,
o darle alcohol al alma para dolerla menos.
Hámelin
es un drama que hace de lo aparentemente bello, lo más espúreo,
que convierte una piscina, un chalet fino, un lindo lugar de recreo
de ricos, en un ambiente de dolor, de indignación. La línea
entre lo común y lo indigno se diluye en el lenguaje, "de
como se forma y se enferma el lenguaje" (la acotadora lo refiere
con fría claridad) en un peridismo que se vuelve literatura
de ficción, que quiere hacer de juez y dictar sentencia. Del
lenguaje que hace repetir a Montero: "Hablarle a un hijo es lo
más difícil del mundo", reflejo de lo que pasa
en la actualidad, en la que los padres piensan que dar todo lo material
es dar la felicidad. Pero eso "No basta". No basta
para una ciudad llena de ratas, donde el pobre se vende por gotas,
por dinero y el rico se ahoga, compra, su vacío existencial,
humano.
Puede
ser que "los improbables beneficios sean mayores que los posibles
daños", si usted se anima a ver esta obra actual, honesta,
crítica. Esa verborrea entre comillas nos deja el sabor de
estar frente a una obra que dice mucho, mucho, solo que tenemos que
estar preparados(as) para escucharlo.
Después
de una hora y cuarenta minutos, mi hija al lado reclama, pero sé
que la obra no es para ella, sino para el llanto que crece en el corazón
de su padre al verla dichosa a mi lado. Al sentir de repente a los
niños que no son ella y que podríamos ver al salir del
teatro, rondando por ahí, pidiendo, siendo abusados, con certeza
violados en cuerpo y alma, en esta ciudad llena de ratas que también
es San José.
Si
eso me quedó en el corazón, entonces diré con
certeza que esta es una obra, quizás más corta y sencilla,
que hay que llevar a todas las otras pequeñas ciudades de Costa
Rica donde pululan inertes las ratas (endémicas e importadas)
que compran y venden el alma de los niños y niñas.
Esta
obra se presenta en el Teatro Cine Variedades los días
miércoles y jueves en horario de 8 pm, durante
el mes de octubre y estará en el CIDEA de
la Universidad Nacional, Heredia, los días 1, 2 y 3 de noviembre.
Ver cartelera de teatro.
San
José, 29 de setiembre de 2007.
Políticamente
correctas a través de generaciones
Geovanny
Debrús Jiménez
La
Sala de Teatro José Joaquín Vargas Calvo del
Teatro Nacional nos presenta otra pieza de Claudia Barrionuevo,
nos regala otra puesta en escena crítica y reflexiva. Se trata
de la obra Políticamente correctas
que se estrena el miércoles 3 de mayo a las 8 pm.
La
mujer en el devenir de la historia política costarricense,
a través de generaciones con penas, vivencias y visiones de
mundo distintas, es lo que, a grosso modo, nos ilustra este
trabajo. Actuada por cinco actrices encantadoras, cada una en su estilo,
el espectáculo -sin tener grandes pretensiones-, nos lleva
por un recuento de épocas vividas en familias afines de la
clase media y alta costarricense. Nos recuerda esa clase política
que fue en algún momento, sostenida por el movimiento de Liberación
Nacional durante y posterior a la Guerra de 1948, la clase media costarricense
y que, al golpe de la corrupción y las confusiones coyunturales,
se transformó en una cuestionable y patética clase alta
pretenciosa, pero perdida en sus propios desmanes ideológicos
y sus ambiciones huecas.
En
ese contexto histórico, la obra se presenta en tres momentos
vitales para la sociedad costarricense y para el papel de la mujer
en ese panorama. Primero la Guerra Civil de 1948 y las luchas por
la reivindicación del voto para la mujer, segundo un momento
de rebeldía de izquierda, de anhelos por cambiar el mundo capitalista
e injusto que bien podrías ubicarse en los setentas y un tercer
momento que se ambienta en la actualidad y cómo la mujer "políticamente
(in)correcta" se enfrenta a un entorno corrupto y de relaciones
de amistad y de poder confusas. Un buen ensayo para visualizar el
rol de la mujer en esos períodos, para adentrarse y reconocer
desde la vivencias, la responsabilidad socio-política de cada
mujer.
Actúan
Magda Araya, Alicia Riba, Tatiana Chaves, Karen Mora y Metzí
Hovenga, cinco actrices jóvenes en vitalidad que
nos hacen discurrir poco a poco por una trama que se deja llevar,
en un solo acto, de manera fluida y entretenida, gracias a la constante
suspensión de escenas intercaladas.
Políticamente
correctas nos presenta movimiento, flexibilidad y
juego de tiempos y espacios en la puesta en escena, lo que permite,
sin duda, darle vitalidad a los diálogos coloquiales que
nos presentan una realidad a nivel de lo cotidiano, pero en concordancia
con la responsabilidad social y política de la mujer es esos
momentos históricos que nos han traído al presente
nacional.
En
los espacios destacan al menos cuatro lugares que se interrelacionan
constantemente durante la obra: uno ambientado en el 48, otro en
los setentas y dos espacios centrales que nos traen al presente
corrupto y donde el manejo de influencias enreda a las mujeres en
un juego de poder, de prestigio y de falso compromiso social, rezago
lamentable de una pasado idealista que luego perdió honestidad
y coherencia. Incluso el tema de la corrupción nos presenta
de manera satírica a un premio cultural que fue "concedido,
pero no ganado".
Es
la historia de las mujeres en este panorama, pero también
la historia de esta clase dominante que cayó en decadencia
y ha perdido su credibilidad en la sociedad costarricense. Y más
en el fondo y al final se desprende un tema que puede ser de discusión
actual, el tema de cómo el poder económico se impone
y decide ante el poder legal, de cómo existe una realidad
cruda que funciona solo en función de lo económico,
aunque aún queden personas y personajes que alientan un cambio
positivo y que resisten ante las presiones de ese poder. Pareciera
que la obra llama a las mujeres a asumir ese papel de visionarias
honestas, líderes en una sociedad diferente y en un presente
que a veces parece convulsionar.
La
recomendamos para quienes ir al teatro a entrenerse, pero sobre
todo a quienes quieren ir al teatro a reflexionar un poco, sin afán
de estresarse ni presionarse por ello.
Volver
arriba
Pieza teatral,
escrita por Zamacuco
| Personajes:
*
Jerome
* Margarita
Nota
general
Margarita está perturbada: los espíritus de
sus dos hermanas comparten su cuerpo y su alma. Los espíritus
adoptan la forma de animales bravíos: una venadita
tímida y curiosa, por un lado; y, una jaguar hembra
agresiva y desconfiada, por el otro. Cuando éstos
se hacen presentes y emergen, cambia de manera sensible
la voz, los gestos, los pensamientos y la personalidad de
la muchacha.
Si fuere necesario y las condiciones dramáticas lo
requieren, Margarita-venada y Margarita-jaguar pudieran
utilizar máscaras que recuerden o sugieran las bestezuelas
aludidas.
I
Nos
hallamos en el interior de un pequeño y coqueto cabaret,
“El Espejo Bohemio”. La mesa de Jerome se halla
casi pegada al pie del supuesto escenario, en el cual se
presentan los artistas de la varietè. El hombre está
solo. Ha ordenado una botella de champagne y ésta
se enfría dentro de una hielera; juguetea nerviosamente
con un ramo de flores, mientras fuma un cigarrillo.
Un altavoz anuncia:
Altavoz.-
Señoras y señores, esta noche ha sido fantástica,
eléctrica, diferente. Su prestigioso cabaret parisino
“El Espejo Bohemio” no ha escatimado esfuerzo
alguno para complacer los refinados gustos de su distinguida,
de su selecta clientela. La administración espera
sinceramente que el espectáculo de varietè
internacional que se ha presentado, para deleite de sus
ojos, haya sido del completo agrado de todos ustedes. Para
finalizar, tenemos el honor de invitar al escenario a la
exótica, a la despampanante, a la inimitable Margarita.
(Se escuchan aplausos). La triunfal estrella latinoamericana
nos cautivará con su romántica voz y nos hechizará
con sus sensuales movimientos de bestia salvaje.
Se escuchan silbidos gritos provocativos y hasta algunas
carcajadas del público. Jerome aplaude frenéticamente;
sonríe, está feliz. El piano y el saxo dejan
escapar las primeras notas de una música tropical
y pegajosa.
La piel cobriza de Margarita brilla con luz propia. Ella
ingresa contorneándose, cubierta con su largo abrigo
de pieles. Sonríe y saluda al público.
Margarita y Margarita-jaguar cantarán y bailarán
con su propio estilo, mientras el cuerpo de la muchacha
va quedando desnudo y deseable. La ropa es lanzada por los
aires.
Los movimientos de Margarita-jaguar, son felinos, como los
de una fiera enjaulada.
|
|
Margarita-jaguar.- Ya estamos nuevamente aquí.
Te he prohibido mil veces que vengas a este antro.
Margarita.- No ahora, por dios. Estoy trabajando. Abandóname,
hermana.
Margarita-jaguar.- Anda. Anda. No voy a estropear tu
ridículo numerito. Total, siempre te sales con la tuya. Mira
las caras de esos imbéciles. Babean de lujuria al vernos.
Risas del público. Aplausos de Jerome.
Margarita.- ¡He dicho basta!
Margarita-jaguar.- Jamás bailarás como
yo. Me necesitas. Mírame y aprende. Así, así se
baila, así se mueve el trasero y se levanta las patas.
Margarita.- Eres tan ordinaria, hermana. No te soporto.
(Canta). En mi abatimiento
solo pienso en “ellos”.
Qué frágil me siento
cuando estoy con “ellos”.
Margarita-jaguar.- Cantas sin convicción. Les
estás aburriendo. Te falta estilo, sentimiento, pasión….
Déjame a mí y aprende:
(Canta). Estoy tan caliente,
quiero estar con “ellos”.
Yo soy diferente
si me dejan “ellos”.
La sangre en mis venas
hierve ya “ellos”.
Romperé cadenas
si me besan “ellos”.
Al
terminar la interpretación, se escuchan los aplausos del público.
Jerome se levanta de su mesa, aplaude a rabiar. Toma el ramo de flores
y lo ofrece a Margarita. Ella acepta el obsequio; sonríe al público;
desciende del supuesto escenario y se queda de pie, frente a Jerome.
Jerome.- ¡Bravo! Estuvo usted magnífica,
como siempre. ¡Qué voz! Creo que debería decir con
más propiedad “qué voces”. Sí, qué
voces y qué gesticulaciones. No sé cómo lo hace…
es extraordinario. Tiene usted la capacidad para expresar en el escenario
dos personalidades tan distintas al mismo tiempo.
Margarita.- (Coqueta). ¿Le gustó solamente
el cambio de voces?
Jerome.- La voces, los movimientos de danza y contradanza,
en fin, todo… Es usted divina.
Jerome toma el abrigo de Margarita y cubre su desnudez.
Jerome.- Siéntese, por favor, acompáñeme.
Margarita.- No puedo. Usted sabe que no puedo.
Jerome.- Compré champagne.
Margarita-jaguar.- Acéptala. Bébela.
Estoy que ardo de sed.
Jerome.- Perdón. ¿Dijo usted algo?
Margarita.- Que no me agrada el champagne.
Jerome.- ¿Entonces, qué es lo que le
gusta?
Margarita.- Ya le dije la otra noche. Me fascinan los
espejos, navegar en la computadora, viajar… a la amazonía
ecuatorial…
Jerome.- ¿Y qué más?
Margarita-jaguar.- (Ríe, como si se tratara
de un buen chiste). También me gustan los huevos duros…
Margarita.- Sí, me gustan los huevos, pero solamente
por la mañana, en el desayuno.
Margarita deja las flores sobre la mesa y se aleja unos pasos. Jerome
toma las flores; corre tras ella; se aferra a su abrigo, que rueda al
suelo; se arrodilla y grita.
Jerome.- ¡Margarita! ¡Le amo! ¡Cásese
conmigo!
Margarita detiene en seco su salida. Ve al hombre arrodillado a sus
pies. Está confundida. Se escuchan risas y algunos esporádicos
aplausos.
Margarita-jaguar.- Ese hombre está loco, hermana.
¡Déjamelo a mí!
Margarita.- ¡Qué bochorno! ¡Jamás
imaginé que usted hiciera esto! Levántese. La gente está
riéndose de nosotros. ¿Casarme yo? ¿Así,
de súbito? No le conozco. Ni siquiera me ha dicho su nombre.
Jerome.- ¡Jerome! ¡Me llamo Jerome Velheu!
Margarita.- Vamos, Jerome. Compórtese como un
buen muchacho. Probablemente ha bebido algo más de la cuenta
esta noche. Sea razonable. Regrese a su mesa. Venga, yo le acompaño.
Jerome se deja conducir a la mesa, como si fuera un corderito. Se sienta
y sirve dos copas de champagne. Margarita se ha sentado también
y lo observa con curiosidad.
Margarita-jaguar.- ¿Siempre hace estos papelones?
Jerome.- No, solamente cuando estoy enamorado.
Margarita-jaguar.- ¿Y ahora cree estar…
enamorado?
Margarita.- Digo… ha venido a este cabaret tan
solo un par de veces…
Jerome.- Hace ya seis meses que lo frecuento. Me siento
en esta mesa todas las noches. Usted… usted me ha visto…
me ha sonreído, le caigo bien. Sé que le caigo bien.
Margarita.- Eso nada significa…
Jerome.- La he seguido…
Margarita-jaguar.- ¿Cómo? ¿Con qué derecho?
Seguir furtivamente a las personas… ¡Qué atrevimiento!
Jerome.- ¿Me está hablando en serio o en broma? Usted
es tan especial…
Jerome.- Me ha hecho avergonzar. Mire con seguridad se me ha puesto
roja la cara… (Pausa). Eso que ha hecho no me parece bien. Perseguir
a una persona desconocida es anormal, irregular.
Margarita-jaguar.- Tampoco creo que sea legal dedicarse a cazar a las
personas, como si usted fuera un sabueso…
Jerome.- Un sabueso, no… Yo soy un cazador.
Margarita-jaguar.- (Con inusitado interés). ¿Ha dicho
usted… un cazador?
Jerome.- Un cazador, sí. Un cazador… aficionado…
me describiría mejor. Me dedico a la caza en mis tiempos libres…
En todo caso… discúlpeme. Me he portado como un imbécil.
(Bebe su copa). El champagne está helado. Es una bebida de clase.
¿Y usted… no beberá conmigo una copa?
Margarita-jaguar.- ¿A cuál de las dos le pregunta usted:
a ella o a mí?
Jerome.- Qué bromista es usted, Margarita.
Margarita.- No insista. Le dije que no me gusta el champagne.
Jerome.- A… sí. Claro. Dijo usted que le gustan los espejos,
las computadoras, los huevos duros y la selva amazónica…
(Pausa).
Margarita.- Sí. Eso dije… tiene buena memoria…
Jerome.- ¿Y por qué la amazonía? ¿Por qué
razón te gustaría vivir en la selva?
Margarita.- Porque nací allí. Mi padre fue un jaguar;
mi madre una frágil venadita.
Jerome.- Qué cosas más extrañas dice usted…
Me fascina ese lenguaje hiperbólico, metafórico, poético…
¿Tiene hermanos?
Margarita.- Mi madre parió un jaguar hembra, una venada y una
niña.
Margarita-jaguar.- El jaguar hembra soy yo. Mucho gusto.
Jerome.- ¿Y cuál de las tres es usted?
Margarita.- No lo sé.
Margarita-jaguar.- ¡Maldita sea! ¿Por qué nos está
haciendo tantas preguntas?
Oscuridad en el escenario.
II
El pequeño departamento de Margarita, en París, cerca
del Sena.
Margarita está sola. Se pasea de un lado al otro, frenética,
incapaz de contener su ira y frustración. Va hacia la ventana
y la abre.
Margarita.- Desde esta ventana puedo mirar las aguas del Sena. Parece
que fluyeran apacibles, mansamente, sin hacer ruido alguno. Negras y
heladas, irremediablemente hundiéndose, penetrando sin brío
en el corazón de la noche.
Margarita-jaguar.- (Con malicia). Margarita se ha vuelto poetisa. Margarita
se ha enamorado.
Margarita-venada.- Tengo frío, querida hermana. ¿Podrías
cerrar esa ventana?
Margarita.- ¡Esto se acabó!
Margarita cierra la ventana con violencia y enfrenta a sus hermanas.
Margarita.- ¡Vamos! ¡Díganme, maldita sea, qué
es lo que quieren?
Margarita-venada.- No hables así, hermana. Me asustas cuando
te paseas de un lado al otro y hablas en ese tono.
Margarita.- ¡El Sena es la solución!
Margarita-jaguar.- Déjala, hermana. Es una hipócrita.
Quiere librarse de nosotras. Quiere arrojarnos a la calle, como si fuéramos
cosas inservibles, peor aún, como cosas molestas o vergonzosas…
Ya no nos necesita.
Margarita.- ¡Basta! ¡Basta! Saldré de este mísero
cuartucho, cruzaré las calles, me pararé frente al río,
cerraré los ojos y me arrojaré a las hambrientas aguas…
Margarita hace esfuerzos por acercarse a la puerta, por abrirla, por
salir, pero al mismo tiempo las fuerzas internas neutralizan su determinación.
Margarita.- Ustedes ganan, por ahora. Pero yo las conozco bien. Sé
de memoria sus asquerosos hábitos. Cuando duerman… Cuando
tengan sus ojos muy cerrados iré al Sena y me clavaré
de cabeza. Así terminará todo este error estúpido
de la naturaleza…
Margarita-jaguar.- Nos llama “error de la naturaleza”. A
nosotras, a sus propias hermanas, sangre de su sangre, nos llama error
de la naturaleza. Qué soberbia está hoy Margarita, la
galante cortesana de “El Espejo Bohemio”, un cabaretucho
de mala muerte… Si por lo menos trabajara en el Lido, en el Mouline
Rouge o en el Crazy Horse...
Margarita.- ¡No soy una cortesana! ¡Ustedes saben que no
soy una cortesana! Me desnudo ante los hombres pero no me acuesto con
ellos. Ustedes lo saben, lo saben muy bien. ¡No soy una perdida,
maldición!
Margarita-venada.- Si Margarita dice que no es una “cortesana”
debemos creer en su palabra, hermana. Retira lo de “cortesana”.
Supongo que ella debe ser tan virgen, tan honesta como tú y como
yo.
Margarita jaguar.- (Con sorna). Tienes toda la razón, hermana.
Es tan “virgen”, tan “virgen” como tú
y como yo juntas…
Margarita-venada.- Aleja de tu cabeza esas ideas suicidas, hermanita.
¡Yo no quiero morir! ¡No quiero morir! ¡Ten compasión
de mí! En nada te molesto…
Margarita.- Solamente quiero que abandonen mi cuerpo, que abandonen
mi alma.
Margarita-jaguar.- Llévanos a la selva, hermana. Cuando miremos,
a través de nuestros propios ojos el tupido follaje del bosque
primario impenetrable, saltaremos gozosas desde lo más denso
de tus profundidades y te abandonaremos para siempre.
Margarita-venada.- ¿Es eso posible, hermana? ¿Harías
eso por nosotros?
Margarita.- Debo consultar un psicólogo. Esto es enfermizo. No
puede ser. Es mi propia mente la que ha creado estos monstruos.
Margarita-jaguar.- ¿Y tú crees en esos charlatanes? Mira
como me río, hermana. Acuéstate en el diván y cuéntame
tu vida… Patrañas…
Margarita-venada.- Me gusta tu Jerome, hermana. Parece un hombre tierno:
te regaló flores. Quiere casarse contigo.
Margarita-jaguar.- Si te desvirga a ti, tendrá que desvirgarnos
a las tres, al mismo tiempo. ¿Están dispuestas a pasar
por esa traumática experiencia, hermanitas?
Margarita-venada.- La hermana tiene razón, Margarita. No debes
volver a ver a ese hombre. Si se me acerca, huiré. Sería
una unión contra natura. Dios nos libre de eso, Margarita. (Pausa).
Por lo menos consulta con “ellos”. ¿Has consultado
con “ellos”?
Margarita-jaguar.- Qué va. No lo ha hecho. Sé que no lo
ha hecho.
Oscuridad en el escenario.
III
Al encenderse la luz vemos a Jerome sentado en una banca, al pie de
un árbol. Hay un cartel en el que se ha escrito: “Bois
de Boulogne, Jardin d’Acclimatation”.
A un costado hay una maleta o una mochila. Jerome fuma un cigarrillo,
mira su reloj. Está impaciente. Se sienta de nuevo. Abre la maleta,
revisa su contenido.
Margarita entra y sonríe. Jerome no sabe si ponerse de pie, si
quedarse sentado, si correr y abrazar a Margarita; por lo tanto, permanece
inmóvil, perplejo.
Margarita.- Allí está usted. Justo como lo describió
en la nota. (Saca una hojita de papel y la lee, en voz alta): “Si
viene, si se decide a venir, me hará el hombre más feliz
de la tierra. Me encontrará en una banca, al norte de le Bois
de Boulogne, a la entrada del Jardin d’Acclimatation”. Qué
precisión, que exactitud. (Muestra su reloj). Mire: son las diez
en punto de la mañana.
Jerome.- ¿Vino usted?
Margarita.- Vine. Claro que vine. No soy un fantasma. ¿Va a quedarse
allí, sentado?
Jerome se levanta y toma en sus brazos a Margarita.
Jerome.- No, claro que no. ¿Quién es usted? ¿Una
aparición angelical? ¿Un jaguar, una venadita, una mujer
enamorada?
Margarita-jaguar.- Yo soy el jaguar hembra. ¡No se me acerque!
Margarita-venada.- Yo soy la venadita, pero a mí no me tendrá.
Sería contra natura..
Jerome.- ¿Debe ensayar todo el tiempo esas voces para el teatro?
Margarita-jaguar.- La palabra “teatro” debe ser tan solo
un eufemismo. “Cabaret” es la palabra correcta.
Jerome.- Bueno, sí, cabaret.
Margarita mira la maleta, sobre la banca.
Margarita.- ¿Trajo usted la maleta? ¿La trajo? ¡Qué
emoción! (Toma la mano de Jerome y la aprieta contra su pecho).
Sienta, Jerome, cómo el suspenso, hace latir mi corazón.
¿Puedo mirar…?
Jerome.- Siéntese. Espere un momento.
Jerome se sienta junto a Margarita. Toma la maleta; la abre; saca una
tarjeta postal y la pone en las manos de su amada.
Margarita.- ¿Y esta postal?
Jerome.- Mírela. Es una vista aérea de la amazonía
ecuatoriana.
Margarita-venada.- (Desencantada). A… sí… allí
se ven las copas de algunos árboles…
Jerome.- También hay un mono. Si se acerca usted, podrá
ver claramente al mono, columpiándose de una rama.
Margarita-jaguar.- (Sarcástica). Sí, claro… allí
está el mono… Es un mono enorme. Si hasta puede una escuchar
como chilla… ¿Verdaderamente cree usted que yo, que nosotros,
podríamos dar un salto a esa selva diminuta?
Jerome.- No es lo que usted esperaba. Lo sé.
Jerome toma la tarjeta postal; la guarda en la maleta y saca de ésta
un espejito de mano; lo ofrece a Margarita, que lo recibe con desencanto.
Margarita-venada.- (Casi entre dientes). Un espejito de mano. (Se mira
en el espejo). Veo mi cabeza de venada. No me han salido aún
los cuernos.
Margarita-jaguar.- ¿Qué puedo ver en este inútil
pedazo de vidrio? ¿Cómo puedo entrar en él, si
su tamaño es ridículo?
Margarita-venada.- Usted nos ha engañado, Jerome. Accedimos a
venir porque tuvimos una corazonada. Creímos sinceramente que
usted era uno de… “ellos”…
Jerome.- ¿Cómo… uno de “ellos”?
Margarita-venada.- Sí, uno de “ellos”. ¿Usted
me entiende?
Margarita.- No me haga caso, Jerome. Solo estaba jugando. Ellas, mis
voces autónomas, creían que me traería el espejo
con el que siempre habían soñado. Un espejo de cuerpo
entero, como una puerta enorme por la cual pueda yo entrar y encontrarme,
comprenderme, mirar frente a frente mi complejo espíritu, luchar
con mis demonios y liberarme al fin…
Jerome.- ¿Qué es lo que dice usted, Margarita? ¿De
qué está hablando? ¿A qué se refiere? ¿Cómo
puede un espejo así caber en una pequeña maleta como ésta?
No la comprendo.
Margarita.- ¿Y qué más ha traído usted en
esa maleta? (Pausa). ¿Se ha quedado usted mudo? ¿Qué
más ha traído en esa maleta?
Jerome.- Una computadora.
Margarita.- ¿Se refiere usted a algún recorte de revista,
a alguna postal…?
Jerome saca de la maleta una computadora portátil.
Jerome.- Es una computadora portátil.
Margarita.- Debí suponerlo.
Jerome.- ¿No le gustan las computadoras portátiles? Usted
puede navegar con este aparato desde cualquier punto de Francia.
Margarita-jaguar.- (Muestra sus manos). ¿No se ha dado cuenta
de mis garras? Son enormes. No se acoplarían a ese teclado tan
frágil.
Margarita-venada.- ¿Y no ha visto mis cascos? Son hendidos.
Jerome guarda la computadora. Saca de la maleta un recipiente de plástico.
Jerome.- Si tiene hambre podemos comer.
Margarita.- ¿Qué ha traído usted?
Jerome.- Un par de huevos fritos. Pensé que le gustarían…
Usted dijo que le gustan los huevos…
Margarita-jaguar.- (Tajante). Duros, y en el desayuno. Mire. Mire lo
que hago ahora con sus huevos.
Margarita-jaguar arrancha de manos de Jerome el recipiente con los huevos.
Lo abre y embadurna la cara de Jerome.
Jerome.- ¡Basta! Lo que acaba de hacer ha colmado mi paciencia.
Jerome saca de la maleta una servilleta. Se limpia la cara.
Margarita.- (Feliz de la vida, como una niña que acaba de cometer
una travesura). Allí, en la boca, le ha quedado un poquito. Qué
lindo estaba usted con la cara embadurnada de huevo.
Jerome se quita los zapatos: saca de la maleta unas botas y se las calza,
parsimoniosamente. Guarda sus zapatos.
Margarita.- Usted es impredecible, Jerome. Se ha ensuciado la cara…
pero se cambia de zapatos. Los zapatos que traía estaban limpios…
Jerome saca un chaleco de caza y se lo prueba. Abre una caja de balas
y va colocando las municiones en la alimentadora del chaleco.
Margarita-venada.- ¿Qué hace usted? ¿Para qué
son esas balas? No juegue con esas cosas. Son peligrosas.
Jerome no responde. Saca un casco de los que utilizan los cazadores
cuando van al África y se lo coloca.
Margarita.- Entiendo. Ahora estoy entendiendo. Usted pretende disfrazarse
de cazador.
Jerome saca de la maleta una escopeta de dos cañones y la carga.
Se pone de pie, visiblemente irritado.
Jerome.- Usted nada ha entendido, Margarita. Nada. ¡Nada de nada!
No pretendo disfrazarme de cazador. ¡Soy un cazador! (Le apunta
con la escopeta). He llegado a mi límite. Me ha cansado usted.
Me ha fastidiado. Jamás me he sentido tan humillado.
Margarita.- (Horrorizada). ¿Cómo? Lo tomó en serio.
¿No se da cuenta que era solo una broma de mis voces? No dispare,
Jerome.
Jerome. Ahora corra. Corra por su vida. No me importa si usted es una
mujer, una venada o un jaguar hembra. El placer de cazarla será
el mismo. Tiene ocho mil cuatrocientos cincuenta y nueve kilómetros
de parque para ocultarse.
Jerome dispara al aire.
Margarita-venada.- ¡Socorro! ¡Me matan!
Margarita sale corriendo. Oscuridad en el escenario.
IV
Al encenderse las luces nos encontramos en el dormitorio de Jerome y
Margarita, en el centro de París. Hay dos camas gemelas, separadas
por una alfombra. La escena permanece vacía por algunos segundos.
Se escuchan gritos. Un hombre y una mujer discuten acremente. Entran
Margarita y Jerome.
Jerome.- Es intolerable, Margarita. Francamente intolerable. Este matrimonio
se va al diablo. Llevo casado contigo tres meses. Tres largos meses,
Margarita… y mi vida se ha convertido en un tormento.
Margarita-jaguar.- ¿De qué te quejas? ¿No me conociste
en un cabaret?
Jerome.- Deja de hacer esas voces, maldita sea. Ya no es divertido.
Margarita.- Es verdad… me conociste en un cabaret.
Jerome.- Ese no es el punto. Escúchame, querida. Siéntate
y escucha mis razones. Estoy enamorado de ti, bien lo sabes. Te deseo
y esa quizá sea la verdadera fuerza que me mantiene unido a ti.
Pero tú… tú.
Margarita-venada.- Yo también te amo… pero mi amor es distinto.
No me gustan los arrumacos. Van contra natura…
Jerome.- Me acerco a ti noche tras noche, en una u otra forma, tratando
de consumar este matrimonio, sin éxito alguno. Tú siempre
te las ingenias para encontrar una excusa. Me rechazas sistemáticamente.
Margarita-jaguar.- Escúchame, Jerome. No tienes por qué
atormentarte con eso. La primavera ha llegado.
Jerome.- ¿Lo ves? Te estoy hablando de cosas serias y me sales
con el cuento de la primavera.
Margarita.- La primavera, sí, la primavera…
Jerome.- Inmediatamente después de casarnos te llevé a
la Cote d’Azur. Tú misma elegiste el hotel: La Tour de
L’Esquillon. “Todas las habitaciones tienen acceso directo
al internet” —dijiste. ¿Y qué pasó
allí?
Margarita.- ¿Qué pasó? Francamente no me acuerdo.
Jerome.- Escapaste de la habitación y nadie pudo localizarte
durante toda la semana. (Grita exasperado). ¡Huiste de mí!
Te busqué en Menton, en Nice, en Mónaco, en Cannes, en
Saitn-Tropez, en Theoule-sur-Mer.
Margarita-jaguar.- No eres un buen cazador… Debiste haberme encontrado
fácilmente. Te dejé muchas pistas…
Jerome.- ¡No tenemos intimidad! No hemos disfrutado todavía
de nuestra luna de miel. Dormimos en camas separadas. Hasta el santo
padre de Roma anularía este matrimonio por no haberse consumado.
Jerome quita la alfombra y une las camas gemelas.
Margarita.- El santo papa sabría de inmediato que se trata de
algo normal… Escúchame.
Jerome.- No. Escúchame tú ahora. No me dejas que yo te
vea desnuda. No me dejas que siquiera me acerque a tu cama pero estás
abierta y predispuesta para todos los demás. Para colmo de los
colmos, esta noche me has hecho quedar en ridículo ante mis amigos.
Tú extraña, tu lamentable, tu censurable conducta dio
al traste con la fiesta de gala que ofrece la empresa todos los años…
Margarita-jaguar.- ¿Tus amigos dices? ¿Te he hecho quedar
en ridículo ante tus amigos? Son una caterva de mojigatos.
Jerome.- Estás borracha…
Margarita.- Sabes bien que no bebo.
Jerome.- ¿Y lo que acabas de hacer? En la mitad de la fiesta
te subes a la mesa. (Se sube a las camas unidas). Sí, te subes
a la mesa y sonríes… Luego cantas y te desnudas delante
de todos… (Jerome va despojándose de su ropa y la lanza
al aire). Me quedé helado al verte. ¿A quién se
le ocurre hacer una cosa como esas, Margarita? ¿A quién
se le ocurre? ¿Y todavía te atreves a decirme que no estás
borracha?
Margarita sube a las camas.
Margarita.- ¡Compruébalo tú mismo! ¿Es esto
alcohol?
Margarita abre la boca, se acerca y lanza su aliento directamente en
las narices de Jerome.
Jerome.- ¡Phua! ¡Eso fue asqueroso! (Pausa). Escúchame
bien, Margarita. Escúchame con atención lo que te voy
a decir. Jamás, jamás vuelvas a desnudarte en público.
Eso no lo voy a permitir. ¿Por qué lo hiciste? Dime, Margarita…
¿Por qué?
Margarita-jaguar.- Por qué soy un jaguar hembra en pleno celo.
¿No has reparado en mi piel lustrosa, mullida, temblorosa? ¿No
te has dado cuenta de mis fuertes colmillos? Los jaguares hembra somos
poco sociables, Jerome… Solo compartimos el lecho del macho cuando
estamos en celo. ¡Y ahora estoy en pleno celo! ¡Viva la
primavera!
Margarita se abalanza sobre Jerome.
Margarita-venada.- ¡No! ¡No! ¡Detente! ¡Soy
virgen! ¡Es contra natura!
Reina la oscuridad.
V
Nuevamente estamos en París, en el dormitorio de Jerome y Margarita.
Las camas gemelas han sido reemplazadas por una cama de dos plazas.
Jerome está acostado, con la lámpara encendida, fuma y
lee.
En un rincón del escenario, lo más cerca del público,
hay una computadora. Sentada frente a ésta, Margarita, navega,
sonríe, se asombra, se pone triste, escribe, se levanta, se vuelve
a sentar, acerca su cara a la pantalla, retrocede.
Jerome, en pijamas, se le aproxima. Contempla a su mujer, imita por
momentos sus movimientos nerviosos, va a tocar uno de sus hombros, pero
se detiene. Retrocede.
Jerome.- Margarita.
Margarita.- Sí, Jerome. Ya sé. Ya lo sé. En un
momento estoy contigo, cariño.
Jerome.- Son las once y media de la noche…
Margarita.- Enseguida termino. Es por nuestro bien, querido. Ya no te
divierten las voces. Terminaremos con eso, querido.
Jerome.- ¿Terminarás con el permanente ensayo de tus voces?
Esa es una buena noticia.
Margarita.- ¡Qué lentitud! ¡Qué pésimo
servicio! ¡Muévete! (A Jerome). Deberíamos cambiar
de servidor. Para bajar un simple archivo tarda años esta máquina.
Jerome.- Tenemos banda ancha, querida.
Margarita.- Ya llega, ya viene, ya está aquí. Cuidado,
Jerome. Aléjate un poco. Lo que nos envían es frágil,
bastante frágil.
Desde el tumbado, amarrada con unas cuerdas, desciende una caja grande.
Jerome.- ¿Y eso? ¿Qué nueva locura es esta?
Margarita.- ¡No toques esa caja, Jerome!
Jerome.- ¿Qué has comprado ahora?
Margarita.- Nada he comprado.
Margarita-jaguar. La cachorra no ha gastado tus malditos euros, si eso
te preocupa.
Margarita.- Tú sabes muy bien que soy delicada. Jamás
me atrevería a tomar un centavo tuyo, sin tu conocimiento. La
caja me la enviaron “ellos”.
Jerome.- Nuevamente “ellos”. ¿Quiénes son
“ellos”, Margarita? ¿En qué andas metida?
Recuerda, querida, que no debemos confiar a ciegas en las ofertas del
internet. Hay gente astuta, sin escrúpulos, que haría
maravillas con la información que tú les proporcionas.
Podrían timarnos. Se escuchan tantos y tantos casos… ¿Les
has dado nuestra clave bancaria, el número de tu tarjeta de crédito?
¿Les has revelado el código de tu tarjeta de identificación?
¿Les dicho nuestra dirección?
Margarita.- ¡No! ¡No! ¡No!
Jerome.- ¿Entonces cómo diablos ha llegado esta cosa hasta
aquí? (Señala con el índice la caja, sin atreverse
a tocarla). ¿Qué contiene esa caja, Margarita?
Margarita.- Se trata de… un encargo.
Jerome.- Estás acabando con mi paciencia. Me vas a decir ahora
mismo de qué se trata todo esto.
Margarita.- Está bien, está bien. No te sulfures. No es
para tanto. Espera un momento. No toques esa caja. Solo apago la computadora
y te lo explico… Uff… qué lentitud. Es la máquina
más lenta de todo Paris. Lo que he pedido, me ayudará
a visualizar mi interior… con eso espero terminar con el asunto
de las “voces”.
Mientras Margarita se sienta nuevamente a la computadora, cierra archivos
y apaga la máquina, Jerome se acerca a la caja, desata los nudos
y descubre el espejo.
Jerome.- ¿Un espejo?
Margarita-jaguar.- (Sobresaltada, corre hacia él). ¡No
lo toques! ¡Obedece a la cachorra! ¡Jamás! ¡Jamás
te atrevas a tocar ese espejo, Jerome!
Jerome.- ¿Qué es lo que te pasa, Margarita?
Margarita-jaguar.- Nada. ¿Qué me puede pasar a mí?
Jerome.- Tus ojos. Tus ojos brillan como brazas encendidas, como si
fueran los ojos de… alguna fiera salvaje…
Margarita.- Vamos, querido. Es tarde. Tengo sueño. (Margarita
abraza y besa a Jerome). Abrázame, sé bueno conmigo…
Eres tan tierno…
Se apaga la luz en la sala.
VI
El dormitorio de Jerome y Margarita, en Paris. La luz de la calle penetra
por alguna de las ventanas, sin lograr despejar totalmente la penumbra.
La cama doble con sus veladores y lámparas. A un costado, el
espejo de cuerpo entero. Margarita y Jerome duermen.
Margarita se incorpora. Baja de la cama con movimientos lentos, sin
hacer ruido, para no despertar a Jerome. Enciende una lámpara
y queda iluminado el espejo.
Margarita.- (En voz baja).- ¿Están allí? (Pausa).
No hablen. Solamente Escúchenme. Saldremos mañana. Sí,
sí, mañana. No saben cuánto me costó convencerle.
Hay un vuelo directo desde París a Lima. De allí volaremos
a Quito… (Pausa). Me dijo de todo… que estaba loca, que
le llevaría a la ruina, que la empresa reclama su presencia…
en fin, ya saben… “Todo el mundo tiene derecho a unas vacaciones”
— le dije. “Estoy de acuerdo con tomarnos unas vacaciones…”
— me respondió. “¿Pero por qué diablos
tenemos que ir a la amazonía?”… ¡Sh! No puedo
seguir hablando… Parece que está despertándose.
Margarita regresa a la cama, se acuesta y finge dormir. Jerome se incorpora
y enciende la lámpara. Toma un libro y lee.
Margarita.- (Sin levantarse). ¿Qué pasa, querido? ¿No
puedes dormir?
Jerome.- Debe ser la excitación del viaje.
Margarita.- Sí, claro. ¿Qué lees?
Jerome.- Un antiguo poema.
Margarita.- ¿De qué se trata?
Jerome.- De una cervatilla, mejor dicho, de una muchacha que cree convertirse
por las noches en una cervatilla.
Margarita.- Esa pobre muchacha sí que estaba rayada. Me parece
un argumento trillado… demasiado inverosímil…
Jerome.- El poema tiene ritmo…
Margarita.- ¿Quién es el autor?
Jerome.- Es un romance anónimo, Francés. ¿Quieres
escucharlo? (Recita):
“Allá pasan por el bosque.
Va la madre con la hija.
La madre canta un cantar,
pero la niña suspira.
—
“¿Qué te hace suspirar?
¿Por qué lloras, Margarita?”
— “Es que sufro sin decirlo.
Soy una joven de día,
pero de noche me vuelvo
una blanca cervatilla;
condes y duques me siguen,
cazadores y jaurías…”
Mientras
Jerome lee el poema, Margarita se queda dormida.
Jerome.-
Qué mujer para inconstante. Me pide que lea el poema y se queda
dormida antes de que éste termine.
Se apaga la luz en la sala.
VII
Una cabaña en la selva ecuatorial, vista interior: a un costado,
una puerta y una ventana. Al fondo, la refrigeradora, un lavamanos,
una cesta para la ropa sucia y otra para la ropa limpia.
En el lado opuesto al de la puerta han instalado la cama y el espejo
de cuerpo entero.
Ingresa Margarita mojada y desnuda.
Margarita.- Hogar, dulce hogar. ¿Qué hora es? (Mira el
reloj en la pared). Las nueve de la mañana. Todavía es
temprano. (Toma una toalla y se seca). El agua estuvo deliciosa.
Margarita elige la ropa que va a usar y va colocándose las prendas,
parsimoniosamente, mientras se contempla al espejo, con coquetería.
Margarita.- A ver… a ver. ¿Qué tengo por aquí?
Unas medias rosadas… ¡Qué color para patético!
Unas medias blancas… ¡Horripilantes! Unas medias negras…
¡Claro! Esto está muy bien. Sostenes negros, por supuesto.
¿Pero dónde están los sostenes negros? Aquí,
aquí están. Un calzoncito negro también. Desde
luego que sí… (Pausa). Pero qué estúpida
soy. ¿Acaso estoy en Paris? Me sofocaría el calor. ¿Quién
es tan loco como para ponerse interiores negros en plena selva? (Ríe).
¡Yo!
Margarita se levanta, quita la manta que cubre el espejo y le habla.
Margarita.- Hola, preciosas. ¿Cuándo piensan dar el salto
hacia la jungla? “Ellos” las están esperando…
El día es perfecto. ¡Vamos, lindas, no sean remolonas!
No tienen todo el tiempo del mundo... ¡Están guapas! ¿Qué
vestido voy a elegir hoy? Éste, por supuesto. Es fresco, suave,
terso, elástico, como la piel de una venadita. ¡Huy! Discúlpame,
querida hermana. He herido nuevamente tus sentimientos. No debí
mencionar eso… Se supone que es un secreto entre nosotras tres.
(Se pone el vestido y habla nuevamente con el espejo). Ahora, dime tú,
picarona… Sí, tú… ¿Dónde estuviste
anoche? Vamos… ¡Cuéntame! Tú sabes que yo…
soy como una tumba… jamás revelaría tus íntimos
secretos… (Se escuchan pasos y silbos. Alguien se acerca a la
cabaña). ¡Esperen! Debe ser él.
Margarita cubre el espejo con la manta. Entra el Jerome, con su atuendo
de caza: botas gorra, chaleco porta municiones y escopeta de dos cañones.
Jerome.- Ya llegué. ¿Hay alguien en casa? (Cuelga la escopeta
en una percha. Descubre a su Margarita). Hola, linda. ¡Qué
guapa estás hoy! ¿No hay un besito para mí?
Margarita.- Te esperé toda la noche.
Jerome.- Fui a cazar. Tú sabes muy bien que fui a cazar. Te lo
dije…
Margarita.- Hacía frío.
Jerome.- ¿No puede un hombre salir libremente de caza? Traje
una venadita.
Margarita.- (Visiblemente asustada). ¿Una vena…? ¿Qué?
Jerome. Sí, una venadita. Está afuera. ¡Ven para
que la veas! He tenido que cargarla yo mismo, desde el lago. Por eso
me he demorado.
Margarita.- Ayer, por la tarde, fui hasta el río. Estaba manso,
tranquilo…
Jerome.- Espera Margarita. Luego me lo cuentas. (Toma un enorme cuchillo
y se apresta a salir). Primero debemos descuartizar al animal, salarlo
y adobarlo para que su tierna y apetitosa carne no se estropee. (Sale.
Desde afuera). Cariño: creo que curtiré su piel, es hermosa,
es perfecta.
Margarita va hacia el espejo. Lo descubre.
Margarita.- ¿Lo oyeron? ¡Cazó una venadita! Pobre
animal. No me atrevo siquiera a mirar esos tiernos despojos… ¿Herida
yo? No. Estoy bien. No logró herirme. (Se topa el cuerpo, para
comprobar que nada tiene, que nada le ha pasado a ella). Estoy aterrorizada.
Dijo que la va a descuartizar. ¿Y ustedes? ¿Cómo
se sienten? ¿Están bien? Tranquilícense, queridas,
lo del lago fue solo un sueño… mejor dicho… una insólita
pesadilla… Sí, sí, es mejor que nos calmemos todos.
¿Un poco de café? Claro, sí… No he desayunado
todavía.
Margarita cubre el espejo. Después va hacia la refrigeradora.
La abre. Saca algunas botellas, unas cajas de plástico. Rebusca
de arriba hacia abajo.
Margarita.- ¡Maldita sea! ¿Y cómo voy a desayunar
en esta mugrosa cabaña? ¡No tenemos huevos. No queda un
solo miserable huevo en esta refrigeradora y él se va de caza…
(Saca la cabeza por la ventana y grita). ¡Jerome! ¡Jerome,
escucha! Debes ir al pueblo.
Jerome.- ¿Otra vez al pueblo? ¿Qué te hace falta?
Margarita.- ¡Huevos! Se han terminado los huevos.
Jerome.- ¿Y los que ponen nuestras gallinas no te gustan? ¿Tienes
algún problema con esos huevos? Espera un momento. Voy a ver
qué consigo.
Margarita cierra la ventana. Está pálida por lo que ha
visto. Va hacia el espejo, lo descubre.
Margarita.- (A los seres que se hallan dentro, en el espejo). Si ustedes
lo vieran. ¿Cómo puedo explicarles? Es una verdadera carnicería.
Resulta espantoso. Hay sangre por todo lado. Ha manchado de sangre la
camisa, el pantalón y las botas. ¿Y sus manos? ¿Qué
podría decirles de sus manos? La ha descuartizado. Ha cercenado
su cabeza, ha cortado sus patas. Ha abierto su vientre…
Entra Jerome con una cesta repleta de huevos. Margarita pega un salto
y cubre el espejo.
Jerome.- Huevos. Huevitos frescos. Huevos de gallinas felices…
Jerome abre la refrigeradora y va guardando parsimoniosamente los huevos.
Margarita.- ¡Ya no quiero huevos!
Jerome.- ¿Ya no?
Margarita.- Ni siquiera me has preguntado si he desayunado. ¡Mira
cómo estás? Hecho una mugre. Ensucias el piso con esas
botas inmundas. Anda y báñate. Cámbiate de ropa.
Jerome va al lavabo. Se lava las manos y la cara. Se quita la camisa
y la coloca en una cesta.
Jerome.- ¿Dónde están mis camisas limpias? (Pausa).
¿No vas a contestarme, querida? (Rebusca en la cesta de plástico).
Ah… estaban aquí mismo. Discúlpame, querida. (Se
pone la camisa limpia). Soy tan desordenado… (Pausa). ¿Qué
tienes? ¿Qué te pasa? ¿No quieres hablar con tu
maridito? ¿Me estás aplicando la ley del hielo? Eras más
graciosa cuando me contestabas con tus extrañas voces…
(Pausa). Tú querías atragantarte de venado. Sí,
sí. Tú fuiste la de la idea. “Tengo ganas de un
venadito a la braza” –dijiste. En los supermercados no venden
venados, ni capirá, ni saíno, ni guanta, ni perdices.
Bien lo sabes.
Margarita.- Era tan solo un decir…
Jerome.- ¿Un decir? Me matabas todas las noches con la misma
cantaleta. “Quiero vivir en la mitad de una selva”. “Tengo
derecho a pasar unas vacaciones en la amazonía ecuatorial…”.
¿No te acuerdas de la última vez? Yo dormía tranquilamente.
Deben haber sido las tres de la mañana. De pronto me despertaron
tus gritos histéricos. Jamás podré olvidar tus
ojos extraviados, tu rígido rostro, tus labios fruncidos, deformados,
como si fueran el hocico de alguna bestezuela. Cuando me acerqué
para abrazarte, para tranquilizarte aullaste con furia. Aullaste, sí.
Ese no fue un grito de súplica, fue el grito de un jaguar, o
el de un puma carnicero: “Quiero vivir en el bosque, en un impenetrable
bosque, donde pueda hartarme de guantas, de dantas y guatusas, de capirá
y de saínos”.
Margarita.- ¿Y has cumplido tú mis deseos? ¿Has
satisfecho mis aspiraciones? ¡No he visto todavía la cerda
de una danta, ni la pluma de una codorniz?
Jerome.- Hago lo que puedo.
Margarita.- Eres un inútil.
Jerome.- Abandoné mi empresa, estoy lejos, a miles de kilómetros
de París. He vivido contigo en esta maldita selva durante tres
años. ¡Qué vacaciones! ¡Qué vacaciones
nos hemos dado! ¡Construí esta cabaña para ti!
Margarita.- Es incómoda, le falta estilo.
Jerome.- Está bien. Está bien. Si te has aburrido, podemos
regresar. (Saca un teléfono celular y marca). Hola… Sí,
hola… soy yo… Sí, muy bien, todo va muy bien…
Deseamos pedirte unas reservaciones de vuelo… Claro, para dos
personas… para Margarita y para mí…
Margarita va hacia el espejo. Lo descubre. Se horroriza.
Margarita.- (Grita). ¿Dónde están? ¿Dónde
se han ido? ¿Y ese charco de sangre? ¿Entonces no fue
un sueño? ¡Hermanas! ¡Mis pobres hermanitas! (Llora).
Jerome.- (A Margarita). ¡Espera, Margarita! No me dejas escuchar.
Estoy haciendo reservaciones… (Al teléfono). Te repito.
Dos pasajes, en el vuelo más próximo. La cosa se ha vuelto
intolerable… Tenemos que regresar cuanto antes… Espero tu
llamada… Gracias.
Margarita.- No podemos regresar.
Jerome.- ¿Cómo? ¿Por qué estás llorando?
Margarita.- Digo que ya no podemos regresar…
Jerome.- No te entiendo.
Margarita.- Ayer, por la tarde, mientras tú ibas de caza, fui
al río. (Pausa). Discúlpame, querido. No pude evitarlo.
La tarde era tan pesada, tan calurosa, húmeda, pegajosa, repugnante.
Jerome.- Te comprendo. Este lugar ya no es para nosotros. Fue una locura
venir, internarnos en esta selva impenetrable. No debí dejarte
sola. El río está tan distante. Pudo atacarte alguna fiera…
Margarita.- No resistí a la tentación…
Jerome.- ¿Te desnudaste?
Margarita.- Quedé como dios me mandó al mundo.
Jerome.- ¿Te vio alguien?
Margarita.- ¿Desvarías? ¿Quién pudiera haberme
visto en medio de esta jungla impenetrable. Cuando llegué había
ya caído la noche. Solo la luz lánguida de la luna alumbraba
la superficie tersa de las aguas.
Jerome.- ¿Y qué pasó?
Margarita.- Entré al río. Me sumergí hasta el fondo.
Ah… qué placer… qué sensación más
plena sentí al nadar libre y salvajemente en ese espejo de luz
que me acogía íntegramente, tal y como soy, sin preguntarme
nada. De pronto, el ruido de las hojas y las ramas, al ser trituradas
por las pisadas furtivas de algún hombre o de alguna fiera, me
advirtieron del peligro. Quedé paralizada por el miedo. Las hojas
de los árboles cercanos se movieron bruscamente, como si alguien
estuviera ocultándose, para atacarme de pronto. Salí del
agua. Quise vestirme y salir corriendo, pero no encontré mi ropa.
Quedé atónita, confundida. Todo me parecía una
angustiosa pesadilla. Escuché el primer disparo. No, no estaba
herida… Entonces corrí, corrí hasta la cabaña…
Jerome.- Dios, no puede ser.
Margarita.- Corrí como una venadita, levantando en el aire muy
alto mis ágiles patas. Hundí en el suelo mis pezuñas.
Grité tu nombre y se me quedó el grito atrancado en mi
largo cuello. Soy yo, te decía, no me mates, mi amor. No dispares…
Tú no Escuchaste. Jamás me escuchaste…
VIII
Margarita desnuda; pintada con rayas negras y rojas; engalanada con
esmero los colgantes y coloridos collares, con las pulseras de piedritas,
que al chocar entre sí, producen un sonido seco, parecido al
de los cascabeles; ceñida en cinturones de conchas de colores;
danza y sonríe feliz en algún lugar boscoso, exuberante
y tropical, a la luz de la luna, mientras flota al viento su cabellera
entretejida de exóticas plumas.
Se diría que trata de imitar los gráciles movimientos
de una venadita.
Una música monótona, rítmica, cargada de nostalgias
antiguas, acompaña los sensuales movimientos de la mujer. Hay
predominio de los tambores, las trompetas de arcilla y las flautas verticales
(jetú).
Ingresa furtivamente Jerome, semidesnudo, ataviado con plumas de colores.
Su cuerpo y su rostro, al igual que el de algunos aborígenes
amazónicos, está adornado de rayas negras y rojas. Sopla
un jetú de unos 85 cm de largo, y recita a intervalos sus líneas.
Margarita.- Dice la historia que un día,
o mejor, alguna noche,
cuando la selva, en derroche
de sombras, languidecía,
Al río llegó sedienta
una hermosa venadilla.
Se acercó presta a la orilla,
bebió, según se nos cuenta
hasta saciar ese fuego
que tanto la consumiera.
Pero una bala certera
quebrantóla en su sosiego,
y al estar desprevenida,
bajo la luz de la luna,
ya sin ninguna fortuna
perdió en el punto la vida.
Y el jaguar que iba a su lado
Y el jaguar que iba con ella
Huyó sin que quede huella
Ni rastro del condenado.
Jerome se aleja.
Margarita.- (Recita).
¿Quién ha contado ese cuento
tan sin gracia ni sazón?
Sirva como información
saber que el instante cruento
fue fugaz, como un suspiro
sin saber por que razones
o bajo qué condiciones
se produjera aquel giro.
Nadie sabe con certeza
lo que es verdad o mentira:
el que está cuerdo delira
y es el loco, en su agudeza
que con su intuición asombra.
Esta selva tiene pumas,
y del río en las espumas
La luz se convierte en sombra
Estaba la venadita
dentro del sutil espejo
que de la luna el reflejo
formara por ley fortuita…
Se escucha el chillido de los micos. Margarita se sobresalta. El grito
del jaguar rompe todo equilibrio. Margarita huye. Escapa mientras eleva
al aire sus elásticas piernas y brazos. Se escuchan varios disparos.
Oscuridad en la sala.
IX
Al fondo se distingue una torre. En la entrada hay un cartel en el que
se lee: “La Tour de l’Esquillon”
Entran Margarita y Jerome. Él por la derecha y ella por la puerta
del hotel.
Jerome.- ¡Margarita! ¡Margarita, al fin te encuentro!
Margarita.- ¡Jerome!
Jerome.- ¿Dónde te has metido? Estuve buscándote
por toda la Riviera, desde Menton a Saint-Tropez.
Margarita.- Acabo de salir de la habitación, querido. Como no
te encontré pensé que me habías abandonado. Hace
una hora que te estoy esperando…
Jerome.- ¿Me quieres?
Margarita.- Te quiero, sí. ¿En plena luna de miel me preguntas
esas cosas?
Jerome.- Tuve un extraño sueño…
Margarita.- ¿Sobre una pobre venadita?
Jerome.- ¡Sí! ¿Cómo lo sabes?
Margarita.- ¿Cómo sé qué?
Jerome.- Lo de la venadita.
Margarita.- ¿No lo recuerdas? Me leíste anoche un poema…
dijiste que era anónimo… que tenía ritmo…
Jerome.- ¿Fue anoche?
Margarita.- Sí, anoche. Vamos, date prisa. “Ellos”
están esperándonos.
Jerome.- ¿“Ellos” han venido? Entonces vamos. No
podemos hacerles esperar.
Oscuridad en la sala.
Tertulia
de los espantos en Teatro de Alajuela
|
No
se puede obviar un acontecimiento de importancia para la cultura
nacional como la apertura del Teatro Municipal de Alajuela
y mucho menos si este escenario se engalana con la obra Tertulia
de los espantos, del más historiador de los
dramaturgos costarricenses, el destacado trabajador de las tablas
Jorge Arroyo. Esta
obra pertenece al libro Dos obras y una más,
que le ofrecemos en nuestra Tienda
Cultural. Lea una breve reseña sobre la obra citada,
así como una escena de El Cadejos, una
de las historias contenidas en la obra. Además no se pierda
la proyección de la obra en el nuevo Teatro Municipal de
Alajuela los días 9, 10, 11 y 16, 17, 18 de febrero. (Imagen:
el autor, fotografía de César Robles).
Esperamos que la disfrute y no
dude en pedirla.
A continuación le presentamos
una reseña de esta obra. Más adelante le ofrecemos
también una reseña y adelanto de la obra Figueroa:
notario de la patria inédita, recién
publicada por el sello de la UNED.
La
tertulia de los espantos es una de las obras más ambiciosas
del dramaturgo alajuelense Jorge Arroyo. Concebida como un gran
espectáculo posmoderno, abarca mitos, leyendas y tradiciones
del patrimonio narrativo del país, para presentarlo, con
fisga e ironía, como un enorme friso que habla del ingenio
e imaginación de los costarricenses, de su alma y de su
espíritu.
Es una obra espectacular plena de imágenes líricas
y de una notable construcción dramatúrgica, compleja
pero fascinante, que evoca nuestro folclor y nuestra idiosincrasia,
en una vertiginosa propuesta que incluye una gran cantidad de
personajes. En la anécdota de La tertulia de los espantos,
es Alajuela la que rinde homenaje a sus provincias hermanas. Cada
provincia es anfitriona de una historia mítica: El Cadejos,
La Llorona, El Padre sin Cabeza…
La crítica María Lourdes Cortés, en el prólogo
al libro Dos obras y una más (Editorial Costa Rica, 2000)
-tomo que reúne tres obras de Jorge Arroyo, entre ellas
La tertulia de los espantos-, escribió: |
|
"De
la leyenda y los mitos de creación de mundo a la fragmentación
posmoderna del espectáculo actual: ese es el recorrido que
efectúa Jorge Arroyo en su propuesta escénica La tertulia
de los espantos.
Escrita doce años después que L’ánima
sola de Chico Muñoz, y diez que Con
la honra en el alambre, La tertulia de los espantos
podría ser considerada, en una primera lectura, parte de una
vertiente neocostumbrista. (…) De alguna manera lo es, ya que
el texto se construye con base en gran parte al patrimonio narrativo
nacional.
Comparte La tertulia…, con los trabajos anteriores del autor,
no solo ese rescate de la tradición oral, sino la ironía
y el humor en el tratamiento de los asuntos, y la creación
de personajes e imágenes poéticas. En este sentido,
podría verse como una pieza de síntesis de toda la obra
dramática precedente del autor.
Sin embargo La tertulia… va más allá. En ella
lo que impera es el afán de producir espectáculo y proponer
al espectador, eso, un espectáculo. Un espectáculo,
además, nutrido de historias, de relatos; porque La tertulia…
lo que ofrece a la mirada es la puesta en escena de todas las historias
que nutren nuestro patrimonio narrativo. Es nuestro folclor hecho
imagen, presentado, repetimos, como espectáculo. Y por ello,
por su calidad espectacular, es que Jorge Arroyo introduce en el texto
teatral, casi tantas anotaciones de puesta en escena como diálogos
propiamente. Además, la obra cuenta con una multitud de personajes
que incluyen desde figuras de leyenda, como la muerte, una carreta
sin bueyes, un cura sin cabeza, hasta marionetas y sombras. Asimismo,
el espacio teatral propuesto es una cámara negra y un ciclorama,
espacio neutro donde todo puede caber. Y, en efecto, el autor demanda
el uso de recursos tales como el teatro de sombras, las marionetas,
las diapositivas o el video.
Todos estos elementos -multitud y variedad de personajes, espacio
abierto a distintas posibilidades de expresión-, sumados a
la propuesta textual de los relatos mediante imágenes, presuponen
una puesta en escena espectacular, un gran montaje.
Por otra parte, el eje central del texto escénico es sin duda
el acto de narrar. Lo que Jorge Arroyo presenta en su propuesta teatral
es justamente la necesidad del ser humano de contar y escuchar historias.
Paradoja de géneros, Arroyo realiza una reconstrucción
de los géneros literarios al proponer un espectáculo
teatral a partir de leyendas, mitos y narraciones
Los relatos de La tertulia de los espantos se encajan unos a otros
al estilo de las muñecas rusas o las cajas chinas. Un relato
implica al siguiente, le da el pase, lo sugiere y la presencia de
un narrador es constante, al estilo de los relatos populares. Y si
en el primer acto hemos visto tomar cuerpo a una serie de leyendas
-la de Nosara, la del cadejos, etc.- en el segundo acto, como sucede
en el célebre Don Quijote, presenciamos el omento de la producción
del texto mismo, en particular del primer acto. Allí, Coco,
cuarenta años después, escribe los relatos que su tía
Julieta le cuenta, y que habíamos visto representados en el
primer acto. Es decir, nos enfrentamos al proceso de creación,
al acto de narración -contar, escuchar y fijar mediante la
escritura- que ha hecho posible la existencia de la literatura.
Presenciamos cómo mediante la escritura los sucesos toman forma,
se varían cambian: la memoria y la escritura no pueden dejar
de transformar la vida. Esta capacidad del texto de poner en escena
su propia creación, el acto de escritura y de verse reflejado
a sí mismo es un procedimiento artístico alternativo
en la tradición del arte y la literatura. La reflexividad subvierte
el presupuesto de que el arte y la literatura son medios transparentes
de comunicación, ventanas a la realidad y prefiere mostrar
los procesos de creación y no los productos terminados.
Jorge Arroyo, en un acto típico de la posmodernidad, rechaza
los grandes relatos identitarios, la unicidad, privilegiando la diversidad
y presentando un mosaico conformado por el patrimonio narrativo costarricense.
Encontramos, entonces, sin ninguna jerarquía, tanto la leyenda
de la aparición de la Virgen de los Ángeles, figura
central en la religiosidad costarricense, como la del padre sin cabeza,
una leyenda menor, que hoy casi no tiene lugar en la memoria nacional.
Además, Arroyo nos lleva por distintas provincias y distintas
tradiciones y en esta “tertulia” se hacen presentes relatos
del Valle Central, y de las costas, leyendas populares y mitos afrolimonenses,
tradicionalmente excluidos de nuestro patrimonio “oficial”.
Todo esto propuesto al lado de los momentos fundamentales del ritual
católico, que atraviesan todo el texto y, en general, toda
la obra de Arroyo. Recordemos que La tertulia… inicia un Viernes
Santo y a través de su desarrollo presenciamos procesiones,
rezos, cantos, además de que contamos con la presencia de curas,
mujeres piadosas, ángeles, etc.
Multiplicidad de códigos estéticos, reunión de
diversos materiales y lenguajes, collage de textos tradicionales propuestos
sin ninguna jerarquización o pretensión de unidad y,
especialmente, capacidad autorreflexiva del texto, mostrando el proceso
de creación literaria, hacen de La tertulia de los espantos
un espectáculo posmoderno, no obstante arraigado en la tradición
más profunda de las identidades nacionales. Jorge Arroyo logra,
entonces, no solo en su obra teatral escrita hasta ahora, sino en
esta sola pieza, el pase del neocostumbrismo típico de nuestra
tradición teatral a la propuesta de la espectacularidad posmoderna”
María
Lourdes Cortés.
Volver
arriba
Adquiera
el libro
Escena
de El Cadejos de
La Tertulia de los Espantos
De Jorge Arroyo
(Madame
Nunca está sentada sobre una tumba. Se le unen Ña Zárate
y Mamá Mh, quedando las tres como en el trono de los jueces del
averno. En fila, con velones en las manos, llegan tres mujeres más,
también vestidas de claro, con ropas de 1910. Luego, cuatro hombres,
quienes cargan una estera con un cuerpo. Todos se acercan a dar sus
respetos al muerto. Rezos y campanas de réquiem sobre el ruido
del mar).
MADAME
NUNCA: Hace calor.
MAMÁ
MH: No hay brisa.
ÑA
ZÁRATE: Es la sal.
MADAME
NUNCA: La muerte nunca llega temprano.
MAMÁ
MH: Ni tarde. Llega cuando llega.
MADAME
NUNCA: Al finado le llegó joven.
ÑA
ZÁRATE: Castigo de dios. (A las que faenan, que se han quedado
poniendo atención). ¡Mujeres! ¡A los peroles!
Si ya el finado no espera su muerte, no está bien hacer que los
vivos aguarden.
MUJER QUE
FAENA: Si no es la muerte, ¿qué otra cosa han de esperar
los vivos?
ÑA
ZÁRATE: Ahorita las raciones, el rancho. El dolor de un velatorio
no es dolor sano, si no está bien alimentado. Cajetas, y horchata
para la calor, eso queremos.
(La
mujer que faena, con una seña manda a la mujer que ayuda a servirles
refrescos a todos. La mujer que ayuda lo hace y sale de escena).
MUJER QUE
FAENA: ¡Nada habríamos de hacer por éste, que ni
en vida fue gentil, ni tuvo muerte cristiana!
MAMÁ
MH: ¡No hablés así de tu marido, que Tatica ya le
ajustó cuentas y eso merece respeto!
MUJER QUE
FAENA: ¡Es que me puede! Alma de nadie, que ni vio por mí,
su mujer, ni por su madre...
TODAS:
¡Que esté en la gloria y no le hagan ruido nuestras palabras!
MUJER QUE
FAENA: ...ni ayudó a su hermano, que era un pan de dios, celaje
de nuestras vidas, cuando iba al mar. ¡Pero es que ni un pejibaye,
de los que los chanchos desprecian, dio éste ni para el altar
del huerto! Duerme afuera y marrullero, matrero como un toro cerril.
Lo que tenía de bueno era la lengua que se gastaba en echar pericos,
hasta que uno se embrocaba y, después... ¡ahí te
quedaste, mujer! ¡Qué labia! Arrancar su recuerdo era imposible,
porque sus palabras eran como un piquete de coloradilla, de esos que
cuantimás uno se rasca, más nos arden en el alma.
ÑA
ZÁRATE: ¡Qué necia! ¿Para qué tanto
hablar del muerto?
PRIMERA
MUJER DE 1910: Hablar alivia el miedo.
SEGUNDA
MUJER DE 1910: ¿Miedo?
PRIMERA
MUJER DE 1910: Del ánima del finado y de lo que murió.
SEGUNDA MUJER DE 1910: ¿De qué murió?
ÑA
ZÁRATE: (A la segunda mujer de 1910). ¡Menos atención
a lo ajeno, carastos!
MUJER QUE
FAENA: Cuéntenle.
TERCERA
MUJER DE 1910: ¡De susto! De eso la palmó.
MAMÁ
MH: ¡Cosa del diablo! ¡Castigo de dios! ¡Ira del cielo!
ÑA
ZÁRATE: ¡Un crimen del que no hay que hablar! ¡Qué
majadería! ¡Horchata! ¡Tenemos sed! (La mujer
que faena reparte refrescos).
SEGUNDA
MUJER DE 1910: ¿Qué le pasó a su marido?
MUJER QUE
FAENA: ¡Se las vio con el Cadejos!
LAS TRES
MUJERES DE 1910: ¡Ave María, gracia plena!
SEGUNDA
MUJER DE 1910: ¡Cuente!
MUJER QUE
FAENA 1: No vale la pena.
ÑA
ZÁRATE: Ahora ya qué, &iex |